Fue un verano de grandes expectativas aquel en que yo cumplí 64 años sol de
junio un verano más teléfonos mudos y en el celular pocos registros había
conocido la soledad y el silencio del justo y de los que padecen persecución
por la verdad y por la justicia. Un ángel bajo a decirme:
-eres
un marginal
-Mas
bien un leproso pero no te preocupes ángel de luz. Estoy muy acostumbrado a
pasar por tales trancos.
Nadie me llamaba, yo no era importante. En un principio me rebelé dando
grandes paseos por la Mocha chica. Pedaleaba hasta el escorial a venerar el
Árbol de las suposiciones dicen que olía y luego regresaba tan pichi por la
misma ruta que hacía Felipe II en una litera de tracción de sangre que al rey
lo llevaban siete palafreneros en silla de mano e iban sudando. Una
vez camino del Real sitio venía tan crecida la corriente del río Aulencia que
por poco se los lleva a todos la corriente al pasar el puente: Monarca y
lacayos y hasta un bufón que se había traído de camino para entretener sus
ocios y sus melancolías. No acabaron ahogados de milagro. Entonces Felipe II
ordenó al padre Villacastín jerónimo que fabricase un pasadizo más poderoso y
así se hizo. Tendió un puente de granito sobre el Guadarrama que por el empaque
y por la multitud de ojos se parecía un poco al acueducto
de Corobias. El rey de las Españas curó del susto pero la pierna le
seguía afligiendo en estos viajes y hubieron de entablillársela los cirujanos.
El transito del alcázar hasta san Lorenzo se los pasaba en un grito. Una
saludadora de Ocaña fue convocada a palacio. La vieja hizo unas cuantas
invocaciones, recitó no sé cuantos exorcismos, aplicó un emplasto de hierbas
que conocía y que fue recogiendo en verano por las dehesas que circundan al
monte de las Machotes y sobre todo dijo que lo que el rey tenía era aparte de
mal cordial grave tarazón y en Castilla la congestión de vientre se curaba con
vino. Media jícara y a ser posible cuando el mal aprieta una entera con unas
góticas de aceite de ricino. Las estancadas tripas reales empezaron a moverse,
se aligeró el vientre y don Felipe II era capaz las noches de conciliar cuatro
horas de sueño seguido, se levantaba a cantar maitines con sus monjes como
nuevo. Remitió la comezón de la piedra, bajó la hinchazón del cuerpo pues
estaba medio finchado por la obstrucción y dio de mano a la opilación
hidrópica. El puente que tendió el fraile ingeniero llamose el del alivio y se
decía así porque en el mismo álveo había una letrina en cuyo interior
acostumbraba su Majestad a detenerse para hacer sus necesidades. Un letrero en
el frontispicio de la caseta lo decía: “Aquí cazaba el rey Felipe II”. No decía
cazaba sino cagaba. Se confundió el escritor del epígrafe
Hombre disciplinado y metódico el Austria tenía sus propias costumbres
biológicas a plazos fijos y con horas regulares. La función excretoria se
parece a la erótica así como a la tanatoria. En las tres funciones el ser
humano estalla en gemidos y las tres ocasionan placer y movimientos
convulsivos. El rilar de la muerte, los estertores de la coyunda y la defecación
se traen un aire y ocurre lo que dijimos: omnes caedunt et ultima
necat. Todas sacuden y la última mata. En la vida del hombre sus horas están
contadas lo mismo que sus cabellos y sus cagadas. El reloj biológico le hacía
al rey posar ahí. Le entraban recias ganas al cruzar por el puente de
Guadarrama.
“Aquí pernoctó doña Juan de loca; en esta cama pernoctó el príncipe don
Juan Carlos, por estos tesos solía salir a cazar Carlos III y en este
reclinatorio se arrodilló Isabel de Castilla el día que salió a misa a los
cuarenta días de su alumbramiento. En este lugar, Tazones, Asturias, desembarcó
la nave que trajo a España al emperador Carlos V cuando vino a tomar posesión
de sus estados. Después de un temporal. El cronista advierte que tuvieron mala
mal desde que zarparon de Flandes y que la nave era alta de castillos, un
detalle marinero muy digno de tener en cuenta. Todo España es un memorial. El
país está plagado de letreros, inscripciones, efemérides. Existe entre los
españoles una cierta vocación de notarias. Aquí se levanta acta de muchas cosas
incluso de las más nimias. Nada se arrumba en saco roto, ni tampoco al olvido.
En cada uno de nosotros existe un autor de teatro y un fiel de fechos. Castilla
de esta manera se nos vuelve un gran archivo. Se hace registro minucioso de los
actos más intrascendentes siempre que hayan sido realizadas por gente de viso.
Por esa regla de tres las cagadas del rey de España también debieron de ser
trascendentes. Estuve yendo y viniendo ya digo como seis o siete años. Fue un
ir y venir que llaman acarrear un frenesí en el que anduve sumido como poseso
un ir y venir que llaman acarrear de lo que sacaba poco en limpio. Se había
pasado el tiempo de Virgo la mujer y llegaron los años del agua. Se iba a
acabar el mundo pero yo sentía muchas ganas de vivir y me consideraba bastante
vital. Aquellos mis pedaleadas por los recuestos de Valdemorillo que no sé como
no me llevó por delante algún coche en uno de mis viajes embebecido del aroma
de las campas de Brunete empapado del olor de fraga entre encinares. Había
en las dehesas encinas padre y encinas madre creo que yo las alcancé
a diferenciar. Cruzaba las sendas de los trigales donde anidaba la codorniz y
silbaba la abubilla y seguía las huellas del monarca sosegado al que le gustaba
rezar en la iglesia con los monjes. Me tumbaba en los campos de alfalfa.
Andábamos entonces en la España del cambio un poco a la expectativa del
Apocalipsis. Las últimas décadas del siglo XX fueron una reviviscencia de los
terrores milenarios. Todos suponían que la conflagración atómica estaba a punto
de estallar. Bush, un nombre nefasto en los anales que se escribirá siempre con
B de bestia, no alentaba mucho. Aparte de eso estaba el lenguaje deletéreo de
los neocom y un filósofo americano por nombre Kundera que pregonaba en un libro
el Final de la Historia. Habría signos en el cielo y en la vertical del Monte
del Escorial se manifestaba cuando yo me tumbaba sobre los campos de alfalfa.
Las radios de los tele predicadores americanos atronaban las meninges
anunciando la llegada del Anticristo mientras ellos hacían caja. En Roma
imperaba Wojtyla para unos un Papa muy bueno y para otros un papa muy malo. Se
habían pervertido las costumbres y el mundo andaba manga por hombro, todo del
revés lo derecho en lo izquierdo la hembra pasó a ser macho y al revés lo
blanco negro. Había gente que se consideraba con poderes. Los barruntos claros
eran que se acercaban las postrimerías. Se había convertido Rusia desde luego y
Gorbachov merecía todas las confianzas del predicado pero los usacos seguían
siendo unos tipos bastante malos. La ignominia de la guerra de Iraq montada
sobre la mentira y retransmitida por la sienen en las noches blancas de enero,
pasado san Antón. Me puse de los nervios con aquellas escenas de la guerra
retransmitida en directo, de cómo caían las bombas, las luminarias de las
trazadores y las chispas que dejaban sobre la noche de Bagdad los disparos de
la contraofensiva artillera. Veíamos a Sadam embutido en su capote presidiendo
el consejo de guerra con sus generales dentro de un bunker. Por último vimos
también en directo cómo lo ahorcaban al amanecer de una noche estrellada.
Tantas guerras y tantas zozobras hacían pensar que el final de los tiempos
estaba cerca o no podría tardar mucho.
Soy tan irascible como impresionable y sensible. La televisión, cuando vino
el satélite y podríamos tener al alcance de los ojos todas aquellas emisoras,
era nociva para mis sentidos. Abandonad toda esperanza. El invento nos hizo
sentirnos protagonistas pasivos de una realidad virtual o de una mentira
programada ante la cual un pobre periodista y escritor se sentía inerme. Llegué
al convencimiento de que el error de mi vida era no haber seguido la llamada.
¿Qué fue de aquella llamada? El consuelo llegaba a través de las ondas
hertzianas con aquellas liturgias solemnes retransmitidas desde lugares lejanos
y oficiadas por sacerdotes que yo imaginaba con barbas torrenciales. Al menos
tenían una voz bonita que hacían pensar que la religión, la cristiana sobre
todo, tiene que ver con la belleza y con la tradición. Cristo estaba viniendo
desde el Este desde el mismo lugar de donde provenía el rugir de los cañones y
el bordoneo de los aviones supersónicos de combate. El mal y el bien se dan la
mano. Aquel resurgir de la religión en la Rusia post soviética me llenaba de
perplejidad. Estaba claro que tocábamos con el dedo el cumplimiento de una
profecía. Los designios de la divinidad son misteriosos. Puede que en misi
idealismos estuviera enzarzándome en aberraciones. Mis amigos y mi mujer me
echaban en cara que me había pasado a los rusos. Eres un caso perdido. No. No
me he pasado a los rusos. Yo busco.
Y recordaba aquellos domingos londinenses cuando asistía a misa en una
modesta iglesia de South Kensigton y extasiado permanecía en pie tres horas
escuchando el oficio divino, los solos del diacono, la voz rotunda de los
popes. Las letanías o la consagración cantada. Este es mi cuerpo que será
entregado por vosotros. Me hice amigo del pope el padre Dimitri un viajecito de
barba y melenas blancas que me invitaba después de la ceremonia a tomar el té y
que un día me preguntó que yo tenía aptitudes para el sacerdocio. ¿Por qué no
te ordenas? Y me presentó al obispo ortodoxo ruso de Londres. Uno de los
momentos más gratos de mi vida fue una noche de pascua cerca del Támesis. Se
sentía la presencia de los ángeles en el recinto. Hice unos cursos y el
“prepadovni” me impuso las manos. Pude revestirme con la estola cruzada y
entonar la secuencia del Evangelios o “istenia”. Por fin había conseguido mi
sueño: ser sacerdote. Aquello lo llevaba en la sangre. Pero al poco de recibir
el diaconado fui trasladado de la corresponsalía y me casé. Cuando supo mi
esposa que había cambiado la fe católica por la ortodoxa me preparó un cisco y
amenazó con abandonarme. Volví al redil de los católicos tibios y
acomodaticios. Creo claro esta que aquella renuncia fue uno de los errores más
flagrantes que he cometido. Vendí a Cristo por un plato de lentejas. Algunos de
mis enemigos propalaron la especie de que me había apuntado al KGB. Sin
embargo, aquellas emisiones nocturnas, aquellas sintonizaciones maravillosas,
despertaron mi antiguo sueño y avivaron los rescoldos de mi amor compasivo a la
humanidad por Jesús, tal y como lo ven los bizantinos augusto y apoteótico en
el Pantocrátor. En la mandorla mística de la resurrección. Yo era un elegido.
Pero me han elegido para sufrir como Él. Me convertí en varón de dolores y
todas las desgracias que no quiero aquí enumerar puesto que sería un rato largo
llovieron sobre mí. Tuve conciencia de aquella traición al Maestro fue la razón
de todas aquellas tribulaciones e incomprensiones que padecí. Soy diacono pero
también soy escritor. Lucho por el advenimiento del reino de dios y de su
justicia.
Tuvimos que pasar mucho. A los que pensaban como yo nos estaban dando
las diez de últimas. Pero no fallamos en nuestro dictamen. Lo que entonces
decíamos ahora resulta que se cumple. Entonces nos mandaron a galeras. Hubimos
de bailar con la más fea. The end is at hand. Pues bueno que se le va a hacer. Nadie es
eterno, ninguno va a quedar aquí para simiente y más se perdió en cuba y
vinieron cantando. Vinieron los del Advenimiento y la expectación mesiánica de
los del Monotema. Los monomaníacos de una sola idea, los revanchistas. Los
intolerantes de la intolerancia y los lobos disfrazados de cordero. España se
desplomaba en una mar de liviandad y de satanismo pero la gente cobraba amaba
el dinero adoraba el b becerro de oro. A los que no comulgábamos con ruedas de
molinos se nos persiguió y se nos marginó. La persecución fue sorda y las
tácticas conminatorias colgadas a través de alambres imperceptibles del tablero
del gran guiñol. Llovía, llovía y no encontré e n aquel tiempo abocanás. Me
expulsaron del templo y de las sinagogas y yo me daba cabezazos contra las
barreras. Cometí el pecado de desesperación. Dejé de escribir que era lo que me
salvaba. Pero estaba desesperado. Las editoriales me rechazan toas mis obras
una por una. El ultimo decenio de l milenio fue para mí el de los pasos
perdidos.
Aquellas idas y venidas al Fresno de las Suposiciones
quizás tuvieran que ver con sus deseos de huida hacia delante. Huía de sí
mismo. Huía de la jet set. Huía de la cuadratura de su vida que se había
quedado estrecha y chata por todos los lados. Callejón sin salida. Lasciati
ogni esperanza. Y luego habían llegado los usureros y los tele predicadores
anunciaban que se acercaba el fin del mundo. Señor, sálvanos que perecemos. Lo
había huido del trabajo suspendiéndole de empleo y sueldo. Su mujer no era solo
una extraña. Era un tormento. Sólo lo suspendieron de empleo y sueldo y no le
dieron la nota definitiva porque había protestado contra los judíos, les había
quitado la máscara a los usureros. En el ministerio de la Cosa por defender a
España lo había segregado, perseguido, ninguneado, expuesto a toda clase de
intemperies y pensaba que si sobrevivía era tan sólo a un milagro de la Virgen
María de la cual era devoto. Lo mandaron al psiquiatra y fue uno de los muchos
postergados y represaliados por sus ideas políticas. Lo malo es que no sabía a
donde ir. Adonde meterse. Harto estaba de nadiuskas y de isabeles de
falsas promesas y mucho pasar la mano por el lomo pero que hay de lo mío no me
digas. Era como darse de bruces contra un muro porque el Gran Modorro tenía los
morros muy duros y sabe matar mediante encargo y sin ningún genero de violencia
esparciendo la semilla de la cizaña y de la desesperación por los campos. No me
digas que te han hecho académicos Juanchi. Pues sí. Pues sí toda aquella hueste
se había transformado en los neocoms. Pitita Ridruejo empezó todo aquel
tinglado y como salía en las revistas pues tenía mucha imagen. Los gozos y las
sombras Juanchi que hay de lo mío. Los únicos porteros de discoteca que me
gustan son los rusos. Parecen armarios y son gente bastante entrenada. No sé ni
como en aquellas acometidas de Erifos me pegaron un tiro en la nuca. Iba y
venía como alelado y como desesperado, como el que va a Salamir que no sabe
dónde ir y luego tampoco sabe cómo salir.
