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miércoles, 20 de febrero de 2019

EL ARBOL DE LAS SUPOSICIÓNES





Fue un verano de grandes expectativas aquel en que yo cumplí 64 años sol de junio un verano más teléfonos mudos y en el celular pocos registros había conocido la soledad y el silencio del justo y de los que padecen persecución por la verdad y por la justicia. Un ángel bajo a decirme:
            -eres un marginal
            -Mas bien un leproso pero no te preocupes ángel de luz. Estoy muy acostumbrado a pasar por tales trancos.
Nadie me llamaba, yo no era importante. En un principio me rebelé dando grandes paseos por la Mocha chica. Pedaleaba hasta el escorial a venerar el Árbol de las suposiciones dicen que olía y luego regresaba tan pichi por la misma ruta que hacía Felipe II en una litera de tracción de sangre que al rey lo llevaban siete palafreneros en silla de mano e iban sudando.  Una vez camino del Real sitio venía tan crecida la corriente del río Aulencia que por poco se los lleva a todos la corriente al pasar el puente: Monarca y lacayos y hasta un bufón que se había traído de camino para entretener sus ocios y sus melancolías. No acabaron ahogados de milagro. Entonces Felipe II ordenó al padre Villacastín jerónimo que fabricase un pasadizo más poderoso y así se hizo. Tendió un puente de granito sobre el Guadarrama que por el empaque y por la multitud de ojos se parecía un poco al acueducto de  Corobias. El rey de las Españas curó del susto pero la pierna le seguía afligiendo en estos viajes y hubieron de entablillársela los cirujanos. El transito del alcázar hasta san Lorenzo se los pasaba en un grito. Una saludadora de Ocaña fue convocada a palacio. La vieja hizo unas cuantas invocaciones, recitó no sé cuantos exorcismos, aplicó un emplasto de hierbas que conocía y que fue recogiendo en verano por las dehesas que circundan al monte de las Machotes y sobre todo dijo que lo que el rey tenía era aparte de mal cordial grave tarazón y en Castilla la congestión de vientre se curaba con vino. Media jícara y a ser posible cuando el mal aprieta una entera con unas góticas de aceite de ricino. Las estancadas tripas reales empezaron a moverse, se aligeró el vientre y don Felipe II era capaz las noches de conciliar cuatro horas de sueño seguido, se levantaba a cantar maitines con sus monjes como nuevo. Remitió la comezón de la piedra, bajó la hinchazón del cuerpo pues estaba medio finchado por la obstrucción y dio de mano a la opilación hidrópica. El puente que tendió el fraile ingeniero llamose el del alivio y se decía así porque en el mismo álveo había una letrina en cuyo interior acostumbraba su Majestad a detenerse para hacer sus necesidades. Un letrero en el frontispicio de la caseta lo decía: “Aquí cazaba el rey Felipe II”. No decía cazaba sino cagaba. Se confundió el escritor del epígrafe
Hombre disciplinado y metódico el Austria tenía sus propias costumbres biológicas a plazos fijos y con horas regulares. La función excretoria se parece a la erótica así como a la tanatoria. En las tres funciones el ser humano estalla en gemidos y las tres ocasionan placer y movimientos convulsivos. El rilar de la muerte, los estertores de la coyunda y la defecación se traen  un aire y ocurre lo que dijimos: omnes caedunt et ultima necat. Todas sacuden y la última mata. En la vida del hombre sus horas están contadas lo mismo que sus cabellos y sus cagadas. El reloj biológico le hacía al rey posar ahí. Le entraban recias ganas al cruzar por el puente de Guadarrama.
“Aquí pernoctó doña Juan de loca; en esta cama pernoctó el príncipe don Juan Carlos, por estos tesos solía salir a cazar Carlos III y en este reclinatorio se arrodilló Isabel de Castilla el día que salió a misa a los cuarenta días de su alumbramiento. En este lugar, Tazones, Asturias, desembarcó la nave que trajo a España al emperador Carlos V cuando vino a tomar posesión de sus estados. Después de un temporal. El cronista advierte que tuvieron mala mal desde que zarparon de Flandes y que la nave era alta de castillos, un detalle marinero muy digno de tener en cuenta. Todo España es un memorial. El país está plagado de letreros, inscripciones, efemérides. Existe entre los españoles una cierta vocación de notarias. Aquí se levanta acta de muchas cosas incluso de las más nimias. Nada se arrumba en saco roto, ni tampoco al olvido. En cada uno de nosotros existe un autor de teatro y un fiel de fechos. Castilla de esta manera se nos vuelve un gran archivo. Se hace registro minucioso de los actos más intrascendentes siempre que hayan sido realizadas por gente de viso. Por esa regla de tres las cagadas del rey de España también debieron de ser trascendentes. Estuve yendo y viniendo ya digo como seis o siete años. Fue un ir y venir que llaman acarrear un frenesí en el que anduve sumido como poseso un ir y venir que llaman acarrear de lo que sacaba poco en limpio. Se había pasado el tiempo de Virgo la mujer y llegaron los años del agua. Se iba a acabar el mundo pero yo sentía muchas ganas de vivir y me consideraba bastante vital. Aquellos mis pedaleadas por los recuestos de Valdemorillo que no sé como no me llevó por delante algún coche en uno de mis viajes embebecido del aroma de las campas de Brunete empapado del olor de fraga entre encinares. Había en  las dehesas encinas padre y encinas madre creo que yo las alcancé a diferenciar. Cruzaba las sendas de los trigales donde anidaba la codorniz y silbaba la abubilla y seguía las huellas del monarca sosegado al que le gustaba rezar en la iglesia con los monjes. Me tumbaba en los campos de alfalfa. Andábamos entonces en la España del cambio un poco a la expectativa del Apocalipsis. Las últimas décadas del siglo XX fueron una reviviscencia de los terrores milenarios. Todos suponían que la conflagración atómica estaba a punto de estallar. Bush, un nombre nefasto en los anales que se escribirá siempre con B de bestia, no alentaba mucho. Aparte de eso estaba el lenguaje deletéreo de los neocom y un filósofo americano por nombre Kundera que pregonaba en un libro el Final de la Historia. Habría signos en el cielo y en la vertical del Monte del Escorial se manifestaba cuando yo me tumbaba sobre los campos de alfalfa. Las radios de los tele predicadores americanos atronaban las meninges anunciando la llegada del Anticristo mientras ellos hacían caja. En Roma imperaba Wojtyla para unos un Papa muy bueno y para otros un papa muy malo. Se habían pervertido las costumbres y el mundo andaba manga por hombro, todo del revés lo derecho en lo izquierdo la hembra pasó a ser macho y al revés lo blanco negro. Había gente que se consideraba con poderes. Los barruntos claros eran que se acercaban las postrimerías. Se había convertido Rusia desde luego y Gorbachov merecía todas las confianzas del predicado pero los usacos seguían siendo unos tipos bastante malos. La ignominia de la guerra de Iraq montada sobre la mentira y retransmitida por la sienen en las noches blancas de enero, pasado san Antón. Me puse de los nervios con aquellas escenas de la guerra retransmitida en directo, de cómo caían las bombas, las luminarias de las trazadores y las chispas que dejaban sobre la noche de Bagdad los disparos de la contraofensiva artillera. Veíamos a Sadam embutido en su capote presidiendo el consejo de guerra con sus generales dentro de un bunker. Por último vimos también en directo cómo lo ahorcaban al amanecer de una noche estrellada. Tantas guerras y tantas zozobras hacían pensar que el final de los tiempos estaba cerca o no podría tardar mucho.
Soy tan irascible como impresionable y sensible. La televisión, cuando vino el satélite y podríamos tener al alcance de los ojos todas aquellas emisoras, era nociva para mis sentidos. Abandonad toda esperanza. El invento nos hizo sentirnos protagonistas pasivos de una realidad virtual o de una mentira programada ante la cual un pobre periodista y escritor se sentía inerme. Llegué al convencimiento de que el error de mi vida era no haber seguido la llamada. ¿Qué fue de aquella llamada? El consuelo llegaba a través de las ondas hertzianas con aquellas liturgias solemnes retransmitidas desde lugares lejanos y oficiadas por sacerdotes que yo imaginaba con barbas torrenciales. Al menos tenían una voz bonita que hacían pensar que la religión, la cristiana sobre todo, tiene que ver con la belleza y con la tradición. Cristo estaba viniendo desde el Este desde el mismo lugar de donde provenía el rugir de los cañones y el bordoneo de los aviones supersónicos de combate. El mal y el bien se dan la mano. Aquel resurgir de la religión en la Rusia post soviética me llenaba de perplejidad. Estaba claro que tocábamos con el dedo el cumplimiento de una profecía. Los designios de la divinidad son misteriosos. Puede que en misi idealismos estuviera enzarzándome en aberraciones. Mis amigos y mi mujer me echaban en cara que me había pasado a los rusos. Eres un caso perdido. No. No me he pasado a los rusos. Yo busco.
Y recordaba aquellos domingos londinenses cuando asistía a misa en una modesta iglesia de South Kensigton y extasiado permanecía en pie tres horas escuchando el oficio divino, los solos del diacono, la voz rotunda de los popes. Las letanías o la consagración cantada. Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros. Me hice amigo del pope el padre Dimitri un viajecito de barba y melenas blancas que me invitaba después de la ceremonia a tomar el té y que un día me preguntó que yo tenía aptitudes para el sacerdocio. ¿Por qué no te ordenas? Y me presentó al obispo ortodoxo ruso de Londres. Uno de los momentos más gratos de mi vida fue una noche de pascua cerca del Támesis. Se sentía la presencia de los ángeles en el recinto. Hice unos cursos y el “prepadovni” me impuso las manos. Pude revestirme con la estola cruzada y entonar la secuencia del Evangelios o “istenia”. Por fin había conseguido mi sueño: ser sacerdote. Aquello lo llevaba en la sangre. Pero al poco de recibir el diaconado fui trasladado de la corresponsalía y me casé. Cuando supo mi esposa que había cambiado la fe católica por la ortodoxa me preparó un cisco y amenazó con abandonarme. Volví al redil de los católicos tibios y acomodaticios. Creo claro esta que aquella renuncia fue uno de los errores más flagrantes que he cometido. Vendí a Cristo por un plato de lentejas. Algunos de mis enemigos propalaron la especie de que me había apuntado al KGB. Sin embargo, aquellas emisiones nocturnas, aquellas sintonizaciones maravillosas, despertaron mi antiguo sueño y avivaron los rescoldos de mi amor compasivo a la humanidad por Jesús, tal y como lo ven los bizantinos augusto y apoteótico en el Pantocrátor. En la mandorla mística de la resurrección. Yo era un elegido. Pero me han elegido para sufrir como Él. Me convertí en varón de dolores y todas las desgracias que no quiero aquí enumerar puesto que sería un rato largo llovieron sobre mí. Tuve conciencia de aquella traición al Maestro fue la razón de todas aquellas tribulaciones e incomprensiones que padecí. Soy diacono pero también soy escritor. Lucho por el advenimiento del reino de dios y de su justicia.
 Tuvimos que pasar mucho. A los que pensaban como yo nos estaban dando las diez de últimas. Pero no fallamos en nuestro dictamen. Lo que entonces decíamos ahora resulta que se cumple. Entonces nos mandaron a galeras. Hubimos de bailar con la más fea. The end is at hand. Pues bueno que se le va a hacer. Nadie es eterno, ninguno va a quedar aquí para simiente y más se perdió en cuba y vinieron cantando. Vinieron los del Advenimiento y la expectación mesiánica de los del Monotema. Los monomaníacos de una sola idea, los revanchistas. Los intolerantes de la intolerancia y los lobos disfrazados de cordero. España se desplomaba en una mar de liviandad y de satanismo pero la gente cobraba amaba el dinero adoraba el b becerro de oro. A los que no comulgábamos con ruedas de molinos se nos persiguió y se nos marginó. La persecución fue sorda y las tácticas conminatorias colgadas a través de alambres imperceptibles del tablero del gran guiñol. Llovía, llovía y no encontré e n aquel tiempo abocanás. Me expulsaron del templo y de las sinagogas y yo me daba cabezazos contra las barreras. Cometí el pecado de desesperación. Dejé de escribir que era lo que me salvaba. Pero estaba desesperado. Las editoriales me rechazan toas mis obras una por una. El ultimo decenio de l milenio fue para mí el de los pasos perdidos.
Aquellas idas y venidas al Fresno de las Suposiciones quizás tuvieran que ver con sus deseos de huida hacia delante. Huía de sí mismo. Huía de la jet set. Huía de la cuadratura de su vida que se había quedado estrecha y chata por todos los lados. Callejón sin salida. Lasciati ogni esperanza. Y luego habían llegado los usureros y los tele predicadores anunciaban que se acercaba el fin del mundo. Señor, sálvanos que perecemos. Lo había huido del trabajo suspendiéndole de empleo y sueldo. Su mujer no era solo una extraña. Era un tormento. Sólo lo suspendieron de empleo y sueldo y no le dieron la nota definitiva porque había protestado contra los judíos, les había quitado la máscara a los usureros. En el ministerio de la Cosa por defender a España lo había segregado, perseguido, ninguneado, expuesto a toda clase de intemperies y pensaba que si sobrevivía era tan sólo a un milagro de la Virgen María de la cual era devoto. Lo mandaron al psiquiatra y fue uno de los muchos postergados y represaliados por sus ideas políticas. Lo malo es que no sabía a donde ir. Adonde meterse. Harto estaba de nadiuskas y de isabeles  de falsas promesas y mucho pasar la mano por el lomo pero que hay de lo mío no me digas. Era como darse de bruces contra un muro porque el Gran Modorro tenía los morros muy duros y sabe matar mediante encargo y sin ningún genero de violencia esparciendo la semilla de la cizaña y de la desesperación por los campos. No me digas que te han hecho académicos Juanchi. Pues sí. Pues sí toda aquella hueste se había transformado en los neocoms. Pitita Ridruejo empezó todo aquel tinglado y como salía en las revistas pues tenía mucha imagen. Los gozos y las sombras Juanchi que hay de lo mío. Los únicos porteros de discoteca que me gustan son los rusos. Parecen armarios y son gente bastante entrenada. No sé ni como en aquellas acometidas de Erifos me pegaron un tiro en la nuca. Iba y venía como alelado y como desesperado, como el que va a Salamir que no sabe dónde ir y luego tampoco sabe cómo salir.
