UR
miércoles, 27 de febrero de 2019
peter varela geiss 27 febrero 2019 [ 95]
martes, 26 de febrero de 2019
El librero Riudavets /
-¿Quiere un caramelo?
-No, que tengo colesterol.
Es un sábado de mañana. Se ha acercado un grupo de muchachas a la caseta número quince de madera gris en la Feria del Libro, la que está en los trascorrales del Botánico y de bruces sobre las estatuas aladas de bronce del Ministerio de Agricultura. Mientras los hipogrifos alados dan la impresión amenazante de echarse a volar y uno se queda prendado de los historiados mosaicos de mayólica bajo el alar del edificio, Riudavets despacha a las niñas con una de sus chuscas respuestas.
Sobre el enlistonado del puesto al amor de una acacia se apilan en todas las direcciones libros en montón, viejos y no tan viejos, enjambres de cadáveres de letra impresa a cinco duros, cada. Son ilusiones descoloridas, esperanzas fallidas de este rátigo vivencial, exponente de la mente humana donde todo cabe. El bien y el mal. La prosa y la poesía. Los tratados de mística y las obras de Voltaire pared con pared. Toda una resaca de papel.
En torno al tenderete, al reclamo del dicho latino “verba volant, scripta manent”(las palabras se las lleva el aire y lo escrito queda) se agolpa una enjambre de hombres silenciosos, descoloridos, la edad incierta, y con ese poso de “deshabillé” rayano en el desaseo que deja la afición a la Literatura. Es como un morbo, como un perenne desasosiego. Todos permanecen de pie muy silenciosos. Ha comenzado la rebusca. Parece una bandada de quebrantahuesos dandose un atracón de letras de molde.
Pero los buitres sólo comen carroña y éstos revalidan las proféticas palabras del Caballero de las Espuelas de Oro: “Vivo en conversación con los difuntos, hablo con los ojos a los muertos”. Hacia esos predicados de transgresión de las leyes del espacio y del tiempo nos lleva la afición por la inspiración. Riudavets, con ínfulas de capataz y la solemnidad del sepulturero, se hizo millonario vendiendo libros del montón. Cuando se muera habrá que pesar su cerebro, como al de Alberto Einstein, para ver lo que da en báscula y si es semejante al del resto de los mortales, porque es listo como él solo y las caza al vuelo. Me temo, con todo y eso, que el platillo de la balanza, cuando San Miguel pese su alma, se inclinará del lado del corazón, porque también es temperamental, y a veces se las trae.
El momento es lúgubre y a las veces florido. Se palpa un silencio de reverencia.
Algunos miran con ojos saltones, pero otros algunos los tienen pachones de tanto estudiar. Quizá vivan estigmatizados por el duende de las imprentas, y ese morbo del olor a tinta no se va jamás. Indeleble, como un sacramento que imprime carácter. Pero puede que también estén allí delante del tingladillo sabatino de Alfonso Riudavets por el afán de acaparar, una manía que dicen que llega a la vejez.
Hay un lado oscuro en la bibliomanía que conecta con una libido en frustración permanente, reflejos condicionados, instintos subversivos, inseguridades congénitas. Los lectores empedernidos no deben de andar muy bien de la cholla. Saben que su manía no les vuelve bienquistos y que se sitúan en lo políticamente incorrecto. En estos tiempos de cáscara amarga, de preocupación por lo que es apariencia accidental o look, ellos viven hacia dentro y van deshabillés. No tienen pintas de triunfadores, lo que desdice aquel slogan que se puso de moda cuando Fraga era ministro de Información: “Un libro ayuda a triunfar”. Ahora quizá sólo sirva para caer, pero da igual.
Sin embargo, es un anodino contra el dolor, acalla la perplejidad, mientras los ojos se cansan. Leer es como caminar.
Los gestos son melancólicos. Sufren algunos de incontinencia urinaria y de complejos de Edipo. Pero estas dolamas vienen a ser cosa de poco monto que no habrá que tomar demasiado en cuenta. Además, la lectura es la mejor terapéutica para alcanzar la senectud. El hombre muere cuando se extingue su curiosidad.
El dueño de la decimoquinta caseta de esta cuesta de la sabiduría, la más ilustrada de todo Madrid, los sabe administrar bien, conoce a todos y todos le conocen a él. Su porte puede ser el de un ministro de la Oprobiosa o la del empleado municipal de lo que antes se llamaban Pompas Fúnebres y ahora rebautizaron con un helenismo: crematorio, porque parece el fidecomiso de la funeraria de una cultura que se va para no volver. Al menos esto es lo que dicen los partidarios de MacLuhan (Hermida y cía y algún que otro Jeremías de los que parten ahora el bacalao de lo políticamente correcto)que no leyeron un libro en su puta vida. Lo van a tener terne, porque la galaxia Gutenberg les rebasa y es mucho lo que habrá que enterrar por ese cabo en este país. Riudavets es un hombre de peso, como su mercadería, aunque él convicto, confeso y mártir de lo “light”, pues dice: “yo vendo libros, no los leo, todo lo más les ojeo, que es una bonita forma de no mear nunca fuera del tiesto; así nunca te pasas”.
A quien más recuerda este gran señor de los libreros de lance es a Sócrates. Sabe que esto es un ir y venir que llaman acarrear. El deseo del conocimiento no significa más que un periplo astral, tan patético como peripatético, del ser a la nada. Sin embargo, yo le he comprado a Riudavets una partida de eucologios y de misales. Los suelo rezar todos los días en latín. El que más me gusta es el enchiridion o manual de mi ordenación sacerdotal, curioso tesoro de un valor personal para mí como para todos aquellos que hayan sentido alguna vez ese gozo purificador de la liturgia de un misacantano. Lo encontré aquí perdido en la marabunta inmensa de papel, así como algunas novelas rusas, que son para mí las preferidas, en traducción de Cansinos Assens. En literatura, buena gana de darle vueltas, son los rusos los que dan el do de pecho, aunque ahora hayan vuelto a renacer los ecos de aquella frase cainita que un día pronunciase Serrano Suñer, una nazi al grito de “Rusia es culpable”. No es un astro a los que los rusos pusieron -un Shakespeare, un Moliére, un Goethe- sino a toda una galaxia de gigantes de la pluma. Por otra parte, hay algo en la lengua rusa que pulsa las más maravillosas fibras del alma humano, y esto lo reconoce hasta el propio Saúl Bellow, muy poco propicio, como buen sionista a las expansiones sentimentales, hacia un país que se considera depositario de la fe y tradición cristiana por la rama que nos viene de Bizancio. Es el talante homérico y el ser mesiánico de consuno.
Pero no nos pongamos sentimentales que pueden echarnos los toros al corral. Ser rusista eslavófilo resulta hoy del todo sospechoso. Es peor que ser maricón heteromorfo y mariposón. Pero, en fin, ya caerán.
Si yo voy a la Cuesta no es porque me guste demasiado el paisanaje o el paisaje, porque más de una vez me he tenido que morder los labios y hasta los puños para no dar respuesta a las andanadas puntillosas del bueno de Alfonso, sino porque sólo allí puedo encontrar ediciones de Gogol. A tal respecto, mis criterios y mis gustos literarios variaron poco, sigo pensando lo mismo que hace cuarenta y tantos años. Estoy en esa demanda. Y es ese afán de leer bueno y barato a mis favoritos lo que me ha llevando a este encante de la bibliofilia exquisita.
No hay soluciones al dorso en este crucigrama. Pero aciertan quienes ven en la literatura un viático contra las zozobras de la existencia.
Para espantar a La Huesuda, mejor que acudir al gimnasio y zurrarse los miembros en desaforadas calistenias, algo tan viejo como la ruda y que ya hacían los griegos, y también se morían, unas veces se entrega uno al vino, y que viva Baco y muera Afrodita, pero a veces me da comezón por leer. Tengo el chiscón lleno de golletes del tinto de Valdepeñas y de tomos que le compré a Riudavets. Me pasado la vida borracho de libros y de vino de la ribera. Tanto unos como otros te colocan. Son mis dos grandes vicios. Debe de tener el hígado como un balón de reglamento y la mollera hecha puré. Pero eso que me llevo por delante. La vida ha sido para mí soplar- en el mejor sentido de la palabra- y leer. Leo y bebo, luego vivo y fumo. Descartes no falla, pero hay muchos que viven como si hubieran vuelto a nacer tras reciclarse, y yo excogito que no todo lo han descubierto los americanos. Faulkner, Hemingway me parecen una perdigonada, un farol que se han tirado los críticos; no pasé de la quinta página del “Viento y la Furia” y el “Viejo y el Mar” me resulta un pegote. Tienen un estilo fúnebre como si pensaran estarse dirigiendo al lector postrimero del mes postrero viajando en el último vagón del tren del Apocalipsis.
Me he enterado a veces yendo a Moyano de la muerte, la ruina o la separación de los amigos, por los libros que se exhiben en el revoltijo de Alfonso. Cuando uno se divorcia, se va América o la Casa Grande del Este, esto es, para La Almudena, vende los libros. Las casas se deshacen igual que las bibliotecas y de eso sabe algo el ínclito Riudavets. La furgoneta con las personales pertenencias y papeles del difunto suele ir detrás del coche de respeto. Todas las glorias humanas acaban en el trapero. Aquí todo es mudanza. Las viudas de nuestros difuntos pronto se vestirán de alivio.
A través de él, supe de la muerte de un querido colega, González Yuste. Fue el primer corresponsal en Londres del “País”. Era un muchacho serio, que vestía chaquetas de ante, mucho más serio del que sería su sucesor, Juan Cruz, un canario, que era algo tuercebotas, y al que llamábamos el Polisario por su aspecto de beduino del desierto. Iba siempre con una mochila de cuero. Y lo que son las cosas: ahora es el mandamás de una importante editorial. Y Yuste, que era mucho mejor periodista y mejor persona, se ha muerto. Con él, que parecía un recién graduado de Cambridge, coincidí algunas veces. Le recuerdo taciturno, puntual, buen amigo, fumando en las ruedas de prensa. Estaba casado con María Jesús una muchacha risueña, de cara pálida y con aire de profesora de matemáticas. No había vuelto a saber de ellos. Por lo visto, dejaron de vivir juntos. Esta primavera después de venir de la guerra de Kosovo donde había ido a cubrir la caída de Pristina, Juan empezó a quejarse de un hombro. No duró dos meses.
Compro un libro de Bruce Marshall “The Fair Bride”(La novia simpática) editado por Penguin sobre la guerra civil española. Son las aventuras de un obispo inglés que consigue burlar a la checa, mediante la ayuda de una prostituta y de un comisario amigo suyo. Algo descuadernado el opúsculo lleva como identidad la firma de su primera propietaria (presumo que yo seré el segundo). Pone en la cubierta un nombre y una fecha. “Mi primera novela inglesa. María Jesús. Londres, 17 de abril de 1960". El detalle no puede ser más entrañablemente doloroso para mí. La historia de este Penguin, adquirido por dos chelines y seis peniques, privándose de una cena a base de Yorkshire pudding y leído en alguna posada de barrio de Londres una tarde de primavera junto a la estufa de gas, mientras cantaba entre los robles un cuclillo cuyo lamento parecía conseguir que languideciera eternamente la luz infinita de un sol al bies. Yo también me compraba este tipo de libros con el dinero de la cena. Si lo adquiría, no podía irme a tomar la media pinta de bitter al pub de la esquina, que se llamaba “El coraje” o, cuando se apagaba el gas, no tenía para meter otro chelín en la ranura del contador.
Se conoce que al efectuar las particiones, Juan se había quedado con algunos libros de su amada. Libro cerrado no hace letrado, pero, incluso abiertos son el mejor testimonio de nuestros dolores y nuestros sueños. La novela del gran Bruce Marshall, un artista algo olvidado -este autor escocés fue el introductor de la literatura católica en Inglaterra y no Graham Green- fue adquirida poco antes de que los Beatles, aquellos escarabajos benditos, cuyas melodías siguen ocupando las más íntimas recámaras del corazón empezasen a echar el vuelo, en los inicios de la gran movida psicodélica londinense de la cual algunos privilegiados fuimos testigos. Ya ha llovido.
