GUSTAVO BUENO (1924…2016)
Gustavo Bueno, ‘praeceptor et excitator Hispaniae’
Bueno deja, y más que deja ofrece, una obra muy singular, que no por clásica deja de ser sui generis.
Si no hubieras criado, oh padre Febo,
a Platón en la Grecia,
¿quién hubiera sanado con las letras
los males y las dolencias de los hombres?
Pues como fue Esculapio
médico de los cuerpos,
curó Platón las almas inmortales.
a Platón en la Grecia,
¿quién hubiera sanado con las letras
los males y las dolencias de los hombres?
Pues como fue Esculapio
médico de los cuerpos,
curó Platón las almas inmortales.
Este epitafio fue el que inspiró a Diógenes Laercio la muerte del “divino” Platón, habiendo transcurrido –Diógenes Laercio lo escribe hacia el siglo II de.C–, unos 500 años tras la muerte del fundador y escoliarca de la Academia, siendo así que el valor de los clásicos se mide por siglos.
Pues bien, este domingo ha fallecido en el pequeño pueblo asturiano de Niembro una personalidad cuya titánica obra, de un alcance comparable a la platónica, sin duda inspirará más de un epitafio dentro de 500 años, 1.000 o incluso dentro de 2.500 (que son los transcurridos desde la muerte de Platón) porque así lo merece, merece tal reconocimiento de clásico, este gigante de la filosofía que ha sido, y sigue siendo, Gustavo Bueno Martínez.
Así es que hoy, 7 de agosto de 2016, ha fallecido Gustavo Bueno.
Este es el hecho rotundo, irreversible y que Bueno interpreta –porque sí, Bueno ha interpretado su propia muerte, tal era su voracidad analítica, y así lo hizo en cierta ocasión en la que celebrábamos su 80 aniversario–, como la necesidad de “dejar sitio”. Dejar sitio a los que vienen detrás (a los hijos, y a los hijos de los hijos), con esta humildad y generosidad habló en aquella ocasión de la muerte, y también de la suya –sobre todo de la suya–, que tendría que sobrevenir, sencillamente, por razones ecológicas y genealógicas. Las nuevas generaciones son la razón de la muerte de las anteriores. Es decir, los hijos, producto del amor de los padres, son los que propician la muerte de esos mismos padres. Amor y muerte van completamente asociadas, y he aquí un caso ejemplar, la muerte de Bueno, producida apenas dos días después de la de su esposa, la entrañable Carmen Sánchez.
Pero además de dejar sitio, Bueno deja, y más que deja ofrece, una obra muy singular, que no por clásica deja de ser sui generis. No es la obra de un erudito, aunque supone una extraordinaria erudición (recuerdo que una vez, en la Biblioteca Nacional, Gabriel Albiac presentó a Bueno como “el hombre que había leído todos los libros”), no es tampoco la de un intérprete, que es capaz de reexponer con más o menos fortuna tal o cual doctrina (aunque Bueno era un verdadero virtuoso de la interpretación), no es, por supuesto, la de un intelectual (concepto por el que sentía especial rechazo por lo que tiene de pretencioso), ni tampoco la de un escritor que busque el lucimiento literario (es muy difícil extraer citas de las obras de Bueno a modo de aforismo ornamental). Es la obra, más bien, de un compositor, que ha levantado todo un cuerpo de doctrina, que él dio a conocer como “materialismo filosófico”, que solo se puede medir con, escasamente, nueve o diez sistemas filosóficos, con un rango parejo en cuanto a su amplitud y desarrollo, desde que hace 25 siglos Platón institucionalizó esta disciplina con la creación de la Academia. Digamos que hay a lo sumo como una docena de, por decirlo con Galileo, “sistemas máximos” filosóficos (platonismo, aristotelismo, tomismo, cartesianismo, empirismo, kantismo, idealismo, vitalismo, marxismo, positivismo, fenomenología, neopositivismo), y uno de ellos, escrito íntegramente en español, es el que nos ha legado Gustavo Bueno Martínez.