De las razones precisas o imprecisas que me condujeron a ser víctima de un odio tan inesperado como injusto. Nunca he comprendido ese odio que se manifiesta en las miradas o en palabras que se pronuncia como lanzadas desde el colmillo, y esto no es un colmillo humano sino los tochos de un jabalí. Me sentía igual que Daniel en la fosa de los leones. Tuve que plegar velas, recogerme en la concha, ingresar dentro de mi propio alveolo, entregado a la plegaria y a la radioescucha mística de emisoras lejanas donde vivía la hemorroisa toda cubierta de pus y de sangre que exclamaba: "natátil... natátil... ha llegado”. Aquel apartamiento e incomprensión volcaron mi atención sobre la cultura rusa y escuchaba Radio Moscú en las largas madrugadas. Caído el muro de Berlín era casi la única de todo el guial que hablaba de Dios y de asuntos religiosos. En dicha circunstancia  quise observar yo que se cumplía una señal. La Señora había pronosticado en Fátima “Rusia se convertirá”. Pies bien con Gorbachov había vuelto a Cristo la mirada el gran país eurasiático. Sin embargo cada vez había más odio y era más escandaloso el pulular de los odiosos anticristos. Algo no funcionaba en aquella profecía. La Virgen había anunciado la conversión de la URSS pero nada había dicho de los norteamericanos que es de donde venía el mal barrunto.
Así que yo era un poco el profeta Daniel en el foso de los leones sumido en la vorágine y nadando contra corriente. El icono en mi bolsillo volaba hacia el empíreo infinito. La rueda de Ixtión daba vueltas eternamente. Los griegos desdicen al Libro del Apocalipsis y tengo la impresión de que a lo mejor Aristóteles llevaba razón cuando profundizaba sobre la eternidad del mundo, la sucesión de los  trabajos y los días o el fluir de las estaciones que luego darían ocasión a Hesiodo para elaborar su `propia teoría. Pero el oficio de un intelectual que se entrega a la casuística y a la observación de la naturaleza tiene algo que ver con el tormento de las Danaides. Yo llenaba cantaros y cantaros de filosofía, pedaleaba hacia el Escorial. Me llenaba de enciclopedias y andaba un poco hambriento de emociones y de paisajes. Las ánforas no se llenaban nunca. Cada mañana por orden superior limpiaba las cuadras de Anteo. Dos mil caballos y olían que tú no veas. Este desdoblamiento del yo convertía mi existencia en un suplicio. Eso me llevó a aquel hortus conclussus aquella fuente sellada. Un jardín de María que yo había columbrado en las sabatinas del mes de mayo. Un trozo del cielo al alcance de mis manos y a una distancia corta en bicicleta un par de horas de lento pedaleo. Y bajaban los ángeles rubios tañendo liras hermafroditas de diez cuerdas y viriles zampoñas, laúdes mágicos, dulzaina que sembraban el aire de sonoridades penetrantes y los devotos a lo primero alelados y después cogiendo confianza bailaban la jota o jugaban al marro o al que no me coges por aquellas campas. Alzaban los brazos, hacían puñetes con ambos dedos o gritaban a voz en cuello.
            -Viva la Virgen de los Dolores.
            -Que viva.
El huerto sellado o jardín de María no sé sí era el zaguán del paraíso o la antojana de los infiernos. Todo lo que veían mis ojos bajo la luz de un cielo espectacular y una luz Purísima era un mundo onírico. Esperpéntico. Que de tan realista resultaba del todo irreal. ¿De donde salía toda aquella gente que afloraba a bordo de autocares fletados desde la provincia de Madrid y de todas las provincias de España como Jaén, Andalucía. ¿Asturias? Todos decían cosas raras y tenían caras raras. Un gañan de Gredos dejaba el hatillo de sus ovejas en el aprisco para  ir a ganar la indulgencia de los primeros sábados de mes y dos agricultores de Holombrada llegaban todos los primeros viernes y pasaban la noche rezando. Allí dormían. A una mujercilla se le ponía la voz de pito cuando se dirigía a la Virgen como si fuera de carne y hueso cuando la traían los virginianos en andas. No he visto imagen más tétrica ni más fea que aquella dolorosa de cera que el artista de ocasión había pintado con un manto horrible negro todo él cubriéndole de la cabeza a los pies los ojos de cristal inexpresivos y los carrillos con coloretes pero sin la vivacidad y expresividad ingenua de las vírgenes románicas o la expresión abstracta de las vírgenes negras. Una señora asturiana con el pelo corto a la que llamaban la Catequista instruía a los devotos sobre la devoción a la virgen y decía mil majaderías. Un cristalero de Albacete por nombre Julio entraba en trance cuando se acercaba a una peña misteriosa que estaba un poco mas arriba. Sus incondicionales decía que olía a rosas. Antes de sus trances se embadurnaba bien la cara de lavanda y fricciones mentoladas y así dicen que olía. En aquella cerca se daban cita  en las reuniones multitudinarias del principio todo el dolor y la extravagancia del país. Parecía que habían dado día libre en todos los hospitales y manicomios. La Virgen estaba en su cabeza. Era el recuerdo de los dulces años de la infancia y de canciones como Venid y vamos todos. Y allí se presentaban con sus tarterillas de la merienda y sus garrafas con floretes a María, la superstición entreverada con la fe verdadera. En su ignorancia la Madre los protegían. Todos expresaban un temor extraordinario a la muerte. El encante olía a botica. A  carne vieja, gastada. A humores que delatan el cáncer y toda suerte de enfermedades. Todos éramos huérfanos pero gritábamos madre en medio de un ambiente sugestivo pero irreal. Éramos creo yo un poco blasfemos al hacer caso a aquella embaucadora que envía los mensajes que había recibido el viernes anterior por cinta magnetofónica y todo eran suspiros, congojas, jipíos y sufrimientos. En el año 82 la primera vez que porté por aquel lugar de las desdichas llevaba mi pentax y tiré algunas placas a la vidente.
Amparo se mostraba como una mujer de unos cuarenta el pelo rubio corto muy lacio figura rechoncha una rebeca roja y falda con flores una exhibicionista pero acaso una personalidad fuerte y mentalidad viva con las ideas muy confusas y la voz gorda que cambiaba y se oscurecía cuando le daban los siete males… hijos míos, mirad cómo las almas caen en el infierno… mirad mi corazón.. Pedid por los sacerdotes, etc. Eran igual todos los mensajes. No he conocido personalidad más blasfema y mis conocimientos de teología me daban a entender que pisar aquel huerto de las apariciones supuestas era un sacrilegio. Era profanar todo el arcano de verdades y de dogmas que supone la mariología pero mi situación anímica y personal era tan desesperada que tenía que acogerme a un clave ardiendo. Me tenía que armar de valor y a veces de vino para tener que soportar aquella farsa aquellos virginianos que traían una imagen chapucera aquellos enfermos desahuciados a los que ponían en primera fila en sillas de ruedas y a veces sobre camillas como en Lourdes que resulta un lugar mucho más tétrico y horrible como Fátima. El Escorial no es más que un pálido remedo de esos parques temáticos que profanan la sagrada devoción marial y explotan la buena fe de las gentes sencillas o son una ceca para acuñar moneda billetes y billetes a cambio de falsos mensajes hueras promesas. Dios y la religión se convierten de esta manera en fuente de divisas. Aquella Virgen del Escorial inspiraba miedo y no ternura como mi Virgen de los Tránsitos.
Sin embargo me ocurrió un caso que no acertaré a explicar del todo bien una tarde de tormenta. Era el 13 de mayo de 1995. habían cerrado la verja. Empezó a salir humo de alguna parte. Corrió la voz de que se había declarado un fuego a causa de una chispa que había caido sobre una encina. Sin embargo no veíamos incendio por ninguna parte. Eso sí el fresno se iluminó y empezó como a echar chispas. Desde el tronco hasta nosotros venía un olor muy desagradable como de tuvo de azufre. Casi me mareo. Un poco más allá un hombre se solazaba con una par de muchachas con las que jugueteaba. Los tres estaban en el fondo de un talud y por las trazas íbamos a ser testigos de una escena escabrosa porque el individuo que parecía un sátiro estaba bien dotado y mostraba una poderío sexual fuera de lo común.
            -Por favor caballero esas cosas en privado. Un respeto por favor.
El fulano que lo oyó se vino hacia mí como una centella. Casi echaba espumarajos por la boca. Crispaba los puños, amenazante.
            -¿Y quien eres tú para meterme en lo que no te importa? Yo estoy bien con mis novias. Mira tengo dos. ¿Y no soy moro. ¿De dónde eres tú gilipollas?
Me miró, le miré. Las mujercillas alborozadas se plisaban la falda que había levantado aquel energúmeno incontinente y observaban la escena expectantes y con hilaridad como diciendo verás tú la que se va a liar ahora.
            -¿Y tú?
            - Yo soy del mundo. Estoy aquí y allá.
Era un escena irreal. Le reconocí. Aquel hombre era el ángel caido que proyectaba sobre nosotros la sombra del Cánido. Entonces alcé los brazos como hacen los diáconos griegos cuando cantan el Akathistos y levanté todo lo que pude el icono de la Virgen María que siempre llevo conmigo lo mismo que el rosario. Entonces ocurrió algo que nunca podré explicar. Como si fuera un espejo la figura del icono que yo sostenía con las manos empezó a reflejarse en grandes dimensiones. Se pudo distinguir el manto de la Señora que sostenía en brazos al Niño, los pliegues de su túnica, los pliegues del velo o griñón con que aparece en las representaciones orientales.
            -Mirad, mirad-. Dijo una mujer que acudía todos los días desde Madrid a colocar flores sobre el árbol- Es el icono.
 Y una peregrina portuguesa que también estaba allí comenzó a alabar a Dios en su lengua. El olor mefítico se convirtió en un perfume suavísimo como de rosas. Los individuos con las dos prójimas habían desaparecido u allí nadie les vio salir. Es el icono. Es el icono. Alguien volvió a prorrumpir en sollozos y decía madre… madre. Caímos todos de rodillas y empezamos a rezar el rosario. Quedamos todos como clavados. Lo que recuerdo es que yo me sentía muy cansado y con el cuerpo como si me hubieran dado una paliza pero lleno de paz y relajado pese a mi extenuación. Eso ocurrió. De eso doy testimonio. El árbol de las suposiciones y las supercherías sirvió para afianzar mi filial devoción a la Virgen. Guardé mi imagen en el bolsillo. En varias ocasiones creo que también este sencillo retrato plasmado en madera me ha sacado de muchas dificultades. Aunque tales intervenciones fueran mucho menos explicitas cuando se dibujó de repente sobre el cielo de las Machotas para poner en fuga al Maligno. Me entró pavor y nunca volvía a presentarme en aquellas tenidas del encante de Prado Nuevo casi a un tiro de ballesta del lugar donde se emplaza el Real Sitio. Más que el dichoso fresno de las suposiciones a mí lo que me tiraba era la sombra de Felipe II que bajaba a pasear por aquellos bosques en tranquilos quietes reales. Era un rey pero también un monje coronado. Felipe ii metódico y ordenado retoma ruibarbo para las mañanas y anotaba todo incluso hasta cuando tenían el periodo sus hijas. El agnus del o pequeño viril eucarístico fue un regalo y este regalo apareció en los pecios de la Invencible. Era un rey devoto hombre de muchas misas amante del canto llano y de las misas. Costumbres estables y sedentarias lo contrario de su padre viajero incansable, ahuecando el ala en guerras y en campamentos, gran guerrero y al final el desencanto de Yuste, el desistimiento de la idea imperial. Peleó por la cruz pero su concepto mesiánico que no entendían tampoco ni siquiera en Roma- Felipe II heredó este concepto cesáreo pero más ordenancista. Se cansó de sus viajes y travesías por el Atlántico, una le llevó a Londres a casarse en la abadía de Winchester y otro a Flandes donde viajó en una nao “alta de castillos”. Sosegaos. Vida apacible, subidas al monte. Escuchaba el rumor de las fuentes. Es lo que a mí me fascinaba del Escorial, alma mater de la historia de España y núcleo de la catolicidad tal y conforme era entendida por los españoles pero triunfó Trento y salió airosa la idea de Sixto V el papa que le negó el título de defensor de la fe que fue contendido por Alejandro VI, su predecesor nada menos que a enrique VIII. En Roma eran mucho más sutiles, diplomáticos. Eran italianos. Suspicaces. No entendían el ardor a palo seco de la monarquía hispana. Escorial es el apéndice de Yuste. La idea del esplendor y del desencanto. Que plasma el sentido horaciano de la vida, ese Beatus Ille que brota en las mejores paginas de nuestro siglo de oro desde Fray Luis a Cervantes. España contra todos. España incomprendidas defensora de la fe de Cristo con el verso y con la espada. Ese era el imán que me arrastraba hasta aquel huerto de Getesemaní hacia aquel árbol de bancas retorcidos que a veces adquiría la forma al contraluz del sol declinante de brazos del tenebrario, candelabros del “menorah”. En su corte había música en cantidad más de mil quinientos funcionarios asalariados. Quiso hacer del escorial un observatorio astronómico y una botica. Felipe II voz clara tenía don de gentes y aborrecía la vanidad a pesar de su pompa. El incremento de la deuda publica en su reinado es del 50 por ciento. Desde entonces los españoles fuimos un pueblo en bancarrota económica. Espiritualmente sin embargo el más rico del mundo hasta que llegaron los pedisecuos y lebreles de la Hija del Ganadero que montaron sus tenderetes mercachifles de la ruina y todo eran modelitos para la reina de las mañanas y contrataron turiferarios y correveidiles con Pasmón y sus muchachos. Yo huía- aprieta el culo y da pedales- aferrado al manillar de mi Peugot la que compré en una tienda cerca de Atocha (en la tienda había una estampa de Maria auxiliadora buena señal) escalando los puertos de Colmenarejo y Valdemorillo o metiendo la directa en las bajadas y torrenteras, jugandome el pellejo por la cinta de aquella carretera de trafico denso. Más de una vez estuve a punto de ser arrollado por vehículos de gran cilindrada. El mundo iba como loco en medio de aquel terror del milenario