Han pasado casi cuarenta años. Mis pupilas se bañan en lágrimas. Es cierto lo que dijo el clásico de “Verba volant. Scripta manent”. Los escritores, los periodistas, de mayor o menor fortuna o renombre, no somos más que polvo de estrellas perdidas en la inmensa galaxia de Gutenberg. Pero tampoco hay que hacerse demasiadas ilusiones. La letra mata y el espíritu vivifica.
A veces he llegado a pensar que los frecuentadores de la Cuesta somos miembros supernumerarios del Club de Poetas Muertos. Por eso tenemos algunos de nosotros ese aire tan funeral.
Los cleptómanos no faltan, pero esos no suelen llegar a Riudavets. Cleptómano dicen que era Azorín que fue el que arrampló con las exquisiteces que aun quedaban en la Cuesta. Si se da el caso, Alfonso Riudavets los trata como se merece, sacando el pecho de ese sargento de caballería que lleva dentro y les pone pronto en su sitio.
-Pero ¿no le da vergüenza oiga a usted?
-Es que...
De todas suertes, la pletórica cuadrilla de silenciosos contumaces que hace corro en torno al rátigo de libros de montón llevan muchos de ellos el signo en la frente “hic jacet” y un R.I.P. sobre sus frentes. Pertenecen a una raza especial entre las vultúridas bibliográficas. Agitan sus manos con rapacidad. El pico lo tiene curvo y hay algo de duerno donde estas almas solitarias se hartan de un afrecho espiritual que no tendrán en ninguna otra parte. El libro de lance nutre a esta peculiar clientela de eremitas literarios, que hacen penitencia en el yermo de los sueños, que leen a los que ya no son, rezan por los que no rezan y pertenecen a un cuerpo místico cuyos miembros crecen en la libertad. Tanto el ojo de Ra como las dulces palabras de Nuestro Señor Jesucristo se guardan en estas tecas o relicarios de letra muerta. El Dios verdadero vive en ellos.
A los lectores incorregibles se nos va poniendo con el tiempo cara de lechuzas. Como si por esa vía se nos estuviera contagiando la sabiduría nocturna de Minerva. Lo de los buitres no es más que un decir. Parece que leyendo y manoseando libros(hay, incluso, un placer casi venéreo al pasar los dedos por los lomos granulados de un cantoral monástico o alguno de aquellos tomos que publicaba Aguilar) vamos tirando en la vida. Muchos de nosotros somos ya hombres sin amor.
Acudir a este sitio por las mañanas de sábado cuando se ofertan libros a 25 pesetas (el resto de la semana a 100) recuerda algo del instinto cinegético de la condición humana. Los hijos de Adán llevan dentro un cazador. De liebres, de rebecos, de señoras, y, cuando no pueden porque les fallan las fuerzas, de libros de viejo. Encontrar un texto raro proporciona una placer equiparable en cierta medida con el de la caza. Es como cobrar una pieza los podencos de nuestra rehala han venido persiguiendo por el campo.
Cada uno va metiendo los tomos que están al relente en una escarcela o los selecciona en un montoncito propio al lado de los aligustres que sirven de zarzo al bulevar. Tienen todavía que orearse un poco más. Cuando termina la requisa, el dueño les pregunta:
-¿Cuantos hay?
-Me llevo cuarenta y cinco de una tacada.
-Mil cien - contesta sin pestañear y sin tener necesidad de echar cuentas. Se le dio siempre a Alfonso bien el cálculo mental - en número redondo. Te perdono cinco duros.
Si queréis verlo hecho un energúmeno, ir a pagarlo con calderilla. Es capaz de pasaros la pluma por el pico y las perras por las orejas.
Ah Riudavets, que grande es, el padre en esta hora de todos los huérfanos de sueños imposibles, de los que acariciaron la voluptuosa idea de ser famosos y de brillar astros con luz propia en el atrabiliario universo de la fama, donde fosforean tantos planetas con luz muerta. Él, verdadero buen samaritano - un buen judío, en definitiva- con sus regañinas y catilinarias pronunciadas en voz de falsete nos ayuda a portar la cruz de la incomprensión.
- Soy un perdedor.
- Pues que te den por el c. No te quejes que otros están peor.
- También es verdad.
-¿Cuántos hay?
Es la frase preferida del librero y también “Oiga que yo no soy un pobre” cuando nota que alguien trata de darle monedas de vellón o incurre en una de esas desconsideraciones veleidosas hacia la gente que vende en la calle. Hay que ser un poco masoquista y desplegar enorme paciencia para poner un puesto. Sus maneras, empero, son las de un señor. Un dios bajado del Olimpo. No se digna de contar nunca los ejemplares que acarrea el cliente. Le basta con su palabra, no faltan rácanos, desde luego, pero él posee una intuición o gracia especial que le vacuna contra los timadores y sabe con un abrir y cerrar de ojos quien le engaña y quien no.
¡Ay ese golpe de vista de Alfonso! Esos ojos flavos detrás de unas gafas de vista cansada son de los de un lince; ven crecer la hierba.
Manolo Carrión dice que es un hombre muy bueno y muy listo. Lo de la inteligencia no se los discuto. En cuanto a lo de la bondad tampoco, pero la disimula. Y es seguramente porque no quieren que lo tomen por tonto, y él de tonto no tiene un pelo.
Con su oronda humanidad representa él solo el alma de la cuesta de Moyano. He sido un cliente suyo de los más adictos a lo largo de cinco lustros. Eso no me da ninguna prerrogativa, aunque me deja que le hable si está de buenas, y sin que sirva de precedente como él mismo dice, pues no es hombre que se ande con muchas contemplaciones. Algunas veces resulta brusco, porque, cuando se ha levantado de mala leche, sabe ser punzante y quisquilloso, pero la mayor parte de los días su talante es avuncular, jocundo y risueño. Por supuesto, no tolera pelmas.
Puede resultar obsequioso pero sin servilismos. No sufre a los tontos, y menos a los pedantes, pero le hacen cierta gracia los periodistas. A los escritores fracasados les trata a patadas. A muchos políticos los pone a parir.
A mí que me han ido echando de todas partes encontré siempre refugio perentorio en su caseta en conversaciones terciadas que ni iban a ninguna parte, ni duraban una tarde. Hablábamos a voces de política. Nunca disimulé ante él mi franquismo incorregible. “Riuda”- como le llamamos sus mejores amigos haciendo una carambola con las palabras en las que late alguna semántica porque lo que vende es más viejo que la ruda- seguía mis discursos con sus ojos profundos, color miel, unos ojos que tienen más de magistrado de la Audiencia o de catedrático de Lógica de la universidad que estaba en la calle ancha de San Bernardo, que de subalterno de la literatura, pero sin comprometerse y no es porque sea un tránsfuga al uso corriente. Posee el arte de escuchar y de replicar, porque en sus momentos insufribles se muestra muy suelto de lengua. Sólo dice la verdad y la verdad duele.
Un individuo de talante tan hispánico le vendría como anillo al dedo a Gracián como referente de su apotegma “Español soy hasta la gola, que la libertad siempre fue española”.
Ese es Alfonso Riudavets. Español hasta las cachas. Un hombre de una sola pieza. Hay algo de berroqueño en él. Con su calva profética y su hermosa y escultural cabeza, ese cráneo braquicéfalo de las deidades olímpicas, como la de un busto romano, y una bondad natural que trata de envolver en dosis acíbar. Como el país es áspero de por sí no puedes hacerte turrón del blando. Te comerían si no. Y esa debe de ser su filosofía, porque Riudavets, que perteneció al Frente de Juventudes, y sigue teniendo esa veta republicana y algo anarquista de la Falange, no se define, pero creo que toda su familia es de abolengo menorquín, monárquica y muy de derechas de toda la vida.
Ocupó puestos importantes entre los domésticos de la Casa Real. Fue siempre gente del rey, aunque con Ansón ni se habla. Eran los suyos aposentadores, cocineros, carpinteros y hasta dieron a algún húsar para la guarda de palacio. Así empezó también la familia de Don Francisco de Quevedo. Pero estas coincidencias de origen áulico puede ser que no sean sino suposiciones mías, claro está.
Nunca se sabrá de qué pie cojea. Nadie lo podría encasillar ni definir. Si hubiera un Partido Justicialista aquí, a él pertenecería el bueno de Alfonso porque me consta que el don más preciado para él es el de la justicia. Prefiere que le llamen justo, que no justiciero, antes que bueno. No es uno de esos libreros untuosos que pasan la mano por el lomo del cliente, para sacar tajada. La adulación y el servilismo le ponen muy nervioso.
-Si me roban, que me roben, joder.
Ahora bien, no permite el regateo, porque fue ya desde mozo muy tirado para adelante. Tarifar la mercancía y pujar por las bravas le parece gallardía. No es de buen tono almonedear entre caballeros. Como Riudavets diga mil duros, ésa es la fija: veinte mil reales tendrás que apoquinar si quieres el libro. Tampoco se fía, aunque a mí, por caso excepcional, algunas veces me ha dejado llevar género en rahína, aunque no hipoteque por tu cara bonita y al allá que te va. Pero sin abusar, como él dice. Es Riudavets el tratante más legal de libros al menudo y al por mayor que en Madrid podrá echarse uno a la cara. Tal vez peque por defecto. Demasiado rectilíneo.
Nunca ha engañado a nadie. Le gusta ponerse a la faena con un blusón gris lo que le daba un aspecto de bedel, de sargento de semana en un escuadrón de la Remonta, de capataz, o de rabadán de los largos rebaños de la mesta de la cultura, pero, cuando le miras a los ojos a Riudavets, ves allá dentro a todo un señor, que es lo que es. Antes, cuando estaba más gordo, se traía un aire a Alfo Frabizzi, aquel actor italiano que hizo las delicias de nuestra adolescencia, pero desde que Conchita, su mujer, su musa y su hada buena, lo puso a régimen, se ha estilizado un tanto su aspecto doctoral.
Hay días que me ha recordado a Moisés bajando del Sinaí ante una multitud de impenitentes bibliómanos y de mozos de cuerda, que aguardan apostados detrás de las acacias municipales a que abra su chiringuito. Tampoco le vino mal dejar la cigarra. Se fumaba a veces dos paquetes de Bisonte, aquel rubio mataburros que se ha llevado a tantos de nosotros por delante.
Con su mandil de ganapán acierta a tratar lo mismo al rey que a uno de los múltiples vagabundos que recalan por Atocha y aledaños. Y él lo lleva muy a gala eso de ser jornalero de la cultura.
Pero, ya digo, cada hombre es un mundo y portador de un misterio inalienable dentro de sí.
Durante unos años en su tabuco al lado de las limpias acacias que plantó la República se escuchaba el ronroneo machacón de esa radio tan pobre y unipersonal, pero electrizante, en programas que parecen dirigidos a porteras conducidos por los Midas de la comunicación, los reyes y princesas de las mañanas de nuestra democracia hortera. Escuchaba a del Olmo porque decía ser de derechas. Pero el ánima de una librero de raza tiene que ser alborozada, multilateral y escéptica. Hoy ha mandado al cubo de la basura a Del Olmo, que ya es el colmo y a veces resulta pesado de tanto escucharse a sí mismo, al transistor, y a las derechas, y sólo le vemos acalorarse cuando habla de “su” Real Madrid. Le hizo socio del club blanco don Santiago Bernabéu, y debe de ser una de las filiaciones con más solera, pero tampoco de eso quiere hacer alardes.
Debe de ser por aquello de que no hay mal que por bien no venga. Si el personal leyera un poco más y muchas de estas joyas literarias que se exhiben en Moyano estuvieran a su precio justo, a lo mejor hubiésemos vuelto a las andadas. Quizá una de las claves de su éxito haya sido encontrar acomodo en el carro de los vientos que nos llevan a no sé dónde. Hoy se ha puesto de moda lo “light”. Estamos instaurados en un sistema que paga el Deutsche Bank.