De las razones precisas o imprecisas que me condujeron
a ser víctima de un odio tan inesperado como injusto. Nunca he comprendido ese
odio que se manifiesta en las miradas o en palabras que se pronuncia como
lanzadas desde el colmillo, y esto no es un colmillo humano sino los tochos de
un jabalí. Me sentía igual que Daniel en la fosa de los leones. Tuve que plegar
velas, recogerme en la concha, ingresar dentro de mi propio alveolo, entregado
a la plegaria y a la radioescucha mística de emisoras lejanas donde vivía la
hemorroisa toda cubierta de pus y de sangre que exclamaba: "natátil...
natátil... ha llegado”. Aquel apartamiento e incomprensión volcaron mi atención
sobre la cultura rusa y escuchaba Radio Moscú en las largas madrugadas. Caído
el muro de Berlín era casi la única de todo el guial que hablaba de Dios y de
asuntos religiosos. En dicha circunstancia quise observar yo que se
cumplía una señal. La Señora había pronosticado en Fátima “Rusia se
convertirá”. Pies bien con Gorbachov había vuelto a Cristo la mirada el gran
país eurasiático. Sin embargo cada vez había más odio y era más escandaloso el
pulular de los odiosos anticristos. Algo no funcionaba en aquella profecía. La
Virgen había anunciado la conversión de la URSS pero nada había dicho de los
norteamericanos que es de donde venía el mal barrunto.
Así que yo era un poco el profeta Daniel en el foso de
los leones sumido en la vorágine y nadando contra corriente. El icono en mi
bolsillo volaba hacia el empíreo infinito. La rueda de Ixtión daba vueltas eternamente.
Los griegos desdicen al Libro del Apocalipsis y tengo la impresión de que a lo
mejor Aristóteles llevaba razón cuando profundizaba sobre la eternidad del
mundo, la sucesión de los trabajos y los días o el fluir de las
estaciones que luego darían ocasión a Hesiodo para elaborar su `propia teoría.
Pero el oficio de un intelectual que se entrega a la casuística y a la
observación de la naturaleza tiene algo que ver con el tormento de las
Danaides. Yo llenaba cantaros y cantaros de filosofía, pedaleaba hacia el
Escorial. Me llenaba de enciclopedias y andaba un poco hambriento de emociones
y de paisajes. Las ánforas no se llenaban nunca. Cada mañana por orden superior
limpiaba las cuadras de Anteo. Dos mil caballos y olían que tú no veas. Este
desdoblamiento del yo convertía mi existencia en un suplicio. Eso me llevó a
aquel hortus conclussus aquella fuente sellada. Un jardín de
María que yo había columbrado en las sabatinas del mes de mayo. Un trozo del
cielo al alcance de mis manos y a una distancia corta en bicicleta un par de
horas de lento pedaleo. Y bajaban los ángeles rubios tañendo liras
hermafroditas de diez cuerdas y viriles zampoñas, laúdes mágicos, dulzaina que
sembraban el aire de sonoridades penetrantes y los devotos a lo primero
alelados y después cogiendo confianza bailaban la jota o jugaban al marro o al
que no me coges por aquellas campas. Alzaban los brazos, hacían puñetes con
ambos dedos o gritaban a voz en cuello.
-Viva
la Virgen de los Dolores.
-Que
viva.
El huerto sellado o jardín de María no sé sí era el
zaguán del paraíso o la antojana de los infiernos. Todo lo que veían mis ojos
bajo la luz de un cielo espectacular y una luz Purísima era un mundo onírico.
Esperpéntico. Que de tan realista resultaba del todo irreal. ¿De donde salía
toda aquella gente que afloraba a bordo de autocares fletados desde la
provincia de Madrid y de todas las provincias de España como Jaén, Andalucía.
¿Asturias? Todos decían cosas raras y tenían caras raras. Un gañan de Gredos
dejaba el hatillo de sus ovejas en el aprisco para ir a ganar la
indulgencia de los primeros sábados de mes y dos agricultores de Holombrada
llegaban todos los primeros viernes y pasaban la noche rezando. Allí dormían. A
una mujercilla se le ponía la voz de pito cuando se dirigía a la Virgen como si
fuera de carne y hueso cuando la traían los virginianos en andas. No he visto
imagen más tétrica ni más fea que aquella dolorosa de cera que el artista de
ocasión había pintado con un manto horrible negro todo él cubriéndole de la
cabeza a los pies los ojos de cristal inexpresivos y los carrillos con
coloretes pero sin la vivacidad y expresividad ingenua de las vírgenes
románicas o la expresión abstracta de las vírgenes negras. Una señora asturiana
con el pelo corto a la que llamaban la Catequista instruía a los devotos sobre
la devoción a la virgen y decía mil majaderías. Un cristalero de Albacete por
nombre Julio entraba en trance cuando se acercaba a una peña
misteriosa que estaba un poco mas arriba. Sus incondicionales decía que olía a
rosas. Antes de sus trances se embadurnaba bien la cara de lavanda y fricciones
mentoladas y así dicen que olía. En aquella cerca se daban cita en
las reuniones multitudinarias del principio todo el dolor y la extravagancia
del país. Parecía que habían dado día libre en todos los hospitales y
manicomios. La Virgen estaba en su cabeza. Era el recuerdo de los dulces años
de la infancia y de canciones como Venid y vamos todos. Y allí se
presentaban con sus tarterillas de la merienda y sus garrafas con floretes a
María, la superstición entreverada con la fe verdadera. En su ignorancia la
Madre los protegían. Todos expresaban un temor extraordinario a la muerte. El
encante olía a botica. A carne vieja, gastada. A humores que delatan
el cáncer y toda suerte de enfermedades. Todos éramos huérfanos pero gritábamos
madre en medio de un ambiente sugestivo pero irreal. Éramos creo yo un poco
blasfemos al hacer caso a aquella embaucadora que envía los mensajes que había
recibido el viernes anterior por cinta magnetofónica y todo eran suspiros,
congojas, jipíos y sufrimientos. En el año 82 la primera vez que porté por
aquel lugar de las desdichas llevaba mi pentax y tiré algunas placas a la
vidente.
Amparo se mostraba como una mujer de unos cuarenta el
pelo rubio corto muy lacio figura rechoncha una rebeca roja y falda con flores
una exhibicionista pero acaso una personalidad fuerte y mentalidad viva con las
ideas muy confusas y la voz gorda que cambiaba y se oscurecía cuando le daban
los siete males… hijos míos, mirad cómo las almas caen en el infierno… mirad mi
corazón.. Pedid por los sacerdotes, etc. Eran igual todos los mensajes. No he
conocido personalidad más blasfema y mis conocimientos de teología me daban a
entender que pisar aquel huerto de las apariciones supuestas era un sacrilegio.
Era profanar todo el arcano de verdades y de dogmas que supone la mariología
pero mi situación anímica y personal era tan desesperada que tenía que acogerme
a un clave ardiendo. Me tenía que armar de valor y a veces de vino para tener
que soportar aquella farsa aquellos virginianos que traían una imagen chapucera
aquellos enfermos desahuciados a los que ponían en primera fila en sillas de
ruedas y a veces sobre camillas como en Lourdes que resulta un lugar mucho más
tétrico y horrible como Fátima. El Escorial no es más que un pálido remedo de
esos parques temáticos que profanan la sagrada devoción marial y explotan la
buena fe de las gentes sencillas o son una ceca para acuñar moneda billetes y
billetes a cambio de falsos mensajes hueras promesas. Dios y la religión se
convierten de esta manera en fuente de divisas. Aquella Virgen del Escorial
inspiraba miedo y no ternura como mi Virgen de los Tránsitos.
Sin embargo me ocurrió un caso que no acertaré a
explicar del todo bien una tarde de tormenta. Era el 13 de mayo de 1995. habían
cerrado la verja. Empezó a salir humo de alguna parte. Corrió la voz de que se
había declarado un fuego a causa de una chispa que había caido sobre una
encina. Sin embargo no veíamos incendio por ninguna parte. Eso sí el fresno se
iluminó y empezó como a echar chispas. Desde el tronco hasta nosotros venía un
olor muy desagradable como de tuvo de azufre. Casi me mareo. Un poco más allá
un hombre se solazaba con una par de muchachas con las que jugueteaba. Los tres
estaban en el fondo de un talud y por las trazas íbamos a ser testigos de una
escena escabrosa porque el individuo que parecía un sátiro estaba bien dotado y
mostraba una poderío sexual fuera de lo común.
-Por
favor caballero esas cosas en privado. Un respeto por favor.
El fulano que lo oyó se vino hacia mí como una
centella. Casi echaba espumarajos por la boca. Crispaba los puños, amenazante.
-¿Y
quien eres tú para meterme en lo que no te importa? Yo estoy bien con mis
novias. Mira tengo dos. ¿Y no soy moro. ¿De dónde eres tú gilipollas?
Me miró, le miré. Las mujercillas alborozadas se
plisaban la falda que había levantado aquel energúmeno incontinente y
observaban la escena expectantes y con hilaridad como diciendo verás tú la que
se va a liar ahora.
-¿Y
tú?
-
Yo soy del mundo. Estoy aquí y allá.
Era un escena irreal. Le reconocí. Aquel hombre era el
ángel caido que proyectaba sobre nosotros la sombra del Cánido. Entonces alcé
los brazos como hacen los diáconos griegos cuando cantan el Akathistos y
levanté todo lo que pude el icono de la Virgen María que siempre llevo conmigo
lo mismo que el rosario. Entonces ocurrió algo que nunca podré explicar. Como
si fuera un espejo la figura del icono que yo sostenía con las manos empezó a
reflejarse en grandes dimensiones. Se pudo distinguir el manto de la Señora que
sostenía en brazos al Niño, los pliegues de su túnica, los pliegues del velo o
griñón con que aparece en las representaciones orientales.
-Mirad,
mirad-. Dijo una mujer que acudía todos los días desde Madrid a colocar flores
sobre el árbol- Es el icono.
Y una peregrina portuguesa que también estaba
allí comenzó a alabar a Dios en su lengua. El olor mefítico se convirtió en un
perfume suavísimo como de rosas. Los individuos con las dos prójimas habían
desaparecido u allí nadie les vio salir. Es el icono. Es el icono. Alguien
volvió a prorrumpir en sollozos y decía madre… madre. Caímos todos de rodillas
y empezamos a rezar el rosario. Quedamos todos como clavados. Lo que recuerdo
es que yo me sentía muy cansado y con el cuerpo como si me hubieran dado una
paliza pero lleno de paz y relajado pese a mi extenuación. Eso ocurrió. De eso
doy testimonio. El árbol de las suposiciones y las supercherías sirvió para
afianzar mi filial devoción a la Virgen. Guardé mi imagen en el bolsillo. En
varias ocasiones creo que también este sencillo retrato plasmado en madera me
ha sacado de muchas dificultades. Aunque tales intervenciones fueran mucho
menos explicitas cuando se dibujó de repente sobre el cielo de las Machotas
para poner en fuga al Maligno. Me entró pavor y nunca volvía a presentarme en
aquellas tenidas del encante de Prado Nuevo casi a un tiro de ballesta del
lugar donde se emplaza el Real Sitio. Más que el dichoso fresno de las
suposiciones a mí lo que me tiraba era la sombra de Felipe II que bajaba a
pasear por aquellos bosques en tranquilos quietes reales. Era un rey pero
también un monje coronado. Felipe ii metódico y ordenado retoma ruibarbo para
las mañanas y anotaba todo incluso hasta cuando tenían el periodo sus hijas. El
agnus del o pequeño viril eucarístico fue un regalo y este regalo apareció en
los pecios de la Invencible. Era un rey devoto hombre de muchas misas amante
del canto llano y de las misas. Costumbres estables y sedentarias lo contrario
de su padre viajero incansable, ahuecando el ala en guerras y en campamentos,
gran guerrero y al final el desencanto de Yuste, el desistimiento de la idea
imperial. Peleó por la cruz pero su concepto mesiánico que no entendían tampoco
ni siquiera en Roma- Felipe II heredó este concepto cesáreo pero más
ordenancista. Se cansó de sus viajes y travesías por el Atlántico, una le llevó
a Londres a casarse en la abadía de Winchester y otro a Flandes donde viajó en
una nao “alta de castillos”. Sosegaos. Vida apacible, subidas al monte.
Escuchaba el rumor de las fuentes. Es lo que a mí me fascinaba del Escorial,
alma mater de la historia de España y núcleo de la catolicidad tal y conforme
era entendida por los españoles pero triunfó Trento y salió airosa la idea de
Sixto V el papa que le negó el título de defensor de la fe que fue contendido
por Alejandro VI, su predecesor nada menos que a enrique VIII. En Roma eran
mucho más sutiles, diplomáticos. Eran italianos. Suspicaces. No entendían el
ardor a palo seco de la monarquía hispana. Escorial es el apéndice de Yuste. La
idea del esplendor y del desencanto. Que plasma el sentido horaciano de la
vida, ese Beatus Ille que brota en las mejores paginas de nuestro siglo de oro
desde Fray Luis a Cervantes. España contra todos. España incomprendidas
defensora de la fe de Cristo con el verso y con la espada. Ese era el imán que
me arrastraba hasta aquel huerto de Getesemaní hacia aquel árbol de bancas
retorcidos que a veces adquiría la forma al contraluz del sol declinante de
brazos del tenebrario, candelabros del “menorah”. En su corte había música en
cantidad más de mil quinientos funcionarios asalariados. Quiso hacer del
escorial un observatorio astronómico y una botica. Felipe II voz clara tenía
don de gentes y aborrecía la vanidad a pesar de su pompa. El incremento de la
deuda publica en su reinado es del 50 por ciento. Desde entonces los españoles
fuimos un pueblo en bancarrota económica. Espiritualmente sin embargo el más
rico del mundo hasta que llegaron los pedisecuos y lebreles de la Hija
del Ganadero que montaron sus tenderetes mercachifles de la ruina y
todo eran modelitos para la reina de las mañanas y contrataron turiferarios y
correveidiles con Pasmón y sus muchachos. Yo huía- aprieta el
culo y da pedales- aferrado al manillar de mi Peugot la que compré en una
tienda cerca de Atocha (en la tienda había una estampa de Maria auxiliadora
buena señal) escalando los puertos de Colmenarejo y Valdemorillo o metiendo la
directa en las bajadas y torrenteras, jugandome el pellejo por la cinta de
aquella carretera de trafico denso. Más de una vez estuve a punto de ser
arrollado por vehículos de gran cilindrada. El mundo iba como loco en medio de
aquel terror del milenario
VENTANA DE MI
INFANCIA
Yo nací en una ciudad
levítica, crecí a la sombra de la torre de una catedral gótica, aquel prodigio
de equilibrio de argamasa y roca me dieron en el rostro los sones de sus
campanas, escuché salmos y cantos de ronda bajando hacia la Hontanilla, dejando
atrás la judería vieja, pasando el arco del Socorro. Tiré varetas por las
mismas trochas que recorrió Pablillos, con el cual fui aprendiz de ayunos,
esperanzas y desesperanzas. Conocí las huellas o las marcas en el camino que
dejaron las cáligas de los hoplitas de las legiones romanas, las sandalias de
los franciscanos y las zapatillas de los santos. Había una roca cerca de una
fuente en mi barrio que tenía una cruz de hierro ya mohosa donde se sentaba
Fray Juan cuando subía jadeante desde su convento al beaterio a confesar a las
monjas y donde dicen que Teresa de Jesús se sacudió el polvo de su
calzado para resarcir su rabia y conjurar la infamia propalada contra ella por
las hablillas despidiéndose a la francesa de Corobias para no volver más. La
Fundadora era de armas tomar, Dicen que
dijo:
-De Corobias, ni el polvo de zapatilla.
