UR

UR

martes, 26 de febrero de 2019

El librero Riudavets /


-¿Quiere un caramelo?
-No, que tengo colesterol.


Es un sábado de mañana. Se ha acercado un grupo de muchachas a la caseta número quince de madera gris en la Feria del Libro, la que está en los trascorrales del Botánico y de bruces sobre las estatuas aladas de bronce del Ministerio de Agricultura. Mientras los hipogrifos alados dan la impresión amenazante de echarse a volar y uno se queda prendado de los historiados mosaicos de mayólica bajo el alar del edificio, Riudavets  despacha a las niñas con una de sus chuscas respuestas.
Sobre el enlistonado del puesto al amor de una acacia se apilan en todas las direcciones libros en montón, viejos y no tan viejos, enjambres de cadáveres de letra impresa a cinco duros, cada. Son ilusiones descoloridas, esperanzas fallidas de este rátigo vivencial, exponente de la mente humana donde todo cabe. El bien y el mal. La prosa y la poesía. Los tratados de mística y las obras de Voltaire pared con pared. Toda una resaca de papel.
 En torno al tenderete, al reclamo del dicho latino “verba volant, scripta manent”(las palabras se las lleva el aire y lo escrito queda) se agolpa una enjambre de hombres silenciosos, descoloridos, la edad incierta, y con ese poso de “deshabillé” rayano en el desaseo que deja la afición a la Literatura. Es como un morbo, como un perenne desasosiego. Todos permanecen de pie muy silenciosos. Ha comenzado la rebusca. Parece una bandada de quebrantahuesos dandose un atracón de letras de molde.
Pero los buitres sólo comen carroña y éstos revalidan las proféticas palabras del Caballero de las Espuelas de Oro: “Vivo en conversación con los difuntos, hablo con los ojos a los muertos”. Hacia esos predicados de transgresión de las leyes del espacio y del tiempo nos lleva la afición por la inspiración. Riudavets, con ínfulas de capataz y la solemnidad del sepulturero, se hizo millonario vendiendo libros del montón. Cuando se muera habrá que pesar su cerebro, como al de Alberto Einstein, para ver lo que da en báscula y si es semejante al del resto de los mortales, porque es listo como él solo y las caza al vuelo. Me temo, con todo y eso, que el platillo de la balanza, cuando San Miguel pese su alma, se inclinará del lado del corazón, porque también es temperamental, y a veces se las trae.
El momento es lúgubre y a las veces florido. Se palpa un silencio de reverencia.
Algunos miran con ojos saltones, pero otros algunos  los tienen  pachones de tanto estudiar. Quizá vivan estigmatizados por el duende de las imprentas, y ese morbo del olor a tinta no se va jamás. Indeleble, como un sacramento que imprime carácter. Pero puede que también estén allí delante del tingladillo sabatino de Alfonso Riudavets por el afán de acaparar, una manía que dicen que llega a la vejez.


 Hay un lado oscuro en la bibliomanía que conecta con una libido en frustración permanente, reflejos condicionados, instintos subversivos, inseguridades congénitas. Los lectores empedernidos no deben de andar muy bien de la cholla. Saben que su manía no les vuelve bienquistos  y que se sitúan en lo políticamente incorrecto. En estos tiempos de cáscara amarga, de preocupación por lo que es apariencia accidental o look, ellos viven hacia dentro y  van deshabillés. No tienen pintas de triunfadores, lo que desdice aquel slogan que se puso de moda cuando Fraga era ministro de Información: “Un libro ayuda a triunfar”. Ahora quizá sólo sirva para caer, pero da igual.
Sin embargo, es un anodino contra el dolor, acalla la perplejidad, mientras los ojos se cansan. Leer es como caminar.
Los gestos son melancólicos. Sufren algunos de incontinencia urinaria y de complejos de Edipo. Pero estas dolamas vienen a ser cosa de poco monto que no habrá que tomar demasiado en cuenta. Además, la lectura es la mejor terapéutica para alcanzar la senectud. El hombre muere cuando se extingue su curiosidad.
El dueño de la decimoquinta caseta de esta cuesta de la sabiduría, la más ilustrada de todo Madrid, los sabe administrar bien, conoce a todos y todos le conocen a él. Su porte puede ser el de un ministro de la Oprobiosa o la del empleado municipal de lo que antes se llamaban Pompas Fúnebres y ahora rebautizaron con un helenismo: crematorio, porque parece el fidecomiso de la funeraria de una cultura que se va para no volver. Al menos esto es lo que dicen los partidarios de MacLuhan (Hermida y cía y algún que otro Jeremías de los que parten ahora el bacalao de lo políticamente correcto)que no leyeron un libro en su puta vida. Lo van a tener terne, porque la galaxia Gutenberg les rebasa y es mucho lo que habrá que enterrar por ese cabo en este país. Riudavets es un hombre de peso, como su mercadería, aunque él convicto, confeso y mártir de lo “light”, pues dice: “yo vendo libros, no los leo, todo lo más les ojeo, que es una bonita forma de no mear nunca fuera del tiesto; así nunca te pasas”.