Es uno de los seres humanos mejores y más originales que uno puede toparse en esta ciudad aséptica y cosmopolita. Los ingleses dirían “that he is a whole character and a man for all the seasons”, un personaje redondo, un hombre para todas las épocas. Un genio tal vez de la venta de libros de segunda mano.
La clave de su popularidad y de su éxito estribe quizá en haberse ceñido a su oficio sin alharacas. Conoce los libros como nadie y sabe lo que dan de sí, pero, vacunado contra la pedantería, él parece siempre por encima del bien y del mal. Muestra un desden olímpico hacia los predicados humanos y a veces los libros, aunque mucho los ensalcemos, no son sino vanidad de vanidades, verdura de las eras que diría el clásico.
Riudavets, que es un sabio, pone de manifiesto este desprecio hacia las cosas superfluas con su conducta.
Pero lo que yo he tratado de bosquejar aquí ha sido una semblanza, no un panegírico. Y me parece que he escondido sus defectos, que también los tiene. Por ejemplo, un genio insufrible. A mí me ha llamado de todo. Una vez, como sabe de mi afición por la literatura eslava, me colocó el epíteto de archimandrita.
-Eso es una lisonja, Riuda. Ya quisiera yo que me nombrasen obispo.
A veces incluso hemos discutido, con la misma forma que discutieron González Ruano, que se pasaba los días con un café en uno de los veladores más codiciados y don Pepito el del Café Gijón. A veces hasta llegué a formular el propósito de no volver aparecer por su tendejón. Pero la cabra tira siempre al monte y a de mí tiran los libros, pues en ellos vivo enterrado, amando esta sepultura cálida de papel en la cual me evado hacia mis muertos, héroes de hazañas fenecidas. Se hizo materia y carne en mí aquel quevedesco aforismo de “escuchar con los ojos a los muertos y andar en perenne conversación con los difuntos”, y quiero advertir que nada menos lúgubre, pocas cosas más vivificantes que la literatura. Aunque sean pocos los preparados para este yantar de ambrosías espirituales. No se convoca a todos ni todos los días al banquete de los inmortales dioses.
¿Y qué es esto? Letra muerta, al fin y al cabo. Pero, cuidado. Haciendo corte de manga a las leyes universales de gravedad, y unidad de espacio y de tiempo, que nos son más que convenciones y formulismos, y por otra parte los libros te acercan a la memoria del ser infinito. Dios es Memoria, y Billy Gates, ese demiurgo con sonrisa de Mefistófeles lengua del cenáculo y puede que también confusión de babel, ha tratado de copiar ese atavismo, aplicando a la cibernética toda la teoría de la relatividad de Einstein. Son los libros mi viático y mi propedeútica. ¿Qué sería yo sin ese paraíso que ha sido para mí la Cuesta de Moyano?
No he cumplido la resolución de no volver. Cuando Alfonso Riudavets está de incordio, no hay que hacerle demasiado caso. Luego se le pasa. Los libros dan satisfacciones, pero no faltan disgustos, y crean humores intercadentes entre quienes los manejan. ¡Que viva Don Alfonso Riudavets. Los sargentos de caballería y los que doman potros!
Ellos nos treznan con la lezna, razón sagrada de nuestra uremia y nuestros atascos. Y yo no voy a dar aquí gato por liebre sino limiste auténtico, buen paño que se vende en las arcas inaccesibles, de los telares de Segovia. Hay cosas del pasado que quedarán inultas para siempre pero de lo que trata la tarea de escribir, por más que los libros sólo valgan para dejar un poso de melancolía esperanzada en el alma del lector, absoluciones y soluciones.
Claro está que los caballos no pueden leer. Tampoco tendrán complejo de culpa.
-Dejate ya de tanto libro- me decía mi padre que paz descanse y que fue el hombre que más admiro-, esparcete, echa un cigarro, vete al baile.
Y que nada, que era incapaz, que me ha aburrido. Estaba predestinado al vino de Caná y al alimento espiritual de esta letra impresa. Era mi destino encontrar la perla en una pila de bosta. Leer para vivir y vivir para leer. En la lectura he encontrado ese “Dasein” que conecta la esencia del hombre, contingente y perfunctoria con la aseidad divina. Pese a todo, a veces me cunde la impresión que sólo laboreo por la gallofa. Las alfagras literarias de la cultura hoy son reflotes de lavazas, aguas fecales del inodoro de Tartufo.
-A ver si aprendes, educa tu gusto: la mejor novela en castellano la ha escrito Vargas Llosa.
-¡Pero si parece un caudillo de república bananera!
La cosa tiene un par de perendengues. Me parece que conforme se están poniendo las cosas me voy a comprar un podoscafo, ahorcaré los libros, como un día ahorqué la sotana, me marcharé a tostarme de salitre y de yodo a la playa de las Arenas, y a vivir que son dos días.
Millán Sacramenia Artedo
10 de diciembre de 1999
No he cumplido la resolución de no volver. Cuando Alfonso Riudavets está de incordio, no hay que hacerle demasiado caso. Luego se le pasa. Los libros dan satisfacciones, pero no faltan disgustos, y crean humores intercadentes entre quienes los manejan. ¡Que viva Don Alfonso Riudavets. Los sargentos de caballería y los que doman potros!
Ellos nos treznan con la lezna, razón sagrada de nuestra uremia y nuestros atascos. Y yo no voy a dar aquí gato por liebre sino limiste auténtico, buen paño que se vende en las arcas inaccesibles, de los telares de Segovia. Hay cosas del pasado que quedarán inultas para siempre pero de lo que trata la tarea de escribir, por más que los libros sólo valgan para dejar un poso de melancolía esperanzada en el alma del lector, absoluciones y soluciones.
Claro está que los caballos no pueden leer. Tampoco tendrán complejo de culpa.
-Dejate ya de tanto libro- me decía mi padre que paz descanse y que fue el hombre que más admiro-, esparcete, echa un cigarro, vete al baile.
Y que nada, que era incapaz, que me ha aburrido. Estaba predestinado al vino de Caná y al alimento espiritual de esta letra impresa. Era mi destino encontrar la perla en una pila de bosta. Leer para vivir y vivir para leer. En la lectura he encontrado ese “Dasein” que conecta la esencia del hombre, contingente y perfunctoria con la aseidad divina. Pese a todo, a veces me cunde la impresión que sólo laboreo por la gallofa. Las alfagras literarias de la cultura hoy son reflotes de lavazas, aguas fecales del inodoro de Tartufo.
-A ver si aprendes, educa tu gusto: la mejor novela en castellano la ha escrito Vargas Llosa.
-¡Pero si parece un caudillo de república bananera!
La cosa tiene un par de perendengues. Me parece que conforme se están poniendo las cosas me voy a comprar un podoscafo, ahorcaré los libros, como un día ahorqué la sotana, me marcharé a tostarme de salitre y de yodo a la playa de las Arenas, y a vivir que son dos días.
Millán Sacramenia Artedo
10 de diciembre de 1999
miércoles, 20 de febrero de 2019
ESTE CONFESOR SAGRADO (copia de apg) VEEEE Y CORREGIR [ 90]
I
NOS ENCONTRAMOS DESPUÉS DE MEDIO SIGLO
Allí estaban Prelatus, Cansino, Segundo, el Flemas, Filemón (el que olía mal) Pulido,Flavio Fonseca, Liborio, Constantino, Rigoberto Remiendos (que siempre estaba de luto pues un año se le moría su padre otro un hermano y al siguiente un tío cura, total que siempre con la banda en la bocamanga o en la solapa y el gesto compungido de no somos nadie, resignación, que se le va a hacer y salud para encomendarle El Elías (nos la lías, que para unos era el Morritos por su labio belfo, y para otros, el Morgueras oBerretes, y que era de por ahí, de hacia los castros; de Castrojimeno, Castro de Fuentidueña, o Castro Sarracín, no lo podría en este momento decir) Velasco y todos:Lovingos, Frumales, Porreros, Aldeorrio este vestido de cleriman, Cantalejo, Torreadrada, Cantimpalos, Valtiendas(para que me entiendas) Fresno de Cantespino (el pueblo del nombre más excelso o bonito) en representación de los pueblos de la diócesis, una de las más antiguas de la cristiandad y que dentro de la Iglesia española conservaría su personalidad, el sello propio. Éramos los curillas. Todos ya jubilatas. Próxima parada, Clases Pasivas, estación en curva. No introducir el pie entre coche y andén, esto es con el pié ya casi en el estribo. Éramos una buena cuadrilla supervivientes todos de la guadaña de la muerte, del rincón de las clases pasivas. Llegábamos con los ojos cansados de ver el mundo de soportar persecuciones, adversidades. Alguno tuvo que pasar por el dolor terrible de ver a su hijo en el tanatorio como fue el caso de Remiendos. Pero allí estábamos los supervivientes del Alzamiento Cibernético después de cantar en alto hasta la desesperación no el Volverán banderassino el himno de Acción Católica que era mucho menos peligroso. Allí estábamos luciendo sonrisas de media legua y palmaditas en la espalda.
-Hay que ver lo bien que estás. Por ti no pasan los años.
Con esta frase tienen por costumbre los españoles llamarse carcamales unos a otros entre claveles y rosas. Aparentemente te están echando una flor. Por de dentro insinúan que ya va siendo hora de la jubilación. Palmaditas en la espalda. Besos y abrazos. Me he pasado media existencia limpiándome las babas de Judas. El mundo está lleno de hipócritas y de traidores. Y nuestra heráldica cuajada de barras siniestras en los escudos, signo de bastardía. Algunos hasta llevan la marca en la frente con las siete señas del hijo puta.¿Qué sensación se tiene volverse a encontrar al cabo de diez lustros? Pues sentimientos encontrados. La verdad. Por una parte la alegría de la supervivencia y de haber superado aquella época en que se volvió la tortilla y muchas chaquetas se volvieron del revés. Lo blanco era negro y lo azul tornasoló a rojo. Muchos libros quemados, las horas gastadas y el tiempo fugitivo. Mudan las modas, las costumbres, pero el hombre sigue igual. Alguna que otra almenara hubo y mucho refrito en la sartén. Aquel fuego estaba apagado ya aunque bien puede ser que rescoldos quedasen. Habíamos estado yendo y viniendo, subiendo y bajando, entrando y saliendo, perdiendo y ganando, sufriendo y gozando, riendo y llorando, porque era verdad lo que cantábamos en las sabatinas por aquel entonces: esto es un valle de lágrimas. Para muchos, casi la mayor parte del pescado estaba vendido, y éramos conscientes de que ya no podría quedar mucho camino. Aquí no se permite la nostalgia. Hay que venir lloraos, cagaos, meaos como en la milicia, dije yo:
- ¿No recordáis el introito de la misa que nos aprendimos de memoria cuando respondíamos de carretilla al cura y sin comprender lo que significaba: Ad Deum qui laetificat juventutem meam? Ahora sí que sabemos lo que entraña el hemistiquio de ese salmo. Somos jóvenes. Eternamente jóvenes. Sursum corda. Arriba España. -A ver ese ánimo.
Pero se les embarazaba el alma de tristeza. Y nadie respondía. Con la edad no se juega.