Las lenguas de las cotorras
mal hablaban de que tenía un lío con su frailuco y medio pues era de corta
estatura quiero decir san Juan de la Cruz. Que el refrán advierte que entre
santa y santo pared de cal y canto. Claro que santa Teresa era abulense y los
de Ávila y Corobias la ciudad rival nunca nos llevamos bien
del todo que se diga. Cuando jugaba la Gimnástica con la Unión Deportiva salía
la gente a palos en el Campo del Peñascal. Había fundado un convento que hoy
conserva, pared solitaria frente a la plaza de San Andrés donde existe un
patinillo melancólico ajardinado con columpios y hay una taberna en la cual por
un sol y sombra un amanecer de otoño, por un sol y sombra, que por poco se me
atraganta el anís y vomito el coñac, ya digo, soplaronme esos bellacos
taberneros de nuestros embarrados caminos las mañanas de resaca tres euros y
hay un majestuoso abeto que levanta su sombra protectora de la torre románica.
Entré a misa y había un funeral a congregación única y los del duelo que eran
cinco personas no más, salí deprisa y besé al Cristo que duerme sus melancolías
cabe el cancel recordando a mis amigos los Larios que sirvieron en dicha
parroquia donde comienza el turno de las catorcenas cada doble septenio en un
corre turnos o periplo a lo cual ocurren muchas cosas en la querida y vieja
ciudad. De las catorcenas recuerdo el vinillo, las pastas y los soplillos en
Santa Eulalia, cuando a los de mi parroquia tocaba, los brindis de hoy en un
año y las procesiones en que sacábamos por las callejas de Muerte y Vida la
cruz parroquias, las plastas que defecaban los caballos de los alabarderos de
la Guardia civil que iban abriendo calle, que para los pobres animalitos no
había un respeto para la carroza del Santísimo que venía detrás. Animalitos.
Venía un barrendero con un recogedor y apartaba las boñigas. Alzaban el rabo y
zas. La naturaleza resulta incontenible en algunos casos. Don Benito el preste
y el diácono y el subdiácono, oficiantes, todos de capa pluvial, miraban para
otra parte, mientras el coro entonaba las maravillosas estrofas de la Secuencia
de Santo Tomás: oh sacrum convivium.. Hay que precisar que aquella
fiesta tenía una cierta importancia no sólo sociológica sino también teológica:
El triunfo de la cruz sobre el menorah. Los enemigos de la religión quedaron
confundidos pues resulta que había un sacristán algo borrachín pero más necio
que borrachín todavía de la iglesia de san Facundo situada un poco más allá de
la puerta de san Andrés y un día se encontró en una taberna con unos
judíos que se reían a carcajadas de la hostia viva blasfemaban y tal. Sucedió
que convidaron a morapio al sacristán de san Facundo al que decían Baldomero y
apellidaban Don Eructo por los eructos y pedos que se tiraba
en plena misa. Aquel sacristán era de la cuerda y de su misma cuerda y
solidaridad. Total que convinieron en que si el Eructo les entregaba una hostia
consagrada del cáliz ellos le darían una bolsa con treinta monedas. La sombra
de judas es alargada a través de toda la historia pero por fortuna en aquella
ocasión en Corobias no hubo muerto de Getesemaní. Trato
hecho. El apagavelas les hizo entrega de una sagrada forma que él robara una
noche en que hubo truenos y ventiscas por toda la ciudad y ellos le entregaron
una bolsa con las doblas convenidas. Entonces todos juntos se dirigieron a la
sinagoga que estaba colocada junto al mismo adarve de la muralla, prepararon
candela y pusieron un caldero. Cuando el agua empezó a hervir echaron a la
sartén la divina oblea. Allí estaba la judería local en pleno, su rabino que se
llamaba Don Muir revestido de sus ornamentos sacerdotes con el efod o peto y
una mitra de dos cuernos. Ínterin no dejaban de caer sobre la ciudad rayos y
truenos. Una chispa prendió fuego al campanario de la parroquia de San Facundo
que ardió como una tea, ya no existe. Al parecer, la naturaleza parecía enojada
por la celebración de aquel aquelarre.
-Vamos
a comer churros- dijo el cantor de la sinagoga, aludiendo a la naturaleza de la
masa con que se fabrican las hostias en España, parecida a la argamasa que
echan en la sartén los churreros.
-Verán
esos herejes cristianos en que se convierte el cuerpo de su Dios.
-Eso.
Eso.
-Cristo
era un impostor y la eucaristía una artimaña con que los clérigos embaucan a
las pobres gentes con semejante majadería: manducar mismamente el cuerpo de su
dios. Quieren hacer de ellos simples caníbales.
Un maestro de la ley dijo sentencioso:
-se
trata simplemente de un caso atípico de antropofagia espiritual.
Esgrimía ante las mismas
barbas de don MIR, escolta de su gran nariz, un libro muy grueso y viejo, que
llamaban el Talmud.
-La
comunión de los santos, el cuerpo místico y todas esas historias no son más que
embustes de mentes alucinadas y ociosas y todo lo adoban con un tinte
misterioso de mariconería.
Las blasfemias se sucedían
una tras otra, como las estampidas de los truenos en aquella tenida en
la sinagoga. Un velo de odio y de revancha se cernía sobre las miradas y
sobre los ojos, haciendo verdadera la sentencia de que dios ciega a aquellos a
los que puede perder. En medio de grandes voces y alboroto el aquelarre
discurría. Olía a azufre en ese recinto. Un relámpago apagó todos los cirios y
la sinagoga quedó a oscuras. Presos de pavor y confundidos los profanadores
cayeron derribados a tierra y vieron como la hostia blanca como el ampo más
tierno de la nevada más Purísima empezó a ascender primero hasta las vigas del
artesonado mudéjar y después buscando la claridad de uno de los vitrales. El
panecillo parecía una paloma y en lo alto de la pared encontró un resquicio que
atravesó dejando una enorme grieta que se conserva hasta el día de hoy. Las
campanas de las iglesias de la ciudad empezaron a tocar solas y sus habitantes
se asomaban a las ventanas o salían a la calle. Había desaparecido la tormenta
dejando sobre la vida un perfume de tierra mojada y por la vertical del cielo
vieron atravesar en arco el cielo de la noche iluminada aquella sagrada forma.
Todos gritaron la palabra milagro. La oblea blanca estuvo parada sobre el cielo
nocturno como media hora al cabo de la cual empezó a descender dirigiéndose
hacia la otra parte de la muralla. Aterrizó en el convento de los dominicos
donde al penetrar abrió otro boquete en un ángulo del imafronte de la fachada
gótica tardía de aquella casa de dominico. La hendidura se conserva a fecha de
hoy. Generaciones de albañiles intentaron taponar el hueco pero éste, así son
las cosas de dios, se muestra renuente a compaginar los designios divinos con
la obcecación de los hombres.
Fue a parar a la boca, con
gran sorpresa de toda la comunidad, de un novicio que se disponía a recibir el
viático mientras sus compañeros entonaban las letanías de los santos y ya su
confesor le había leído la recomendación del alma.
Ambas helgaduras aun
existentes en los muros del convento de Santo domingo y de la antigua sinagoga,
actualmente monasterio de claras, son un testimonio elocuente de aquel portento
acaecido el año 1348 el año de la gran peste. Toda la ciudad se conmovió y la
noticia del suceso corrió por el reino. Se organizaron rogativas y actos de
expiación. Hubo conmociones sociales e inquietud en las aljamas de Sevilla y
Burgos y los dominicos organizaron una campaña de predicaciones dirigidas
expresamente a los judíos. Muchísimos de ellos pidieron el bautismo en masa y
sería un hecho de ver, que no ha ocurrido con frecuencia en la historia de
Israel, cómo innumerables miembros de la comunidad del pueblo elegido se
pasaron con armas y bagajes a la religión del Crucificado. Semejante fenómeno
aconteció pues no hay mal que por bien no venga a raíz de la profanación de don
Muir y el aquelarre en la sinagoga. Acaso sea por esto por lo que los Sabios
del Sanedrín no han perdonado nunca a España semejante descalabro para sus
colores y desde entonces nos guardan aun mucha más saña a los españoles que les
echamos en cara su cerrazón por no acoger a Jesús como Mesías. Llueven por eso
los escupitajos del odio de la bestia y desde entonces albergan el deseo de
cocernos en la caldera como si fuésemos cangrejos. En múltiples ocasiones a lo
largo de mis días he sentido ese odio sobre mí que me ha ceñido los lomos como
una clámide de escarnio y mi cabeza como una corona de espinas de dolor. Llevo
las marcas y los estigmas del Señor la lanza en el costado los huevos de los
clavos en los pies y en las manos. Es el indumento del desprestigio la
laticlavia del orate la túnica de los locos. Locos estamos por cristo sí. De
ahí que cuando voy a mi ciudad se me eche encima todo ese perfil urbano de la
nueva Jerusalén y la espiga de la catedral es la torre Antonia y el palacio del
obispo el castillo de Herodes. Desde niño no me fío nunca de las insidias de
los discípulos de don Muir que siguen por estas y por otras partes habitando.
Por desprecio nunca le
llaman al Salvador por su nombre. Le designan despectivamente como ese
hombre. Siempre que bajo a la Fuencisla me asomo al pretil desde donde se divisa
el ángulo taladrado de la fachada de los dominicos y cuando voy a la iglesia
del corpus christi donde las claras tienen expuesto el Santísimo desde que se
levanta hasta que se acuesta el sol hago memoria profundísima de aquellos
sucesos que fueron un signo y ofrecen una profunda explicación del por qué hay
tanta devoción al sacramento entre nosotros. El aquelarre de don Muir determinó
que los corobinos pidieran al corregidor y al obispo que se instituyera la
sagrada costumbre de la catorcena.
Procedemos de una
estirpe mística muy devota y a la vez socarrona y pagana aunque de cristianos
viejos como el que más. Otros historiadores señalan, al contrario, que somos la
mayor parte de raíz de ahí nuestra complicación mental pues de Corobias ni la burra la novia
nos achacan los que nos quieren mal. Vaya usted a saber pues se asegura que
todos los israelitas de Burgos cuando salieron mal con los de aquella otra
ciudad castellana se vinieron a acoger bajo los arcos del acueducto. Se
bautizaron en masa y se hicieron hidalgos y caballeros de vieja estampa más
papistas que el papa y más españoles que el pupas.
He de decir a tal respecto
que nuestro amor a la Virgen de la Fuencisla tan arraigada en nuestras vidas
arranca de una pobre judía (nuestra querida virgen debiera ser la abogada
contra la violencia de género) a la que su marido acusaba de andar tonteando
con un capellán, el sanedrín quiso dilapidarla pero luego cambió de parecer.
Hombre sería mucho por un supuesto –dijo un viejo verde que la espiaba detrás de
unos carrizos cuando la Alaroza recién casada tomaba baños en las
gélidas aguas del Eresma-mejor arrastrarla de la cola de una yegua pero otro
comilitón mira quien fue a hablar mira quien baila propuso tirarla por un
barranco que nunca faltan por ahí por tejadilla y ahí en eso en peñas
escarpadas que marcan las orillas de lo que otrora fuera mar, una mar
prehistórico. Y por ahí defenestraron aquellos malditos esos
malditos que María del Salto se llamaba. María del Salto se encomendó a Nuestra
Señora y Ésta la recogió en su manto como si fuese su regazo maternal se
tratase. Ella estaba allí al pie de las peñas donde las aves alzan sus nidos
y donde un pueblo de amor transido vibra en tu Honor. Me he
puesto a escribir una novela que es la historia de mi vida y me sale una salve.
Total que nuestros
antepasados se bautizaron en masa y las aguas del Rasemir se
convirtieron en un gran Jordán donde los del Pueblo elegido tornó sus ojos a
Cristo. En cierta manera los corobinos nos sentimos un pueblo elegido. Elegidos
para la palabra y para el dolor. Si la cruz es un privilegio a nosotros nos
signaron con ella desde el principio hasta tal punto que sólo a nosotros se nos
permite hablar mal de la ingratitud de los elegidos. De raíz conversa eran los
Coronel y los Dávila incluso el propio Torquemada prior del convento de Santo
domingo presentaba un origen nada preclaro y converso era Pabilillos y el gran
historiador Colmenares otro que tal. Que no nos vengan con alicantinas. Lo que
pasó pues pasó. A qué ton eso de meter la reja en la Historia como si fuera la
vertedera de un labrador honrado que labra sus campos por La Lastrilla. Judíos
eran los asesores y los confesores de la Reina Católica y los pincernas de su
hermano el infausto Enrique IV que a mí me parece que no era tan impotente como
le arguyen aunque aquel rey todo hay que decirlo se aficionó a las costumbres
moriscas y estaba rodeado por una corte de jenízaros andaluces. Todos los de la
Guardia Mora. Judío converso era el sacristán de san Facundo el que entregó las
hostias para que las arrojase a la caldera y la sagrada forma empezó a subir y
subir por los tejados dando la vuelta giratoria a todo el poblado
hasta ir a parar a la celda de un novicio dominico del convento de
Santo domingo que iba a recibir el Viático.. El fraile era también marrano como
María del Salto como la mayor parte de los obispos, deanes y capellanes que
ejercieron en Corobias y como judíos fueron los conquistadores que acompañaron a Colón. ¿Fue
verdadera o fingida su conversión? Eso pertenece a los misterios archivados en
los anales de nuestra historia. España es al fin y al cabo una locura. Pero una
locura maravillosa.