VENTANA DE MI INFANCIA

Yo nací en una ciudad levítica, crecí a la sombra de la torre de una catedral gótica, aquel prodigio de equilibrio de argamasa y roca me dieron en el rostro los sones de sus campanas, escuché salmos y cantos de ronda bajando hacia la Hontanilla, dejando atrás la judería vieja, pasando el arco del Socorro. Tiré varetas por las mismas trochas que recorrió Pablillos, con el cual fui aprendiz de ayunos, esperanzas y desesperanzas. Conocí las huellas o las marcas en el camino que dejaron las cáligas de los hoplitas de las legiones romanas, las sandalias de los franciscanos y las zapatillas de los santos. Había una roca cerca de una fuente en mi barrio que tenía una cruz de hierro ya mohosa donde se sentaba Fray Juan cuando subía jadeante desde su convento al beaterio a confesar a las monjas y  donde dicen que Teresa de Jesús se sacudió el polvo de su calzado para resarcir su rabia y conjurar la infamia propalada contra ella por las hablillas despidiéndose a la francesa  de Corobias para no volver más. La Fundadora era de armas tomar, Dicen que dijo:        
            -De Corobias, ni el polvo de zapatilla.
Las lenguas de las cotorras mal hablaban de que tenía un lío con su frailuco y medio pues era de corta estatura quiero decir san Juan de la Cruz. Que el refrán advierte que entre santa y santo pared de cal y canto. Claro que santa Teresa era abulense y los de Ávila y Corobias la ciudad rival nunca nos llevamos bien del todo que se diga. Cuando jugaba la Gimnástica con la Unión Deportiva salía la gente a palos en el Campo del Peñascal. Había fundado un convento que hoy conserva, pared solitaria frente a la plaza de San Andrés donde existe un patinillo melancólico ajardinado con columpios y hay una taberna en la cual por un sol y sombra un amanecer de otoño, por un sol y sombra, que por poco se me atraganta el anís y vomito el coñac, ya digo, soplaronme esos bellacos taberneros de nuestros embarrados caminos las mañanas de resaca tres euros y hay un majestuoso abeto que levanta su sombra protectora de la torre románica. Entré a misa y había un funeral a congregación única y los del duelo que eran cinco personas no más, salí deprisa y besé al Cristo que duerme sus melancolías cabe el cancel recordando a mis amigos los Larios que sirvieron en dicha parroquia donde comienza el turno de las catorcenas cada doble septenio en un corre turnos o periplo a lo cual ocurren muchas cosas en la querida y vieja ciudad. De las catorcenas recuerdo el vinillo, las pastas y los soplillos en Santa Eulalia, cuando a los de mi parroquia tocaba, los brindis de hoy en un año y las procesiones en que sacábamos por las callejas de Muerte y Vida la cruz parroquias, las plastas que defecaban los caballos de los alabarderos de la Guardia civil que iban abriendo calle, que para los pobres animalitos no había un respeto para la carroza del Santísimo que venía detrás. Animalitos. Venía un barrendero con un recogedor y apartaba las boñigas. Alzaban el rabo y zas. La naturaleza resulta incontenible en algunos casos. Don Benito el preste y el diácono y el subdiácono, oficiantes, todos de capa pluvial, miraban para otra parte, mientras el coro entonaba las maravillosas estrofas de la Secuencia de Santo Tomás: oh sacrum convivium.. Hay que precisar que aquella fiesta tenía una cierta importancia no sólo sociológica sino también teológica: El triunfo de la cruz sobre el menorah. Los enemigos de la religión quedaron confundidos pues resulta que había un sacristán algo borrachín pero más necio que borrachín todavía de la iglesia de san Facundo situada un poco más allá de la puerta de san Andrés y un día se encontró  en una taberna con unos judíos que se reían a carcajadas de la hostia viva blasfemaban y tal. Sucedió que convidaron a morapio al sacristán de san Facundo al que decían Baldomero y apellidaban Don Eructo por los eructos y pedos que se tiraba en plena misa. Aquel sacristán era de la cuerda y de su misma cuerda y solidaridad. Total que convinieron en que si el Eructo les entregaba una hostia consagrada del cáliz ellos le darían una bolsa con treinta monedas. La sombra de judas es alargada a través de toda la historia pero por fortuna en aquella ocasión en Corobias no hubo muerto de Getesemaní. Trato hecho. El apagavelas les hizo entrega de una sagrada forma que él robara una noche en que hubo truenos y ventiscas por toda la ciudad y ellos le entregaron una bolsa con las doblas convenidas. Entonces todos juntos se dirigieron a la sinagoga que estaba colocada junto al mismo adarve de la muralla, prepararon candela y pusieron un caldero. Cuando el agua empezó a hervir echaron a la sartén la divina oblea. Allí estaba la judería local en pleno, su rabino que se llamaba Don Muir revestido de sus ornamentos sacerdotes con el efod o peto y una mitra de dos cuernos. Ínterin no dejaban de caer sobre la ciudad rayos y truenos. Una chispa prendió fuego al campanario de la parroquia de San Facundo que ardió como una tea, ya no existe. Al parecer, la naturaleza parecía enojada por la celebración de aquel aquelarre.
            -Vamos a comer churros- dijo el cantor de la sinagoga, aludiendo a la naturaleza de la masa con que se fabrican las hostias en España, parecida a la argamasa que echan en la sartén los churreros.
            -Verán esos herejes cristianos en que se convierte el cuerpo de su Dios.
            -Eso. Eso.
            -Cristo era un impostor y la eucaristía una artimaña con que los clérigos embaucan a las pobres gentes con semejante majadería: manducar mismamente el cuerpo de su dios. Quieren hacer de ellos simples caníbales.
Un maestro de la ley dijo sentencioso:
            -se trata simplemente de un caso atípico de antropofagia espiritual.
Esgrimía ante las mismas barbas de don MIR, escolta de su gran nariz, un libro muy grueso y viejo, que llamaban el Talmud.
            -La comunión de los santos, el cuerpo místico y todas esas historias no son más que embustes de mentes alucinadas y ociosas y todo lo adoban con un tinte misterioso de mariconería.
Las blasfemias se sucedían una tras otra, como las estampidas de los truenos en aquella tenida en la sinagoga. Un velo de odio y de revancha se cernía sobre las miradas y sobre los ojos, haciendo verdadera la sentencia de que dios ciega a aquellos a los que puede perder. En medio de grandes voces y alboroto el aquelarre discurría. Olía a azufre en ese recinto. Un relámpago apagó todos los cirios y la sinagoga quedó a oscuras. Presos de pavor y confundidos los profanadores cayeron derribados a tierra y vieron como la hostia blanca como el ampo más tierno de la nevada más Purísima empezó a ascender primero hasta las vigas del artesonado mudéjar y después buscando la claridad de uno de los vitrales. El panecillo parecía una paloma y en lo alto de la pared encontró un resquicio que atravesó dejando una enorme grieta que se conserva hasta el día de hoy. Las campanas de las iglesias de la ciudad empezaron a tocar solas y sus habitantes se asomaban a las ventanas o salían a la calle. Había desaparecido la tormenta dejando sobre la vida un perfume de tierra mojada y por la vertical del cielo vieron atravesar en arco el cielo de la noche iluminada aquella sagrada forma. Todos gritaron la palabra milagro. La oblea blanca estuvo parada sobre el cielo nocturno como media hora al cabo de la cual empezó a descender dirigiéndose hacia la otra parte de la muralla. Aterrizó en el convento de los dominicos donde al penetrar abrió otro boquete en un ángulo del imafronte de la fachada gótica tardía de aquella casa de dominico. La hendidura se conserva a fecha de hoy. Generaciones de albañiles intentaron taponar el hueco pero éste, así son las cosas de dios, se muestra renuente a compaginar los designios divinos con la obcecación de los hombres.
Fue a parar a la boca, con gran sorpresa de toda la comunidad, de un novicio que se disponía a recibir el viático mientras sus compañeros entonaban las letanías de los santos y ya su confesor le había leído la recomendación del alma.
Ambas helgaduras aun existentes en los muros del convento de Santo domingo y de la antigua sinagoga, actualmente monasterio de claras, son un testimonio elocuente de aquel portento acaecido el año 1348 el año de la gran peste. Toda la ciudad se conmovió y la noticia del suceso corrió por el reino. Se organizaron rogativas y actos de expiación. Hubo conmociones sociales e inquietud en las aljamas de Sevilla y Burgos y los dominicos organizaron una campaña de predicaciones dirigidas expresamente a los judíos. Muchísimos de ellos pidieron el bautismo en masa y sería un hecho de ver, que no ha ocurrido con frecuencia en la historia de Israel, cómo innumerables miembros de la comunidad del pueblo elegido se pasaron con armas y bagajes a la religión del Crucificado. Semejante fenómeno aconteció pues no hay mal que por bien no venga a raíz de la profanación de don Muir y el aquelarre en la sinagoga. Acaso sea por esto por lo que los Sabios del Sanedrín no han perdonado nunca a España semejante descalabro para sus colores y desde entonces nos guardan aun mucha más saña a los españoles que les echamos en cara su cerrazón por no acoger a Jesús como Mesías. Llueven por eso los escupitajos del odio de la bestia y desde entonces albergan el deseo de cocernos en la caldera como si fuésemos cangrejos. En múltiples ocasiones a lo largo de mis días he sentido ese odio sobre mí que me ha ceñido los lomos como una clámide de escarnio y mi cabeza como una corona de espinas de dolor. Llevo las marcas y los estigmas del Señor la lanza en el costado los huevos de los clavos en los pies y en las manos. Es el indumento del desprestigio la laticlavia del orate la túnica de los locos. Locos estamos por cristo sí. De ahí que cuando voy a mi ciudad se me eche encima todo ese perfil urbano de la nueva Jerusalén y la espiga de la catedral es la torre Antonia y el palacio del obispo el castillo de Herodes. Desde niño no me fío nunca de las insidias de los discípulos de don Muir que siguen por estas y por otras partes habitando.
Por desprecio nunca le llaman al Salvador por su nombre. Le designan despectivamente como ese hombre. Siempre que bajo a la Fuencisla me asomo al pretil desde donde se divisa el ángulo taladrado de la fachada de los dominicos y cuando voy a la iglesia del corpus christi donde las claras tienen expuesto el Santísimo desde que se levanta hasta que se acuesta el sol hago memoria profundísima de aquellos sucesos que fueron un signo y ofrecen una profunda explicación del por qué hay tanta devoción al sacramento entre nosotros. El aquelarre de don Muir determinó que los corobinos pidieran al corregidor y al obispo que se instituyera la sagrada costumbre de la catorcena.
 Procedemos de una estirpe mística muy devota y a la vez socarrona y pagana aunque de cristianos viejos como el que más. Otros historiadores señalan, al contrario, que somos la mayor parte de raíz de ahí nuestra complicación mental pues de Corobias ni la burra la novia nos achacan los que nos quieren mal. Vaya usted a saber pues se asegura que todos los israelitas de Burgos cuando salieron mal con los de aquella otra ciudad castellana se vinieron a acoger bajo los arcos del acueducto. Se bautizaron en masa y se hicieron hidalgos y caballeros de vieja estampa más papistas que el papa y más españoles que el pupas.
He de decir a tal respecto que nuestro amor a la Virgen de la Fuencisla tan arraigada en nuestras vidas arranca de una pobre judía (nuestra querida virgen debiera ser la abogada contra la violencia de género) a la que su marido acusaba de andar tonteando con un capellán, el sanedrín quiso dilapidarla pero luego cambió de parecer. Hombre sería mucho por un supuesto –dijo un viejo verde que la espiaba detrás de unos carrizos cuando la Alaroza recién casada tomaba baños en  las gélidas aguas del Eresma-mejor arrastrarla de la cola de una yegua pero otro comilitón mira quien fue a hablar mira quien baila propuso tirarla por un barranco que nunca faltan por ahí por tejadilla y ahí en eso en peñas escarpadas que marcan las orillas de lo que otrora fuera mar, una mar prehistórico. Y por ahí  defenestraron aquellos malditos esos malditos que María del Salto se llamaba. María del Salto se encomendó a Nuestra Señora y Ésta la recogió en su manto como si fuese su regazo maternal se tratase. Ella estaba allí al pie de las peñas donde las aves alzan sus nidos y donde un pueblo de amor transido vibra en tu Honor. Me he puesto a escribir una novela que es la historia de mi vida y me sale una salve.
Total que nuestros antepasados se bautizaron en masa y las aguas del  Rasemir se convirtieron en un gran Jordán donde los del Pueblo elegido tornó sus ojos a Cristo. En cierta manera los corobinos nos sentimos un pueblo elegido. Elegidos para la palabra y para el dolor. Si la cruz es un privilegio a nosotros nos signaron con ella desde el principio hasta tal punto que sólo a nosotros se nos permite hablar mal de la ingratitud de los elegidos. De raíz conversa eran los Coronel y los Dávila incluso el propio Torquemada prior del convento de Santo domingo presentaba un origen nada preclaro y converso era Pabilillos y el gran historiador Colmenares otro que tal. Que no nos vengan con alicantinas. Lo que pasó pues pasó. A qué ton eso de meter la reja en la Historia como si fuera la vertedera de un labrador honrado que labra sus campos por La Lastrilla. Judíos eran los asesores y los confesores de la Reina Católica y los pincernas de su hermano el infausto Enrique IV que a mí me parece que no era tan impotente como le arguyen aunque aquel rey todo hay que decirlo se aficionó a las costumbres moriscas y estaba rodeado por una corte de jenízaros andaluces. Todos los de la Guardia Mora. Judío converso era el sacristán de san Facundo el que entregó las hostias para que las arrojase a la caldera y la sagrada forma empezó a subir y subir por los tejados dando la vuelta giratoria a todo el poblado hasta  ir a parar a la celda de un novicio dominico del convento de Santo domingo que iba a recibir el Viático.. El fraile era también marrano como María del Salto como la mayor parte de los obispos, deanes y capellanes que ejercieron en Corobias y como judíos fueron los conquistadores que acompañaron a Colón. ¿Fue verdadera o fingida su conversión? Eso pertenece a los misterios archivados en los anales de nuestra historia. España es al fin y al cabo una locura. Pero una locura maravillosa.
En la mezcolanza de los sonidos que bajan de arriba o suben por abajo escucho los ecos del canto de los cisnes  de mi niñez perdida: los cantos infantiles de la rueda y el corro, el son de los viejos romances. Veo subir la cuesta que lleva a la Puerta del Socorro a muchos peregrinos camino de Compostela con la calabaza y el bordón pardas hopalandas. Pardo era el color con los que se vestían los campesinos de la gleba y negro el de los caballeros los clérigos y los domines. Pardos eran los picos de las putas. De las famosas meretrices de Corobias. En mis primeros años conocí los últimos suspiros de Castilla la Vieja. Era un país absolutamente a la España de hoy. Pardos son mis ojos y pardo soy yo hijo de la luz y de la noche. Parda humildad semi franciscana. Don Pablos me estaba haciendo señas desde la otra ventana y traía un libro en la mano aquel protodiacono de los pícaros y me insinuaba tolle et lege. La primera foto que me hicieron en la alameda fue acompañado de un libro. Tenía un libro en la mano el pelo rubio y la barriga algo abultada.
