| 23 mayo, 2019
“Yo pienso, como Dante, que en la mitad de la jornada de nuestra vida, hemos despertado en un bosque oscuro para encontrar el camino perdido”. (John Senior)
(Natalia Sanmartin Fenollera) Entre los recuerdos familiares de Andrew Senior, figuran las muchas veces que de niño oyó hablar a su padre de un tal Tomás. En el hogar de los Senior era frecuente escuchar expresiones como estas: “Tomás dice esto…”; “Tomás sostiene esto otro..”; “Habría que ver lo que dice Tomás”. Convencido de que se trataba de un amigo, un amigo sumamente inteligente y con respuestas para todo, tardó tiempo en caer en la cuenta de que aquel Tomás, el sabio compañero que citaba su padre, el venerado maestro que nunca venía de visita a casa (al menos, de forma palpable), era el Aquinate.
El respeto, la devoción y el amor de Senior por Santo Tomás se grabaron así en la memoria de sus hijos, iluminaron sus días de profesor universitario, dejaron huella en las mentes de sus alumnos y están presentes, explícita o implícitamente, en muchas de las páginas que escribió. Ocupan un lugar muy especial también en este libro, La muerte de la cultura cristiana, publicado en 1978, y aún más en el que podríamos considerar su continuación, La restauración de la cultura cristiana, de 1983. Lejos de las listas de éxitos y de las correctas recomendaciones de lectura, seculares o eclesiales, ambas obras se han convertido en textos de culto para una resistencia terca y muchas veces silenciosa, empeñada en conservar la vieja idea de que existe un modo correcto de mirar el mundo, de que es posible contemplar y conocer la creación de Dios. Como recordaba en 1946 Frank Sheed en los primeros párrafos de su Teología y Sensatez, la única forma verdadera de mirar el universo es ver lo que la Iglesia de Cristo ve, ver lo que ha visto siempre, lo que realmente existe y es.
La lectura de Santo Tomás guió a Senior a través de su particular bosque oscuro hacia su conversión al catolicismo y vertebró también como una firme costura todo su pensamiento posterior. No es una casualidad que La muerte de la cultura cristiana, con su incómoda valentía, su brillantez y su lírica, con todo su crudo realismo y su belleza, describa minuciosamente el avance imparable de la Herejía Perenne –una expresión con la que se refiere a todas las doctrinas anti realistas, desde las sofocantes filosofías orientales hasta el moderno idealismo– y el progresivo arrinconamiento de la Filosofía Perenne deudora de Aristóteles y Santo Tomás. “Sal a la luz de las cosas”, repetía Senior con frecuencia, citando un verso de Las mesas se volcaron de Wordsworth, para advertir a sus alumnos contra todos los falsos credos que ponen en duda la existencia de una realidad objetiva y la capacidad del hombre para conocerla.
Si las primeras páginas del libro se ocupan de la caída de la filosofía cristiana, las siguientes narran las múltiples derrotas que han acompañado a esa caída y que han convertido aquel Occidente, que un día manó leche y miel y acogió con generosidad la semilla evangélica, en la oscura tierra baldía que describió T. S. Eliot y que vive de espaldas a Dios. “Durante los últimos cuatrocientos años, desde el triunfo del racionalismo y el liberalismo, y ahora también del modernismo”, escribe Senior, “la persona de Cristo ha sido retirada de nuestra experiencia. Las generaciones crecen en un vacío religioso, en una atmósfera cargada, por decirlo así, con su ausencia”.
Como hizo durante los años del Seminario Pearson, cuando fascinaba a sus alumnos hablando sin notas, citando de memoria poemas y textos sagrados, pasando sin esfuerzo aparente de la literatura a la filosofía y de esta a la teología, Senior analiza en este libro cada una de esas derrotas con dolor y claridad proféticos. La irrupción del liberalismo en la religión, la corrupción de la noción de verdad, la manipulación del lenguaje, la defección de la teología, la deshumanización del arte y la literatura, el aniquilamiento del saber en las universidades, el triunfo del sentimentalismo o la destrucción y banalización de la liturgia de la Iglesia son descritos como los frutos amargos de un mundo cuyas estrellas se apagan lentamente. Un viaje en el que nos lleva de la mano de Aristóteles y de Newman, dos de los grandes pilares del libro, pero también de Sócrates, Platón, Homero, Shakespeare, Chaucer, Milton, Boecio, Ruskin, Thackeray y, finalmente, de San Bernardo, San Agustín, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y, naturalmente, Santo Tomás, entre otros muchos.
“Señor, crea en mí un corazón puro”, pide el salmista incansablemente al Dios de los Ejércitos. En medio del bosque tenebroso, este libro, que podría haber sido escrito ayer mismo, recuerda que la cultura cristiana es el cultivo de los santos. Y que aunque la oscuridad ha penetrado también en la Iglesia misma, ella sigue siendo el faro eternamente fijo del soneto de Shakespeare, que ve las tempestades sin jamás estremecerse. “Sin la Iglesia, aún quebrada como está, la oscuridad sería insoportable. Para quienes se hallan al borde de la desesperación, especialmente ahora, es esencial recordar que la Iglesia nunca se parece tanto a Cristo como cuando se ve herida y traicionada desde dentro”. No hay ciertamente hoy, señala Senior, ninguna razón para seguir siendo católico distinta de la que siempre existió: que en la vida invisible de la Iglesia se encuentra el amor de Cristo.
A John Senior le gustaba mucho un relato que San Beda el Venerable narra en su Historia Eclesiástica, en el que un sacerdote pagano explica al rey Edwin de Northumbria que la vida del hombre en la tierra es como el vuelo raudo de un gorrión, que sale de pronto de la noche invernal, atraviesa por un instante una estancia caldeada y acogedora mientras el viento y la nieve arrecian fuera, y se pierde otra vez en la oscuridad de la que salió. “Así que esta vida del hombre aparece por un corto espacio, pero de lo que pasó antes o de lo que va a seguir después somos completamente ignorantes”, dice el sacerdote al rey.
Y sin embargo, incluso en la oscuridad de la noche, nosotros sabemos que no es verdad. Porque los salmos nos dicen que el gorrión y la golondrina tienen un nido donde criar sus polluelos “en tus altares, oh Dios de los Ejércitos”.
Madrid, Dominica Laetare 2019
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FUENTE:
https://infovaticana.com/2019/05/23/natalia-sanmartin-fenollera-la-muerte-de-la-cultura-cristiana-describe-minuciosamente-el-avance-imparable-de-la-filosofia-perenne/
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FUENTE:
https://infovaticana.com/2019/05/23/natalia-sanmartin-fenollera-la-muerte-de-la-cultura-cristiana-describe-minuciosamente-el-avance-imparable-de-la-filosofia-perenne/
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