En la mezcolanza de los
sonidos que bajan de arriba o suben por abajo escucho los ecos del canto de los
cisnes de mi niñez perdida: los cantos infantiles de la rueda y el
corro, el son de los viejos romances. Veo subir la cuesta que lleva a la Puerta
del Socorro a muchos peregrinos camino de Compostela con la calabaza y el
bordón pardas hopalandas. Pardo era el color con los que se vestían los
campesinos de la gleba y negro el de los caballeros los clérigos y los domines.
Pardos eran los picos de las putas. De las famosas meretrices de Corobias. En mis
primeros años conocí los últimos suspiros de Castilla la Vieja. Era un país
absolutamente a la España de hoy. Pardos son mis ojos y pardo soy yo hijo de la
luz y de la noche. Parda humildad semi franciscana. Don Pablos me estaba
haciendo señas desde la otra ventana y traía un libro en la mano aquel
protodiacono de los pícaros y me insinuaba tolle et lege. La
primera foto que me hicieron en la alameda fue acompañado de un libro. Tenía un
libro en la mano el pelo rubio y la barriga algo abultada.
Pero no maldigamos a los tiempos
creyendo el pasado fue mejor pues eso supone una blasfemia un querellarse
contra los designios misteriosos del Criador. Yo me forjé una idea heroica del
mundo. Caballeresca. Había que salir en pos de un ideal a la búsqueda de
ínsulas baratarias a desfacer entuertos defender a los humillados y ofendidos y
pelearme contra los gigantes que luego resultaron solo aspas de molino
harinero. ¡Qué cosas! Acaso me sumí en un romanticismo trasnochado pero eso ya
nada importa.
La sombra de aquella
catedral acariciadora y benigna hizo de mí un exaltado de la cruz hasta llegar
a la convicción de que sin cruz ni cristianismo no son posibles ni la el amor
ni la belleza. Acaso en parte llevase razón pero la cruz no debería jamar
imponerse por la espada ni a la fuerza. Bajo el arco oscuro y oliendo un poco a
húmeda bodega del postigo aquel por donde pasaban los carros y los areneros de
Espirdo y los panaderos de Encinillas que subían a vender su mercancía a la
ciudad o los curas de teja breviario y balandrán arrebujado como un tapabocas
sobre el pescuezo para no apañar frío en las tarde heladas habían cabalgado los
guerreros de la edad media (Corobias enclavada sobre un castro que es todo un
baluarte siempre conservó un aire militar, fraguamos país en la lucha contra el
moro o peleando en nosotros mismos acabada la reconquista) pero tambien los
picaros y los perailes.
Subían pobres de
solemnidad y detrás mujerucas arrebujados en sus mantones. Peleamos contra el
sarraceno pero acabamos adquiriendo muchas de sus costumbres en realidad. Todo
en la vida es circulación. Ir y venir. Subir y bajar. El eterno metisaca del
nacer y morir del engendrar del parir. Arillos concéntricos de la nada. Relojes
de sol y clepsidras. El arco del socorro impertérrito entendía poco de
cronómetros. Tempus fugit. Pero da igual. La estancia del hombre sobre
la tierra no es más que un soplo.
Habían clavado una lápida en
lo alto del pasadizo que decía al gran escritor humorista don Francisco
de Quevedo autor del Buscón que era de Corobias natural.
Efectivamente en una de las casas del cantón tuvo el verdugo municipal su
residencia y al lado vivían los corchetes y alguaciles. El corregidor un poco
más arriba. Creo que era el mismo edificio donde una comadrona que se llamaba
doña AnianaDios la tenga en su regazo me sacó del vientre de
la Juani que las pasó moradas pues la criatura que alumbró
pesaba seis kilos doscientos gramos y esa criatura era yo.
Ahora bien tachar de escritor humorista a don
Francisco de Quevedo el poeta más serio y profundo de la lengua castellana que
sólo pasó al conocimiento del pueblo por sus chistes verdes o los relativos a
la coprología (pedos, privadas, eructos y otras bellaquerías que entre dos
piedras feroces salió un hombre dando voces adivina quien es pues píntale de
verde) me parece un poco precipitado pero acaso responda a una venganza de la
historia que ha sido contando y manejada por quien ha sido contada y don
Francisco que acaso fuera de la misma estirpe de los manipuladores acusó a los
judíos y a los venecianos de ser los grandes conspiradores contra la corona de
Castilla. Eso nunca se perdona. Claro está.
Aquel letrero contra el cual
disparamos algunos cantazos en nuestra furia iconoclasta y llevados de la
ignorante clastomanía de la juventud (hay que destruirlo todo, no dejar títere
con cabeza) lanzamos algunas pedradas y todavía está ahí la señal. Mi cantazo
hizo una esquilar en un ángulo pero aún se puede leer. La leyenda también le
pareció a don –camilo José Cela cuando cruzó por allí una bruma de mal gusto
indicio de la estulticia de nuestras fuerzas vivas.
Pabilillos pudo ser uno de
mis compañeros de juego aquellos niños con los pantalones con remiendo que no
gastaban calzoncillos y un solo tirante de mi cuadrilla. Con los que jugaban
conmigo al chito a la malla a guardias y ladrones al zorro pico zaina. Juntos
entrábamos en las casas deshabitadas en los hospitales de sangre abandonados
donde todavía quedaban vendas y jeringuillas y sondas sobre las camillas. De
uno en uno nos daba miedo explorar aquellos recintos. Podría haber fantasmas. Y
la leyenda clavada en la Puerta del Socorro pienso al cabo de muchos años que
selló mi destino. Sus letras gordas pesan aun sobre mi cabeza. Yo iba para
santo. Quería ser cura y acabé en escribidor que es una profesión por decir
algo y que guarda cierta relación con todo lo relacionado con la picaresca.
Naciera yo a la sombra de
aquella catedral divina que se erguía sobre las casuchas de mala nota y las
escalerillas donde estaban las puertas marcadas del barrio sefardita. Pienso si
mis orígenes no me habrán predeterminado. ¿Habrán sido maldición o
bendición? ¿Soy predito condenado o benedicto?¿Trajeron suerte o
fueron una desgracia semejantes premisas del que busca y se afana y doce al año
que viene en Jerusalén, reza salmos, eleva sus ojos al cielo al dio y siempre
vuelve sobre sus pasos. Ir y venir que llaman acarrear. Girar y girar. Y venga
dar vueltas. Vano empeño eso de buscar la arcadia. El paraíso y el infierno
yacen en el fondo de nosotros mismos. Son estos empeños frutos de la vanidad y
de la locura humana. Cristo sin embargo nos sonríe. Está en la historia. Aunque
nos elija solo para el dolor. No para el triunfo ni para la fama o la honra-
esa sabiduría me la comunicó Pabilillos- porque no somos otra cosa que carne de
dolor. Eso no lo entienden ni las mujeres ni algunos paisanos míos. Todos ellos
no leyeron jamás el Libro del Bendito Job. Por eso se desesperan y no
encontrarán jamás consolación.
De esta forma me
apareé a mi yugo y me resigné a mi suerte. A veces me parece que he triunfado
que soy un elegido que el Santo de los Santos ha escuchado las plegarias de
este pobre miserable. Por todo eso y por mucho más muchas gracias, Señor.
En los terraplenes de los
adarves de la muralla donde crecían hierbas ociosas, lampazos y parietarias,
estaba el edificio. Le llamaban la Casa de la Troya. Acaso este título de una
novela de Pérez Lujín definiera el continente y el continente y el contenido
físico así como el carácter de sus moradores. Fue la casa del Gran Matarife.
Algún escudo con los atributos heráldicos del Santo Oficio debieran de andar
por allí cosa que espantaba a algunos transeúntes a los que
entraba el canguis y de repente se persignaban arreando el paso.
Hubo habladuría de que oyeron ruidos de cadenas y clamores de almas en pena
pero no era en nuestro edificio sino en la finca colindante donde nadie vivía.
Sólo algún gato pero de noche todos los gatos son pardos y algunos de estos
bichos pudieran resultar gatos inquisitoriales. Hay que andar siempre con la
mosca en la oreja. ¿Fantasmas a mí? No gracias. Temo mucho más a los vivos que
a los muertos pero no se puede ir contra corriente ni desbaratar las creencias
del populacho. Del rey y la inquisición chitón. Asi que ojo al cristo que es de
plata. Paso corto y vista larga.
Entonces no sabíamos lo que
era eso. No había aparecido aun en nuestras carnes la llamada del sexo que todo
lo desbarata ni fumábamos ni bebíamos vinos aunque nos mofásemos con los
borrachos muy frecuentes por aquellos contornos y en aquella porque en Corobias había
más tascas y tabernas que iglesias y oratorios que ya es decir ni habíamos
empezado a alternar ni a tomar café. Nuestros pulmones y nuestros bandullos
estaban todo lo limpios que se puede estar a los cinco o seis años así como
nuestros pensamientos y nuestras almas por más que nos diga que el ser humano
viene al mundo con el sello del pecado y sienta una proterva inclinación a
hacer daño y a mal pensar.
Tambien es verdad que
estábamos en estado salvaje o acaso fuéramos el buen salvaje roussoniano limpio
de polvo y paja. Triscábamos por la vereda, saltábamos de una peña a otra
temerarios en nuestra osadía y despreciando el precipicio que mediaba entre
ambas rocas. Jugábamos a la guerra en batallas de moros y cristianos como no
podía ser menos en cualquier ciudad española. Organizábamos dreas con los
chavales de San Andrés parroquia a la que pertenecían los que Vivian en la
puerta ulterior del Arco. Los de la citerior éramos de San Millán. Había
verdaderas guerras campales a cantazo al final de las cuales alguna ventana
quedaba con los cristales hechos zarzamillo y los dueños traían al delincuente
de la oreja abriéndole a su padre el libro de reclamaciones por daños y
perjuicios.
-Son
tres reales por el cristal que rompió tu chico.
Y el progenitor ya estaba
esperándonos con el cinto. Aquella noche no había cena o mejor dicho cenábamos
de la correa y de los vergajos. Pero Eros y Tanatos no habían asomado aun la
oreja y de la política únicamente hablaban los mayores y de sus conversaciones
colegiamos la tristeza y desolación la vida truncadas y los muertos que trajo
aparejados aquella contienda fratricida. Las mulas de la inquisición nos traían
al fresco. Hacía muchos años que habían dejado de transitar aquellas sendas. El
tizne del demonio siegue ensuciando todavía algunas almas negras. No comprendo
ese afán de los españoles por cuestionar nuestra historia y entregarnos a
disquisiciones que a ninguna parte buena conducen y sólo sirven para
enfrentarnos los unos con los otros. Debe de ser porque aun llevamos la ley del
ojo por ojo y el diente por diente marcada a fuego en nuestros entresijos
displicentes. Buena gana de elucubrar con ucronías y futurismos. Nosotros
ajenos a todo eso jugábamos al trompo y a las canicas como si tal cosa.
Aspiraba a llegar a las
estrellas siempre buscando el plano ideal el que marcara la aguja del
pararrayos catedralicios allá arriba por encina de los ojos de la torre. Los
días de fiesta yo veía sacristanes en camisa bolear las campanas sudando
oprimidos bajo el peso de los Badajoz pero había que anunciar el magno acontecimiento
de la pascua. Abajo en la plaza los de las charangas lanzaban voladores y don
Francisco de Quevedo los ojos cegatos los pies zopos pero la lengua suelta y
acerada de un cofrade subía hacia el ensolado muy fatigado el hombre. Se
acababa de entrevistar con el Domine en la casa donde no se come ni se bebe. He
seguido los pasos de aquel cojo divino genial y tabernario yendo por el mundo
un poco telumante de libros y de literatura pegando palos de ciego y de que me
cerraran tantísimas puertas.
-A
los profetas ya no os hacen caso.
-Mientras
no nos ahorcan seguiré apostrofando.
-No
eres más que la voz que clama en el desierto. Cabezazos contra un muro. Mira
que eres testarudo.
Por la calle pasaban algunas
monjas un panadero morisco y un cristalero que iba a componer una vidriera que
había derribado uno de los pedriscos que suele haber en esta ciudad por las
fiestas de San Pedro. Todos se los veía muy afanados las monjitas con los ojos
bajos el morisco muy altanero y que no le quedaba en la boca ningún diente
portaba a la cabeza una bandeja como una herrada. Por allí cerca estaba el
obrador paredaño al convento de las claras. Don Francisco que iba ya harto de
vino entró en un cuchitril socavado como una bodega en los mismos bajos del
temple al lado de una ebanistería. La entrada de la bodega ostentaba en el
dintel un laurel béquico y un letrero que ponía: “más vale aquí mojarse que
enfrente ahogarse! Y justo enfrente acurrucado en el lecho del valle donde
estaban los pegujares y los tablares lindamente labrados por los hortelanos
moriscos con sus arriates y sus caballones adosados en perfecta simetría bajaba
el Río clamores bastante crecido de corriente salvo en agosto. También lo
decían el río Mierdero porque en él desaguaban las letrinas de la ciudad.
Sumirse en él debiera de ser buena tortura. Don Francisco llevaba
sobre el chaleco una enorme cruz colorada. Era de la orden de
Santiago y aun borracho aparecía siempre en compostura. El mosto nunca le hizo
perder la condición de caballero. Me hubiera gustado a mi ser el escudero de
aquel sublime beodo. Sus libros aun me siguen emborrando de sabiduría, de
piedad y de risa.
Aspiraba a alcanzar las
estrellas. Siempre buscando el plano ideal. Mi vida se enmarcaba en el rectángulo
de aquel ventanal balcón que daba a la acera. Esa condición de niño humilde ha
marcado mi camino.. Anduve casi todas las sendas hice muchas descubiertas por
muchas tierras pero sobre todo exploré todos los libros y caté los mejores
vinos de la tierra. In vino veritas. Sangre de Cristo. Desde lo hondo del jarro
el jocundo espiritu de Pablillos el mejor amigo que hubo en mi infancia me
hacia momos. Y no eran burlas. Eran señas. Asi cogía fuerzas y cargaba con la
gran luna del espejo para irla pasando a lo largo del camino.
Y las campanas tan… tan…
tan. Los moros las aborrecían y es una de las muchas cosas que me fastidian de
su religión aparte de que no permita beber de lo mejor que da la vida ni comer
jalufo el que no toquen campanas nunca en lo alto de los minaretes. La voz del
almuédano nunca tendrá los timbres maravillosos y por eso he llegado a la
conclusión de que el cristianismo es la religión verdadera. Sin campanas no
puede haber dios y yo escuché muchas horas su dulce repicar. Invitan a la paz,
la armonía, el civismo. Algún sacristán en aquellas tenidas en lo alto de la
torre se asomaba a descansar y a echar un cigarro contemplando el magnifico
panorama que brinda la ciudad. Debía de ser un hambrón pero desde abajo parecía
muy pequeñito.