 Pero no maldigamos a los tiempos creyendo el pasado fue mejor pues eso supone una blasfemia un querellarse contra los designios misteriosos del Criador. Yo me forjé una idea heroica del mundo. Caballeresca. Había que salir en pos de un ideal a la búsqueda de ínsulas baratarias a desfacer entuertos defender a los humillados y ofendidos y pelearme contra los gigantes que luego resultaron solo aspas de molino harinero. ¡Qué cosas! Acaso me sumí en un romanticismo trasnochado pero eso ya nada importa.
La sombra de aquella catedral acariciadora y benigna hizo de mí un exaltado de la cruz hasta llegar a la convicción de que sin cruz ni cristianismo no son posibles ni la el amor ni la belleza. Acaso en parte llevase razón pero la cruz no debería jamar imponerse por la espada ni a la fuerza. Bajo el arco oscuro y oliendo un poco a húmeda bodega del postigo aquel por donde pasaban los carros y los areneros de Espirdo y los panaderos de Encinillas que subían a vender su mercancía a la ciudad o los curas de teja breviario y balandrán arrebujado como un tapabocas sobre el pescuezo para no apañar frío en las tarde heladas habían cabalgado los guerreros de la edad media (Corobias enclavada sobre un castro que es todo un baluarte siempre conservó un aire militar, fraguamos país en la lucha contra el moro o peleando en nosotros mismos acabada la reconquista) pero tambien los picaros y los perailes.
 Subían pobres de solemnidad y detrás mujerucas arrebujados en sus mantones. Peleamos contra el sarraceno pero acabamos adquiriendo muchas de sus costumbres en realidad. Todo en la vida es circulación. Ir y venir. Subir y bajar. El eterno metisaca del nacer y morir del engendrar del parir. Arillos concéntricos de la nada. Relojes de sol y clepsidras. El arco del socorro impertérrito entendía poco de cronómetros. Tempus fugit. Pero da igual. La estancia del hombre sobre la tierra no es más que un soplo.
Habían clavado una lápida en lo alto del pasadizo que decía al gran escritor humorista don Francisco de Quevedo autor del Buscón que era de Corobias natural. Efectivamente en una de las casas del cantón tuvo el verdugo municipal su residencia y al lado vivían los corchetes y alguaciles. El corregidor un poco más arriba. Creo que era el mismo edificio donde una comadrona que se llamaba doña AnianaDios la tenga en su regazo me sacó del vientre de la Juani que las pasó moradas pues la criatura que alumbró pesaba seis kilos doscientos gramos y esa criatura era yo.
Ahora bien tachar de escritor humorista a don Francisco de Quevedo el poeta más serio y profundo de la lengua castellana que sólo pasó al conocimiento del pueblo por sus chistes verdes o los relativos a la coprología (pedos, privadas, eructos y otras bellaquerías que entre dos piedras feroces salió un hombre dando voces adivina quien es pues píntale de verde) me parece un poco precipitado pero acaso responda a una venganza de la historia que ha sido contando y manejada por quien ha sido contada y don Francisco que acaso fuera de la misma estirpe de los manipuladores acusó a los judíos y a los venecianos de ser los grandes conspiradores contra la corona de Castilla. Eso nunca se perdona. Claro está.
Aquel letrero contra el cual disparamos algunos cantazos en nuestra furia iconoclasta y llevados de la ignorante clastomanía de la juventud (hay que destruirlo todo, no dejar títere con cabeza) lanzamos algunas pedradas y todavía está ahí la señal. Mi cantazo hizo una esquilar en un ángulo pero aún se puede leer. La leyenda también le pareció a don –camilo José Cela cuando cruzó por allí una bruma de mal gusto indicio de la estulticia de nuestras fuerzas vivas.
Pabilillos pudo ser uno de mis compañeros de juego aquellos niños con los pantalones con remiendo que no gastaban calzoncillos y un solo tirante de mi cuadrilla. Con los que jugaban conmigo al chito a la malla a guardias y ladrones al zorro pico zaina. Juntos entrábamos en las casas deshabitadas en los hospitales de sangre abandonados donde todavía quedaban vendas y jeringuillas y sondas sobre las camillas. De uno en uno nos daba miedo explorar aquellos recintos. Podría haber fantasmas. Y la leyenda clavada en la Puerta del Socorro pienso al cabo de muchos años que selló mi destino. Sus letras gordas pesan aun sobre mi cabeza. Yo iba para santo. Quería ser cura y acabé en escribidor que es una profesión por decir algo y que guarda cierta relación con todo lo relacionado con la picaresca.
Naciera yo a la sombra de aquella catedral divina que se erguía sobre las casuchas de mala nota y las escalerillas donde estaban las puertas marcadas del barrio sefardita. Pienso si mis orígenes no me habrán predeterminado. ¿Habrán sido maldición o bendición?  ¿Soy predito condenado o benedicto?¿Trajeron suerte o fueron una desgracia semejantes premisas del que busca y se afana y doce al año que viene en Jerusalén, reza salmos, eleva sus ojos al cielo al dio y siempre vuelve sobre sus pasos. Ir y venir que llaman acarrear. Girar y girar. Y venga dar vueltas. Vano empeño eso de buscar la arcadia. El paraíso y el infierno yacen en el fondo de nosotros mismos. Son estos empeños frutos de la vanidad y de la locura humana. Cristo sin embargo nos sonríe. Está en la historia. Aunque nos elija solo para el dolor. No para el triunfo ni para la fama o la honra- esa sabiduría me la comunicó Pabilillos- porque no somos otra cosa que carne de dolor. Eso no lo entienden ni las mujeres ni algunos paisanos míos. Todos ellos no leyeron jamás el Libro del Bendito Job. Por eso se desesperan y no encontrarán jamás consolación.
 De esta forma me apareé a mi yugo y me resigné a mi suerte. A veces me parece que he triunfado que soy un elegido que el Santo de los Santos ha escuchado las plegarias de este pobre miserable. Por todo eso y por mucho más muchas gracias, Señor.
En los terraplenes de los adarves de la muralla donde crecían hierbas ociosas, lampazos y parietarias, estaba el edificio. Le llamaban la Casa de la Troya. Acaso este título de una novela de Pérez Lujín definiera el continente y el continente y el contenido físico así como el carácter de sus moradores. Fue la casa del Gran Matarife. Algún escudo con los atributos heráldicos del Santo Oficio debieran de andar por allí cosa que espantaba a algunos transeúntes a los que entraba  el canguis y de repente se persignaban arreando el paso. Hubo habladuría de que oyeron ruidos de cadenas y clamores de almas en pena pero no era en nuestro edificio sino en la finca colindante donde nadie vivía. Sólo algún gato pero de noche todos los gatos son pardos y algunos de estos bichos pudieran resultar gatos inquisitoriales. Hay que andar siempre con la mosca en la oreja. ¿Fantasmas a mí? No gracias. Temo mucho más a los vivos que a los muertos pero no se puede ir contra corriente ni desbaratar las creencias del populacho. Del rey y la inquisición chitón. Asi que ojo al cristo que es de plata. Paso corto y vista larga.
Entonces no sabíamos lo que era eso. No había aparecido aun en nuestras carnes la llamada del sexo que todo lo desbarata ni fumábamos ni bebíamos vinos aunque nos mofásemos con los borrachos muy frecuentes por aquellos contornos y en aquella porque en Corobias había más tascas y tabernas que iglesias y oratorios que ya es decir ni habíamos empezado a alternar ni a tomar café. Nuestros pulmones y nuestros bandullos estaban todo lo limpios que se puede estar a los cinco o seis años así como nuestros pensamientos y nuestras almas por más que nos diga que el ser humano viene al mundo con el sello del pecado y sienta una proterva inclinación a hacer daño y a mal pensar.
Tambien es verdad que estábamos en estado salvaje o acaso fuéramos el buen salvaje roussoniano limpio de polvo y paja. Triscábamos por la vereda, saltábamos de una peña a otra temerarios en nuestra osadía y despreciando el precipicio que mediaba entre ambas rocas. Jugábamos a la guerra en batallas de moros y cristianos como no podía ser menos en cualquier ciudad española. Organizábamos dreas con los chavales de San Andrés parroquia a la que pertenecían los que Vivian en la puerta ulterior del Arco. Los de la citerior éramos de San Millán. Había verdaderas guerras campales a cantazo al final de las cuales alguna ventana quedaba con los cristales hechos zarzamillo y los dueños traían al delincuente de la oreja abriéndole a su padre el libro de reclamaciones por daños y perjuicios.
            -Son tres reales por el cristal que rompió tu chico.
Y el progenitor ya estaba esperándonos con el cinto. Aquella noche no había cena o mejor dicho cenábamos de la correa y de los vergajos. Pero Eros y Tanatos no habían asomado aun la oreja y de la política únicamente hablaban los mayores y de sus conversaciones colegiamos la tristeza y desolación la vida truncadas y los muertos que trajo aparejados aquella contienda fratricida. Las mulas de la inquisición nos traían al fresco. Hacía muchos años que habían dejado de transitar aquellas sendas. El tizne del demonio siegue ensuciando todavía algunas almas negras. No comprendo ese afán de los españoles por cuestionar nuestra historia y entregarnos a disquisiciones que a ninguna parte buena conducen y sólo sirven para enfrentarnos los unos con los otros. Debe de ser porque aun llevamos la ley del ojo por ojo y el diente por diente marcada a fuego en nuestros entresijos displicentes. Buena gana de elucubrar con ucronías y futurismos. Nosotros ajenos a todo eso jugábamos al trompo y a las canicas como si tal cosa.
Aspiraba a llegar a las estrellas siempre buscando el plano ideal el que marcara la aguja del pararrayos catedralicios allá arriba por encina de los ojos de la torre. Los días de fiesta yo veía sacristanes en camisa bolear las campanas sudando oprimidos bajo el peso de los Badajoz pero había que anunciar el magno acontecimiento de la pascua. Abajo en la plaza los de las charangas lanzaban voladores y don Francisco de Quevedo los ojos cegatos los pies zopos pero la lengua suelta y acerada de un cofrade subía hacia el ensolado muy fatigado el hombre. Se acababa de entrevistar con el Domine en la casa donde no se come ni se bebe. He seguido los pasos de aquel cojo divino genial y tabernario yendo por el mundo un poco telumante de libros y de literatura pegando palos de ciego y de que me cerraran tantísimas puertas.
            -A los profetas ya no os hacen caso.
            -Mientras no nos ahorcan seguiré apostrofando.
            -No eres más que la voz que clama en el desierto. Cabezazos contra un muro. Mira que eres testarudo.
Por la calle pasaban algunas monjas un panadero morisco y un cristalero que iba a componer una vidriera que había derribado uno de los pedriscos que suele haber en esta ciudad por las fiestas de San Pedro. Todos se los veía muy afanados las monjitas con los ojos bajos el morisco muy altanero y que no le quedaba en la boca ningún diente portaba a la cabeza una bandeja como una herrada. Por allí cerca estaba el obrador paredaño al convento de las claras. Don Francisco que iba ya harto de vino entró en un cuchitril socavado como una bodega en los mismos bajos del temple al lado de una ebanistería. La entrada de la bodega ostentaba en el dintel un laurel béquico y un letrero que ponía: “más vale aquí mojarse que enfrente ahogarse! Y justo enfrente acurrucado en el lecho del valle donde estaban los pegujares y los tablares lindamente labrados por los hortelanos moriscos con sus arriates y sus caballones adosados en perfecta simetría bajaba el Río clamores bastante crecido de corriente salvo en agosto. También lo decían el río Mierdero porque en él desaguaban las letrinas de la ciudad. Sumirse en él debiera de ser buena tortura. Don Francisco llevaba sobre  el chaleco una enorme cruz colorada. Era de la orden de Santiago y aun borracho aparecía siempre en compostura. El mosto nunca le hizo perder la condición de caballero. Me hubiera gustado a mi ser el escudero de aquel sublime beodo. Sus libros aun me siguen emborrando de sabiduría, de piedad y de risa.
Aspiraba a alcanzar las estrellas. Siempre buscando el plano ideal. Mi vida se enmarcaba en el rectángulo de aquel ventanal balcón que daba a la acera. Esa condición de niño humilde ha marcado mi camino.. Anduve casi todas las sendas hice muchas descubiertas por muchas tierras pero sobre todo exploré todos los libros y caté los mejores vinos de la tierra. In vino veritas. Sangre de Cristo. Desde lo hondo del jarro el jocundo espiritu de Pablillos el mejor amigo que hubo en mi infancia me hacia momos. Y no eran burlas. Eran señas. Asi cogía fuerzas y cargaba con la gran luna del espejo para irla pasando a lo largo del camino.
Y las campanas tan… tan… tan. Los moros las aborrecían y es una de las muchas cosas que me fastidian de su religión aparte de que no permita beber de lo mejor que da la vida ni comer jalufo el que no toquen campanas nunca en lo alto de los minaretes. La voz del almuédano nunca tendrá los timbres maravillosos y por eso he llegado a la conclusión de que el cristianismo es la religión verdadera. Sin campanas no puede haber dios y yo escuché muchas horas su dulce repicar. Invitan a la paz, la armonía, el civismo. Algún sacristán en aquellas tenidas en lo alto de la torre se asomaba a descansar y a echar un cigarro contemplando el magnifico panorama que brinda la ciudad. Debía de ser un hambrón pero desde abajo parecía muy pequeñito.
            -Baja un poco el acelerador. No te entusiasmes tanto.
            -La pasión siempre nos vuelve a los hombres ridículos. Ya     sé muy bien lo que me quieres decir, zampabollos.
            -Piensa mal y acertarás.
            -Desde luego
Mi vida iba a ser no tardando mucho un descarrilamiento a ka carta. Fracasos sentimentales. Problemas laborales trifulcas de todo tipo. Originales para publicar devueltos. Fui un vagabundo sin suerte. Una novia me dejó a la puerta de la iglesia otra me divorció. No sé qué mal fize ni que malfetría infligí a los dioses. No tienes vista. Eres un poco patán. Fracasos sentimentales situaciones decepcionantes. Por los cafés hice el ridículo y hasta las putas se reían de mí en los prostibulos. Sin embargo yo les decía aguardad que yo escriba. Dadme papel y tinta. La literatura me transforma en una arcángel. Entonces armado de la flamígera espada de la palabra me convertía en una arcángel invencible, desalmenaba a mis enemigos, les dejaba sin argumentos y sin palabra en la boca. Había una fuerza en mí. Quizás fuera la potencia de la fe.
Descarrilamientos a la carta. Fui pegando bandazos pero estos fracasos son algo exterior hay que fijarse en lo que va dentro no en el accidente sino en la sustancia. Mi vida osciló a péndulo entre realidades consecutivas y suposiciones metafísicas. Fui don quijote y sancho. Pero ser español significa estar sujeto a esa condición de metamorfosis.                    
Aquella fue el ventanal de mi infancia un balcón que daba a la calle pues vivíamos en un piso bajo. Dicen que no eres de donde naces sino de donde paces y yo pací en muchas partes pero el haber visto la luz primera a la sombra de la catedral y haber abierto los ojos a los paisajes que cercan la urbe fue algo definitivo. Como un sacramento que imprime carácter.
El recuerdo de aquellos años trae hasta mía-recuerdos de un viejo- aromas de la infancia lejana. Percibo en mezcolanza el eco de sonidos de bronce de la campana