Algunos al abonar mi demanda por la Red de Redes estaban obedeciendo al instinto de curiosidad. A ver qué hay. A ver qué pasa. Hola qué tal. Tanta lluvia sobre los rostros. Tantas agua bajo los puentes del Rasemir. Y en las orejas tanta escarcha. Esa escarcha de los años que puso escepticismo en la mirada. Pero también les impulsaba el horror al vacío y el presentimiento de que todo tiene un final. Para muchos se les estaba acabando la tarja. Y la tarja, como saben muy bien los viejos castellanos, es un código de barras antes de que inventasen la cibernética que dice que hasta el pan y los bodigos poseen fecha de caducidad y cuando se llega a la última muesca hay que devolver el palo al panadero que nos la entregó. En este caso, el Panadero celestial. Demasiadas marcas en el palo y en el alma, la coz del desencanto y la afrente, y contratiempos cantidad. Algún desfalco. Vidas al derribo. Más de un desamor tendría alguno pero en aquella ocasión no íbamos a hablar de mujeres, los que tuvieran y de los casados únicamente vinieron dos. Algunos estaban calvos y otros mostraban los pechos hundidos. Filemón que mal olías, tío. ¿Es que no te lavabas? ¿No habría río en Escarabajosa de Abajo? Nos preguntábamos. Yo no podía ver a aquel tío. Me pegaba y encima olía mal. Los había brutos y venían a desasnarse al seminario. ¿Te acuerdas de cuando entonces? Me acuerdo que cuando entonces... mal lo pasamos. Hombre de pan no padecimos pues había uno al que apellidaban Izquierdo, para nosotros el Zurdo, que se guardaba una hogaza de pan en el guardapolvo. El pan no nos lo tasaba aunque nunca nos lo daban tierno sino de dos o tres días-las monjas cocían una vez por semana- y los corroscas estaban revenidos pero por aquellas fechas teníamos buenos dientes y sabían rico. Nos metíamos los molletes que ofertaba el Zurdo a perra gorda entre pecho y espaldas Cuando nos apretaba la gazuza pedíamos una limosna al Zurdo.
-Rufino, dame.
-¿Cuánto?
-Un cantero.
-Toma. Esto importará una perra chica.
El mollete sabía a glorias celestiales a media mañana y por eso se hacía con gusto el dispendio. Lo manducábamos muy a sabiendas. Penjamo era nuestra despensa. Como su padre era tratante no sé si de Cantalejo tenía un sentido de la economía. Era por lo visto descendiente de tratantes. Todos los de la aljama de Burgos cuando los líos y disturbios que hubo en el año 1398 terminaron viviendo cerca de la Puerta del Socorro donde estuvo la aljama y su manera de ser, una contemplación de la vida, su sentido del ahorro influyó mucho en la ciudad de los Arias Dávila y los Coronel que de catecúmenos remataron en caballeros. A Corobias la llamaban ciudad de los caciques y de los caballeros. Sin embargo, abandonaron la religión de Moisés con armas y bagajes. En masa. De esta conversión nació un poco el pietismo corobino y ese catolicismo tan riguroso que a veces sorprende a los propios romanos. Se salió en cuarto de latín, se dedicó a los negocios y creo que ahora es millonario. El Zurdo no vino quien sabe si hubiera muerto. Por aquellos días a algunos de los que quedaban les picó la curiosidad de “si se había salido o lo echaron”, un matiz bastante diferente.
No obstante no pasábamos hambre física pues allí estaba nuestro prestamista para remediarlo por más que no sólo de pan vive el hombre sí padecimos falta de afecto. Eso creó en mi cierta inseguridad que derivaría en nerviosidad, en complejos. A mí la inseguridad me hace morder bolígrafos, me da hambre. Soy capaz de comerme a san Pedro por una pata y no quedar ahíto (bulimia). Que de dinero y santidad la metá de la metá. Todos desde luego teníamos madera de santo pero antes era menester una buena labor de ebanistería humanística y cepillar muchas virutas, los vicios ocultos y desinencias originales. Educar y formarse. ¡Compañía!… a formar. Habíamos de convertirnos en soldados de la milicia de Cristo.
Y todo eso de la santidad puede que fuesen por sencillamente palabras. Circunloquios. Retóricas. Frases bonitas. ¿Por qué embisten los toros? Muy fácil, lo mismo que el ser humano. El toro tiene miedo cuando le sacan de la dehesa su territorio. Lucha siempre por el territorio. El hombre o el niño en este caso tienen un comportamiento igual que el toro bravo o la rata que amurcan o muerden al que les arrebate el trozo de queso o les cuestiones la vaca por cubrir. Sin embargo, íbamos cantando el Iste confessor, y desde el fondo de su retablo, enmarcado entre azules y purpurina, la Virgen sonreía. La Virgen de la Transfixión que unos decían la de los Tránsitos y otros la de los Transfijos. Allí vivimos arracimados. Nos educaron en el miedo al infierno, miedo a las penas del infierno y a las llamas del Purgatorio, un lugar de estampitas y de cantos que decían “a la Virgen del Carmen quiero y adoro porque sacó las almas del Purgatorio”, pero hacía unos pocos meses que el Vaticano había declarado este lugar incierto donde van las almas en lista de espera como sitio de existencia poco probable. Y así, para nuestra decepción y la de muchos otros fieles cristianos, los había proclamado el papa reinante que de teologías sabía lo suyo pues para eso era alemán.
A aquella cárcel en llamas donde se sentaban las ánimas, se le había dado carpetazo teológico. Puede que en este punto la Iglesia haya actuado contra si misma porque la devoción a los difuntos fue fuente de limosnas y de sufragios, un negocio, ea, durante muchos siglos. También, sería declarado nulo el limbo de los justos o seno de Abraham.todas las religiones se fundamentan en el miedo a lo desconocido y el Purgatorio era parte integrante de aquel incierto más allá, la región de las sombras que amenaza a todo mortal. De la misma manera en la calle de la montera de Madrid hay un cartel que dice ya nos es pecado pues por lo mismo ya no hay purgatorio. Hay mentes susceptibles como la mía a las que estas involuciones de los tiempos representan una desdicha y materia de escándalo. Sin infierno y sin purgatorio a los que pegamos el primer estirón en la década de los cincuenta del pasado siglo parece que nos falta algo. Los tiempos se habían alterado mucho a lo largo de los últimos 53 años aunque cuando penetramos en la capilla nos invadió la sensación de que acabábamos de arrodillarnos en los antiguos bancos ayer mismo. Ya no había limbos ni purgatorios. ¿Infierno? Todavía seguía vigente pues para empezar todos llevamos un infierno portátil en el interior de nosotros mismos pero de cualquier modo, tales mudanzas decían un poco de nuestra confusión y atolondramiento. ¿Cómo llenar aquel vacío?
Luego estaba miedo a ser expulsados, miedo a la hembra, y miedo a hacer el ridículo entre los demás pupilos, o lo que se conoce vulgarmente bajo el nombre de los respetos humanos. Pese a lo cual nos vino bien aquella disciplina castrense puesto que vita milicia est que diría san Pablo y algunos como Filemón se lo agradecerían al de por junto pues creo que se apuntó a la Legión.
Este chico vino sin civilizar de un pueblo de la sierra: Escarabajosa del Monte. Filemón o Lemonis como le llamábamos cuando se hizo popular no sabía lo que era una ducha y miraba para los grifos indecisos entre lavarse o salir, corriendo como si fuera un fetiche. Dicen que los indios aztecas cuando vieron llegar a Cortés a lomo de un caballo se asustaron. Creían que era un centauro. Pues Lemonis de la misma manera. Cuando veía un coche se arrimaba a la pared creyendo que era el diablo. Había sido agostero los veranos y borreguero entre la Asunción y san Miguel. Apenas sabía leer y entró en el seminario por influencias; cierta hablillas referían que tenía mucha mano con un tío obispo. ¿Su tío o su padre? No sé si era su tío o su padre pero lo cierto es que era abad. Se crió como Jeromin en Escarabajosa un pueblo donde no había ni siquiera letrinas. Limpiarse se limpiaban con un morillo. Puede que el sobrino del abad mitrado tuviera madera de santo pero nos daríamos con un canto en los dientes si el señor rector donVentura o el ecónomo don Marcial o don Martín al Cubo y don Florindo o alguno de los prefectos pudieran hacer gavilla de su persona. Pues a ver quien era el majo que metía en vereda a aquel mostagán que se movían con andares de chimpancé y se reía con risa de Orangután. Disfrutaba de lo lindo cuando echaban películas de Tarzán y el Hombre Lobo o una de indios algunos domingos por la tarde. Saltaba, brincaba, descomponía la silla, le pegaba una paliza al del asiento delante para que se estuviera quieto. Su presencia era una demostración a plena escala de la tesis de Darwin sobre los orígenes simios de la humana especie. Pues bien; este tío quería ser cura. Muchos son los llamados pero pocos los elegidos. ¿Y eso como se come? Pues con patatas fritas. Vaso de elección -vas inspirationis- decían los antiguos, y un hombre un voto. Tocaban las campanas al escrutinio de las mentes pero habíamos quemado las urnas y todos nuestros cartuchos y nos quedaban pocas papeletas.
Puede que hasta el diablo no sea más que un elegido por el procedimiento de un hombre un voto o si se quiere por el de mano alzada. El concepto urnas en mi memoria revierte siempre al de horcas. Horcas caudinas. Tienes que pasar por el aro, tío. Sofronizate, relájate, ríete ante sus propios huevos. En sus primeros siglos la iglesia era democrática. Luego se hizo teocrática y jerárquica.
Asi se realizó la elección de santo Matías el primero de los diáconos, su fiesta el 24 de febrero, acaba de pasar el otro día como aquel que dice. Íbamos para curas y acabamos en escritores fracasados o en discretos padres de familia que ya cobraban la pensión y eran abuelos. Todas las mañanas salían a las doce y regresaban a casa con las consabidas bolsas de plástico y un par de barras. El talego con el que cargábamos era nuestro destino: bolsas de la compra, mochilas de libros. Y a andar caminos de soledad ciudadana con las zapatillas de deportes. Las desavenencias conyugales, los gritos, los lloros, los remordimientos, los reconcomios. Ese era el futuro que nos esperaba antes del sepulcro. Tiraron la flecha muy alto, querían alcanzar las estrellas, pero el dardo se quedó a media distancia Nuestras existencias fueron el resultado de amaños, intrigas y falsas expectativas. Mirando hacia atrás observamos que en ellas ya quedaba poco de heroico excepto cuando le poníamos los cuernos a la parienta en un motel de carretera y alquilábamos una meretriz para pasar quince minutos y salir pitando. La verdad es que yo no había leído a Maquiavelo. Tomaba a los hombres como yo querría que fueran y no como eran en verdad. O a las mujeres. Ahí estuvo el gran fallo de mi existencia.
-¿Gozas vida?
-La tienes muy gorda. Me hubiera gustado conocerte cuando tenías treinta años menos.
Simulaban los chillidos del orgasmo las jodías y sacaban la pasta con sus enjuagues y zalemas a los viejos verdes que se iban de correría. Correrla sí pero lo de correrte era ya un poco más difícil, harina de otro costal, vamos. Ni con Viagra o Cialis, el mágico invento de tan fatídicos tiempos.
No obstante algún día trazaré tu semblanza de español fracasado. Escribiré tu biografía. Iba para arcipreste o para caporal de los tercios de Flandes a los que denominaban el “electo”. El electo era un cabo que tenía la función de hablar con el coronel cuando se atrasaban las soldadas y la chusma amenazaba con soliviantarse. Y nosotros estábamos a verlas venir aguardando la Última Paga.
De la misma manera yo era electo para parlamentar con el señor obispo. Teníamos la fijación de que la iglesia nos había arrebatado algo y era justo que nos lo devolviera al final de nuestros días. A unos le dejaron marca las pláticas del padre espiritual sobre los Novísimos, a otro le había tratado de sodomizar un sacerdote en el confesionario, a otro el rector con sus amenazas de colocarlo de patitas en la calle selló su suerte de delincuente. Íbamos para ser guardias de corps de Jesús Sacramentado como los jesuitas o de lansquenetes de las divisiones acorazadas de la divinidad o bien canes del Señor, como los dominicos y terminamos en seres arrumbados, hombres fracasados o bien alcohólicos. ¿Quién nos lo diría entonces cuando aspirábamos a ser los capitanes de la guardia, los sumilleres del emperador celestial?
La primera borrachera la cogimos con aquel vino judiego que nos daban en la colación de ayuno de los viernes santos y ya no soltamos la moña en la vida. Dicen que la santidad es camino áspero pero cuenta también con coletazos de resaca.