  A quien más recuerda este gran señor de los libreros de lance es a Sócrates. Sabe que esto es un ir y venir  que llaman acarrear. El deseo del conocimiento no significa más que un periplo astral, tan patético como peripatético, del ser a la nada. Sin embargo, yo le he comprado a Riudavets una partida de eucologios y de misales. Los suelo rezar todos los días en latín. El que más me gusta es el enchiridion o manual de mi ordenación sacerdotal, curioso tesoro de un valor personal para mí como para todos aquellos que hayan sentido alguna vez ese gozo purificador de la liturgia de un misacantano. Lo encontré aquí perdido en la marabunta inmensa de papel, así como algunas novelas rusas, que son para mí las preferidas, en traducción de Cansinos Assens. En literatura, buena gana de darle vueltas, son los rusos los que dan el do de pecho, aunque ahora hayan vuelto a renacer los ecos de aquella frase cainita que un día pronunciase Serrano Suñer, una nazi al grito de “Rusia es culpable”. No es un astro a los que los rusos pusieron -un Shakespeare, un Moliére, un Goethe- sino a toda una galaxia de gigantes de la pluma. Por otra parte, hay algo en la lengua rusa que pulsa las más maravillosas fibras del alma humano, y esto lo reconoce hasta el propio Saúl Bellow, muy poco propicio, como buen sionista a las expansiones sentimentales, hacia un país que se considera depositario de la fe y tradición cristiana por la rama que nos viene de Bizancio. Es el talante homérico y el ser mesiánico de consuno.
Pero no nos pongamos sentimentales que pueden echarnos los toros al corral. Ser rusista eslavófilo resulta hoy del todo sospechoso. Es peor que ser maricón heteromorfo y mariposón. Pero, en fin, ya caerán.
Si yo voy a la Cuesta no es porque me guste demasiado el paisanaje o el paisaje, porque más de una vez me he tenido que morder los labios y hasta los puños para no dar respuesta a las andanadas puntillosas del bueno de Alfonso, sino porque sólo allí puedo encontrar ediciones de Gogol.  A tal respecto, mis criterios y mis gustos literarios variaron poco, sigo pensando lo mismo que hace cuarenta y tantos años. Estoy en esa demanda. Y es ese afán de leer bueno y barato a mis favoritos lo que me ha llevando a este encante de la bibliofilia exquisita.
 No hay soluciones al dorso en este crucigrama. Pero aciertan quienes ven en la literatura un viático contra las zozobras de la existencia.