Aquellas navidades fueron tristes cuando Juanlo se murió. Yo he nacido a la sombra de la espira de una catedral del gótico tardía, alta ebúrnea, encalmada mirando a las estrellas o en dialogo permanente con el añil de los cielos límpidos de Corobias. Cuando boleaban las vísperas de las grandes fiestas  todos los pájaros abandonaban helgaduras de los huecos de la muralla donde posaban sus adarajas los canteros romanos y ahora era habitáculo de golondrinas y de las perennes chovas de Corobias de un altanero y lejano piar y salían corriendo mientras se alegraban los rostros y las conversaciones se fundían con el sonido del bronce de la campana gorda que sonaba sólo en dos ocasiones el Día de la Resurrección y el 15 de la Virgen en la solemnidad de Nuestra Señora. Ese día al correr de los años me casé yo. Si la torre de la Dama de las Catedral con sus flamígeros pináculos me parecía inalcanzable las paredes de la muralla romana a junto a uno de cuyos cubos se adosaba casi la casa de vecindad donde vine al mundo me parecía poco menos que inexpugnable.
-Tan. Tan.tan.
El mundo se llenaba del gozo de las vísperas. Ese toque de vísperas o el son más convencional y perfuntorio del anuncio de las horas canónicas los llevo metidos en los tímpanos del alma. Campanas que tocan a veces solas en la memoria. Los niños salíamos a la calle y nos subíamos a las peñas de piedra caliza-en las margas y oquedades sobre las que se alzaban los cimientos de la ciudad aparecían a veces fósiles y animales disecados de formas extrañas, moluscos, valvas, camarones y caracoles que recordaban que un día Corobias fue mar precisamente allí donde se alzaba aquella hermosa y grandiosas catedral, para ver tocar. Los bultos de los sacristanes que accionaban las cuerdas y los Badajoz desde lo profundo de la cuesta del socorro parecían figuritas de un Belén. Unos puntitos blancos en mangas de camisa.
El haber visto la luz por primera vez bajo la sombra de aquel impresionante gótico tardío creo que imprime carácter. Dejaría en mi ánimo un enervamiento, una tensión hacia la verdad y hacia la belleza que constituyen el principal legado del cristianismo. Para mí la religión es una búsqueda y una añoranza del paraíso. Sin esta noción estética que proyecta sobre el mundo la sombra del ideal como la de aquel cimborrio que lanza su sombra a la paramía  y el valle no es posible la vida ni la esperanza. Era hermosa aquella catedral que el mundo debe al genio de Gil de Hontañón. Airosa y joven. Siempre que vuelvo a mi ciudad la encuentro moza como una novia. Un mojón clavado en la llanura que inspira elevación recogida y oración. Cada vez encuentro al mirarla algo desconocido. Produce endiosamiento.
Y otra cosa. Está dedicada a la Virgen. Forja una noción protectora desde la lejanía. Anduve luchando muchos años con las sombras del mundo añorando esa claridad que siempre tuvo la luz de Corobias algo único. Nostálgico del manto de protección de Nuestra Señora que los rusos denominan pokrov en una fiesta especial que designan como el Día del Manto. Desde aquella ventana del numero cuatro de San Valentín yo aprendía a mirar a lo alto a escuchar las campanas y a ver como avanzaba la sombra protectora de la torre con el girar del sol sobre el horizonte como un manto protector de la virgen sobre Corobias . Me hubiera gustado ser menos entusiastas y enardecido pero aquella sombra y aquel manto me hicieron como soy. En la muralla había un sillar romano en el que se leía una inscripción. Iuvenalis Iuvenale decía la inscripción. Lo demás estaba borrado por la lluvia que erosionaron el granito. Podía ser una piedra miliaria o acaso aquella piedra formó parte de un templo a algún dios derruido. La muralla romana fue derruida por Almanzor. En la reconstrucción de la ciudad nueva y sobre todo cuando el ensanche del siglo XIX que afectaría a Corobias sólo parcialmente  se aprovecharon todos los materiales. Tambien me intrigó aquel letrero. Corobias romana inspiró mi inclinación hacia la latinidad lo que es lo mismo que la catolicidad. Vengo de un origen donde universalidad quiere decir tambien altruismo y un cierto sentido caballeresco / romancesco de la existencia. Tales antecedentes me precluyen e incluyen. Mirar hacia lo alto a la catedral. Había un ciprés intramuros que eclipsaba la vista en parte de ka torre. Las tardes de primavera era un nido inmenso de todas las aves del cielo y a mano izquierda estaba el Arco del socorro con el escudo que mandó esculpir el emperador Carlos V en la cara norte y una talle de la virgen de las Nieves en la otra. El postigo había sido derruido en parte pero quedaron en parte los ojos oscuros de los matacanes de vigilancia y las saeteras de lo que debió de ser el cuerpo de guardia.  
  Yo miraba continuamente para la cuna vacía y seguía buceando a mi hermano por todos los rincones de la casa.  En la hornacha bajo el fregadero.  La lumbre estaba puesta toda la tarde.  Hizo mucho frío aquel invierno del 47 y hubo fuertes nevadas.pero los días fueron alargando, se hicieron más largos y fríos. Estábamos de luto pero venían visitas y nuestra casa era un filandón de gente a dar el pésame.  Hay que sobreponerse... llegó el abuelo del pueblo con un saco de patatas y judías que mi madre vendía al estraperlo pero mi madre la Juani que sabía cómo ahorrar la peseta era mujer de buen corazón y gran parte de los víveres que criaba el abuelo Benjamín en el huerto, en el judiar o que trillaba en la era o molía en los molinos harineros iban a parar a los necesitados de nuestra vivienda.  La puerta del sargento Parra y la Juani estaba abierta y hasta hacían cola y pedían la vez en espera de un socorro.  La cola todo hay que decirlo no era tan nutrida como en el pasillo largo y hediondo que conducía hasta la puerta de la Felisa que recibía a sus visitadores-usuarios en bata de cola.  Las vecinas se hacían lenguas de la generosidad de mi progenitora.
-Ay, señora Juanita, ¡qué buena es usted!
-Ni mucho menos, Macrina.  Tienen que ser unos por otros.

A su lado no había pobres aunque mi madre tenía su geniecito. Cuando rompía un vaso o tiraba la leche que traía el machacante del cuartel me zurraba cola zapatilla.  El óbito de Juan José había supuesto un duro golpe para ella y creo que empezó a padecer de los nervios.  Yo había quedado como el rey de la casa.  Sin embargo, siempre tuve la sensación de ser aborrecido porque al poco tiempo quedó encinta y nació otro hermano el tercero que siempre sería su favorito.  Al cabo de mucho tiempo pienso que aquel trauma de no ser querido de ser infravalorado o despreciado ha sido un lastre psicológico en mi vida.  Y muchos de los padecimientos psíquicos e inseguridades que me han azotado tuvieron su origen en este interregno entre la muerte de Juanlo y el alumbramiento de Zacarías cuando mi madre tuvo un grave padecimiento de tipo nervioso.  No sé.  Por otra parte tuve la sensación de que mi padre se volcaba con los de fuera y a mí me golpeaba al menor pretexto.  Yo fui uno de tantos niños maltratados de la posguerra.  En las fotos de aquella época que conservo aparezco con los ojos tristones y siempre con un libro en la mano.  Esto de los libros fue síntoma.  A los libros me aferré de por vida.  Los clientes-usuarios de la Felisa aumentaban con el paso de los días y debió de irla bien en su negocio el más antiguo del mundo pues al poco tiempo se mudó a una casa más lujosa en la calle Gascos.  Era una mujer rubia, alta y muy simpática.  Siempre me daba caramelos puesto que el hijo del señor Silvino el militar en la Casa de la Troya era toda una autoridad y me besuqueaba pero a mí no me complacían los achuchones de la Felisa.  Llevaba los labios pintados y el aliento le olía vino que tiraba para atrás.  Desde entonces las magdalenas me inspiraron compasión y una cierta curiosidad.  Yo no sería nunca de los que tiraran la primera piedra.  Tampoco los inquilinos de nuestro bloque que hacían la vista gorda.  Pobre mujer.  A su marido un oficial republicano murió en el Ebro.  Tuvo que dedicarse al arte seguramente no por vicio sino por pura necesidad.  Tenía una hermana la Concha que iba a vender caramelos por toda Corobias.  En las ferias en las procesiones en el Paseo Nuevo o en el Salón sonaba la voz aguardentosa de aquella mujer metida en años y en carnes que vendía chuches y el pirulí de la Habana por un real.
-A real... a real... real.

Era su santo y señas y las buenas gentes de mi ciudad compadecidas se rascaban el bolsillo e iban a comprar a la Concha un cucucurucho.  La percepción que tengo de aquel entonces era un vivir como hermanos.  No había pasado más de un lustro de finalizar la contienda y allí no se hacían distinciones entre republicanos y nacionales.  Se hablaba de paz de lumbre de trabajo.  Pero las marcas de aquella guerra terrible quedaron tal vez marcadas en el interior de las almas.  La señora Segunda que me daba cacahuetes por ejemplo.  La recuerdo jorobada y pequeñita subida sobre un tuero del fregadero de su cocina que daba al patio con pozo de brocal y vistas al Pinarillo. Le habían matado al marido en la guerra y a un hijo.  Vivían de lo que sacaba Gabriel el cojo que vendía pipas y cigarrillos en la estación. Todos los días se le sentía bajar por la escalera a rastras.  Se protegía las manos con una especie de almohazas para no herirse y con rodilleras y subía a su triciclo con un pedal de mano y con sus cestas pedaleaba los dos kilómetros que distaban entre el barrio de la estación y el Arco del socorro.  Era el único que miraba a los militares con cierta prevención.  Sin embargo, le quería mucho por ser hijo de la señora Segunda una santa él decía.
-Lo pasado pasado, Gabriel, hay que echar todo eso en el olvido.
-Ya.  Pero es muy difícil renunciar a las ideas, mi sargento.

Sin saber que responder mi padre le ofrecía la petaca y fumaban amigablemente el soldado de Franco y el paralítico republicano.  Gabriel vendía pipas en el andén y cuando regresaba a casa escribía poemas. Yo tengo sus manuscritos que desgraciadamente no vieron la luz.  Por aquella escalera bajaba  Taito que era aprendiz de albañil y la Tía Carnerita gorda como una tinaja y la voz ronca de aguardiente dejando un rastro de olor.  Uno de sus hijos era ciego y vendía los veinte iguales para hoy y una hija la Carmen había tenido un hijo de soltera, Constantino que era de mi edad.  Lo había engendrado un italiano del que nunca más se supo pero la Serafina la hija mayor de la Carnerita cuidaba de todos ellos.  Fregaba suelos se levantaba a las cinco de la mañana para ir a asistir y por el verano vendía helados en un puesto que tenía en el Azoguejo.  Estaba cargada de hijos y tenía a su marido en la cárcel. Iba a verlo al penal de Cuellar algunos jueves en los coches de línea de Galo Álvarez.  Tengo que decir que mi padre que estuvo destacado en la guardia de soldados que vigilaba el castillo le llevaba algún paquete de comida y lo recomendó al coronel Tomé para que saliera en libertad alegando motivos de buena conducta y además el Iglesias el marido de Serafina carecía de delitos de sangre.  Este hombre llegó a ser enCorobias muy popular pues era buen recitador y en muchos salones de actos se le invitaba como rapsoda.  Su tour de force era el Piyayo de Gabriel y Galán.
  Aquella ventana de mi infancia oreaba horizontes de melancolía pero nunca el odio que ha aparecido casi setenta años después a menos que ese rencor estuviera soterrado o haya saltado a la palestra de forma interesada a instancias de esas fuerzas oscuras que tienen una trayectoria invisible pera tan malignas como frecuentes en nuestra historia.  Esas fuerzas son las que envenenan la convivencia entre españoles.