Éramos tan frágiles y tenemos tanto miedo al toro de la vida que embiste, a la furia e inconsistencia amorosa de las mujeres y conjurar el estigma de que nos encasillasen como maridos maltratadores que había que buscar asilo mental en el vino.
-¡Cobardones!
El alcohol deparaba seguridad y parecía infundir fuerzas pero también eso puede que fuera un espejismo. En eso también nos equivocábamos. Volvíamos de nuevo a Corobias como el que se dispone a efectuar un viaje iniciatico hacia Eleusis. Desde el primer vagido en el vientre de su madre y desde que el hombre pone las plantas sobre la tierra anda a la búsqueda del paraíso perdido. Quiere ir a Eleusis donde se encontraba la fuente Castalia bajo el amparo de la diosa Demeter que tenía por costumbre apacentar allí sus rebaños de bueyes. Entre ellos estaba el minotauro. ¿Quién era el minotauro furioso? El padre de un bisonte y el abuelo de todos los búfalos de las grandes praderas. De Demetria sí que sabiamos algo pues nos inspiró para conocer la devoción hacia la Virgen María. Madre de la tierra base y sustento del amor verdadero del que siempre anduve yo en bastante carestía. Quizás por eso allá por el mes de febrero cuando la cristiandad celebran las carnestolendas y una vez en mi pueblo me hicieron rey de gallos todos los mozos a pupilo en ca la Salamanquesa a los que se designó para correr el masto.
Me subieron sobre la albarda de un burro. Colocaron sobre mis sienes una corona de papel. Me pusieron en las manos un cetro de hojalata, que parecía yo como descendido del Olimpo, so saltado al valle encajona de Sotofuentes desde el cuadro Los borrachos de Velásquez, y en las manos la esfera armilar que nos valía en la escuela para entender mejor las lecciones de geografía que daba el maestro. A todo esto, sobre mis hombros colocaron el ropón de una oveja que olía un poco a meados pues desde muchacho tuve ese padecimiento de mojar el lecho, simulando el manto de armiño y ya estaba yo perfectamente constituido en rey de gallos.
Hacía un frío que pelaba en el callejón de la Tía Caya que nos sirvió de palenque. Manin fue al transformador y quitó los plomos y colocó sobre los cables del tendido eléctrico un par de capones y una gallina clueca. Todo el pueblo, sin luz pero nosotros, en el estridor de nuestra fiesta, no estábamos a oscuras lo que se dice sino muy lúcidos con el candil del morapio. Colgolos de las patas y se organizó una carrera de mulos y burros. Los asnos se dispararon a los cuatro pies hacia la meta, mientras los machos se hacían el roncero pues, no queriendo formar parte de la cabalgata, tiraban a sus jinetes por las orejas, y estos les molían a palos con la tralla.
El que más corría y el que más saltaba y el que más fuerza tenía en los brazos para arrancarle al pollo de la Tía Caya la cresta de cuajo ese seria el rey de gallos.
Y ese día el premio fue para mí. Aunque la cosa no tenía mucho merito. La mayoría de mis contrincantes se habían pasado en lo de darle meneos al jarro e iban vomitando al llegar al Berral o echaban la pota en el río cerca de los chimorretes, borrachuzos como ellos solos los mozalbetes de mi pueblo y yo no cataba de lo que dan las parras por aquel entonces y es por esto por lo que me coroné rey de gallos en las fiestas del Anesterion que en mi pueblo que siempre fue algo pagano de suyo a la sombra de aquel cerro que semejaba un Olimpo ubicado sobre el promontorio donde estaba la torre del cementerio que era la de una antigua iglesia baluarte. Justo en la cima manaba una fuente que llamábamos Colorada y que era un remedo de la de Castalia. Chorro de vida manantial de los dulces pensamientos y un ágora en la plaza donde hablaban en corro los hombres viejos todos los domingos al salir de misa, celebrábamos los carnavales como si fueran saturnales y como había poco sexo y poco que arrascar por ese cabo al estar prohibidos y muy controlados los placeres de la carne, los del vino siendo tolerados, lo compensábamos con Baco y otras destemplanzas como la carrera de asno. Cuando terminaba la competición Manin volvía al transformador a devolver la luz al pueblo. Un año chisporrotearon de lo lindo los cables del tendido eléctrico. En ca el cura se quemó la instalación y donde la Onésima se fundieron los plomos en el momento justo en que estaba con su hombre montando coyunda.
Resulta que una de las gallinas decapitadas se había quedado allí tiesa no la bajaron y hubo un chisporroteo tremebundo que estuvo a punto de arder todo el casería que se encuentra en la hondonada. Burradas como aquella y bromas de mal gusto podría narrar a cientos. Don Efesio desde el pulpito no dejaba de llamarnos acémilas y decía que bien estaban hechas las cuaresmas como tiempo de ayuno y de penitencia. Que cantásemos salmos como el rey David y nos vistiéramos de estameña.
Algunos tomaron las amonestaciones del curilla al pie de la letra y preparaban otra parecida a la de lo de correr el gallo con carreras de sacos. Al que llegaba el último por costumbre se le tiraba al pilón donde abrevaban las yuntas. Eso de tirar a uno al pilón, por más que los abrevaderos pueblerinos hayan dejado de existir, sigue siendo una costumbre muy española.
Asi que el día de las Candelas se corría el gallo. Puede que nevase no lo recuerdo. Lo que sí sé es que el cielo estaba encapotado y pasado el páramo junto a los cielos de panza de burro puede que se adivinase el lomo en forma de arco toral de Somosierra cubierto de su alquicel blanco. Ya habían llegado las cigüeñas y tenido su celo los gatos. Calzábamos albarcas y para no mojarnos los piales con los botes de conservas hacíamos una especie de zancos y con tales coturnos que se ataban a la pantorrilla íbamos a ver correr a los mozos a las eras y luego a merendar a las bodegas, chapoteando por entre los charcos. Había quien se arrancaba por lo zamarro con una jota ansotana “Si quieres que yo te quiera ha de ser con el ajuste que tu no hables con nadie y yo con la que me guste”. Hasta de la fuente Caldera manaba barro.
Vivíamos despreocupados el final de una era el tiempo de Piscis o tiempo de Cristo al que representaban en la mesa del altar con un paño bordado con un pez que tenía la boca abierta para entrar en la er de Acuario. Después vendría el anticristo y se acabaría el mundo pero de momento en lo que dure había que gozar de la vida y de sus carnestolendas. Chascábamos piñones sobre la lápida de cemento de los Chimorretes y veíamos al tío Carretero afanarse con toda su familia para acoplar el aro de hierro a la madera de un carro. Todos en la familia cooperaban. Eran lo menos diez o doce y hasta la Danila acudía con un caldero de agua que perdía el bofe. Salía humo de las juntas al rojo vivo. Lo pintaba Laurentino a base de un arte campesino que hunde sus raíces en la prehistoria y en los frescos romanos, con unas figuritas que remedaban tréboles ruedas de la fortuna florecillas del campo y otras cosas.
Me cupo la suerte o la desgracia de ver dar sus últimas boqueadas a la Edad Media, que bajaba disfrazada de monja a luchar con don Carnestolendas todas las primaveras, pugna simbólica del bien y del mal, de la virtud y del vicio. Ganaba la partida, aún con no pocos alifafes, doña Cuaresma. Vencería la abstinencia que simbolizaba el bien pero el mal se cobraba también su adeudo. Aquellas escenas que presenciara de muchacho me ayudaron a entender algo del misterio de la vida que en buena parte es teatro. Representación alegórica de un drama que se nos escapa en muchos casos pero el cristianismo no había sido derrotado aun por las fuerzas oscuras y éramos todos cristocéntricos.
El pórtico de la gloria a través de la gubia del maestro Mateo bien lo dicen en su lenguaje de piedra que traza la imagen del pantocrátor. El hijo de dios preside el cosmos y se sentaba en un trono de majestad que ahora parece vacante. Cristo alfa y omega ayer hoy y siempre: el onkolos u ombligo existencial. El diablo parece que se las está apañando para conseguir cortar ese cordón umbilical que ajunta al ser humano con la trascendencia y hasta en los autobuses hoy viajan carteles (lo que demuestra que se trata de una batalla muy vieja) que anuncian que no hay Dios, eran las fiestas del A n e s t e r i o n y, aun pecadores, el temor de Dios presidía nuestras vidas. Era un tiempo más pacifico más resignado aunque siempre estuviéramos de fiesta que el actual comandado por las reglas del juego del voto democrático, los amaños de las elecciones cada lustro el dinero y una cierta riqueza que no evita que la vida sea más incomoda que entonces y mucho hedonismo y mucha violencia. En esta sociedad los viejos se sienten desplazados. En aquella, no. Entonces eran gente respetable y veneranda. Ahora se menosprecia a esos pobres jubilatas – nos temíamos la tostada los del grupo--que caminan leguas y leguas cada mañana quizás para no tener que pensar para cuidar el físico y sobre todo para perdurar.
Su mujer les entrega un talego de plástico cada mañana. Ten. Que vayas a por el pan. No me da la gana. Pues hoy no comes. Mira que hay que joderse. Toda la vida trabajando como un burro y ésta me tiene por chico de los recados.
La sierra se nos aparecía en las mañanas de invierno al relucir como unos corporales inmensos recién planchados una sabana fría en que arropar nuestros sueños. Se bebía el vino recio de la raza, se mataba al cerdo y se corría el gallo. Vámonos pa allá. Se esperaba el concilio, el aggionamiento, el cambio pero si cambias la membrilla en Manzanares buena gana tendrás de ver lugar.
Esa transformación supuso elidir algo de nuestra propia alma con lo que medraron frustraciones y vinieron los duelos y quebrantos: el tiempo de Piscis, el signo más importante de la rueda del zodiacal, sustituido por el de Acuario, que no deja de ser un dios y harto problemático el agua es el símbolo de la mujer.
Entraba a reinar la gran meretriz. Y una de las cosas que no sabía la gente era que el concilio al suprimir el latín atentaría contra la taxonomía de su propio orden y mandaba al evangelio a galeras cuando se ordeno que no se rezara más en latín y aquella tierra donde nacimos nosotros en el corazón de Hesperia era romana por los cuatro costados. Los paisanos a la hora de yantar en el campo se acodaban sobre el surco como si se tratase de una larga merendola en el triclinio y los mondongos y el jabalí asado era una costumbre culinaria heredada de los legionarios romanos que pasaban por allí que tenían inclinación por el vino aguado con la tradicional posca que atempera la borrachera. Les privaba el cochino tanto como odian a este animal impuro los semitas.
El plato tradicional que guisaba Luculo en sus sartenes era el t e t r a p h a r m a c u sque se condimentaba con manitas de jabalí, pechuga de faisán, ancas de pavo real y otros manjares.
¿Y eso cómo lo sabes, Eustaquio?
-Me lo enseñó don Valeriano que sabía mucho latín.
Las fiestas de la Candelaria eran el final de las calendas januarias en que se organizaban los fastos saturnales para aplacar la cólera de los dioscuros y acaso por eso nosotros corríamos el gallo, siempre me he sentido romano y yo viví los tiempos de Roma en aquel seminario donde todavía se estudiaba y se impartían las lecciones en la lengua del Lacio.
II
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El mollete sabía a glorias celestiales a media mañana y por eso se hacía con gusto el dispendio. Penjamo era nuestra despensa. Como su padre era tratante no sé si de Cantalejo tenía un sentido de la economía. Era por lo visto descendiente de judíos. Todos los de la aljama de Burgos cuando los líos y disturbios que hubo en el año 1398 terminaron viviendo cerca de la Puerta del Socorro donde estuvo la judería y su manera de ser, una contemplación de la vida, su sentido del ahorro influyó mucho en la ciudad de los Arias Dávila y los Coronel que de conversos remataron en caballeros. A Corobias la llamaban ciudad de los caciques y de los caballeros. Sin embargo, abandonaron la religión de Moisés con armas y bagajes. En masa. De esta conversión nació un poco el pietismo local y ese catolicismo corobino tan riguroso que a veces sorprende a los propios romanos. Se salió en cuarto de latín, se dedicó a los negocios y creo que ahora es millonario. Aunque no pasábamos hambre física pues allí estaba nuestro prestamista para remediarlo por más que no sólo de pan vive el hombre sí padecimos falta de afecto. Eso creó en mi cierta inseguridad que derivaría en nerviosidad, en complejos.