-Baja
un poco el acelerador. No te entusiasmes tanto.
-La
pasión siempre nos vuelve a los hombres ridículos.
Ya sé muy bien lo que me quieres decir,
zampabollos.
-Piensa
mal y acertarás.
-Desde
luego
Mi vida iba a ser no
tardando mucho un descarrilamiento a ka carta. Fracasos sentimentales.
Problemas laborales trifulcas de todo tipo. Originales para publicar devueltos.
Fui un vagabundo sin suerte. Una novia me dejó a la puerta de la iglesia otra
me divorció. No sé qué mal fize ni que malfetría infligí a los dioses. No
tienes vista. Eres un poco patán. Fracasos sentimentales situaciones
decepcionantes. Por los cafés hice el ridículo y hasta las putas se reían de mí
en los prostibulos. Sin embargo yo les decía aguardad que yo escriba. Dadme
papel y tinta. La literatura me transforma en una arcángel. Entonces armado de
la flamígera espada de la palabra me convertía en una arcángel invencible,
desalmenaba a mis enemigos, les dejaba sin argumentos y sin palabra en la boca.
Había una fuerza en mí. Quizás fuera la potencia de la fe.
Descarrilamientos a la
carta. Fui pegando bandazos pero estos fracasos son algo exterior hay que
fijarse en lo que va dentro no en el accidente sino en la sustancia. Mi vida
osciló a péndulo entre realidades consecutivas y suposiciones metafísicas. Fui
don quijote y sancho. Pero ser español significa estar sujeto a esa condición
de
metamorfosis.
Aquella fue el ventanal de
mi infancia un balcón que daba a la calle pues vivíamos en un piso bajo. Dicen
que no eres de donde naces sino de donde paces y yo pací en muchas partes pero
el haber visto la luz primera a la sombra de la catedral y haber abierto los
ojos a los paisajes que cercan la urbe fue algo definitivo. Como un sacramento
que imprime carácter.
El recuerdo de aquellos años
trae hasta mía-recuerdos de un viejo- aromas de la infancia lejana. Percibo en
mezcolanza el eco de sonidos de bronce de la campana
Aquellas navidades fueron
tristes cuando Juanlo se murió. Yo he nacido a la sombra de la espira de una
catedral del gótico tardía, alta ebúrnea, encalmada mirando a las estrellas o
en dialogo permanente con el añil de los cielos límpidos de Corobias. Cuando
boleaban las vísperas de las grandes fiestas todos los pájaros
abandonaban helgaduras de los huecos de la muralla donde posaban sus adarajas
los canteros romanos y ahora era habitáculo de golondrinas y de las perennes
chovas de Corobias de un altanero y lejano piar y salían
corriendo mientras se alegraban los rostros y las conversaciones se fundían con
el sonido del bronce de la campana gorda que sonaba sólo en dos ocasiones el
Día de la Resurrección y el 15 de la Virgen en la solemnidad de Nuestra Señora.
Ese día al correr de los años me casé yo. Si la torre de la Dama de las
Catedral con sus flamígeros pináculos me parecía inalcanzable las paredes de la
muralla romana a junto a uno de cuyos cubos se adosaba casi la casa de vecindad
donde vine al mundo me parecía poco menos que inexpugnable.
-Tan. Tan.tan.
El mundo se llenaba del gozo
de las vísperas. Ese toque de vísperas o el son más convencional y perfuntorio
del anuncio de las horas canónicas los llevo metidos en los tímpanos del alma.
Campanas que tocan a veces solas en la memoria. Los niños salíamos a la calle y
nos subíamos a las peñas de piedra caliza-en las margas y oquedades sobre las
que se alzaban los cimientos de la ciudad aparecían a veces fósiles y animales
disecados de formas extrañas, moluscos, valvas, camarones y caracoles que
recordaban que un día Corobias fue mar precisamente allí donde se
alzaba aquella hermosa y grandiosas catedral, para ver tocar. Los bultos de los
sacristanes que accionaban las cuerdas y los Badajoz desde lo profundo de la
cuesta del socorro parecían figuritas de un Belén. Unos puntitos blancos en
mangas de camisa.
El haber visto la luz por
primera vez bajo la sombra de aquel impresionante gótico tardío creo que
imprime carácter. Dejaría en mi ánimo un enervamiento, una tensión hacia la
verdad y hacia la belleza que constituyen el principal legado del cristianismo.
Para mí la religión es una búsqueda y una añoranza del paraíso. Sin esta noción
estética que proyecta sobre el mundo la sombra del ideal como la de aquel
cimborrio que lanza su sombra a la paramía y el valle no es posible
la vida ni la esperanza. Era hermosa aquella catedral que el mundo debe al
genio de Gil de Hontañón. Airosa y joven. Siempre que vuelvo a mi ciudad la
encuentro moza como una novia. Un mojón clavado en la llanura que inspira
elevación recogida y oración. Cada vez encuentro al mirarla algo desconocido.
Produce endiosamiento.
Y otra cosa. Está dedicada a
la Virgen. Forja una noción protectora desde la lejanía. Anduve luchando muchos
años con las sombras del mundo añorando esa claridad que siempre tuvo la luz
de Corobias algo único. Nostálgico del manto de protección de Nuestra Señora que
los rusos denominan pokrov en una fiesta especial que designan
como el Día del Manto. Desde aquella ventana del numero cuatro de
San Valentín yo aprendía a mirar a lo alto a escuchar las campanas y a ver como
avanzaba la sombra protectora de la torre con el girar del sol sobre el
horizonte como un manto protector de la virgen sobre Corobias . Me hubiera
gustado ser menos entusiastas y enardecido pero aquella sombra y aquel manto me
hicieron como soy. En la muralla había un sillar romano en el que se leía una
inscripción. Iuvenalis Iuvenale decía la inscripción. Lo demás estaba borrado
por la lluvia que erosionaron el granito. Podía ser una piedra miliaria o acaso
aquella piedra formó parte de un templo a algún dios derruido. La muralla
romana fue derruida por Almanzor. En la reconstrucción de la ciudad nueva y
sobre todo cuando el ensanche del siglo XIX que afectaría a Corobias sólo
parcialmente se aprovecharon todos los materiales. Tambien me
intrigó aquel letrero. Corobias romana inspiró mi inclinación hacia la
latinidad lo que es lo mismo que la catolicidad. Vengo de un origen donde
universalidad quiere decir tambien altruismo y un cierto sentido caballeresco /
romancesco de la existencia. Tales antecedentes me precluyen e incluyen. Mirar
hacia lo alto a la catedral. Había un ciprés intramuros que eclipsaba la vista
en parte de ka torre. Las tardes de primavera era un nido inmenso de todas las
aves del cielo y a mano izquierda estaba el Arco del socorro con el escudo que
mandó esculpir el emperador Carlos V en la cara norte y una talle de la virgen
de las Nieves en la otra. El postigo había sido derruido en parte pero quedaron
en parte los ojos oscuros de los matacanes de vigilancia y las saeteras de lo
que debió de ser el cuerpo de guardia.
Yo miraba
continuamente para la cuna vacía y seguía buceando a mi hermano por todos los
rincones de la casa. En la hornacha bajo el fregadero. La
lumbre estaba puesta toda la tarde. Hizo mucho frío aquel invierno
del 47 y hubo fuertes nevadas.pero los días fueron alargando, se hicieron más
largos y fríos. Estábamos de luto pero venían visitas y nuestra casa era
un filandón de gente a dar el pésame. Hay que sobreponerse... llegó
el abuelo del pueblo con un saco de patatas y judías que mi madre vendía al
estraperlo pero mi madre la Juani que sabía cómo ahorrar la peseta era mujer de
buen corazón y gran parte de los víveres que criaba el abuelo Benjamín en el
huerto, en el judiar o que trillaba en la era o molía en los molinos harineros
iban a parar a los necesitados de nuestra vivienda. La puerta del
sargento Parra y la Juani estaba abierta y hasta hacían cola y pedían la vez en
espera de un socorro. La cola todo hay que decirlo no era tan
nutrida como en el pasillo largo y hediondo que conducía hasta la puerta de la
Felisa que recibía a sus visitadores-usuarios en bata de cola. Las
vecinas se hacían lenguas de la generosidad de mi progenitora.
-Ay, señora Juanita, ¡qué buena es usted!
-Ni mucho menos, Macrina. Tienen que ser unos por otros.
A su lado no había pobres aunque mi madre
tenía su geniecito. Cuando rompía un vaso o tiraba la leche que traía el
machacante del cuartel me zurraba cola zapatilla. El óbito de Juan
José había supuesto un duro golpe para ella y creo que empezó a padecer de los
nervios. Yo había quedado como el rey de la casa. Sin
embargo, siempre tuve la sensación de ser aborrecido porque al poco tiempo
quedó encinta y nació otro hermano el tercero que siempre sería su
favorito. Al cabo de mucho tiempo pienso que aquel trauma de no ser
querido de ser infravalorado o despreciado ha sido un lastre psicológico en mi
vida. Y muchos de los padecimientos psíquicos e inseguridades que me
han azotado tuvieron su origen en este interregno entre la muerte de Juanlo y
el alumbramiento de Zacarías cuando mi madre tuvo un grave padecimiento de tipo
nervioso. No sé. Por otra parte tuve la sensación de que
mi padre se volcaba con los de fuera y a mí me golpeaba al menor
pretexto. Yo fui uno de tantos niños maltratados de la
posguerra. En las fotos de aquella época que conservo aparezco con
los ojos tristones y siempre con un libro en la mano. Esto de los
libros fue síntoma. A los libros me aferré de por
vida. Los clientes-usuarios de la Felisa aumentaban con el paso de
los días y debió de irla bien en su negocio el más antiguo del mundo pues al
poco tiempo se mudó a una casa más lujosa en la calle Gascos. Era
una mujer rubia, alta y muy simpática. Siempre me daba caramelos
puesto que el hijo del señor Silvino el militar en la Casa de la Troya era toda
una autoridad y me besuqueaba pero a mí no me complacían los achuchones de la
Felisa. Llevaba los labios pintados y el aliento le olía vino que
tiraba para atrás. Desde entonces las magdalenas me inspiraron
compasión y una cierta curiosidad. Yo no sería nunca de los que
tiraran la primera piedra. Tampoco los inquilinos de nuestro bloque
que hacían la vista gorda. Pobre mujer. A su marido un
oficial republicano murió en el Ebro. Tuvo que dedicarse al arte
seguramente no por vicio sino por pura necesidad. Tenía una hermana
la Concha que iba a vender caramelos por toda Corobias. En las ferias en las procesiones
en el Paseo Nuevo o en el Salón sonaba la voz aguardentosa de aquella mujer
metida en años y en carnes que vendía chuches y el pirulí de la Habana por un
real.
-A real... a real... real.
Era su santo y señas y las
buenas gentes de mi ciudad compadecidas se rascaban el bolsillo e iban a
comprar a la Concha un cucucurucho. La percepción que tengo de aquel
entonces era un vivir como hermanos. No había pasado más de un
lustro de finalizar la contienda y allí no se hacían distinciones entre
republicanos y nacionales. Se hablaba de paz de lumbre de
trabajo. Pero las marcas de aquella guerra terrible quedaron tal vez
marcadas en el interior de las almas. La señora Segunda que me daba
cacahuetes por ejemplo. La recuerdo jorobada y pequeñita subida
sobre un tuero del fregadero de su cocina que daba al patio con pozo de brocal
y vistas al Pinarillo. Le habían matado al marido en la guerra y a un
hijo. Vivían de lo que sacaba Gabriel el cojo que vendía pipas y
cigarrillos en la estación. Todos los días se le sentía bajar por la
escalera a rastras. Se protegía las manos con una especie de
almohazas para no herirse y con rodilleras y subía a su triciclo con un pedal
de mano y con sus cestas pedaleaba los dos kilómetros que distaban entre el
barrio de la estación y el Arco del socorro. Era el único que miraba
a los militares con cierta prevención. Sin embargo, le quería mucho
por ser hijo de la señora Segunda una santa él decía.
-Lo pasado pasado, Gabriel,
hay que echar todo eso en el olvido.
-Ya. Pero es muy difícil renunciar a las ideas, mi sargento.
Sin saber que responder mi
padre le ofrecía la petaca y fumaban amigablemente el soldado de Franco y el
paralítico republicano. Gabriel vendía pipas en el andén y cuando
regresaba a casa escribía poemas. Yo tengo sus manuscritos que desgraciadamente
no vieron la luz. Por aquella escalera bajaba Taito que
era aprendiz de albañil y la Tía Carnerita gorda como una tinaja y la voz ronca
de aguardiente dejando un rastro de olor. Uno de sus hijos era ciego
y vendía los veinte iguales para hoy y una hija la Carmen había tenido un hijo
de soltera, Constantino que era de mi edad. Lo
había engendrado un italiano del que nunca más se supo pero la Serafina la hija
mayor de la Carnerita cuidaba de todos ellos. Fregaba suelos se
levantaba a las cinco de la mañana para ir a asistir y por el verano vendía
helados en un puesto que tenía en el Azoguejo. Estaba cargada de
hijos y tenía a su marido en la cárcel. Iba a verlo al penal de Cuellar algunos
jueves en los coches de línea de Galo Álvarez. Tengo que decir que
mi padre que estuvo destacado en la guardia de soldados que vigilaba el
castillo le llevaba algún paquete de comida y lo recomendó al coronel Tomé para
que saliera en libertad alegando motivos de buena conducta y además el Iglesias
el marido de Serafina carecía de delitos de sangre. Este hombre
llegó a ser enCorobias muy popular pues era buen recitador y en muchos salones de actos se
le invitaba como rapsoda. Su tour de force era el Piyayo de Gabriel
y Galán.
Aquella ventana
de mi infancia oreaba horizontes de melancolía pero nunca el odio que ha
aparecido casi setenta años después a menos que ese rencor estuviera soterrado
o haya saltado a la palestra de forma interesada a instancias de esas fuerzas
oscuras que tienen una trayectoria invisible pera tan malignas como frecuentes
en nuestra historia. Esas fuerzas son las que envenenan la
convivencia entre españoles.