Otro de los personajes que zumban y bajaban por la escalera de la casa de San Valentín era un guardia civil padre de otro amigo al que aludiré después puesto que el señor Juan, muy serio y muy guardia civil, cuando pasó a la reserva fue contratado como portero del seminario de Corobias.  Le recuerdo siempre serio inmerso en un gran mutismo introducido en su tronera.  En toda la tarde se leía de arriba abajo el Adelantado de.  Aquella Corobias sequedad aquélla seriedad escondían un buen corazón  pero tambien un entendimiento cargado de experiencias pesimistas sobre la inclinación al mal de la naturaleza humana que él había vivido a través de su oficio de policía en años muy duros.  Era un hombre enorme alto bien parecido con unas anchas hombreras.  Abajaba las escaleras lentamente con el máuser en bandolera la capa y el tricornio.  Infundía un poco de respeto aquel honrado número de la Benemérita pero daba la impresión de estar amargado por cuestiones que ya he detallado en otro capitulo de esta historia de mi vida.  A la puerta le esperaba el otro número con que hacía la mayor parte de los servicios y salía máuser y escarcela al hombro de correría.  Se llamaba Belinchón.  Pese a su apellido en aumentativo el guardia Belinchón era pequeñito vivaracho y locuaz.  La pareja era un contrapunto.  Parecían la ele y la i pero toda una pareja de la Guardia Civil circulando por los caminos de España.  Acostumbrados a ver mucho y a pasar fatigas y sinsabores.  Paso corto vista larga y ojo al cristo que es de plata como se suele decir.Casimiro el guardia mi vecino era de rango inferior a Belinchón que lucía una galón rojo en forma de ángulo por lo que antes de iniciar el servicio tenía que cuadrarse y darle la novedad como subalterno.
-Sordenes.  Sin novedad, mi cabo.
-Pues adelante con los faroles.
Y La L y la I transfigurados en pareja de la GC desparecían por el postigo del Socorro.  Pero antes una paradita en la tienda del Tío Juvenal que solía invitarles a café de puchero y una copa de coñac.  Se agradecía pero se rehusaba.  La Benemérita no prueba el alcohol cuando está de servicio.  Se les respetaba y acaso se les quería pero también se les temía.  El guardia Casimiro le contaba una vez a papá en una de las pocas ocasiones en que éste rompió su reserva y su mutismo que el peor servicio para ellos no era la lucha contra el maquis.  Era la cuerda de presos.  Alguna vez mirando atrás en su hoja de servicio fue cuando tuvo que conducir desde Puerto de Santa María hasta Chinchilla a tres penados que iban a ser reos de muerte.
-Parra, eso sí que es duro.  Se te parte el corazón.  Nunca
-Te acostumbras- le decía.

Por eso aquella tristeza en el rostro del guardia Casimiro.  La guerra le pilló en Madrid.  Un guardia civil tiene que ser siempre leal a su gobierno.  Luego cuando vio aquel desbarajuste se pasaría a los nacionales.  Sus ojos estaban cansados de tanto testimonio de tristeza de tanto ir y venir en interminables retenes por los caminos.(¡Cuantos secretos encerrados en el macuto de un guardia civil!  Luego regañaba mucho con su mujer por causa del Antoñita al que nunca consiguió meter en vereda como declararé después.