A mí la inseguridad me hace morder bolígrafos o me da hambre. Soy capaz de comerme a san Pedro por una pata y no quedo ahíto (bulimia) por otra parte en aquel colegio había tratos infernales. Tipos hoscos, bizcos, siempre a la que salta. Todos desde luego tenían madera de santo pero antes era menester una buena labor de ebanistería y cepillar muchas virutas. Y todo eso de la santidad puede que fuese sencillamente palabras. Circunloquios. Retóricas. Frases bonitas. Mucha farfolla. ¿Por qué embisten los toros?
Muy fácil, lo mismo que el ser humano. El toro tiene miedo cuando le sacan de la dehesa su territorio. Lucha siempre por el territorio. El hombre o el niño en este caso tiene un comportamiento igual que el toro bravo o la rata que amurcan o muerden al que les arrebate el trozo de queso o les cuestiones la vaca que hay que cubrir. Sin embargo íbamos cantando el Iste confesor y desde el fondo de su retablo la Virgen sonreía. La Virgen de los tránsitos. Allí vivimos arracimados. Nos educaron en el miedo al infierno, miedo a ser expulsados, miedo a la hembra, y miedo a hacer el ridículo. Pese a lo cual nos vino bien aquella disciplina castrense puesto que vita milicia est que diría san Pablo y algunos como Filemón se lo agradecerían. Este chico vino sin civilizar de un pueblo de la sierra: Escarabajosa del Monte. Filemón o Lemonis como le llamábamos cuando se hizo popular no sabía lo que era una ducha y miraba para los grifos indecisos entre lavarse o salir corriendo como si fuera un fetiche. Dicen que los indios cuando vieron llegar a México a cortés a lomo de un caballo se asustaron. Creían que era un centauro. Pues Lemonis de la misma manera. Cuando veía un coche se arrimaba a la pared creyendo que era el diablo. Había sido agostero los veranos y borregueros entre la Asunción y san Miguel. Apenas sabía leer y entró en el seminario por influencias, se refería que tenía mucha mano con un tío obispo. ¿Su tío o su padre? No sé si era su tío o su padre pero lo cierto es que era abad. Se crió como Jeromin en Escarabajosa un pueblo donde no había ni siquiera letrinas. Limpiarse se limpiaban con un morillo. Puede que el sobrino del abad mitrado tuviera madera de santo pero nos daríamos con un canto en los dientes si el señor rector don Ventura o el ecónomo don Marcial o don Martín al Cuboy don Florindo o alguno de los prefectos pudieran hacer gavilla de su persona. Pues a ver quien era el majo que metía en vereda a aquel mostagán que se movían con andares de chimpancé y se reía con risa de Orangután.
Disfrutaba de lo lindo cuando echaban películas de Tarzán algunos domingos por la tarde. Saltaba brincaba descomponía la silla le pegaba una paliza al del asiento para que se estuviera quieto. Filemón eso no son formas. Tu que dices... a ver si se lo digo a mi tío el abad. Cuando iba en la terna o estaba enredando o iba pegando al de delante. A mí una vez me dio un puñetazo en la espalda que me hizo ver las estrellas y en una ocasión que don Martín Martín Martín, don Martín al cubo, le llamó al orden le soltó un gancho que menos mal que don Martín tenía buenos reflejos y lo esquivó que de lo contrario no tuviéramos presidente nunca más. ¿Qué vas a decir hombre? Nosotros no sabemos nada igual que en las bodas. Paños al púlpito y cuartos al pregonero. ¿Adónde se camina? Los ríos van a la mar del morir. ¿Quién piensa en tanto agua quedando todavía buen vino en los cueros?
Uno de Asturias hijo del cabo dijo que a él la sidra le probaba más que las mujeres. ¿No sería un poco maricón? Lo mismito. El ser humano no cambia. Únicamente las estrellas aunque parezcan clavadas ahí en eso no cambian de sitio. Septiembre era el mes de los perihelios y de los jolgorios.
Desde la Virgen de agosto hasta san Miguel toda España es un pasacalle. Tiempo de fiesta y a mediodía todavía se puede ir de trapillo. Sobraba la chaqueta. Pero estábamos desnudos. Desnudos y desunidos ¿Qué hemos hecho? Desguaridos y sin la hoja de parra con que taparnos igual que Adán y Eva cuando los desahuciaron del Paraíso buscábamos un amparo. Querencia. Algo así. La vida y sus sinsabores nos habían convertido en huérfanos de nosotros mismos. Por comer del árbol de la ciencia dijeron los críticos pero yo pienso que fue por andar a claveles. Sin embargo, no os pongáis dramáticos, chiquitos. Lo pasao, pasao. Hay que vivir. Allá películas. Pero todos seguíamos agarrotados por el pavor. Echa la galga, Federico. Frena. Que no que van bien las mulas. Carga delantero. No que te lo digo yo; que va trasero. Inventaron el tractor y desaparecieron las yuntas de mulas y los que las vendía los muleros y tratantes de Cantalejo. Yo fui rey de gallos pero la constelación de Orión nos conmina a cambiar de vida y costumbres, los científicos hablan del calentamiento global.
No enchufes la tele ni la radio, si no quieres vivir un día deprimido. En las casas se entablaban luchas por el poder. Luchas por el mando a distancia. Ah “Iste Confessor”.¡Cuán lejanos suenan aquellos cantos! El carro volcao y todos son carriles y explicaciones. Aquel frenesí eléctrico nos agarrotaba los nervios. Parábamos en seco. Era la tijerada ciega del cuévano cuando se va a vendimiar sobre las artolas disputables y el mulo se espanta y no hay camino y nos lanza por la collera contra la cuneta. Tiras del ataharre y te quedas sin mano o sin cabezal.
-¡So¡
-Que te dije que pares. He dicho.
Era el silencio de los corderos en aquellos claustros por donde ya nadie pasea ni medita. La rectoría vacía. El sagrario sin eucaristía. Desde que llegó el Día del Odio nos expulsaron de nuestros sueños. El templo sin un alma, algún que otro viejo, que se prepara a bien morir. A las iglesias ya no acuden feligreses. Van visitantes. Hubo una segunda gran denudación de los altares mucho peor que la luterana. Alguien voló sobre el nido del cuco. Pasó el sembrador de cizaña. Lanzó al aire metiendo mano a su morral la semilla maldita el enemigo y os ha dejado sin tuétano. No cruzó los campos de noche.
Para mayor vergüenza nuestra llegó de día y las gentes de los pueblos que estaban sentados al fresco en el poyo de la entrada le dejaron hacer pues explicaban su indolencia con el refrán ni mío es el trigo ni mía la cibera muela quien quiera. Las buenas gentes se calaron un poco la visera. A buen seguro que les molestaba el sol un poco y miraron para otro lado. Llegó la Bestia y muchos pensaron que habían venido los titiriteros. Prepararon un gran banquete para Ella, la fiesta de la libertad, y pusieron a punto el corral de las comedias. Un corral de comedias cibernético que cada uno montó en su propio cuarto de estar. Aquí cada uno va a los suyo, hijo. Esta abulia y esa indolencia de los malpensados y los acomodaticios torturaron mi vida. No se puede sin embargo remar contra corriente. ¿Por qué no reaccionáis? ¿Y que vamos a hacer, qué quieres tú que hagamos? Nos han arrebatado el alma. Los ratones se comieron todos nuestros bodigos. Palmaditas que suenan a hueco por delaten y por detrás te preguntas con tristeza pero ese carcamal fue niño de coro conmigo. No puede ser. La juventud se fue, nieve en la cabeza rescoldos en el corazón. Ese era el pavor que se leía en nuestros rostros y nos dejaba lívidos. Horror vacui. A muchos les había salido la hoja roja. Ya quedaban pocas planas por llenar. Aquel medio siglo supuso un continuado auto de fe.
Lo extraño es que muchos no hubiéramos abandonado la fe. Por otro el resquemor del agravio y la reivindicación. Ay esas puñaladas que nos dejaron costurones en el corazón. En estos tiempos en que está de moda abrir fosas de la memoria. Nosotros aquel día acudíamos al gran caserón destartalado de traza herreriana para recuperar la memoria de nuestra infancia, algo que se nos debía y nos habían arrebatado. Nadie nos pidió perdón. Nadie nos presentó excusas ni siquiera dijo lo siento. La Iglesia suele a veces ser intempestiva y poco misericordiosa. Jamás nos dijeron sorry aquellos cabrones. ALesmes por ejemplo no le dejaron ser cura porque le daban ataques epilépticos. Padecía gota coral. Le enfermedad de los cesares, de los líderes y de los grandes transformadores del universo. Así y todo lo mandaron para casa. “Tú no puedes ser cura”.
Primitivo se fue a una romería y le dijo el rector de mañana al día siguiente de la juerga no vengas y le esgrimió el primer articulo del Reglamento: “Serán expulsados los díscolos, los incorregibles”. Mañana no vengas. Y todo por haber ido al baile a ver el personal y donde por cierto no se comió una rosca. Si lo sé no vengo pero todos habíamos venido. Cristo no había faltado a su palabra. Los hombres tal vez sí y allí estábamos todos como unos pipiolos para honrar a la Virgen de los Tránsitos. Muchos faltaban. Algunos como Geñete se nos había muerto una fría noche de Reyes. Otros estaban “missing”. El tiempo y los pedriscos diezman las cosechas ¿Se habría tragado la tierra a Valdivieso el hijo del cabo de Vegafría, el mejor preparado el más competente, una lumbrera, una eminencia? Le decían Tinta Fina. Debía de ser por su elegancia y por su capacidad intelectual. Era capaz de memorizar una tesis en latín de diez folios y soltarla sin comerse un punto ni una coma. También los había torpes. Por ejemplo Aldeorro, un vocación tardía. Nos llevaba cinco años y cando a los demás no nos apuntaba el bozo él ya se afeitaba barba carrada pero un zote. No sabía ni hablar. Por decir la cosa cambia él decía “no cambea” según el lenguaje de por ahí de los castros los pueblos de la sierra que aún seguían canteando a los forasteros cuando pasaban por el valle y estaban un poco sin civilizar. Pero llegó a cura fíjate tú lo que son las cosas y era el ultimo de la clase y los profesores lo dejaban por imposible. ¿Dónde está Aldeorrillo? En el pelotón de los torpes. Antes de entrar en el seminario había estado con las ovejas. Por la cuenta que le tenía le importaba mucho ser cura. De lo contrario tendría que regresar a casa con el rebaño y guardar las trescientas churras que apacentaba su padre.