Otro de los personajes que
zumban y bajaban por la escalera de la casa de San Valentín era un guardia
civil padre de otro amigo al que aludiré después puesto que el señor Juan, muy
serio y muy guardia civil, cuando pasó a la reserva fue contratado como portero
del seminario de Corobias. Le recuerdo siempre serio inmerso en un
gran mutismo introducido en su tronera. En toda la tarde se leía de
arriba abajo el Adelantado de. Aquella Corobias sequedad aquélla seriedad escondían un
buen corazón pero tambien un entendimiento cargado de experiencias
pesimistas sobre la inclinación al mal de la naturaleza humana que él había
vivido a través de su oficio de policía en años muy duros. Era un
hombre enorme alto bien parecido con unas anchas hombreras. Abajaba
las escaleras lentamente con el máuser en bandolera la capa y el
tricornio. Infundía un poco de respeto aquel honrado número de la
Benemérita pero daba la impresión de estar amargado por cuestiones que ya he
detallado en otro capitulo de esta historia de mi vida. A la puerta
le esperaba el otro número con que hacía la mayor parte de los servicios y
salía máuser y escarcela al hombro de correría. Se llamaba Belinchón. Pese
a su apellido en aumentativo el guardia Belinchón era pequeñito vivaracho y
locuaz. La pareja era un contrapunto. Parecían la ele y
la i pero toda una pareja de la Guardia Civil circulando por los caminos de
España. Acostumbrados a ver mucho y a pasar fatigas y
sinsabores. Paso corto vista larga y ojo al cristo que es de plata
como se suele decir.Casimiro el guardia mi vecino era de rango
inferior a Belinchón que lucía una galón rojo en forma de ángulo por lo que
antes de iniciar el servicio tenía que cuadrarse y darle la novedad como
subalterno.
-Sordenes. Sin novedad, mi cabo.
-Pues adelante con los faroles.
Y La L y la I transfigurados
en pareja de la GC desparecían por el postigo del Socorro. Pero
antes una paradita en la tienda del Tío Juvenal que solía invitarles a café de
puchero y una copa de coñac. Se agradecía pero se
rehusaba. La Benemérita no prueba el alcohol cuando está de
servicio. Se les respetaba y acaso se les quería pero también se les
temía. El guardia Casimiro le contaba una vez a papá en una de las
pocas ocasiones en que éste rompió su reserva y su mutismo que el peor servicio
para ellos no era la lucha contra el maquis. Era la cuerda de
presos. Alguna vez mirando atrás en su hoja de servicio fue cuando
tuvo que conducir desde Puerto de Santa María hasta Chinchilla a tres penados
que iban a ser reos de muerte.
-Parra, eso sí que es duro. Se te parte el
corazón. Nunca
-Te acostumbras- le decía.
Por eso aquella tristeza en
el rostro del guardia Casimiro. La guerra le pilló en
Madrid. Un guardia civil tiene que ser siempre leal a su
gobierno. Luego cuando vio aquel desbarajuste se pasaría a los
nacionales. Sus ojos estaban cansados de tanto testimonio de tristeza
de tanto ir y venir en interminables retenes por los caminos.(¡Cuantos secretos encerrados en el macuto de
un guardia civil! Luego regañaba mucho con su mujer por causa del
Antoñita al que nunca consiguió meter en vereda como declararé después.
De oscurecida pasaban los grandes rebaños de la
mesta. Mil. Diez mil ovejas. Creo que hasta
cien mil cabezas pasaron por el portón camino del fielato para el pesaje y la
alcabala. Detrás venía el morueco o carnero padre con un
cencerro. A los flancos, guardando la línea, excelentes guardianes
de la majada, los mastines, algunos de ellos de una alzada pareja a la de un
buche que obedecían las órdenes de los rabadanes, todos con boina, calzados con
albarcas y con piales y zaragüelles. Parecían soldados que la mesta
siempre estuvo algo militarizada. Por las noches se sentía ladrar a lo lejos el
ladrar bronco y profundo de aquellos perros que desafiaban no sólo al lobo con
sus carlancas sino también a la luna. Contemplaba yo aquel tránsito
impresionante de cabezas de ganado, un mar de ovejas. Siempre había sido
así. Desde la edad media hacían vereda delante de aquella casa e
iban a pernoctar al picarillo cerca del cementerio judío donde estaba el osario
o cementerio judío. En plena cañada real. Costumbre
establecida desde las merindades. Aquel olor aquel tamo que los animalitos
levantaban al cruzar la puerta del Socorro de la vieja ciudad amurallada me
impregnó del sentir de la historia de mi país. Un pueblo bronco y
mágico y comunero que siempre tuvo muy arraigado el sentimiento de la libertad. Entraban
por la de San Cebrián e iban a dar al puente de Santo Spiritus que cruzaba el
Clamores. La vida seguía y poco a poco dejé de pensar en mi
hermanito muerto aunque de tarde en tarde cuando me traían de en cá la señora
Antonia la catalana miraba para la cuna suya recién hecha. Sobre el
dosel lloraba un angelito triste pero las sabanas estaban limpias y las
almohadas como esperándole. Al final de aquellas navidades los Reyes
me trajeron un caballito de cartón. Era así de grande tan grande
como los mastines de los pastores trashumantes. Era muy bonito de
color gris, los ojos saltones, una silla roja y andaba sobre
ruedas. Tacatá tacatá. Con el juego venía una
fusta. Es lo que me hizo más ilusión. Me pasé dos días
cabalgando y no quería bajar del carretón ni a tiros. Mi alazán
tordo gris cabalgaba todos los horizontes. Los Reyes vinieron
ricos. También me trajeron un camión de bomberos que arrastraría yo
por la acera al pie de la muralla. La hija de la Macrina que era mi
amiga me acompañaba en aquellas veladas de la ilusión. A ella la
habían echado una cocinita y una muñeca con la que jugamos a los papás y a los
médicos. Pero la hija de la señora Macrina no me
gustaba. La que verdaderamente me gustaba era otra: era la hija del
subteniente Casado compañero de mi padre. Vivían
detrás de la Plaza Mayorcerca del obispado y según la costumbre en
aquellos años las familias se solían hacer visitas los domingos y fiestas de
guardar. El visiteo a medida que fue subiendo el nivel de vida y
fuimos siendo más ricos fue sustituido por el chateo: recorrer diferentes bares
de tapas más vulgarmente conocido como alternar. En la posguerra no
daba para tales dispendios de salir a tomar algo. Ese algo se tomaba
en casa. Siempre con algo más de fundamento. Se llamaba
Merceditas la hija del subteniente y creo que fue mi primera novia mi amor
precoz. Cuando llegaban las visitas a nosotros nos gustaba meternos
debajo de las faldas de mesa camilla y nos contábamos cosas. Hacíamos
lo que veíamos hacer a los mayores y nos hablábamos sentados en el hueco del
brasero. También venían los Tinaqueros que tenían un hijo
que se llamaba Cipri y era de mi edad. Él me enseñó a jugar al guá.
Tenía mi amigo Cipri bastante tino. Tenía mucho tino con las canicas
que llevaba en una bolsa prendida a la cintura algunas de ellas de mármol.
Cipri también sabía silbar muy bien entre dientes. Me enseñó pero
ese silbo maravilloso que hacía él nunca lo pude copiar. Yo decía
cositas a Merche en nuestro escondite de la mesa camilla mientras los mayores
hablaban de sus cosas y jugaba a las bolas con Cipri o a los
carreristas. Los corchos de la cruz blanca dentro metíamos un cromo
de nuestro ciclista preferido que solía ser Berrendero o Trueba el ganador de
la Vuelta a España torneábamos un cristal a molde del agujero del corcho y
luego se pegaba con jabón y ya estaba listo para dispararlo por una
carretera de arena hecha removiendo la tierra con las dos manos en horizontal y
hacíamos puertos de montaña y todos con sus correspondientes bajadas
temerarias. El que golpeando al carrerista con un golpe del dedo
índice y pulgar llegaba con su cromo a la meta el primero ése
ganaba. El que se salía de la pista quedaba
descalificado. Así eran los primeros juegos de infancia en la solana
de la Puerta del Socorro. Veía pasar la vida desde mi ventana balcón
en el piso bajo pero exterior del número 4 de San Valentín. Sólo
tenía un dormitorio el comedor y una cocina con los techos muy altos pegada a
la escalera con una leñera tenebrosa donde yo pensé que habían encerrado
durante mucho tiempo a mi hermanito. La ventana daba a la
muralla. El primer paisaje que vieron mis ojos fueron aquel muro de
sillares romanos que arrancaban justamente de la espalda de los peñascos de
calizas sobre los cuales se eleva la ciudad. Los grajos y los
vencejos anidaban en las socarrenas o hendiduras que dejaban los
andamios. Las tardes de primavera eran una fiesta de alas negras
recortadas de golondrinas en vuelo versátil y exhibicionista alegrando con sus
trinos la atardecida.Si alzaba la vista contemplaba el capitel augusto de la
Dama de las Catedrales una saeta volando al firmamento. Todo era verticalidad e
imperial arquitectura. El lugar parecía comunicarte una fuerza interior y un
grito de llamada: citius, altius fortius. Os quiero a todos escaladores atletas
del Señor. Esa fuerza de la mirada hacia las cosas latía dentro del fanal de un
ojo oculto. Era como el grito de una fe ancestral.Aquel edificio del gótico
tardío fue la sede de mis primeras vivencias. De la mano de mi padre subíamos a
misa por las viejas callejuelas de la judería casas humildes que parecían
acurrucarse bajo el amparo de aquella torre mágica. Los domingos a las once
había misa cantada. Tarareaban Tercia los canónigos detrás de la reja del coro
de impresionante labra luces apagadas. Por los vitrales policromos de las
grandes ventanas encaramadas penetraba una luz lechosa y sobre el gran facistol
donde yacían los vetustos y desencuadernados becerros antes de la misa cantada
el ángel de los salmos pasaba las páginas. Me impresionaron de siempre y con
algo de ellos mi alma quedaría marcada para siempre aquellos librotes, aquella
monomio. Abrid señor mis labios. Dios de Israel seas mi baluarte contra quienes
me persiguen. Y los herrajes de cierre y las letras gordas pautando melismas
gregorianos. Allí se reclinaban las claves de una música olvidada. El precentor
se acercaba con paso leve y cantaba una antífona. Respondía el coro con desgana
pero haciendo valer en medio del cansancio la virilidad de los
siglos. En medio de la monotonía de la historia las oraciones sonaban. De tanto
pasar página los extremos de los cantorales llevaban la marca de los dedos que
tocaron los cantorales sagrados. Sentados en sus reclinatorios o apoyados sobre
las misericordias de fina labra aquellos religiosos de capas negras y blancos
sobrepellices cumplían la rúbrica y el decoro. Una ausencia se pagaba con una
multa de tres pesetas. Siete veces al día. La impronta de los dedos sobre un
ángulo de la página hacían estar en los hombres que habían cantado las Horas
desde el siglo XII. La familiaridad con el trato divino les había convertido en
seres escépticos y despondentes. Cantando era una forma que tenían de arremeter
contra las embestidas de la Bestia que acosaba a una humanidad en aflicción:
guerras, hambrunas, discordias, muerte, enfermedad, fracasos. Tus alabanzas
salgan de mi boca, Señor siete veces al día. Te alabaré desde la aurora hasta
el ocaso. ¿Y tu, dios mío, qué me das? Una protección dispensas yo no la veo.
Abre, señor, mis labios pero abre también mis ojos. El órgano prorrumpía en
sones mayestáticos al final del oficio. En lo alto de la cúpula un serafín se
columpiaba. Eran las melodías y los cantos de siempre. Los canónigos en sus
sitiales dormitaban la siesta o hacían que respondían las barrigas
protuberantes. Se notaba que a algunos la castidad les había convertido en
orondos apacibles curas de manga ancha y tolerantes en el tribunal de la
penitencia. La fe católica es desde luego amor platónico algo de cansancio y
mucha retórica. Allí estaba don Severino Valencia el deán del
cabildo que hacía buenas migas con el arcipreste de San Ildefonso y el
magistral al que llamaban el Padre Bodigos y los tres se iban
a comer al Bernardino o se iban a merendar al Terminillo que era una finca del
obispo. Tiempo de holganza tiempo de pitanza. Ciertamente yo nací en una ciudad
levítica donde la oración vocal estuvo muy arraigada. Hubo siempre que guardar
las apariencias. A los ocho años entre en la escolanía que dirigía un
beneficiado rico y usurero al que llamaban Patrocinio del Morral.
Fui seise y aprendí a beberme el vino de las vinajeras. Me gustaba cantar y
tocar la campanilla y me veía en los espejos de la cornucopia más guapo que un
san Luis con la sotanilla roja de obispillo que utilizaban los acólitos desde
tiempo inmemorial. Asistía a clases de catecismo aprendía a apagar las velas a
los cristos recibía los cachetes y moriscos del beneficiado don Morral si en
algún kyrie desafinaba tenía la palmatoria tocaba la campanilla pasaba la
bandeja y me gustaba jugar a columpiarme en las enormes cortinas del cancel. La
oración mental y los pésames señor de algunos meditabundos nunca la entendía
del todo y por eso mismo nunca fueron santo de mi devoción los heresiarcas protestantes
ni comprendo a los místicos que saltan los ritos a la torera. Vivíamos un
tiempo pluscuamperfecto que creíamos perfecto ya llegarían las imperfecciones y
con esta llegada la alegría feneció a mí que no me vengan con historias. Ahí me
las den todas. No eran Ángeles sino diablos los que pasaban pagina a los
tremendos librotes del facistol cuando cantaban el oficio los canónigos
cansinos. La vida les había enseñado que para obtener la canonjía lucrar una
prestamera y acceder a un puesto catedralicio vía oposición con el reloj de
arena el tribunal de siete presidentes y la tesis en latín caigan misas y
vengan ollas mientras se derramaba la mínimas partículas de arenisca
por el canuto de la clepsidra había que saber nadar y guardar la ropa y hacerse
un nido en el pito. Si la dejas un mes ella te deja un año y si un año quieta
toda la vida se quejaba don Gumersindo al que en más de una ocasión le vieron
tomar el tren vestido de paisano y sin hábitos camino de Madrid donde
frecuentaba a una querida. Aquellos tremendos libracos anunciaban las
libertades. No tenéis escapatoria. Guttemberg estaba a punto de morir y le
sucedería en el trono Macluhan y al poco lo sucedería Billy Gates que ese sí
que era importante. A la sombra de aquella torre de la catedral y más tarde de
la Aceitera viví el último tranco de la edad media. Yo le tenía la vela al
maestro de ceremonias y aprendí a distinguir los colores de la rubrica y la
letra menuda de la epacta hasta saberme de memoria el ultimo evangelio de tanto
escucharle ayudando al celebrante a tener una de las sacras. La
iglesia era rigurosa y ordenancista y había oraciones que se decían
en una época del año y otras no. Entendí ese misterio de la combinación de
colores de las casullas. Tiempo ordinario tiempo de pasión Pentecostés adviento
cuaresma y resurrección. El carrusel litúrgico se mueve a compás de las
estaciones. Una veces tenía una vela pero otras veces lo que tenía en la mano
era el cirio bajo los ojos vigilantes y algo vinosos del maestro de ceremonias.