  De oscurecida pasaban los grandes rebaños de la mesta.  Mil.  Diez mil ovejas.  Creo que hasta cien mil cabezas pasaron por el portón camino del fielato para el pesaje y la alcabala.  Detrás venía el morueco o carnero padre con un cencerro.  A los flancos, guardando la línea, excelentes guardianes de la majada, los mastines, algunos de ellos de una alzada pareja a la de un buche que obedecían las órdenes de los rabadanes, todos con boina, calzados con albarcas y con piales y zaragüelles.  Parecían soldados que la mesta siempre estuvo algo militarizada. Por las noches se sentía ladrar a lo lejos el ladrar bronco y profundo de aquellos perros que desafiaban no sólo al lobo con sus carlancas sino también a la luna. Contemplaba yo aquel tránsito impresionante de cabezas de ganado, un mar de ovejas. Siempre había sido así.  Desde la edad media hacían vereda delante de aquella casa e iban a pernoctar al picarillo cerca del cementerio judío donde estaba el osario o cementerio judío.  En plena cañada real.  Costumbre establecida desde las merindades. Aquel olor aquel tamo que los animalitos levantaban al cruzar la puerta del Socorro de la vieja ciudad amurallada me impregnó del sentir de la historia de mi país.  Un pueblo bronco y mágico y comunero que siempre tuvo muy arraigado el sentimiento de la libertad. Entraban por la de San Cebrián e iban a dar al puente de Santo Spiritus que cruzaba el Clamores.  La vida seguía y poco a poco dejé de pensar en mi hermanito muerto aunque de tarde en tarde cuando me traían de en cá la señora Antonia la catalana miraba para la cuna suya recién hecha.  Sobre el dosel lloraba un angelito triste pero las sabanas estaban limpias y las almohadas como esperándole.  Al final de aquellas navidades los Reyes me trajeron un caballito de cartón.  Era así de grande tan grande como los mastines de los pastores trashumantes.  Era muy bonito de color gris, los ojos saltones, una silla roja y andaba sobre ruedas.  Tacatá tacatá.  Con el juego venía una fusta.  Es lo que me hizo más ilusión.  Me pasé dos días cabalgando y no quería bajar del carretón ni a tiros.  Mi alazán tordo gris cabalgaba todos los horizontes.  Los Reyes vinieron ricos.  También me trajeron un camión de bomberos que arrastraría yo por la acera al pie de la muralla.  La hija de la Macrina que era mi amiga me acompañaba en aquellas veladas de la ilusión.  A ella la habían echado una cocinita y una muñeca con la que jugamos a los papás y a los médicos.  Pero la hija de la señora Macrina no me gustaba.  La que verdaderamente me gustaba era otra: era la hija del subteniente Casado compañero de mi padre.  Vivían detrás de la Plaza Mayorcerca del obispado y según la costumbre en aquellos años las familias se solían hacer visitas los domingos y fiestas de guardar.  El visiteo a medida que fue subiendo el nivel de vida y fuimos siendo más ricos fue sustituido por el chateo: recorrer diferentes bares de tapas más vulgarmente conocido como alternar.  En la posguerra no daba para tales dispendios de salir a tomar algo.  Ese algo se tomaba en casa.  Siempre con algo más de fundamento.  Se llamaba Merceditas la hija del subteniente y creo que fue mi primera novia mi amor precoz.  Cuando llegaban las visitas a nosotros nos gustaba meternos debajo de las faldas de mesa camilla y nos contábamos cosas.  Hacíamos lo que veíamos hacer a los mayores y nos hablábamos sentados en el hueco del brasero.  También venían los  Tinaqueros que tenían un hijo que se llamaba Cipri y era de mi edad.  Él me enseñó a jugar al guá. Tenía mi amigo Cipri bastante tino.  Tenía mucho tino con las canicas que llevaba en una bolsa prendida a la cintura algunas de ellas de mármol. Cipri también sabía silbar muy bien entre dientes.  Me enseñó pero ese silbo maravilloso que hacía él nunca lo pude copiar.  Yo decía cositas a Merche en nuestro escondite de la mesa camilla mientras los mayores hablaban de sus cosas y jugaba a las bolas con Cipri o a los carreristas.  Los corchos de la cruz blanca dentro metíamos un cromo de nuestro ciclista preferido que solía ser Berrendero o Trueba el ganador de la Vuelta a España torneábamos un cristal a molde del agujero del corcho y luego se  pegaba con jabón y ya estaba listo para dispararlo por una carretera de arena hecha removiendo la tierra con las dos manos en horizontal y hacíamos puertos de montaña y todos con sus correspondientes bajadas temerarias.  El que golpeando al carrerista con un golpe del dedo índice y pulgar llegaba con su cromo a la meta el primero ése ganaba.  El que se salía de la pista quedaba descalificado.  Así eran los primeros juegos de infancia en la solana de la Puerta del Socorro.  Veía pasar la vida desde mi ventana balcón en el piso bajo pero exterior del número 4 de San Valentín.  Sólo tenía un dormitorio el comedor y una cocina con los techos muy altos pegada a la escalera con una leñera tenebrosa donde yo pensé que habían encerrado durante mucho tiempo a mi hermanito.  La ventana daba a la muralla.  El primer paisaje que vieron mis ojos fueron aquel muro de sillares romanos que arrancaban justamente de la espalda de los peñascos de calizas sobre los cuales se eleva la ciudad.  Los grajos y los vencejos anidaban en las socarrenas o hendiduras que dejaban los andamios.  Las tardes de primavera eran una fiesta de alas negras recortadas de golondrinas en vuelo versátil y exhibicionista alegrando con sus trinos la atardecida.Si alzaba la vista contemplaba el capitel augusto de la Dama de las Catedrales una saeta volando al firmamento. Todo era verticalidad e imperial arquitectura. El lugar parecía comunicarte una fuerza interior y un grito de llamada: citius, altius fortius. Os quiero a todos escaladores atletas del Señor. Esa fuerza de la mirada hacia las cosas latía dentro del fanal de un ojo oculto. Era como el grito de una fe ancestral.Aquel edificio del gótico tardío fue la sede de mis primeras vivencias. De la mano de mi padre subíamos a misa por las viejas callejuelas de la judería casas humildes que parecían acurrucarse bajo el amparo de aquella torre mágica. Los domingos a las once había misa cantada. Tarareaban Tercia los canónigos detrás de la reja del coro de impresionante labra luces apagadas. Por los vitrales policromos de las grandes ventanas encaramadas penetraba una luz lechosa y sobre el gran facistol donde yacían los vetustos y desencuadernados becerros antes de la misa cantada el ángel de los salmos pasaba las páginas. Me impresionaron de siempre y con algo de ellos mi alma quedaría marcada para siempre aquellos librotes, aquella monomio. Abrid señor mis labios. Dios de Israel seas mi baluarte contra quienes me persiguen. Y los herrajes de cierre y las letras gordas pautando melismas gregorianos. Allí se reclinaban las claves de una música olvidada. El precentor se acercaba con paso leve y cantaba una antífona. Respondía el coro con desgana pero haciendo valer en medio del cansancio la virilidad  de los siglos. En medio de la monotonía de la historia las oraciones sonaban. De tanto pasar página los extremos de los cantorales llevaban la marca de los dedos que tocaron los cantorales sagrados. Sentados en sus reclinatorios o apoyados sobre las misericordias de fina labra aquellos religiosos de capas negras y blancos sobrepellices cumplían la rúbrica y el decoro. Una ausencia se pagaba con una multa de tres pesetas. Siete veces al día. La impronta de los dedos sobre un ángulo de la página hacían estar en los hombres que habían cantado las Horas desde el siglo XII. La familiaridad con el trato divino les había convertido en seres escépticos y despondentes. Cantando era una forma que tenían de arremeter contra las embestidas de la Bestia que acosaba a una humanidad en aflicción: guerras, hambrunas, discordias, muerte, enfermedad, fracasos. Tus alabanzas salgan de mi boca, Señor siete veces al día. Te alabaré desde la aurora hasta el ocaso. ¿Y tu, dios mío, qué me das? Una protección dispensas yo no la veo. Abre, señor, mis labios pero abre también mis ojos. El órgano prorrumpía en sones mayestáticos al final del oficio. En lo alto de la cúpula un serafín se columpiaba. Eran las melodías y los cantos de siempre. Los canónigos en sus sitiales dormitaban la siesta o hacían que respondían las barrigas protuberantes. Se notaba que a algunos la castidad les había convertido en orondos apacibles curas de manga ancha y tolerantes en el tribunal de la penitencia. La fe católica es desde luego amor platónico algo de cansancio y mucha retórica. Allí estaba don Severino Valencia el deán del cabildo que hacía buenas migas con el arcipreste de San Ildefonso y el magistral al que llamaban el Padre Bodigos y los tres se iban a comer al Bernardino o se iban a merendar al Terminillo que era una finca del obispo. Tiempo de holganza tiempo de pitanza. Ciertamente yo nací en una ciudad levítica donde la oración vocal estuvo muy arraigada. Hubo siempre que guardar las apariencias. A los ocho años entre en la escolanía que dirigía un beneficiado rico y usurero al que llamaban Patrocinio del Morral. Fui seise y aprendí a beberme el vino de las vinajeras. Me gustaba cantar y tocar la campanilla y me veía en los espejos de la cornucopia más guapo que un san Luis con la sotanilla roja de obispillo que utilizaban los acólitos desde tiempo inmemorial. Asistía a clases de catecismo aprendía a apagar las velas a los cristos recibía los cachetes y moriscos del beneficiado don Morral si en algún kyrie desafinaba tenía la palmatoria tocaba la campanilla pasaba la bandeja y me gustaba jugar a columpiarme en las enormes cortinas del cancel. La oración mental y los pésames señor de algunos meditabundos nunca la entendía del todo y por eso mismo nunca fueron santo de mi devoción los heresiarcas protestantes ni comprendo a los místicos que saltan los ritos a la torera. Vivíamos un tiempo pluscuamperfecto que creíamos perfecto ya llegarían las imperfecciones y con esta llegada la alegría feneció a mí que no me vengan con historias. Ahí me las den todas. No eran Ángeles sino diablos los que pasaban pagina a los tremendos librotes del facistol cuando cantaban el oficio los canónigos cansinos. La vida les había enseñado que para obtener la canonjía lucrar una prestamera y acceder a un puesto catedralicio vía oposición con el reloj de arena el tribunal de siete presidentes y la tesis en latín caigan misas y vengan ollas mientras se derramaba la  mínimas partículas de arenisca por el canuto de la clepsidra había que saber nadar y guardar la ropa y hacerse un nido en el pito. Si la dejas un mes ella te deja un año y si un año quieta toda la vida se quejaba don Gumersindo al que en más de una ocasión le vieron tomar el tren vestido de paisano y sin hábitos camino de Madrid donde frecuentaba a una querida. Aquellos tremendos libracos anunciaban las libertades. No tenéis escapatoria. Guttemberg estaba a punto de morir y le sucedería en el trono Macluhan y al poco lo sucedería Billy Gates que ese sí que era importante. A la sombra de aquella torre de la catedral y más tarde de la Aceitera viví el último tranco de la edad media. Yo le tenía la vela al maestro de ceremonias y aprendí a distinguir los colores de la rubrica y la letra menuda de la epacta hasta saberme de memoria el ultimo evangelio de tanto escucharle ayudando al celebrante a tener una de las sacras. La iglesia  era rigurosa y ordenancista y había oraciones que se decían en una época del año y otras no. Entendí ese misterio de la combinación de colores de las casullas. Tiempo ordinario tiempo de pasión Pentecostés adviento cuaresma y resurrección. El carrusel litúrgico se mueve a compás de las estaciones. Una veces tenía una vela pero otras veces lo que tenía en la mano era el cirio bajo los ojos vigilantes y algo vinosos del maestro de ceremonias. Otras veces llevaba el portapaz a las autoridades dándoles a besar aquella imagen sagrada para que las gentes se reconciliaran pero las gentes no se reconciliaban nunca. A algunos curas los encontraba ridículos en aquellas casullas de guitarras que se utilizaban antaño. Mucho mejor la capa pluvial que es más augusta y sacerdotal sobre todo si tiene fimbrias y un colgante como si fuera una vieja capucha. Los hombrees no cambiaban ni los curas se reconciliaban hablaban mal unos de otros o le criticaban al obispo por detrás. Una catedral es como un pueblo chico infierno grande debido a las miserias humanas. A pesar de todo yo pensaba que no podía haber vida después de las letanías de San Marcos del canto coral y de la recitación monódica de la “passio” cada viernes santo. Los árboles no nos dejan ver el bosque a los que soñamos en la parusía. Siento tedio y melancolía al recordarlo. Es el tedio de haber llevado tantas cruces portado tantos viáticos y rezado infinidad de rosarios. Desde niño la muerte tampoco asusta. Ayudé a muchos a bien morir si es que semejante acto puede hacerse bien alguna vez- fui monago del arcipreste don aquilino el que por Valtiendas para que me entiendas se comió la mejor hogaza encentó la más guapa y se bebió el mejor vino el que llamaban pisapies y adobado el jarro con un luquete de limón. De hoy en un año. A tu salud, hijo. ¿No me da un poco? Cuando seas padre comerás a la mesa, en mi mente siempre la presencia como una mala sombra del ciego de Alba de Tormes. Tuve que aprender a ser lazarillo. A la fuerza ahorcan. Y acompañaba los domingos al cura de Tejares en bicicleta. Le servía un ama que llamaban la Tía Abilia que le volvió loco al pobre cura y acabó en el manicomio de Quitapesares. Sin embargo al de Remondo, anda demonio, le tocó la lotería pero no lo dijo y cuando murió encontraron sus sobrinos medio millón de pesetas dentro de un botijo que no usaba nunca los veranos en el desván. Soy feudatario de todas estas letrillas y consideraciones y costumbres del ser y no ser eclesiástico. Me bebía el cono de las vinajeras y de ahí arrancan mis inclinaciones alcohólicas que tantos duelos y quebrantos causaron en mi vida. Sin embargo ¿qué? Estoy aun aquí, todavía vivo arrastrando mi carretilla a remolque de unas cosas y otras. La sombra de la catedral y la presencia de la sinagoga pues, cruzando la Hontanilla, estaba el osario creo que explica los acontecimientos posteriores de mi devenir y algo de mi manera de ser aunque nadie tenga la última palabra después de lo escrito. No me considero antisemita como abajo aclararé pero todo el que se sienta enemigo de España me tendrá siempre con las armas en la mano luchando contra él. Sien embargo yo no tengo otra torre de asalto, otro carro de combate como mi pobre pluma.Nací cerca de donde el padre de Pablillos, verdugo oficial, despachaba cabe la Puerta del Socorro, ínclito personaje nacido de la pluma del genio de la literatura española, don Francisco de Quevedo, acaso otro judío encubierto, el único novelista y poeta que hablaba y escribía con soltura el hebreo, y desde la ventana de la casa donde transcurrió  mi infancia se veían las escalerillas de San Roque donde empezaba la judería vieja y por el otro lado del hontanar del Clamores donde los hortelanos moriscos (berros, lechugas, rábanos algún cohombro, vergel primoroso) cultivaban unos tablares de tierra negra ubérrima que parecían manteles a mesa puesta y al otro lado, asomada a la hoz del cañón que va haciendo este río a trechos subterráneos hasta ir a besar las aguas del Eresma, estaba el osario. El osario era el cementerio judío de las cuevas del Pinarillo. Enterramientos bíblicos, verdaderas mastabas horadadas sobre la roca viva sin ningún adorno ni siquiera una inscripción. De chico, recorríamos aquellos aledaños, y vi  yo una tarde a un hombre todo vestido de negro con una barba muy larga una dulleta talar, tocada la cabeza de un sombrero como de cura protestante, que  estaba muy tieso ante aquel agujero  haciendo muchas inclinaciones y reverencias oraba como con prisas sin las edulcoraciones, transportes y  arrobamientos a los que la piedad católica nos tiene acostumbrados. La liturgia mosaica carece de los adornos de la católica y nada se diga de la griega. Es un rito como para andar por casa (no frills) pero muy humano y ancestral a su vez.Parecía rezar de una forma ostentosa, casi con furor, moviendo el tronco y la cabeza hacia detrás y hacia delante, según la sinagoga. El hombre orante era un sacerdote judío que elevaba plegaria por los muertos en aquel campo santo.  Parecía tener mucha prisa por acabar y rubricar su trámite.Yo por entonces no sabía lo que era un rabino ni tampoco un kadish o responso pues para un niño la muerte y la política y los discutinios de religión son perplejidades que le traen al pairo y no me entraban en la mollera todavía las diferencias de creencias máxime cuando todos adoramos a un mismo dios pero se me quedó grabado para siempre el aire como eterno del hombre de las largas barbas y la dulleta negra. Podía ser un cura perfectamente.Mi abuelo me enseñó a besar el pan cuando éste se caía de la mesa, costumbre israelita por lo visto. He visto muchos que al morir volvían la cara hacia la pared buscando el oriente (otro atisbo) y aunque nos guste el jamón y la carne del cerdo en adobo a muchos españoles, no aguantamos el jalufo sin sazonar.A mí personalmente el tostón de mi tierra me repugna pues soy comensal del cordero asado y, la tarde en que mi tía Dominica amortajó a mi pobre abuelo Benjamín le ató al difunto las manos con los pies mediante un cordón con siete nudos y colocó dos monedas sobre los ojos y una perra gorda (sería para pagar al Barquero Queronte) en el paladar, tuve una noción de hacia donde mirábamos y de donde provenían nuestras creencias.También ésta es una tradición funeraria que nos viene de la tradición sefardí. Los españoles solemos tener la mirada viva, el gesto despierto la nariz afilada y el cráneo dolicocéfalo de los semitas, pues en la antigüedad todas nuestras sangres se fundieron . Los enterraban de pie cubiertos con un sudario mirando todos para Jerusalén. Mi hija cuando estuvo en Ámsterdam a la que llaman la Jerusalén del Norte me dijo que había conocido a un señor que era clavadito a mí. “No sé lo que haría la abuelita por aquellas tierras holandesas pero era idéntico a ti, papá, tu doble”. Era un judío. Cuando veo a esos apuestos soldados israelíes trocados del taled y las filacterias rezando sobre los relejes del tanque y haciendo muchas inclinaciones antes de entrar en combate, pienso que puede ser  alguno de mis hijos; su rostro me resulta familiar, y siento a la vez compasión y rabia. ¿No es Jerusalén la ciudad de la paz y los jerusolemitas tienen siempre a flor de labios la palabra shalom? Pues entonces mienten más que hablan.Ya sabemos que ningún judío puede derramar sangre ni tocar a un muerto sin contaminarse. ¿Entonces? Cosas de la política que nada tiene que ver con la santidad del Santo de los Santos. Yo amo a Israel. Y a su pueblo. Ningún judío que llegue a mi puerta quedará sin cobijo y un poco de pan. Pero me parece horrenda la carnicería que han preparado  en Gaza. Quizás estaban  por orden del Pentágono, probando material y nuevas tecnologías estratégicas. Ya sabemos que Israel es fuerte pero no más fuerte que la ley divina. Ya sabemos que el justo peca hasta siete veces y Cristo dice que hay que perdonarlo hasta setenta veces siete pero ello no es óbice a las criticas y reparos que he formulado desde esta bitácora que se lee más de día en día, gracias a Adonai. Que mis criticas sean constructivas. Él lo quiera. Hay cuatro tipos de conocimiento: el conocimiento científico que es el exacto o matemático en relación causa efecto; el estético pues la verdad está siempre en la belleza; hay un conocimiento profético o numen divino que es el que el Señor otorgó a David a Salomón a Jeremías e Isaías, al propio Mahoma y a muchos santos padres y santos de la iglesia. Por último hay un conocimiento informativo que es el más imperfecto y manipulable. Yo no sé en cual de estos planes me muevo pero de todos ellos creo que me toca algo, aunque no sea más que un vulgar periodista y archivero que vive con pasión los acontecimientos de nuestro mundo hoy. Nada es lo que parece.Si acotáramos muchos de los textos de Isaías y de Amós podríamos tener la sensación de estar ante un caso de antisemitismo manifiesto, y no es verdad.San Pablo el fundador del cristianismo es todo fuego. Nunca podré apartar los escritos paulinos en los que me abraso. Él era un judío típico lenguaraz, agresivo, muy poco diplomático pero transido de amor divino. Yo amo a Israel porque amo la palabra y el viento. Me gusta la vida y la libertad no la muerte. La raza de David de la que nació nuestro Maestro será inmortal. Son los elegidos. Lo otro es mero accidente pero ese designio a ser destinado a patena de las ofrendas y cáliz de la elección y del sacrificio implica una responsabilidad. Israel no puede ser una nación como las demás. Y matando pobres moros indefensos el ejercito hebreo creo que no estuvo a la altura de su enorme prestigio.Eso sí; a los que tiran bombas y lanzan katiushas merecen castigo pero no pueden pagar justos por pecadores. Amar a Israel es comprender que somos carne de dolor y que la historia se nos ha llenado de montañas de cadáveres. Yo nací al lado de un cementerio judío, uno de los osarios de España más viejos.Tapaban la cueva con una especie de muela de molino y se iban. Si a la sepultura llegaba un visitante nunca traía flores ni crisantemos. Traía un guijarro y lo colocaba en aquella sepultura sin cruces. Duelo profundo y a palo seco pero duelo plañidero sabiendo que la muerte cercena nuestro orgullo. Los osarios hebreos siempre trajeron a mi mente el Libro de Job.Somos carne de dolor y no hay tu tía.Corobias es una ciudad judía. En ella se amalgamaron los tres credos. Los moros habitaban el barrio de san Lorenzo. Los cristianos moraban  también extramuros por san Millán  y trabajaban las tenerías de Santiespiritus. La aljama se situaba al pie de la catedral intramuros- siempre fueron muy protegidos por la realeza y la propia Iglesia- y dominaban los mercaderes con la estrella de David en la solapa  las contadurías y juros de los ricos. Eran los escribanos los médicos los albéitares, que ejercían las profesiones liberales, y siempre tuvieron una excelente relación con los canónigos del cabildo.Puede decirse que las pingues rentas eclesiásticas estaban en sus manos. Siguiendo hacia la otra parte de la muralla desde la iglesia de san Miguel hasta san Quirce,  era zona de las familias asturleonesas y vascongados, los godos legítimos, que habían bajado desde la montaña a medida que se fue expandiendo la reconquista. Estos sí. Eran los godos. Pero hubo un trasiego de sangre y una mezcolanza constante de las estirpes hasta el punto que bien puede decirse que Corobias una ciudad que recuerda a Jerusalén más que ninguna de las otras ciudades españolas es la fusión de las tres culturas con una diferencia sobre Burgos o Toledo que aquí se protegió a las alhamas. Los judíos y sus bienes eran realengos y pertenecían a la corona. A partir del siglo XIII tras las predicaciones de los dominicos y la conversión del rabino mayor de Burgos, Pablo de Santa María, cundió entre los judíos corobinos y también entre los musulmanes la noción de que la única religión verdadera era la de Jesús y una gran parte de la población de ambas etnias y sin coacciones se bautiza en masa a la sombra de las dos grandes familias hebreas corobinas: los Coronel y los Dávila. En este singular fenómeno parece que tuvo que ver un hecho probado históricamente como milagroso cual fue la profanación de una hostia en un caldero por el sacristán de san Facundo y sus compinches, origen de la tradición tan popular y tan querida en Corobias como es la Catorcena. Los médicos los capellanes y los banqueros de Isabel la Católica eran todos del pueblo elegido. El propio Torquemada que fue prior de Santo Domingo, donde yo visitaba con mis padres al capellán don Genaro que vivía con su ama la Jesusa en el Hospicio, judaizó en algún tiempo y luego se convirtió de modo furibundo pues el pueblo de Israel no conoce los términos medios. Dios nos libre de la furia del converso.El propio Fernando de Aragón era un Henríquez por parte materna. El cardenal de España, don Pedro de Mendoza, marrano legítimo que cuando presentaba a sus pajes, hermosos mancebos, a la Reina Católica, ésta decía: “Ya veo aquí los bellos pecados del cardenal”. Aquellos mozos eran sus hijos mánceres o fornecinos[7]nacidos fuera del tálamo conyugal que él no podía tener el señor cardenal por ser obispo.Queda por dirimir el misterioso edicto de 1492 del que no queda otro testimonio que el del Cura de los Palacios. Los que se fueron al exilio fueron muchos menos que los que se quedaron. Pero metieron mucho ruido y ese es uno de los enigmas desde el cual se dilata la concepción de nuestra leyenda negra. Fue una medida política que perseguía la unidad nacional, muy difícil sin la unidad religiosa.Sin embargo creo que Teodoro Herzl, el fundador del Estado de Israel para la construcción del Gran Israel del Eretz Israel estudió la vida y los hechos de Fernando de Aragón. Actualmente el gobierno de Tel Aviv está acometiendo, o mediante la compra de tierras o por las bravas, la judaización de la Ciudad Santa, tratando de desalojar a los ortodoxos griegos y rusos, haciendoles la vida imposible a nuestros franciscanos custodios de los Santos Lugares desde Felipe II, y manteniendo a raya a los fieles de la mezquita de Omar.Lo tienen difícil como demuestran los sangrientos sucesos de los últimos días de 2008. Sin embargo para Dios no hay imposibles. Él permita que las tres religiones puedan orar cerca de la tumba del padre de los creyentes y vivir en paz y armonía judíos musulmanes y cristianos. Shalom y que paren las bombas. Conteneos. Es lo que desea al pueblo de Israel este pobre periodista de Corobias libertaria y comunera, como ven no me crecen pelos en la lengua, shalom. Sefarad. Shalom. Las navidades son tristes y trágicas por las razones saturninas que ya he apuntando. Tiempo de furor y ocurría lo mismo hace más de cincuenta años pues por estos días me llega el recuerdo de mi hermanito al que dimos tierra por Nochebuena.
Se llamaba Juan José y era el que me seguía.  Antes venía Henar la mayor. Dios también se la llevó. Angelitos al cielo.  Por aquellos días de posguerra no paraba de sonar en los campanarios el cimbel del oficio del párvulo.  El entierrillo.  La lúgubre música de bronce del campanil se perdía por el horizonte. Eran entierros blancos.  Sólo se había muerto un niño.  Los sacerdotes oficiaban todo de blanco.  El luto por los infantes pero en aquellos decesos la muerte de guante blanco mostraba sus garras, no menos contundente y cruel. Vidas que se cortan nada más nacer.  El filo de la guadaña tétrica que yugula un hilo en ciernes.  Nunca comprenderé el dolor de los inocentes.  Parece ser, sin embargo, que en la vida moderna tiene un papel relevante Herodes y todos los días es 28 de diciembre.  Suena a clamor la campana.  La espada de sus soldados entra a degüello contra los que tuvieron la culpa y acaso por eso porque sus vidas no presentan mancilla son sacrificados.  Esto es algo más que un mito.  Toda una realidad de la existencia humana.En la tradición eclesiástica visigótica era la más pequeña de la torre en los campanarios españoles y recibe el nombre de cimbalillo, y los rusos la denominan la kolokolchacampanita. Por aquellos días de hambre y de muchas enfermedades, cuando no había sido descubierta la penicilina un simple catarro una diarrea llevaba para el otro mundo seres que aún no habían empezado a vivir. La muerte de mi tierno hermanito al que amortajaron no con una cruz sino con un angelito entre los dedos frágiles fue el precedente de unas navidades tristes de unas navidades que para mí supusieron un trauma toda la vida.  Señor ¿por qué? ¿por qué?