No habían sido ordenados los mejores. Por ese cabo la Iglesia no elige la excelencia sino la sumisión. Y aquel menoscabo había marcado un poco nuestras vidas. Era nuestra asignatura pendiente. Sin embargo quedó en algunos de nosotros la semilla y la palabra marcada a sangre y fuego. “Cristo no os abandona. También vosotros sois los elegidos”. Yo había escuchado aquella voz y me había levantado al calor de las palabras dulces y precisas del Maestro: “sígueme”. Pero yo qué sabía. Mi vocación había nacido viendo una película en que Bin Crosby trabajaba de cura en “siguiendo mi camino”. Luego en unas ferias mi madre me adoctrinó sobre lo bien que estaban los curas, lo bien que vivían. Tienen su paguita, sus monjas, sus latines y hasta les atiende un ama. “Pero tú no vas a tener necesidad de doméstica. Tu padre y yo nos iremos contigo y te asistiremos y tú cuidarás de nosotros cuando seamos viejos” mi progenitora me estaba haciendo la propuesta de un seguro de vejez. Sígueme. Le seguí pero a tientas y a ciegas. Salvaré muchas almas para Dios. Me iré a misiones a evangelizar a los chinitos Y “Sígueme” se llamaba la revista a la que yo estaba suscrito y que leíamos de pe a pa. Era una publicación mensual. Yo guardé muchos años encuadernados todos sus números. Siguiendo mi camino. Y Bing Crosby en aquella vicaría de paredes embonadas de madera noble. Con abrecartas de oro y escribanía de cuero repujado buenos cigarros puros y buen brandy sotanas de límiste de Corobias y pufos de cura , el alzacuellos que era una roca de puro almidonado, y con cleriman a lo padre Peyton. Esa era mi vocación. Creo que mi vocación de cura es lo mismo que mi vocación de escritor, una lucha por el poder, una pugna para que te tomen el nombre, para ser algo y buen parecer.
Muchos son los llamados y pocos los escogidos pero ¿qué quería decir aquella frase? No estaba seguro. Unos días quería ser fraile si habían puesto en el cine del barrio la película de Fray Escoba y otras marinero de altura si echaban Pescadores Intrépidos o bucanero del Caribe si la sesión era de piratas. El cine la propaganda tiene que ver mucho con el molde de las mentes en la centuria en que yo crecí que fue el siglo XX. Tenía que ser diferente a los demás.
Salvar almas para dios pero qué es salvar las almas. Tenía que ser un hombre distante fuera del mundo. Poco comprometido. Sin embargo todos los sacerdotes que conocía llevaban una vida cómoda. Tenía una paga y una vida cómoda. Arduo es el camino de la santidad lleno de abrojos nos decían en los ejercicios espirituales en los retiros en las admoniciones y en los coloquios. Los ojos bajos cuando se va en fila la modestia el cuenta de los pecados (bolitas ensartas en una cuerda) y el rosario entre los dedos siempre el rosario. Nunca salgo de casa sin persignarme y con las ceuntas de los cinco Misterios en el bolsillo. Y el examen de conciencia todas las noches. ¿Pero cuáles podían ser mis pecados en aquellos inocentes tiempos?
No lo tenía del todo claro pero era evidente que todo aquello me atraía sobre todo la pompa liturgia y las misas en latín. Abandoné el seminario y casi mi fe se derrumbara cuando suprimieron la rica liturgia en latín. Hacía preguntas sin respuesta y luego seguía indagando hasta convencerme a mí mismo de que yo quería seguir a Cristo porque representaba el bien la verdad y la belleza. No podía haber mejor representación de aquel cristo en un idealista un soñador un iluso como soy yo. Me sumía en los efluvios de luz de esa claridad vesperal que penetra en oblicuo a través de los vitrales multicolores de las catedrales dejando un poso de quietud que es añoranza del cielo. Amé de siempre las sonoridades del canto llano y los pergaminos venerables reclinados sobre el inmenso facistol del coro que había en la catedral de Corobias. Yo tenía una vocación contemplativa y que la paz de los días siguiera a la paz de las noches. En realidad mi vocación por el sacerdocio era una llamada a la Palabra desde mi inclinación a la literatura. Dios se esconde dentro delas páginas de los libros. Esa concupiscencia del conocimiento aun me domina. Puede que sea un lastre. El señor se manifiesta en las frases y en las profecías. Huía del mundo. Era un cobarde. Me refugiaba en la literatura. Ordenarme no seria un pasaporte a los desconocido sino un peldaño en la escalera mística que lleva a la contemplación de su rostro. Yo soy el que soy.
En las páginas del misa se fraguó no sólo mi vocación al sacerdocio, si es que alguna vez tuve alguna y mis inclinaciones literario-periodísticas. Ninguna de ambas aptitudes me han servido de nada en la vida. El problema estuvo en que no sabemos diferenciar la verdad de la propaganda (y los curas son unos buenos propagandistas) ni cribar el trigo de la paja.
III
Sin embargo ahí estaba la troje, el viejo montón de tantos recuerdos, el hilo gnóstico de los ejercicios de piedad, las tardes de retiro. La memorización de las cuatro declinaciones latinas, la existencia reglamentada a golpe de campanas desde que te levantabas y después del aseo te vestías la sotana hasta la campanada de la noche llamando a preces y tocaban silencio. Luego los ejercicios de piedad, las jaculatorias que aun repito “antes morir que pecar”, las letanías los días de rogativas que se cantaban en la iglesia del Mayor muy solemnes por San Marcos o las témporas de setiembre; o el rezo del vía crucis rodeando en circulo el pasillo de los Tránsitos y aquella canción penitente con su correspondiente coda o estribillo: “Perdón oh dios mío, perdón e indulgencia, perdón y clemencia, perdón y piedad”. Me gusta la palabra piedad. Pietas. Precisamente en el cerro de la piedad extramuros donde los romanos había alzado un altar a Dafnis el dios bucólico estaba ahora lo que llamábamos el Monte de Piedad. Tres cruces y una especie de oratorio. Allí empezaba la tierra roja y los caminos que conducen a Tejadilla. Algunas tardes me quedaba mirando aquel calvario y me preguntaba si no había sido en Corobias y no en Jerusalén donde crucificaron al Maestro. Era la idea que expresaba un cuadro que había visto en el monasterio del Parral del que abajo hablaré y que pinta la crucifixión con el acueducto la catedral y las catorce parroquias como telón de fondo. Nos decían que teníamos que ser santos y evangelizar, misionar pero eso no lo tenía yo del todo claro. Pobre de mí; querían hacer de mí un apóstol y yo no valía nada. Las dudas, pues, colmaron mi percepción casi desde el principio. Si allí estaban clavadas tres cruces en el monte del olvido al subir hacia el camino de Tejadilla. Ahondábamos en el complejo de culpa. Pero la Iglesia resulta que no nos quería, nunca nos quiso, nos utilizaba, la Iglesia no sabe lo que significa la palabra amor. Nos inculcó el penoso complejo de culpa. Nos adoctrinaron sobre la maldad del sexo y la comisión del pecado de la carne que llevaba aparejada la condena del infierno. Que asco qué pena que infierno más rico. Creo que nos castraron, nos cercenaron de por vida y estos complejos determinaron que nuestras relaciones con las mujeres no fueran del todo normales. Por ese cabo éramos tipos muy anormales. Algunos remataron en monstruos o en sádicos. En fin, el sexo era una pesadilla. ¡Perdón, oh dios mío!
Tuve la sensación de estar regresando a un nido vacío. Éramos los náufragos que llegaron a puerto. Su nave se les había hundido. Pero sobre todo estábamos vivos. He de decir a honrilla mía que aquel cónclave del cual no saldría ningún Papa pero tampoco ningún obispo había resultado el fruto de mis desvelos y de mis búsquedas por la Red. Había encontrado una fotografía de cuando éramos latinos y, digitalizada, la colgué en mi página, y empezaron a llegar reacciones interesantes. Busco a mis viejos compis. Pero nadie contestaba. Los pipis o pipiolos se los había comido la tierra. Primitivo y Pipe los que se fueron al baile nunca vendrían. Ella nunca escribiría. Nadie se bañaba jamás en la misma fuente. ¿Éramos unos ilusos?
El seminario nos enseñó a ser sufridos, orgullosos, taimados pero también entusiastas, contumaces y devotos de Santa María y yo creo que fue un milagro de la Virgen de los Tránsitos que estudiáramos allí los 24. un número cabalístico. Cuando llegué a la huerta que servia de aparcadero –ya no se escuchaban los estampidos de los balonazos, el tañir de la campana y el griterío corralero de los recreos- sólo un silencio de jardín umbrío. Las acacias y los pinos habían crecido mucho. Los matacanes y las almenas estaban en su sitio montando la vela a la ciudad aunque con las matas de parietaria algo más crecidas. Justo en medio del lugar donde nosotros jugamos al frontón y soñábamos ser un día armados caballeros de Xto., estaba el cuerpo de guardia en la edad media. Debían escucharse por todo el frontón los gritos de alarma de los cabos:
-Centinela alerta
-Alerta está.
Y la guardia subía por aquellas escalerillas de doble vertiente que a mí me impresionaron y en cuya tapia al resguardo de sus muros de cantería, estilo castrense, estilo imperial, me hicieran a mí la primera foto de curilla con bonete beca roja sotana y todo. Bah.
Centinela alerta. ¿Se dormiría todo el relevo en aquel tiempo? No lo puedo especificar con una fórmula precisa porque tengo el ánimo tocado y mis sentimientos son encontrados al respecto. Se nos durmió la guardia y el centurión se había marchado a la taberna a emborracharse. ¿Simón dormís?
El apóstol daba cabezadas. La morera centenaria en el extremo oeste de la muralla, un moral abuelo que daba copioso fruto por el mes de junio y nos hartábamos de moras que tu no veas y nos mancábamos los carrillos de berretes y el delantal del guardapolvos lo poníamos perdido y para mandar a la tintorería. Las manchas de mora no se quitan pero hermoso que llegara la primavera y ver al moral englobarse orondo y lindo allí en la soledad de las tardes y al sol de las mañanas gloriosas con sabor a rosquilla de pascua a canción virgen y roquete nuevo. El fruto granaba a últimos de mayo coincidiendo con los exámenes de música y había que solfear para presentarse al examen de don Josué del Morral, que era beneficiado y maestro de capilla de la catedral. Una mala bestia pero con un oído exquisito. Nos enseñaba latines, nos daba solfeo y de fino agudo si alguien desafinaba en el coro se ganaba algún sopapo. Fue uno de los primeros maltratadores que tuvo aquel seminarista. Él y el gallego. Vaya dos piñones que no dos curas. Genio vivo. Sí, don Josué del Morral tenía el temperamento sanguíneo y los andares rápidos, mal genio y muy buen oído. Los dos solían gastar talares caros y sotanas y tejas de felpa del mejor cachemir.. En el moral estaban colgados como el crecal de Israel, árbol del destino, nuestros nombres. Acta est fábula. Don José del Morral me mando al pelotón de los torpes. Decía que yo no sabía latín y que no tenía oído. El clérigo suele ser egoísta por lo general y, amén de eso, éste era avaro y a mi hermana le quitó una herencia de la Maruja y la Carmen las dos solteronas. Fíate y no corras de aquel profesor de moral buen músico, aun recuerdo sus ojos trasparentes y azules y sus andares con gran desparpajo salamantino. Era una de las fortunas del cabildo. Cuando dirigía los coros del himno a nuestro santo tutelar el 25 de octubre – en tal fecha celebrábamos san Frutos- ponía las bóvedas de la catedral boca abajo.
Yo me meaba en la cama. Lo pasé mal pero en aquel caserón había gente buena y uno de los hombres de los que más grato recuerdo en mi vida fueron don Pedro Recio el prefecto, don Julián Garúa Hernando el rector y luego el Padre Heras el que sería mi maestrillo en el otro seminario al que fui a parar, el seminario de Comillas. Eché en falta a aquel moral que debió de secarse milenario. Debió de ser tallo de sardón cuando Trajano mandó edificar el gran puente del Acueducto. Vio luego venir las razzias del moro Almanzor que no lo talara. Estaba en un rincón un poco a trasmano intramuros y cuantas veces escuchó llamar a misa. Seria testigo presencial de las batallas comuneras. Y vería pasear por aquella huerta a los padres Laínez y Suárez enfrascados en discusiones teológicas durante las horas de recreación que los jesuitas llamaban quiete. También los novicios del antiguo tirocinio con los frutos de aquel moral padre de todos los árboles de la ciudad amurallada se pondrían los morros perdidos de berretes. Allí estuvieron y filosofaron los buenos padres de la SJ a la sombra de la Aceitera y su campanario bisulco contemplaba en éxtasis la sierra. Allí seguía envuelto en un manto de nieve los inviernos que se volvía pardo en primavera la Mujermuerta el infante a su lado también dormito y chapándose la chota eternamente. Falta por decir que el frontón donde jugábamos a la pelota era el escenario del Teatro de Cervantes. Muchos domingos por la tarde nos quedábamos parados escuchando el rumor del cine sonoro. Las películas de Gary Koper solían ser muy concurridas pero a los seminaristas no nos dejaban pasar. Un bando del obispo prohibía a los sacerdotes de la diócesis ir a los puros, el futbol, el teatro o cualquier público espectáculo. Tardes tristes, pero muy llenas y fervorosas, que nos harían sentirnos diferenciados con el procomún de las gentes y a causa dello puede que después yo pegara no pocos bandazos- de plegarias, estudios, silencios y caminar en fila tres en fondo; sólo se escuchaba como el rasguillo de guitarras neutras el frofro que producían los pantalones bombachos de pana y las faldas de los guardapolvos.