Para espantar a La Huesuda, mejor que acudir al gimnasio y zurrarse los miembros en desaforadas  calistenias, algo tan viejo como la ruda y que ya hacían los griegos, y también se morían, unas veces se entrega uno al vino, y que viva Baco y muera Afrodita, pero a veces me da comezón por leer. Tengo el chiscón lleno de golletes del tinto de Valdepeñas y de tomos que le compré a Riudavets. Me pasado la vida borracho de libros y de vino de la ribera. Tanto unos como otros te colocan. Son mis dos grandes vicios. Debe de tener el hígado como un balón de reglamento y la mollera hecha puré. Pero eso que me llevo por delante. La vida ha sido para mí soplar- en el mejor sentido de la palabra- y leer. Leo y bebo, luego vivo y fumo. Descartes no falla, pero hay muchos que viven como si hubieran vuelto a nacer tras reciclarse, y yo excogito que no todo lo han descubierto los americanos. Faulkner, Hemingway me parecen una perdigonada, un farol que se han tirado los críticos; no pasé de la quinta página del “Viento y la Furia” y el “Viejo y el Mar” me resulta un pegote.  Tienen un estilo fúnebre como si pensaran estarse dirigiendo al lector postrimero del mes postrero viajando en el último vagón del tren del Apocalipsis.
Me he enterado a veces yendo a Moyano de la muerte, la ruina o la separación de los amigos, por los libros que se exhiben en el revoltijo de Alfonso. Cuando uno se divorcia, se va América o la Casa Grande del Este, esto es, para La Almudena, vende los libros. Las casas se deshacen igual que las bibliotecas y de eso sabe algo el ínclito Riudavets. La furgoneta con las personales pertenencias y papeles del difunto suele ir detrás del coche de respeto. Todas las glorias humanas acaban en el trapero. Aquí todo es mudanza. Las viudas de nuestros difuntos pronto se vestirán de alivio.
A través de él, supe de la muerte de un querido colega, González Yuste. Fue el primer corresponsal en Londres del “País”. Era un muchacho serio, que vestía chaquetas de ante, mucho más serio del que sería su sucesor, Juan Cruz, un canario, que era algo tuercebotas, y al que llamábamos el Polisario por su aspecto de beduino del desierto. Iba siempre con una mochila de cuero. Y lo que son las cosas: ahora es el mandamás de una importante editorial. Y Yuste, que era mucho mejor periodista y mejor persona, se ha muerto. Con él, que parecía un recién graduado de Cambridge, coincidí algunas veces. Le recuerdo taciturno, puntual, buen amigo, fumando en las ruedas de prensa. Estaba casado con María Jesús una muchacha risueña, de cara pálida y con aire de profesora de matemáticas. No había vuelto a saber de ellos. Por lo visto, dejaron de vivir juntos. Esta primavera después de venir de la guerra de Kosovo donde había ido a cubrir la caída de Pristina, Juan empezó a quejarse de un hombro. No duró dos meses.


Compro un libro de Bruce Marshall “The Fair Bride”(La novia simpática) editado por Penguin sobre la guerra civil española. Son las aventuras de un obispo inglés que consigue burlar a la checa, mediante la ayuda de una prostituta y de un comisario amigo suyo. Algo descuadernado el opúsculo lleva como identidad la firma de su primera propietaria (presumo que yo seré el segundo). Pone en la cubierta un nombre y una fecha. “Mi primera novela inglesa. María Jesús. Londres, 17 de abril de 1960".  El detalle no puede ser más entrañablemente doloroso para mí. La historia de este Penguin, adquirido por dos chelines y seis peniques, privándose de una cena a base de Yorkshire pudding y leído en alguna posada de  barrio de Londres una tarde de primavera junto a la estufa de gas, mientras cantaba entre los robles un cuclillo cuyo lamento parecía conseguir que languideciera eternamente la luz infinita de un sol al bies. Yo también me compraba este tipo de libros con el dinero de la cena. Si lo adquiría, no podía irme a tomar la media pinta de bitter al pub de la esquina, que se llamaba “El coraje” o, cuando se apagaba el gas, no tenía para meter otro chelín en la ranura del contador.
 Se conoce que al efectuar las particiones, Juan se había quedado con algunos libros de su amada. Libro cerrado no hace letrado, pero, incluso abiertos son el mejor testimonio de nuestros dolores y nuestros sueños. La novela del gran Bruce Marshall, un artista algo olvidado -este autor escocés fue el introductor de la literatura católica en Inglaterra y no Graham Green- fue adquirida poco antes de que los Beatles, aquellos escarabajos benditos, cuyas melodías siguen ocupando las más íntimas recámaras del corazón empezasen a echar el vuelo, en los inicios de la gran movida psicodélica londinense de la cual algunos privilegiados fuimos testigos. Ya ha llovido.
Han pasado casi cuarenta años. Mis pupilas  se bañan en lágrimas. Es cierto lo que dijo el clásico de “Verba volant. Scripta manent”. Los escritores, los periodistas, de mayor o menor fortuna o renombre, no somos más que polvo de estrellas perdidas en la inmensa galaxia de Gutenberg.  Pero tampoco hay que hacerse demasiadas ilusiones. La letra mata y el espíritu vivifica.
A veces he llegado a pensar que los frecuentadores de la Cuesta somos miembros supernumerarios del Club de Poetas Muertos. Por eso tenemos algunos de nosotros ese aire tan funeral.
Los cleptómanos no faltan, pero esos no suelen llegar a Riudavets. Cleptómano dicen que era Azorín que fue el que arrampló con las exquisiteces que aun quedaban en la Cuesta. Si se da el caso, Alfonso Riudavets los trata como se merece, sacando el pecho de ese sargento de caballería que lleva dentro y les pone pronto en su sitio.
-Pero ¿no le da vergüenza oiga a usted?
-Es que...