  Es una duda escabrosa que acecha al depósito de la fe pero estas dudas se resuelven con el principio de que la naturaleza es pródiga y selectiva.  De millones de óvulos sólo uno fecunda.  De miles de flores del manzano únicamente unas pocas se colman.  De las semillas que lanza el sembrador sobre el surco sólo germinan un 80 por ciento.  De los cigoñinos en el nido de la torre que suelen ser dos uno sobrevive y es su hermano más fuerte el que lo arroja al vacío.  La naturaleza elige a los más fuertes y a los que más luchan. Principio de selección biológica.  Inexorables leyes terribles de la naturaleza y violencia desde el principio que me hacen arrodillarme a los pies del Crucifijo y preguntarle:
-Señor ¿ por qué?  Tú no puede ser el asesino.  Eres el dador de vida. Sin embargo, una visita al oncológico infantil de cualquier hospital o un repaso a los miles de negritos que mueren desnutridos en el África es para qué los hombres de buena fe nos hagamos la pregunta de qué pecado habrán cometido.
¿No es Dios la bondad y la potencia infinita?
No hay respuesta, desde luego.  Es el silencio de Dios.  Su rostro se oculta. Ese silencio divino alienta un misterio teológico que ha afligido a muchos santos y esa cuestión pertenece al arcano de sus inescrutables designios.  Cuando llegan las nochebuenas  yo me pongo triste y pienso en mi hermanito.
  Fue por las fiestas de la patrona.  Vino mi padre del cuartel. Trajo con el machacante un saco de chuscos para todos los que vivían en aquella finca de alquilados: los carneritos, Gabriel el cojo al que habían fusilado un hermano por socialista, la señora Antonia Sabaté la de Lérida que vino refugiada a Corobias - vinieron en una camioneta de Intendencia tras la batalla del Ebro contando horrores y suplicios- de donde era su marido con su familia después de un bombardeo en que sus hijos Quico, Agus, la Juani se agarraban a sus faldas y gritaban en catalán:
Mame... mame.
En el piso de arriba habitaban la Maruja y la Carmen dos solteronas muy beatas.  De vez en cuando invitaban a merendar chocolate con picatostes al deán de la catedral u otros miembros del cabildo. Cuando cruzaban el portal los niños ibamos a besarles la mano.  Los curiales nos dispensaban de esta obligación al ver nuestras narices cubiertas de mocos.
-A jugar niños, darse ligeros.
Algún canónigo se dignaba regalarnos caramelos o una estampita para que fuésemos buenos.
  Abajo del todo en el sótano que daba la huerta recibía la Felina que había sido miliciana.  Ella vivía en un cuarto de atrás y ahora ejercía el oficio más antiguos del mundo.  Una hilera de hombres hacían cola en el descansillo los domingos delante de su puerta.  Mamá nos había prohibido que bajásemos por aquella escalera.

  Matías, un extremeño que no sabía decir paladar decía el cielo de la boca u era algo zopo por lo que en la batería le apodaban el tuercebotas que así se llamaba el machaca o asistente de papá entre las vecindonas repartió los chuscos y algún salazón, varias latas de sardinas, unos arenques, un poco del rancho frío, las sobras de Mayorías, entre los vecinos y en la Casa de la Troya hubo fiesta con los aguinaldos de Santa Bárbara.  Hubo jolgorio en la corrala mientras Juanín estaba agonizaba por primera y última vez.

  Agus la catalana quería llevarme con ella a su casa pero yo me resistía a salir, me agarraba a los barrotes de la cuna del niño.  Cuando había nacido Juan José me dijeron que la cigüeña lo trajo volando por los aires en un cajón y yo cuando veía una cigüeña apuntaba al cielo y decía... esa... esa ha sido. Busqué también como loco el cajón donde vino.  Dentro de la hornacha debajo de la cama turca.  En los altillos.  Y nada.  Se crió muy sano y rollizo.  Pesó al nacer casi cinco kilos y yo le hacía carantoñas, le quería mucho pues cuando mi madre le daba la papilla siempre caía alguna cucharadita. ¿Mamá me das un poco?  Ten.  Aquel condimento sabía muy dulce.  El niñín engordó.  Era muy sonriente y risueño. Hacía ajitos y gracias.  A serrín a serrán los mozucos de san Juan y hasta comprendía el juego del puño-puñete-quitale y vete.  Pero un día empezó a toser.  En plena noche se encendía la bombilla del cuarto de mis padres habitación única pues vivíamos con derecho a cocina.  A mi hermanito no se le pasaba la tos.  Se le agarrotaban los pulmones.  Un llanto infinito que traspasaba el corazón.  Papá decía ay hijo ay mi hijo.  Y mi padre lo tomaba en brazos y lo arrullaba en una manta de esas de los soldados.  Paseando por la habitación.  El pequeño debía de sufrir y mi padre ea... ea... ea acunándolo sobre sus brazos.  Las toses iban a mal.  Así como las congestiones.  Por  la casa empezó a oler a boticas.  Un practicante militar venía de vez en cuando a ponerle una inyección en la barriguita, el paciente se revolvía de dolor. Y la cocina de carbón ardía  día y de noche.  Para calentar las planchas de hierro y para las cataplasmas. En una de esas por poco lo abrasan.  De nada servían estas curas de caballo.  Juano se nos moría.  Yo no sabía lo que esta palabra significaba pero ne la imaginaba algo horrible, tenebroso. Hasta que una mañana vino de urgencia don Samuel el médico (recuerdo bien la marca de aquel coche negro en que giraba visita a sus dolientes; era un “Balilla” italiano) y dio el diagnóstico fatídico: poliomielitis.  No había nada que hacer.  Mi madre lo arropó en la manta y lo subió hasta los franciscanos donde había un san Francisco milagroso.  Pasó al niño por le habito del santo.  Pero no había nada que  hacer.  No era esa la voluntad de Dios. Al poco el enfermito entró en agonía.  Mi padre seguía paseándolo por toda la casa arropada en aquella manta cuartelera que había batido tantas escarchas y cubierto a muchos muertos cuando la guerra y aplacado el dolor de tantos heridos:
-Ay mi niño.  Que se me muere mi niño.
Vinieron las convulsiones de la agonía y al poco tiempo expiró pasada una tos ronca como perruna y luego se fue con una sonrisa en los brazos del que le había engendrado.  Angelitos al cielo. Trajeron los de la funeraria un ataúd blanco y a Juan José lo amortajaron con su faldón de cristianar una rebequita con unas cintas azules y se llamó a un fotógrafo pues era entonces costumbre retratar a los niños que se morían. Mi padre siempre llevaría durante muchos años aquel retrato en la cartera. La casa dejó de oler a boticas y a cataplasmas y se inundó de flores y de corona.  La luz de diciembre bañaba los muebles de la humilde sala llena de avíos melancólicos.  Luego a primera hora de la tarde no se me olvida se paró delante de la casa un coche de caballos negros.  Aquellos jamelgos eran enormes. Una alzada gigantesca que casi llegaba hasta los cielos pero héticos, casi famélicos, el cochero de las pompas fúnebres no les daba mucha cebada y por los cuartos traseros se les salían los ijares.  Estaban los animalitos en los puros huesos.  Con unos penachos de plumas negras parecían buitres de mal agüero.  Y dentro de aquel carruaje introdujeron el blanco y minúsculo féretro de mi hermano.
-¿Adónde le llevan, mamá?
Entre sollozos pobre mujer contestó a mi pregunta:
-Al cielo, Antoñito, al cielo.
-Volverá pronto ¿verdad?
-Claro hijo pues claro.
-¿Y el cielo donde está?
-Ahí arriba.  Estará bien con Dios y la Virgen y su ángel de la guarda.
Mi madre empezó a musitar en un llanto que era alarido la famosa plegaria: “cuatro esquinitas tiene mi campana cuatro angelitos que me acompañan”
En ese instante vino Agus la catalana y casi a rastras me sacó del velatorio. Yo daba patadas.  No me quería mover de allí.
-Yo quiero ir también al cielo, Agustina, con el niño.  Yo quiero ir con Juano (le habíamos empezado a llamar así) para que se lo lleven los hombres malos en el carro negro.
Apañé una de las “perras” peores de mi vida.  El llanto y los berridos me  duraron dos horas mi pico pero ni Agus ni la señora Antonia la leridana se atrevieron a darme un azote. Hablaban en catalán evidenciando su pena y su compasión hacia mí.  Cuando regresé a mi hogar la cuna de mi hermanito estaba vacía pero como recién hecha como si mi madre  fuera a acostar de un momento a otro a nuestro niño que se había ido para siempre.
  Yo creía que mi hermanito no podría estar mucho tiempo en el cielo y estar lejos de mí que le hacía ajitos le hacía aserrín aserrán campanitas de san Juan  y hasta probaba un cacho de su papilla cucharadita a cucharadita viene pues yo también me crié bastante hermoso y rollizo.  Si la cigüeña lo había traído en un cajón y ahora se lo habían llevado en una caja Juanjo no debería de estar muy lejos.  Levanté las colchas a las camas, miré debajo de los cojines, descorrí la cortina de la hornacha, alcé la tapadera de la tinaja pero para mi desconsuelo mi hermano no estaba allí.  Al día siguiente cayó una gran nevada. Corobias se revistió de un manto de albor purisimo igual que el de la capa del cura que había oficiado el entierrillo.  Miré al cielo azul purisimo tras la nevasca y contemplé la belleza del cielo.  Pensé que aquel debía de ser un buen lugar.  Y entendí porque mi hermano no quería volver.  Estaba jugando con los ángeles en el cielo.  Pero fueron unas navidades tristes, sin embargo, sin portal de Belén y cerca de la cuna vacía las de hace sesenta y dos años.  Sin cantos sin pandereta.  Estábamos de luto.  De luto blanco.

  El nacimiento y el entierro de mi hermano fueron las primeras cosas que recuerdo de mi vida. Vivencias asociadas a dos palabras el cajón de la cigüeña y la caja mortuoria.  Símbolo del hombre en su elipsis por la tierra de la cuna a la sepultura.  Angelitos al cielo.  Juano donde quiera que esté sabrá que le eché de menos toda mi vida.  Tenía tan sólo año y medio menos que yo.  Hubiéramos sido dos buenos amigos.  Ay, ay mi hijo.  Oigo la voz de mi padre quien desde el cielo también le llama.

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