Otras veces llevaba el portapaz a las autoridades dándoles a besar aquella
imagen sagrada para que las gentes se reconciliaran pero las gentes no se
reconciliaban nunca. A algunos curas los encontraba ridículos en aquellas
casullas de guitarras que se utilizaban antaño. Mucho mejor la capa pluvial que
es más augusta y sacerdotal sobre todo si tiene fimbrias y un colgante como si
fuera una vieja capucha. Los hombrees no cambiaban ni los curas se
reconciliaban hablaban mal unos de otros o le criticaban al obispo por detrás.
Una catedral es como un pueblo chico infierno grande debido a las miserias
humanas. A pesar de todo yo pensaba que no podía haber vida después de las
letanías de San Marcos del canto coral y de la recitación monódica de la “passio”
cada viernes santo. Los árboles no nos dejan ver el bosque a los que soñamos en
la parusía. Siento tedio y melancolía al recordarlo. Es el tedio de haber
llevado tantas cruces portado tantos viáticos y rezado infinidad de rosarios.
Desde niño la muerte tampoco asusta. Ayudé a muchos a bien morir si es que
semejante acto puede hacerse bien alguna vez- fui monago del arcipreste don
aquilino el que por Valtiendas para que me entiendas se comió la mejor hogaza
encentó la más guapa y se bebió el mejor vino el que llamaban pisapies y
adobado el jarro con un luquete de limón. De hoy en un año. A tu salud, hijo.
¿No me da un poco? Cuando seas padre comerás a la mesa, en mi mente siempre la
presencia como una mala sombra del ciego de Alba de Tormes. Tuve que aprender a
ser lazarillo. A la fuerza ahorcan. Y acompañaba los domingos al cura de
Tejares en bicicleta. Le servía un ama que llamaban la Tía Abilia que le volvió
loco al pobre cura y acabó en el manicomio de Quitapesares. Sin embargo al de
Remondo, anda demonio, le tocó la lotería pero no lo dijo y cuando murió
encontraron sus sobrinos medio millón de pesetas dentro de un botijo que no
usaba nunca los veranos en el desván. Soy feudatario de todas estas letrillas y
consideraciones y costumbres del ser y no ser eclesiástico. Me bebía el cono de
las vinajeras y de ahí arrancan mis inclinaciones alcohólicas que tantos duelos
y quebrantos causaron en mi vida. Sin embargo ¿qué? Estoy aun aquí, todavía
vivo arrastrando mi carretilla a remolque de unas cosas y otras. La sombra de la
catedral y la presencia de la sinagoga pues, cruzando la Hontanilla, estaba el
osario creo que explica los acontecimientos posteriores de mi devenir y algo de
mi manera de ser aunque nadie tenga la última palabra después de lo escrito. No
me considero antisemita como abajo aclararé pero todo el que se sienta enemigo
de España me tendrá siempre con las armas en la mano luchando contra él. Sien
embargo yo no tengo otra torre de asalto, otro carro de combate como mi pobre
pluma.Nací cerca de donde el padre de Pablillos, verdugo oficial, despachaba
cabe la Puerta del Socorro, ínclito personaje nacido de la pluma del genio de
la literatura española, don Francisco de Quevedo, acaso otro judío encubierto,
el único novelista y poeta que hablaba y escribía con soltura el hebreo, y
desde la ventana de la casa donde transcurrió mi infancia se veían
las escalerillas de San Roque donde empezaba la judería vieja y por el otro
lado del hontanar del Clamores donde los hortelanos moriscos (berros, lechugas,
rábanos algún cohombro, vergel primoroso) cultivaban unos tablares de tierra
negra ubérrima que parecían manteles a mesa puesta y al otro lado, asomada a la
hoz del cañón que va haciendo este río a trechos subterráneos hasta ir a besar
las aguas del Eresma, estaba el osario. El osario era el cementerio judío de
las cuevas del Pinarillo. Enterramientos bíblicos, verdaderas mastabas
horadadas sobre la roca viva sin ningún adorno ni siquiera una inscripción. De
chico, recorríamos aquellos aledaños, y vi yo una tarde a un hombre
todo vestido de negro con una barba muy larga una dulleta talar, tocada la
cabeza de un sombrero como de cura protestante, que estaba muy tieso
ante aquel agujero haciendo muchas inclinaciones y reverencias oraba
como con prisas sin las edulcoraciones, transportes y arrobamientos
a los que la piedad católica nos tiene acostumbrados. La liturgia mosaica
carece de los adornos de la católica y nada se diga de la griega. Es un rito
como para andar por casa (no frills) pero muy humano y ancestral a su vez.Parecía
rezar de una forma ostentosa, casi con furor, moviendo el tronco y la cabeza
hacia detrás y hacia delante, según la sinagoga. El hombre orante era un
sacerdote judío que elevaba plegaria por los muertos en aquel campo
santo. Parecía tener mucha prisa por acabar y rubricar su trámite.Yo
por entonces no sabía lo que era un rabino ni tampoco un kadish o
responso pues para un niño la muerte y la política y los discutinios de
religión son perplejidades que le traen al pairo y no me entraban en la mollera
todavía las diferencias de creencias máxime cuando todos adoramos a un mismo
dios pero se me quedó grabado para siempre el aire como eterno del hombre de
las largas barbas y la dulleta negra. Podía ser un cura perfectamente.Mi abuelo
me enseñó a besar el pan cuando éste se caía de la mesa, costumbre israelita
por lo visto. He visto muchos que al morir volvían la cara hacia la pared
buscando el oriente (otro atisbo) y aunque nos guste el jamón y la carne del
cerdo en adobo a muchos españoles, no aguantamos el jalufo sin sazonar.A mí
personalmente el tostón de mi tierra me repugna pues soy comensal del cordero
asado y, la tarde en que mi tía Dominica amortajó a mi pobre abuelo Benjamín le
ató al difunto las manos con los pies mediante un cordón con siete nudos y
colocó dos monedas sobre los ojos y una perra gorda (sería para pagar al
Barquero Queronte) en el paladar, tuve una noción de hacia donde mirábamos y de
donde provenían nuestras creencias.También ésta es una tradición funeraria que
nos viene de la tradición sefardí. Los españoles solemos tener la mirada viva,
el gesto despierto la nariz afilada y el cráneo dolicocéfalo de los semitas,
pues en la antigüedad todas nuestras sangres se fundieron . Los enterraban de
pie cubiertos con un sudario mirando todos para Jerusalén. Mi hija cuando
estuvo en Ámsterdam a la que llaman la Jerusalén del Norte me dijo que había
conocido a un señor que era clavadito a mí. “No sé lo que haría la abuelita por
aquellas tierras holandesas pero era idéntico a ti, papá, tu doble”. Era un
judío. Cuando veo a esos apuestos soldados israelíes trocados del taled y las
filacterias rezando sobre los relejes del tanque y haciendo muchas
inclinaciones antes de entrar en combate, pienso que puede
ser alguno de mis hijos; su rostro me resulta familiar, y siento a
la vez compasión y rabia. ¿No es Jerusalén la ciudad de la paz y los
jerusolemitas tienen siempre a flor de labios la palabra shalom? Pues entonces
mienten más que hablan.Ya sabemos que ningún judío puede derramar sangre ni
tocar a un muerto sin contaminarse. ¿Entonces? Cosas de la política que nada
tiene que ver con la santidad del Santo de los Santos. Yo amo a Israel. Y a su
pueblo. Ningún judío que llegue a mi puerta quedará sin cobijo y un poco de
pan. Pero me parece horrenda la carnicería que han preparado en
Gaza. Quizás estaban por orden del Pentágono, probando material y
nuevas tecnologías estratégicas. Ya sabemos que Israel es fuerte pero no más
fuerte que la ley divina. Ya sabemos que el justo peca hasta siete veces y Cristo
dice que hay que perdonarlo hasta setenta veces siete pero ello no es óbice a
las criticas y reparos que he formulado desde esta bitácora que se lee más de
día en día, gracias a Adonai. Que mis criticas sean constructivas. Él lo
quiera. Hay cuatro tipos de conocimiento: el conocimiento científico que es el
exacto o matemático en relación causa efecto; el estético pues la verdad está
siempre en la belleza; hay un conocimiento profético o numen divino que es el
que el Señor otorgó a David a Salomón a Jeremías e Isaías, al propio Mahoma y a
muchos santos padres y santos de la iglesia. Por último hay un conocimiento
informativo que es el más imperfecto y manipulable. Yo no sé en cual de estos
planes me muevo pero de todos ellos creo que me toca algo, aunque no sea más
que un vulgar periodista y archivero que vive con pasión los acontecimientos de
nuestro mundo hoy. Nada es lo que parece.Si acotáramos muchos de los textos de
Isaías y de Amós podríamos tener la sensación de estar ante un caso de
antisemitismo manifiesto, y no es verdad.San Pablo el fundador del cristianismo
es todo fuego. Nunca podré apartar los escritos paulinos en los que me abraso.
Él era un judío típico lenguaraz, agresivo, muy poco diplomático pero transido
de amor divino. Yo amo a Israel porque amo la palabra y el viento. Me gusta la
vida y la libertad no la muerte. La raza de David de la que nació nuestro
Maestro será inmortal. Son los elegidos. Lo otro es mero accidente pero ese
designio a ser destinado a patena de las ofrendas y cáliz de la elección y del
sacrificio implica una responsabilidad. Israel no puede ser una nación como las
demás. Y matando pobres moros indefensos el ejercito hebreo creo que no estuvo
a la altura de su enorme prestigio.Eso sí; a los que tiran bombas y lanzan katiushas
merecen castigo pero no pueden pagar justos por pecadores. Amar a Israel es
comprender que somos carne de dolor y que la historia se nos ha llenado de
montañas de cadáveres. Yo nací al lado de un cementerio judío, uno de los
osarios de España más viejos.Tapaban la cueva con una especie de muela de
molino y se iban. Si a la sepultura llegaba un visitante nunca traía flores ni
crisantemos. Traía un guijarro y lo colocaba en aquella sepultura sin cruces.
Duelo profundo y a palo seco pero duelo plañidero sabiendo que la muerte
cercena nuestro orgullo. Los osarios hebreos siempre trajeron a mi mente el
Libro de Job.Somos carne de dolor y no hay tu tía.Corobias es una ciudad
judía. En ella se amalgamaron los tres credos. Los moros habitaban el
barrio de san Lorenzo. Los cristianos moraban también extramuros por
san Millán y trabajaban las tenerías de Santiespiritus. La aljama se
situaba al pie de la catedral intramuros- siempre fueron muy protegidos por la
realeza y la propia Iglesia- y dominaban los mercaderes con la estrella de
David en la solapa las contadurías y juros de los ricos. Eran
los escribanos los médicos los albéitares, que ejercían las profesiones
liberales, y siempre tuvieron una excelente relación con los canónigos del cabildo.Puede decirse que las pingues rentas
eclesiásticas estaban en sus manos. Siguiendo hacia la otra parte de la muralla
desde la iglesia de san Miguel hasta san Quirce, era zona de las
familias asturleonesas y vascongados, los godos legítimos, que habían bajado
desde la montaña a medida que se fue expandiendo la reconquista. Estos sí. Eran
los godos. Pero hubo un trasiego de sangre y una mezcolanza constante de las
estirpes hasta el punto que bien puede decirse que Corobias una ciudad que
recuerda a Jerusalén más que ninguna de las otras ciudades españolas es la
fusión de las tres culturas con una diferencia sobre Burgos o Toledo que aquí
se protegió a las alhamas. Los judíos y sus bienes eran realengos y pertenecían
a la corona. A partir del siglo XIII tras las predicaciones de los dominicos y
la conversión del rabino mayor de Burgos, Pablo de Santa María, cundió entre
los judíos corobinos y también entre los musulmanes la noción de que la única
religión verdadera era la de Jesús y una gran parte de la población de ambas etnias
y sin coacciones se bautiza en masa a la sombra de las dos grandes familias
hebreas corobinas: los Coronel y los Dávila. En este singular fenómeno parece
que tuvo que ver un hecho probado históricamente como milagroso cual fue la
profanación de una hostia en un caldero por el sacristán de san Facundo y sus
compinches, origen de la tradición tan popular y tan querida en Corobias como
es la Catorcena. Los médicos los capellanes y los banqueros de Isabel la
Católica eran todos del pueblo elegido. El propio Torquemada que fue prior de
Santo Domingo, donde yo visitaba con mis padres al capellán don Genaro que
vivía con su ama la Jesusa en el Hospicio, judaizó en algún tiempo y luego se
convirtió de modo furibundo pues el pueblo de Israel no conoce los términos
medios. Dios nos libre de la furia del converso.El propio Fernando de Aragón
era un Henríquez por parte materna. El cardenal de España, don Pedro de
Mendoza, marrano legítimo que cuando presentaba a sus pajes, hermosos mancebos,
a la Reina Católica, ésta decía: “Ya veo aquí los bellos pecados del cardenal”.
Aquellos mozos eran sus hijos mánceres o fornecinos[7]nacidos
fuera del tálamo conyugal que él no podía tener el señor cardenal por ser
obispo.Queda por dirimir el misterioso edicto de 1492 del que no queda otro
testimonio que el del Cura de los Palacios. Los que se fueron al exilio fueron
muchos menos que los que se quedaron. Pero metieron mucho ruido y ese es uno de
los enigmas desde el cual se dilata la concepción de nuestra leyenda negra. Fue
una medida política que perseguía la unidad nacional, muy difícil sin la unidad
religiosa.Sin embargo creo que Teodoro Herzl, el fundador del Estado de Israel
para la construcción del Gran Israel del Eretz Israel estudió la vida y los
hechos de Fernando de Aragón. Actualmente el gobierno de Tel Aviv está
acometiendo, o mediante la compra de tierras o por las bravas, la judaización
de la Ciudad Santa, tratando de desalojar a los ortodoxos griegos y rusos,
haciendoles la vida imposible a nuestros franciscanos custodios de los Santos
Lugares desde Felipe II, y manteniendo a raya a los fieles de la mezquita de
Omar.Lo tienen difícil como demuestran los sangrientos sucesos de los últimos
días de 2008. Sin embargo para Dios no hay imposibles. Él permita que las tres
religiones puedan orar cerca de la tumba del padre de los creyentes y vivir en
paz y armonía judíos musulmanes y cristianos. Shalom y que paren las bombas.