De todas suertes, la pletórica cuadrilla de silenciosos contumaces que hace corro en torno al rátigo de libros de montón llevan muchos de ellos el signo en la frente “hic jacet” y un R.I.P. sobre sus frentes. Pertenecen a una raza especial entre las vultúridas bibliográficas.  Agitan sus manos con rapacidad. El pico lo tiene curvo y hay algo de duerno  donde estas almas solitarias se hartan de un afrecho espiritual que no tendrán en ninguna otra parte.  El libro de lance nutre a esta peculiar clientela de eremitas literarios, que hacen penitencia en el yermo de los sueños, que leen a los que ya no son, rezan por los que no rezan y pertenecen a un cuerpo místico cuyos miembros crecen en la libertad. Tanto el ojo de Ra como las dulces palabras de Nuestro Señor Jesucristo se guardan en estas tecas o relicarios de letra muerta. El Dios verdadero vive en ellos.
A los lectores incorregibles se nos va poniendo con el tiempo cara de lechuzas.  Como si por esa vía se nos estuviera contagiando la sabiduría nocturna de Minerva. Lo de los buitres no es más que un decir. Parece que leyendo y manoseando libros(hay, incluso, un placer casi venéreo al pasar los dedos por los lomos granulados de un cantoral monástico o alguno de aquellos tomos que publicaba Aguilar) vamos tirando en la vida. Muchos de nosotros somos ya hombres sin amor.
Acudir a este sitio por las mañanas de sábado cuando se ofertan libros a 25 pesetas (el resto de la semana a 100) recuerda algo del instinto cinegético de la condición humana. Los hijos de Adán llevan dentro un cazador. De liebres, de rebecos, de señoras, y, cuando no pueden porque les fallan las fuerzas, de libros de viejo. Encontrar un texto raro proporciona una placer equiparable en cierta medida con el de la caza. Es como cobrar una pieza los podencos de nuestra rehala han venido persiguiendo por el campo.
Cada uno va metiendo los tomos que están al relente en una escarcela o los selecciona en un montoncito propio al lado de los aligustres que sirven de zarzo al bulevar. Tienen todavía que orearse un poco más. Cuando termina la requisa, el dueño les pregunta:
-¿Cuantos hay?
-Me llevo cuarenta y cinco de una tacada.
-Mil cien - contesta  sin pestañear y sin tener necesidad de echar cuentas. Se le dio siempre a Alfonso bien el cálculo mental - en número redondo. Te perdono cinco duros.
Si queréis verlo hecho un energúmeno, ir a pagarlo con calderilla. Es capaz de pasaros la pluma por el pico y las perras por las orejas.
Ah Riudavets, que grande es, el padre en esta hora de todos los huérfanos de sueños imposibles, de los que acariciaron la voluptuosa idea de ser famosos y de brillar astros con luz propia en el atrabiliario universo de la fama, donde fosforean tantos planetas con luz muerta.  Él, verdadero buen samaritano - un buen judío, en definitiva- con sus regañinas y catilinarias pronunciadas en voz de falsete nos ayuda a portar la cruz de la incomprensión.
- Soy un perdedor.
- Pues que te den por el c. No te quejes que otros están peor.
- También es verdad.