Y es que decía Unamuno, hablando de la filosofía española y de su dispersión asistemática:
Pero yo creo más bien que nuestra filosofía, la que anda difusa y esparcida en nuestra literatura y no en obras estrictamente filosóficas, está por formular; yo creo que nuestro realismo, lo que yo llamaría con una expresión que a muchos parecerá paradójica, nuestro espiritualismo materialista, esto de tomar el espíritu a lo material, no ha encontrado aún quien lo sistematice.
(Unamuno, Andanzas y visiones españolas, ed. Austral, p. 97).
(Unamuno, Andanzas y visiones españolas, ed. Austral, p. 97).
Pues bien, ya ha encontrado quien lo ha sistematizado, en una labor en la que convergen, por la propia estructura dialéctica de la filosofía, el resto de “sistemas máximos” que allí encuentran acogimiento en tanto que sistemas rivales con los que entrar en confrontación polémica (particularmente, quizás, sobre todo, frente al mentalismo idealista de corte anglosajón y al espiritualismo idealista germánico).
Por ello ha podido, en torno a ese sistema, cristalizar una escuela filosófica, así se le ha llamado también clásicamente a lo que representa la Fundación Gustavo Bueno, que ha sabido aglutinar, a través de la gigantesca e inteligentísima labor de Gustavo Bueno Sánchez –hijo mayor de Bueno-, un discipulado cuya capacidad y solvencia a la vista está, a poco que el curioso se asome a las páginas de la fundación, si tenemos en cuenta la ingente cantidad de material, literario y audiovisual, producido por dicha escuela en los últimos años con Bueno como escoliarca.
Una obra, por otro lado (como envés práctico del haz doctrinal), que tiene mucho también de medicinal, curativo, terapéutico si se quiere –el padre de Bueno era médico–, si (sobre)entendiéramos que la filosofía, por lo menosesta filosofía, es al entendimiento lo que la medicina al cuerpo.
En este sentido la labor de Bueno, verdaderamente social, relativa a su combate, ya personal, en tanto que ciudadano español, frente a esas nebulosas ideológicas y mitos de todo tipo que nos envuelven (Democracia, Ciencia, Europa, Cultura, Izquierda, Derecha, Felicidad, etc.), ha sido como la de un médico ante un cuerpo infectado de virus y bacterias nocivas. Bueno ha tenido la lucidez y el coraje suficientes apara alertar, avisar, y ponernos en guardia, a quien le quisiera oír, ante una masa que nos rodea, verdaderamente viscosa, de nociones erráticas, oscuras, engañosas, cuando no falsarias, tratando de poner un correctivo, orden y un sano entendimiento frente a ese caos de opiniones, esa diafonía ton doxon, envolvente.
En definitiva, podríamos decir de Bueno, y con más razón creemos, aquello que dijo el romanista Ernst Robert Curtius cuando calificó a Unamuno de“praeceptor” y “excitator Hispaniae”, es decir, maestro y aguijoneador de España.
Así, y ya terminamos, podemos decir:
Si no hubieras criado, oh padre Febo,
a Bueno en la España,
¿quién hubiera sanado con las letras
los males y las dolencias de los hombres?
Pues como fue Esculapio
médico de los cuerpos,
curó Bueno, el divino Gustavo Bueno, las almas inmortales.
a Bueno en la España,
¿quién hubiera sanado con las letras
los males y las dolencias de los hombres?
Pues como fue Esculapio
médico de los cuerpos,
curó Bueno, el divino Gustavo Bueno, las almas inmortales.
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FUENTE:
Gustavo Bueno, nuestro mayor filósofo
Dos días después del fallecimiento de su esposa, Bueno nos abandonó dejándonos una irrepetible trayectoria y muchas y muy fértiles vías de trabajo.