Conteneos. Es lo que desea al pueblo de Israel este pobre periodista de
Corobias libertaria y comunera, como ven no me crecen pelos en la lengua,
shalom. Sefarad. Shalom. Las navidades son tristes y trágicas por las razones
saturninas que ya he apuntando. Tiempo de furor y ocurría lo mismo hace más de
cincuenta años pues por estos días me llega el recuerdo de mi hermanito al que
dimos tierra por Nochebuena.
Se llamaba Juan José y era el que me seguía. Antes venía Henar
la mayor. Dios también se la llevó. Angelitos al cielo. Por
aquellos días de posguerra no paraba de sonar en los campanarios el cimbel del
oficio del párvulo. El entierrillo. La lúgubre música de
bronce del campanil se perdía por el horizonte. Eran entierros
blancos. Sólo se había muerto un niño. Los sacerdotes
oficiaban todo de blanco. El luto por los infantes pero en aquellos
decesos la muerte de guante blanco mostraba sus garras, no menos contundente y
cruel. Vidas que se cortan nada más nacer. El filo de la guadaña
tétrica que yugula un hilo en ciernes. Nunca comprenderé el dolor de
los inocentes. Parece ser, sin embargo, que en la vida moderna tiene
un papel relevante Herodes y todos los días es 28 de
diciembre. Suena a clamor la campana. La espada de sus
soldados entra a degüello contra los que tuvieron la culpa y acaso por eso
porque sus vidas no presentan mancilla son sacrificados. Esto es
algo más que un mito. Toda una realidad de la existencia humana.En
la tradición eclesiástica visigótica era la más pequeña de la torre en los campanarios
españoles y recibe el nombre de cimbalillo, y los rusos la denominan la kolokolchacampanita.
Por aquellos días de hambre y de muchas enfermedades, cuando no había sido
descubierta la penicilina un simple catarro una diarrea llevaba para el otro
mundo seres que aún no habían empezado a vivir. La muerte de mi tierno
hermanito al que amortajaron no con una cruz sino con un angelito entre los
dedos frágiles fue el precedente de unas navidades tristes de unas navidades
que para mí supusieron un trauma toda la vida. Señor ¿por qué? ¿por
qué?
Es una duda escabrosa que acecha al depósito de la fe pero
estas dudas se resuelven con el principio de que la naturaleza es pródiga y
selectiva. De millones de óvulos sólo uno fecunda. De
miles de flores del manzano únicamente unas pocas se colman. De las
semillas que lanza el sembrador sobre el surco sólo germinan un 80 por
ciento. De los cigoñinos en el nido de la torre que suelen ser dos
uno sobrevive y es su hermano más fuerte el que lo arroja al vacío. La
naturaleza elige a los más fuertes y a los que más luchan. Principio de
selección biológica. Inexorables leyes terribles de la naturaleza y
violencia desde el principio que me hacen arrodillarme a los pies del Crucifijo
y preguntarle:
-Señor ¿ por qué? Tú no puede ser el asesino. Eres el
dador de vida. Sin embargo, una visita al oncológico infantil de cualquier
hospital o un repaso a los miles de negritos que mueren desnutridos en el
África es para qué los hombres de buena fe nos hagamos la pregunta de qué pecado
habrán cometido.
¿No es Dios la bondad y la potencia infinita?
No hay respuesta, desde luego. Es el silencio de
Dios. Su rostro se oculta. Ese silencio divino alienta un misterio
teológico que ha afligido a muchos santos y esa cuestión pertenece al arcano de
sus inescrutables designios. Cuando llegan las
nochebuenas yo me pongo triste y pienso en mi hermanito.
Fue por las fiestas de la patrona. Vino mi padre del
cuartel. Trajo con el machacante un saco de chuscos para todos los que vivían
en aquella finca de alquilados: los carneritos, Gabriel el cojo al que habían
fusilado un hermano por socialista, la señora Antonia Sabaté la de Lérida que
vino refugiada a Corobias - vinieron en una camioneta de Intendencia tras la
batalla del Ebro contando horrores y suplicios- de donde era su marido con su
familia después de un bombardeo en que sus hijos Quico, Agus, la Juani se
agarraban a sus faldas y gritaban en catalán:
Mame... mame.
En el piso de arriba habitaban la Maruja y la Carmen dos solteronas muy
beatas. De vez en cuando invitaban a merendar chocolate con
picatostes al deán de la catedral u otros miembros del cabildo. Cuando
cruzaban el portal los niños ibamos a besarles la mano. Los curiales
nos dispensaban de esta obligación al ver nuestras narices cubiertas de mocos.
-A jugar niños, darse ligeros.
Algún canónigo se dignaba regalarnos caramelos o una estampita para que
fuésemos buenos.
Abajo del todo en el sótano que daba la huerta recibía la
Felina que había sido miliciana. Ella vivía en un cuarto de atrás y
ahora ejercía el oficio más antiguos del mundo. Una hilera de
hombres hacían cola en el descansillo los domingos delante de su
puerta. Mamá nos había prohibido que bajásemos por aquella escalera.
Matías, un extremeño que no sabía decir paladar decía el
cielo de la boca u era algo zopo por lo que en la batería le apodaban el
tuercebotas que así se llamaba el machaca o asistente de papá entre las
vecindonas repartió los chuscos y algún salazón, varias latas de sardinas, unos
arenques, un poco del rancho frío, las sobras de Mayorías, entre los vecinos y
en la Casa de la Troya hubo fiesta con los aguinaldos de Santa
Bárbara. Hubo jolgorio en la corrala mientras Juanín estaba
agonizaba por primera y última vez.
Agus la catalana quería llevarme con ella a su casa pero yo me
resistía a salir, me agarraba a los barrotes de la cuna del
niño. Cuando había nacido Juan José me dijeron que la cigüeña lo
trajo volando por los aires en un cajón y yo cuando veía una cigüeña apuntaba
al cielo y decía... esa... esa ha sido. Busqué también como loco el cajón
donde vino. Dentro de la hornacha debajo de la cama
turca. En los altillos. Y nada. Se crió muy
sano y rollizo. Pesó al nacer casi cinco kilos y yo le hacía
carantoñas, le quería mucho pues cuando mi madre le daba la papilla siempre
caía alguna cucharadita. ¿Mamá me das un poco? Ten. Aquel
condimento sabía muy dulce. El niñín engordó. Era muy
sonriente y risueño. Hacía ajitos y gracias. A serrín a serrán
los mozucos de san Juan y hasta comprendía el juego del puño-puñete-quitale y
vete. Pero un día empezó a toser. En plena noche se
encendía la bombilla del cuarto de mis padres habitación única pues vivíamos
con derecho a cocina. A mi hermanito no se le pasaba la tos. Se
le agarrotaban los pulmones. Un llanto infinito que traspasaba el
corazón. Papá decía ay hijo ay mi hijo. Y mi padre lo
tomaba en brazos y lo arrullaba en una manta de esas de los
soldados. Paseando por la habitación. El pequeño debía de
sufrir y mi padre ea... ea... ea acunándolo sobre sus brazos. Las
toses iban a mal. Así como las
congestiones. Por la casa empezó a oler a
boticas. Un practicante militar venía de vez en cuando a ponerle una
inyección en la barriguita, el paciente se revolvía de dolor. Y la cocina
de carbón ardía día y de noche. Para calentar las
planchas de hierro y para las cataplasmas. En una de esas por poco lo
abrasan. De nada servían estas curas de caballo. Juano se
nos moría. Yo no sabía lo que esta palabra significaba pero ne la
imaginaba algo horrible, tenebroso. Hasta que una mañana vino de urgencia don
Samuel el médico (recuerdo bien la marca de aquel coche negro en que giraba
visita a sus dolientes; era un “Balilla” italiano) y dio el diagnóstico
fatídico: poliomielitis. No había nada que hacer. Mi
madre lo arropó en la manta y lo subió hasta los franciscanos donde había un
san Francisco milagroso. Pasó al niño por le habito del
santo. Pero no había nada que hacer. No era
esa la voluntad de Dios. Al poco el enfermito entró en agonía. Mi padre
seguía paseándolo por toda la casa arropada en aquella manta cuartelera que
había batido tantas escarchas y cubierto a muchos muertos cuando la guerra y
aplacado el dolor de tantos heridos:
-Ay mi niño. Que se me muere mi
niño.
Vinieron las convulsiones de la agonía y al poco tiempo expiró pasada una
tos ronca como perruna y luego se fue con una sonrisa en los brazos del que le
había engendrado. Angelitos al cielo. Trajeron los de la funeraria
un ataúd blanco y a Juan José lo amortajaron con su faldón de cristianar una
rebequita con unas cintas azules y se llamó a un fotógrafo pues era entonces
costumbre retratar a los niños que se morían. Mi padre siempre llevaría durante
muchos años aquel retrato en la cartera. La casa dejó de oler a boticas y a cataplasmas
y se inundó de flores y de corona. La luz de diciembre bañaba los
muebles de la humilde sala llena de avíos melancólicos. Luego a
primera hora de la tarde no se me olvida se paró delante de la casa un coche de
caballos negros. Aquellos jamelgos eran enormes. Una alzada
gigantesca que casi llegaba hasta los cielos pero héticos, casi famélicos, el
cochero de las pompas fúnebres no les daba mucha cebada y por los cuartos
traseros se les salían los ijares. Estaban los animalitos en los
puros huesos. Con unos penachos de plumas negras parecían buitres de
mal agüero. Y dentro de aquel carruaje introdujeron el blanco y
minúsculo féretro de mi hermano.
-¿Adónde le llevan, mamá?
Entre sollozos pobre mujer contestó a mi pregunta:
-Al cielo, Antoñito, al cielo.
-Volverá pronto ¿verdad?
-Claro hijo pues claro.
-¿Y el cielo donde está?
-Ahí arriba. Estará bien con Dios y
la Virgen y su ángel de la guarda.
Mi madre empezó a musitar en un llanto que era alarido la famosa plegaria:
“cuatro esquinitas tiene mi campana cuatro angelitos que me acompañan”
En ese instante vino Agus la catalana y casi a rastras me sacó del
velatorio. Yo daba patadas. No me quería mover de allí.
-Yo quiero ir también al cielo, Agustina, con el niño. Yo quiero
ir con Juano (le habíamos empezado a llamar así) para que se lo lleven los
hombres malos en el carro negro.
Apañé una de las “perras” peores de mi vida. El llanto y los berridos me duraron dos horas mi pico pero ni Agus ni la señora Antonia la leridana se atrevieron a darme un azote. Hablaban en catalán evidenciando su pena y su compasión hacia mí. Cuando regresé a mi hogar la cuna de mi hermanito estaba vacía pero como recién hecha como si mi madre fuera a acostar de un momento a otro a nuestro niño que se había ido para siempre.
Yo creía que mi hermanito no podría estar mucho tiempo en el cielo y estar lejos de mí que le hacía ajitos le hacía aserrín aserrán campanitas de san Juan y hasta probaba un cacho de su papilla cucharadita a cucharadita viene pues yo también me crié bastante hermoso y rollizo. Si la cigüeña lo había traído en un cajón y ahora se lo habían llevado en una caja Juanjo no debería de estar muy lejos. Levanté las colchas a las camas, miré debajo de los cojines, descorrí la cortina de la hornacha, alcé la tapadera de la tinaja pero para mi desconsuelo mi hermano no estaba allí. Al día siguiente cayó una gran nevada. Corobias se revistió de un manto de albor purisimo igual que el de la capa del cura que había oficiado el entierrillo. Miré al cielo azul purisimo tras la nevasca y contemplé la belleza del cielo. Pensé que aquel debía de ser un buen lugar. Y entendí porque mi hermano no quería volver. Estaba jugando con los ángeles en el cielo. Pero fueron unas navidades tristes, sin embargo, sin portal de Belén y cerca de la cuna vacía las de hace sesenta y dos años. Sin cantos sin pandereta. Estábamos de luto. De luto blanco.
El nacimiento y el entierro de mi hermano fueron las primeras cosas que recuerdo de mi vida. Vivencias asociadas a dos palabras el cajón de la cigüeña y la caja mortuoria. Símbolo del hombre en su elipsis por la tierra de la cuna a la sepultura. Angelitos al cielo. Juano donde quiera que esté sabrá que le eché de menos toda mi vida. Tenía tan sólo año y medio menos que yo. Hubiéramos sido dos buenos amigos. Ay, ay mi hijo. Oigo la voz de mi padre quien desde el cielo también le llama.
Apañé una de las “perras” peores de mi vida. El llanto y los berridos me duraron dos horas mi pico pero ni Agus ni la señora Antonia la leridana se atrevieron a darme un azote. Hablaban en catalán evidenciando su pena y su compasión hacia mí. Cuando regresé a mi hogar la cuna de mi hermanito estaba vacía pero como recién hecha como si mi madre fuera a acostar de un momento a otro a nuestro niño que se había ido para siempre.
Yo creía que mi hermanito no podría estar mucho tiempo en el cielo y estar lejos de mí que le hacía ajitos le hacía aserrín aserrán campanitas de san Juan y hasta probaba un cacho de su papilla cucharadita a cucharadita viene pues yo también me crié bastante hermoso y rollizo. Si la cigüeña lo había traído en un cajón y ahora se lo habían llevado en una caja Juanjo no debería de estar muy lejos. Levanté las colchas a las camas, miré debajo de los cojines, descorrí la cortina de la hornacha, alcé la tapadera de la tinaja pero para mi desconsuelo mi hermano no estaba allí. Al día siguiente cayó una gran nevada. Corobias se revistió de un manto de albor purisimo igual que el de la capa del cura que había oficiado el entierrillo. Miré al cielo azul purisimo tras la nevasca y contemplé la belleza del cielo. Pensé que aquel debía de ser un buen lugar. Y entendí porque mi hermano no quería volver. Estaba jugando con los ángeles en el cielo. Pero fueron unas navidades tristes, sin embargo, sin portal de Belén y cerca de la cuna vacía las de hace sesenta y dos años. Sin cantos sin pandereta. Estábamos de luto. De luto blanco.
El nacimiento y el entierro de mi hermano fueron las primeras cosas que recuerdo de mi vida. Vivencias asociadas a dos palabras el cajón de la cigüeña y la caja mortuoria. Símbolo del hombre en su elipsis por la tierra de la cuna a la sepultura. Angelitos al cielo. Juano donde quiera que esté sabrá que le eché de menos toda mi vida. Tenía tan sólo año y medio menos que yo. Hubiéramos sido dos buenos amigos. Ay, ay mi hijo. Oigo la voz de mi padre quien desde el cielo también le llama.
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