-¿Cuántos hay?
Es la frase preferida del librero y también   “Oiga que yo no soy un pobre” cuando nota que alguien trata de darle monedas de vellón o incurre en una de esas desconsideraciones veleidosas hacia la gente que vende en la calle. Hay que ser un poco masoquista y desplegar enorme paciencia para poner un puesto. Sus maneras, empero, son las de un señor. Un dios bajado del Olimpo. No se digna de contar nunca los ejemplares que acarrea el cliente. Le basta con su palabra, no faltan rácanos, desde luego, pero él posee una intuición o gracia especial que le vacuna contra los timadores y sabe  con un abrir y cerrar de ojos quien le engaña y quien no.
¡Ay ese golpe de vista de Alfonso! Esos ojos flavos detrás de unas gafas de vista cansada son de los de un lince; ven crecer la hierba.
 Manolo Carrión dice que es un hombre muy bueno y muy listo. Lo de la inteligencia no se los discuto. En cuanto a lo de la bondad tampoco, pero la disimula. Y es seguramente porque no quieren que lo tomen por tonto, y él de tonto no tiene un pelo.
 Con su oronda humanidad representa él solo el alma de la cuesta de Moyano. He sido un cliente suyo de los más adictos a lo largo de cinco lustros. Eso no me da ninguna prerrogativa, aunque me deja que le hable si está de buenas, y sin que sirva de precedente como él mismo dice, pues no es hombre que se ande con muchas contemplaciones. Algunas veces resulta brusco, porque, cuando se ha levantado de mala leche, sabe ser punzante y quisquilloso, pero la mayor parte de los días su talante es avuncular,  jocundo y risueño. Por supuesto, no tolera pelmas.
Puede resultar obsequioso pero sin servilismos. No sufre a los tontos, y menos a los pedantes, pero le hacen cierta gracia los periodistas. A los escritores fracasados les trata a patadas. A muchos políticos los pone a parir.


A mí que me han ido echando de todas partes encontré siempre refugio perentorio en su caseta en conversaciones terciadas que ni iban a ninguna parte, ni duraban una tarde. Hablábamos a voces de política. Nunca disimulé ante él mi franquismo incorregible. “Riuda”- como le llamamos sus mejores amigos haciendo una carambola con las palabras en las que late alguna semántica porque lo que vende es más viejo que la ruda- seguía mis discursos con sus ojos profundos, color miel, unos ojos que tienen más de magistrado de la Audiencia o de catedrático de Lógica de la universidad que estaba en la calle ancha de San Bernardo, que de subalterno de la literatura, pero sin comprometerse y no es porque sea un tránsfuga al uso corriente. Posee el arte de escuchar y de replicar, porque en sus momentos insufribles se muestra muy suelto de lengua. Sólo dice la verdad y la verdad duele.
Un individuo de talante tan hispánico le vendría como anillo al dedo a Gracián como referente de su apotegma “Español soy hasta la gola, que la libertad siempre fue española”.
Ese es Alfonso Riudavets. Español hasta las cachas. Un hombre de una sola pieza. Hay algo de berroqueño en él. Con su calva profética y su hermosa y escultural cabeza, ese cráneo braquicéfalo de las deidades olímpicas, como la de un busto romano, y una bondad natural que trata de envolver en dosis acíbar. Como el país es áspero de por sí no puedes hacerte turrón del blando. Te comerían si no. Y esa debe de ser su filosofía, porque Riudavets, que perteneció al Frente de Juventudes, y sigue teniendo esa veta republicana y algo anarquista de la Falange, no se define, pero creo que toda su familia es de abolengo menorquín, monárquica y muy de derechas de toda la vida.
 Ocupó puestos importantes entre los domésticos de la Casa Real. Fue siempre gente del rey, aunque con Ansón ni se habla. Eran los suyos aposentadores, cocineros, carpinteros y hasta dieron a algún húsar para la guarda de palacio. Así empezó también la familia de Don Francisco de Quevedo. Pero estas coincidencias de origen áulico puede ser que no sean sino suposiciones mías, claro está.
 Nunca se sabrá de qué pie cojea. Nadie lo podría encasillar ni definir.  Si hubiera un Partido Justicialista aquí, a él pertenecería el bueno de Alfonso porque me consta que el don más preciado para él es el de la justicia. Prefiere que le llamen justo, que no justiciero, antes que bueno. No es uno de esos libreros untuosos que pasan la mano por el lomo del cliente, para sacar tajada. La adulación y el servilismo le ponen muy nervioso.
-Si me roban, que me roben, joder.
Ahora bien, no permite el regateo, porque fue ya desde mozo muy tirado para adelante.  Tarifar la mercancía y pujar por las bravas le parece gallardía. No es de buen tono almonedear entre caballeros. Como Riudavets diga mil duros, ésa es la fija: veinte mil reales tendrás que apoquinar si quieres el libro. Tampoco se fía, aunque a mí, por caso excepcional, algunas veces me ha dejado llevar género en rahína, aunque no hipoteque por tu cara bonita y al allá que te va. Pero sin abusar, como él dice. Es Riudavets el tratante más legal de libros al menudo y al por mayor que en Madrid podrá echarse uno a la cara. Tal vez peque por defecto. Demasiado rectilíneo.