A punto de cumplir 92 años, falleció en su casa de Niembro Gustavo Bueno, sin duda el mayor filósofo que haya desarrollado su obra en español. Fundador y principal autor del materialismo filosófico, Bueno construyó un sistema capaz de integrar y reinterpretar elementos propios del marxismo o de la escolástica hasta lograr poner en pie una obra monumental objeto de estudio de la llamada Escuela de Oviedo que ya ha desbordado las fronteras españolas, pues en la mexicana ciudad de León (Guanajuato) está a punto de inaugurarse un centro de estudios basado en su vasto legado.
Trabajador incansable, hombre generoso y accesible, Bueno, al igual que Platón, no distinguió entre temas mayores y menores, entre escenarios solemnes y humildes ambientes. Por ello, no hay aspecto de la realidad que no haya sido objeto de su estudio y análisis a lo largo de una larga y lúcida vida atravesada por profundos cambios políticos, ideológicos y tecnológicos. Este mismo año, Bueno había publicado un libro, titulado El Ego trascendental, que constituye una de sus más acabadas obras, un libro que deberá ir ligado a su persona del mismo modo que lo estuvieron aquellos Ensayos materialistas, menos leídos de lo que debieran, que a menudo acompañaron su nombre antes de que el riojano acometiera la demolición, alimentado por la impiedad propia de un hombre de su temple, de los principales mitos que dominan nuestro presente. Así lo hizo en su libro El mito de la Cultura, en el que se atrevió a demoler tan poderoso mito del presente.
El autor de la teoría del cierre categorial, definido como ateo católico, también construyó una filosofía materialista de la religión, expuesta en El animal divino, que queda resumida en esta audaz frase: “El hombre hizo a los dioses a imagen y semejanza de los animales”.
Tras ser apartado de sus clases universitarias, Bueno continuó su magisterio por otras vías, ya acudiendo a los diversos foros en los que su presencia era requerida, ya a través de la fundación que lleva su nombre, mantenida gracias al enorme trabajo de su hijo, Gustavo Bueno Sánchez, impulsor del Proyecto de Filosofía en Español, que hoy constituye la mayor fuente documental de la filosofía en nuestro idioma.
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Repasar la obra de Bueno de una forma tan morosa como la que ofrece el espacio de un breve artículo periodístico es un vano propósito, razón por la cual no podemos sino aludir fugazmente a varios de los aspectos principales de la misma. Destacaremos la serie de mitos que el filósofo español sometió a su crítica. Por el fino tamiz –crítica procede de criba, como le gustaba recordar– manejado por Bueno pasaron derechas e izquierdas políticas, pero también el fundamentalismo científico que aspira a convertirse en un nuevo credo que dé cumplimiento al imposible fin de la Historia mil veces anunciado.
Hombre comprometido con su tiempo, Bueno no rehuyó la batalla política. Si durante el franquismo, desarrollado sobre el trasfondo de la Guerra Fría, se mantuvo crítico e independiente, lejos de las interesadas alternativas que confeccionaron la actual España autonómica, marcada por las más provincianas señas de identidad y los intereses sectarios, Bueno no bajó la guardia a la hora defender a la Nación frente a sus muchos enemigos en el tiempo abierto tras la muerte de Franco. España frente a Europa constituye un verdadero arsenal argumentativo en favor de un pasado, el imperial, que sirvió para construir una de las partes formales del mundo, la Hispanidad, pero también para defender a España de sus muchos hijos enfermos, los mismos que comenzaron a atacar al calceatense del modo más grosero.
Dos días después del fallecimiento de su esposa, Bueno nos abandonó dejándonos una irrepetible trayectoria y muchas y muy fértiles vías de trabajo. Los que tuvimos la inmensa fortuna de conocer en persona a don Gustavo, es el caso de quien firma este texto, nunca olvidaremos al hombre que hoy nos ha dejado en aquel mismo lugar al que unos jóvenes, conmovidos por sus obras, nos acercamos hace dos décadas para conocer al filósofo. Hasta siempre, maestro.
Iván Vélez, editor de Gustavo Bueno: 60 visiones sobre su obra.
Iván Vélez, editor de Gustavo Bueno: 60 visiones sobre su obra.
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