 Nunca ha engañado a nadie. Le gusta ponerse a la faena con un blusón gris lo que le daba un aspecto de bedel, de sargento de semana en un escuadrón de la Remonta, de capataz, o de rabadán de los largos rebaños de la mesta de la cultura, pero, cuando le miras a los ojos a Riudavets, ves allá dentro a todo un señor, que es lo que es. Antes, cuando estaba más gordo, se traía un aire a Alfo Frabizzi, aquel actor italiano que hizo las delicias de nuestra adolescencia, pero desde que Conchita, su mujer, su musa y su hada buena, lo puso a régimen, se ha estilizado un tanto su aspecto doctoral.
Hay días que me ha recordado a Moisés bajando del Sinaí ante una multitud de impenitentes bibliómanos y de mozos de cuerda, que aguardan apostados detrás de las acacias municipales a que abra su chiringuito. Tampoco le vino mal dejar la cigarra. Se fumaba a veces dos paquetes de Bisonte, aquel rubio mataburros que se ha llevado a tantos de nosotros por delante.
Con su mandil de ganapán acierta a tratar lo mismo al rey que a uno de los múltiples vagabundos que recalan por Atocha y aledaños. Y él lo lleva muy a gala eso de ser jornalero de la cultura.
Pero, ya digo, cada hombre es un mundo y portador de un misterio inalienable dentro de sí.
Durante unos años en su tabuco al lado de las limpias acacias que plantó la República se escuchaba el ronroneo machacón de esa radio tan pobre y unipersonal, pero electrizante, en programas que parecen dirigidos a  porteras  conducidos por los Midas de la comunicación, los reyes y princesas de las mañanas de nuestra democracia hortera. Escuchaba a del Olmo porque decía ser de derechas. Pero el ánima de una librero de raza tiene que ser alborozada, multilateral y escéptica. Hoy ha mandado al cubo de la basura a Del Olmo, que ya es el colmo y a veces resulta pesado de tanto escucharse a sí mismo, al transistor, y a las derechas, y sólo le vemos acalorarse cuando habla de “su” Real Madrid.  Le hizo socio del club blanco don Santiago Bernabéu, y debe de ser una de las filiaciones con más solera, pero tampoco de eso quiere hacer alardes.
Debe de ser por aquello de que no hay mal que por bien no venga. Si el personal leyera un poco más y muchas de estas joyas literarias que se exhiben en Moyano estuvieran  a su precio justo, a lo mejor hubiésemos vuelto a las andadas. Quizá una de las claves de su éxito haya sido encontrar acomodo en el carro de los vientos que nos llevan a no sé dónde. Hoy se ha puesto de moda lo “light”. Estamos instaurados en un sistema que paga el Deutsche Bank.


Es uno de los seres humanos mejores y más originales que uno puede toparse en esta ciudad aséptica y cosmopolita. Los ingleses dirían “that he is a whole character and a man for all the seasons”, un personaje redondo, un hombre para todas las épocas. Un genio tal vez de la venta de libros de segunda mano.
La clave de su popularidad y de su éxito estribe quizá en haberse ceñido a su oficio sin alharacas. Conoce los libros como nadie y sabe lo que dan de sí, pero,  vacunado contra la pedantería, él parece siempre por encima del bien y del mal. Muestra un desden olímpico hacia los predicados humanos y a veces los libros, aunque mucho los ensalcemos, no son sino vanidad de vanidades, verdura de las eras que diría el clásico.
 Riudavets, que es un sabio, pone de manifiesto este desprecio hacia las cosas superfluas con su conducta.
Pero lo que yo he tratado de bosquejar aquí ha sido una semblanza, no un panegírico. Y me parece que he escondido sus defectos, que también los tiene. Por ejemplo, un genio insufrible. A mí me ha llamado de todo. Una vez, como sabe de mi afición por la literatura eslava, me colocó el epíteto de archimandrita.
-Eso es una lisonja, Riuda. Ya quisiera yo que me nombrasen obispo.
A veces incluso hemos discutido, con la misma forma que discutieron González Ruano, que se pasaba los días con un café en uno de los veladores más codiciados y don Pepito el del Café Gijón. A veces hasta llegué a formular el propósito de no volver aparecer por su tendejón. Pero la cabra tira siempre al monte y a de mí tiran los libros, pues en ellos vivo enterrado, amando esta sepultura cálida de papel en la cual me evado hacia mis muertos, héroes de hazañas fenecidas. Se hizo materia y carne en mí aquel quevedesco aforismo de “escuchar con los ojos a los muertos y andar en perenne conversación con los difuntos”, y quiero advertir que nada menos lúgubre, pocas cosas más vivificantes que la literatura. Aunque sean pocos los preparados para este yantar de ambrosías espirituales. No se convoca a todos ni todos los días al banquete de los inmortales dioses.
¿Y qué es esto? Letra muerta, al fin y al cabo. Pero, cuidado. Haciendo corte de manga a las leyes universales de gravedad, y unidad de espacio y de tiempo, que nos son más que convenciones y formulismos, y por otra parte los libros te acercan a la memoria del ser infinito. Dios es Memoria, y Billy Gates, ese demiurgo con sonrisa de Mefistófeles lengua del cenáculo y puede que también confusión de babel, ha tratado de copiar ese atavismo, aplicando a la cibernética toda la teoría de la relatividad de Einstein. Son los libros mi viático y mi propedeútica. ¿Qué sería yo sin ese paraíso que ha sido para mí la Cuesta de Moyano?
No he cumplido la resolución de no volver.  Cuando Alfonso Riudavets está de incordio, no hay que hacerle demasiado caso. Luego se le pasa. Los libros dan satisfacciones, pero no faltan disgustos, y crean humores intercadentes entre quienes los manejan. ¡Que viva Don Alfonso Riudavets. Los sargentos de caballería y los que doman potros!
Ellos nos treznan con la lezna, razón sagrada de nuestra uremia y nuestros atascos. Y yo no voy a dar aquí gato por liebre sino limiste auténtico, buen paño que se vende en las arcas inaccesibles, de los telares de Segovia. Hay cosas del pasado que quedarán inultas para siempre pero de lo que trata la tarea de escribir, por más que los libros sólo valgan para dejar un poso de melancolía esperanzada en el alma del lector, absoluciones y soluciones.
Claro está que los caballos no pueden leer. Tampoco tendrán complejo de culpa.
-Dejate ya de tanto libro- me decía mi padre que paz descanse y que fue el hombre que más admiro-, esparcete, echa un cigarro, vete al baile.
Y que nada, que era incapaz, que me ha aburrido. Estaba predestinado al vino de Caná y al alimento espiritual de esta letra impresa. Era mi destino encontrar la perla en una pila de bosta. Leer para vivir y vivir para leer. En la lectura he encontrado ese “Dasein” que conecta la esencia del hombre, contingente y perfunctoria con la aseidad divina. Pese a todo, a veces me cunde la impresión que sólo laboreo por la gallofa. Las alfagras literarias de la cultura hoy son reflotes de lavazas, aguas fecales del inodoro de Tartufo.
-A ver si aprendes, educa tu gusto: la mejor novela en castellano la ha escrito Vargas Llosa.
-¡Pero si parece un caudillo de república bananera!
La cosa tiene un par de perendengues. Me parece que conforme se están poniendo las cosas me voy a comprar un podoscafo, ahorcaré los libros, como un día ahorqué la sotana, me marcharé a tostarme de salitre y de yodo a la playa de las Arenas, y a vivir que son dos días.
 Millán Sacramenia Artedo

10 de diciembre de 1999


No hay comentarios:

Publicar un comentario