-Iste confessor.
-Nunc dimittis.
-Sermone latino.
-Nunc et semper.
-Siempre. La poesía y la mujer de tarde en tarde pero al vino siempre.
Y lo que decía uno: Mulieres aliquando. Homerus quotidies sed vinum semper. El vino eucarístico que no faltara. Entre pámpanos y rosas, libemos, hermanos, adoremos a Fray Jarro. ¿Y de lo que te di? Entre putas y rufianes me lo fundí. Risas locas y desbaratados del “culleus” o pellejo de vino ese icono con un cuello largo pero sin cabeza, los brazos cortos y un par de piernas que son una mierda pero con una gran barriga de odre y que nos esperaba con gesto mefistofélico y sardónico a la puerta de la Gran Taberna de San Marcos. Cada melopea es una caja de sorpresas. Todas son distintas. Todas ponen. Todas hieren como las horas pero la última mata.
-Omnes caedunt. Última necat..
Cada una tiene su propio son y su exclusivo badajo. El vino es el bronce de la existencia. Llama la campana a sus eucaristías. Unas veces bolea y otras repica. A veces nos introduce en el templo de Baco a garrotazos. Es como una purificación de la cual prende la catarsis. Traidor fuiste en mi vida, Erifos. Te amo y te odio al mismo tiempo. Busqué la querencia de los barrios húmedos no me mataron de milagro y me ahogue en esos fondos turbios de tabernas frías oliendo a estaño bajo la luz indifernte de lámparas impersonales. He visto pocos mandiles masónicos pero unos cuantos de mandiles de tabernero que echa pesetas al cajón mientras finge camaradería. Ellos son peores que la prostitución. Más duro que la pasma o la propia Inquisición. Ahí va la conversación buscona e interesada de los mesoneros –había que bombardear todos los bares de España y condenar a la silla eléctrica a sus dueños ninguno hay bueno- y copié la sonrisa estúpida del Jumilla o atraparlos a todos bajo las ruedas oscuras y sanguinarias del carro del Falerno.
La historia de España-bien lo supo captar Velásquez con su ojo crítico- es la historia de una gran borrachea donde las broncas y las risas resuenan atrapadas y estrepitosas en medio del diluvio, el maniluvio y el pediluvio de las barras. Todas son siniestras. Bastardas. Una estafa. Cualquier pelagallos monta aquí un bar o un restaurante sin tener la menor idea de lo que es psicología. La historia de mi vida es una caza de mariposas que fueron espejismos y de idas y venidas a la búsqueda del laurel de Baco. Subí al Olimpo de los grandes bebedores. Me emborraches de vino. De plegarias. De literatura. Cuando me muera, el forense que me destace sólo encontrará n mis venas torrentes de tinta y de mosto
Aquella mañana de septiembre con el sol ya en la carretera salí de mi casa y enfilé el túnel de Guadarrama. La sierra estaba bella y en calma como una inmensa ola de granito ofrecía la tersura del diamante con el rocío del día recién estrenado y de la cencellada.
IV
Era un día de septiembre augusto sin nubes en el horizonte. Los pipis habían acudido a mi llamada desde la Web. Dada la habilidad de los hispanos para tergiversar las cosas, sacarlas de quicio y murmurar a espaldas, aquello a mí me parecía un milagro autentica de la Virgen María. ¿Por fin algo me saldría bien alguna cosa?
Conducía contento escuchando la radio a través de aquel paisaje tan familiar tan trillado y recorrido viajes y más viaje desde la infancia pubertad adolescencia y madurez. Ya soy un viejo de vista cansada. Pues no lo parece. El manto de la Mujermuerta se había orlado con algunas urbanizaciones en su falda. Era el misterio de la naturaleza que permanece inmóvil y quieta mientras nosotros marcamos el paso hacia la muerte. La vida que conjugamos no es sino un verbo transitivo.
En mis tiempos siempre fue territorio virgen que invitaba a la escalada. Nieve y glera. Era nuestra montaña mágica y hoy la difunta Cuaternaria cadáver de roca viva y monte mítico ofrecía un perfil de juventud, se le había afilado la nariz y resaltaban los labios como túmulos. A su regazo entre cendales y blondas de granito resaltaba la cabecita de su infante chapándose el dedito. La autopista hacia convertido en un paseo militar lo que antes era ruta de arriero con muchos barrancos y hondonadas y hasta un puerto el portachuelo antes de llegar a San Rafael acortando en más de dos horas el trayecto. Veloces van los tiempos. Por aquella ruta melancólica caminos de Riofrío y Valsaín hizo Severino su primera excursión a Madrid y le condujo hasta un hotel de tronío de la capital el padre de su amigo Paulino que era taxista. Severino se durmió en su luna de miel, acaso una venganza divina por haber vuelto la vista atrás cuando se encaminaba al altar del sacerdocio. La primera vez cantaron todo el camino. La segunda, iba triste y pensativo a sabiendas de que le esperaba un tiempo difícil. Pero la verdad como la realidad es poliédrica. No somos más que amanuenses y balagueros barriendo nuestra propia red El horizonte impertérrito mostraba los vacuos del llano amarillo y al fondo siempre al fondo la torre de la Dama de las catedrales egregia y avistada apenas eran tramontadas las alturas del puerto al descender por la cordillera hasta la meseta de trigos y pinares tierra de pan llevar.
Wad-al-rahmá río de cantos, un río para una tierra de cantos y de santos. Me sentía lleno de excitación y con ganas de echar humo; tuve que parar al entrar en Corobias a comprar en un estanco frente a la Base Mixta a mercarme un purito barato. En ocasiones así siempre le entran a uno ganas de fumar. Muchas calles se habían convertido en peatonales con la nueva reorganización urbanística y acabé en Cantarranas. Un detalle recuerdo que no se me olvidará. Por una de las calles aláteres a las viejas caballerizas de la Academia de Artillería desemboqué en la misma barra de entrada al cuartel. Un recluta oriundo de aspecto muy poco marcial nos hizo señas para que reculase.
-Aquí no se puede pasar, señor. Es zona militar.
-Pues vaya. La cosa tiene tres pares de perendengues. ¡Mira que voy a perderme en mi pueblo!
Estuve por decirle al guripa trasandino que se cuadrase pues tengo el grado de alférez y que se limpiase las botas pues estaban sucias y que creciese un poco más pues en mis tiempos un artillero así no hubiese dado la talla pero eso pondría peor las cosas. Desde el cuerpo de guardia un brigada con aire displicente y con poco que hacer me observaba a mí y a mi coche metidos en el cul de sac. Habíamos caído en la ratonera. Me fijé en él. En su sardineta. En los rombos con la bombeta de artillería. Cual no seria muy sorpresa cuando a los pocos días al ver aquel rostro en los periódicos me acordé que era el mismo suboficial al que había asesinado ETA cuando se iba a bañar a Santoña. Al cabo de una odisea logré enfilar por san Milán, Santi Spiritus y el Arco del Socorro, subiendo por Jesuitinas y por los trascorrales de la catedral hasta dar con la plaza del seminario. Allí había un corro de unos cuatro o cinco que estaban esperando:
-Salutem plurimam
-Salutem.
No me reconocieron más que por la voz que debía de ser la misma que cuando niño. Todos habíamos cambiado mucho pero la vida sigue igual. Salutem plurimam. Decíamos ayer y desde ese ayer habían pasado cincuenta años. Aquel instante fue uno de los escasos gratos momentos que me había deparado la existencia tan poco generosa conmigo en los últimos lustros (todo me sale mal) pero tampoco es para tanto no te escames, Severino; considera todos los considerandos no te vayas ahora tú a subirte a la parra y casi lo catalogaba de un éxito personal pues la fe mueve montañas y yo creo en el principio telepático primera razón de prueba de que Cristo está en la historia flotando entre las alas del bien. ¿Satisfacciones personales? Muy pocas. La estaca. La vida a mí me lo parecía me había tratado a batacazos pero a otros les estaba ocurriendo tres cuartos de lo mismo y no se quejaban. No te pases. No lances las campanas al vuelo. Mire a lo alto y recortándose sobre el aire diáfano de la claridad de Corobias observe la torre de la Aceitera. Sus campanas estaban mudas desde hacía muchos años. Sin embargo a mí me pareció que estaban tocando a gloria cuando entrábamos en la capilla y nos prosternamos ante la imagen de la Virgen de los Tránsitos.
Mas nos valdría entonar un Te Deum laudamus, darse golpes de pecho y lavarse la cara con agua bendita, rezar el confiteor de la penitencia y pedir la iluminación de lo alto con el Veni Creator con el que comenzaban nuestras tardes de retiro espiritual. Habían pasado cincuenta años.
La Iglesia que es sabia y ceremoniosa y tiene una respuesta para cada oportunidad, un pedir para cada necesidad, preces y letanías de todo tipo, a nosotros los rebotados, los que nos salimos, según se decía, no encuentra lugar donde meternos. “Los díscolos, los incorregibles serán expulsados del seminario” rezaba el primer artículo del reglamento que algunos supieron de memoria.
Nos aplicaron el ladrillo de Roma y Roma locuta, causa finita.- así rezaba el viejo adagio- ya se sabe. Y quedamos con la marca, el baldón. Y con el capuz de los sambenitos podíamos marchar arrastrando cadenas tras los pasos de la procesión de jueves Santo y escuchar en nuestros talones el mismo rumor:
-Mírale. Ese penitente iba para cura. Se salió. Le gustaban las mozas.
-¿Y a quien no?
-Pero los curas no pueden casarse.
-¿Quién lo ha dicho?
-Pues el Papa. Quien si no.
-Ah
Y Roma locuta causa finita. Nos aplicaron el ladrillo de Roma y fuimos por la vida con aire de tristeza de excomulgados.
Éramos los Ángeles caídos. Se nos miraba con cierta distancia indiferente que llegaba a ser compasión en determinados casos, con alguna prevención, como si fuésemos los parias, la escoria de la Iglesia; y el tópico del seminarista rebotado había constituido un filón de argumentos para la novela social española del siglo XX.
Y todo por lo mismo: una disposición canónica aprobada por el Concilio de Elvira, estipulando que los curas fueran célibes y sólo se puso en practica cuando entraron en vigor las normas de Trento once siglos más adelante. En el ínterin, la jerarquía miraba para otra parte y hasta estuvo bien considerado que los obispos manejaran armas, marcharan a la guerra y tuvieran coima. Pero que contrajesen matrimonio, no. Más que razones de santificación de la persona o por cuestión de moral, la cuestión era puramente secular y económica. En las hijuelas y las particiones de herederos se producían muchos pleitos y en Castilla se declaran no pocas guerras. La jerarquía dijo entonces quita quita y se desembarazaron del mochuelo. Así que se hizo virtud de la necesidad. Cuando algunos feligreses iban con el cuento al obispo de que su párroco vivía amancebado, tenía mozas y en ocasiones contaba con un harén, la Iglesia miraba para otro lado,
El primado de Toledo el cardenal de España don Pedro de Mendoza presentaba muy ufano a sus bastardos a la Reina Católica.
-Ya veo, ya, Eminencia, los bellos pecados de su Ilustrísima.- decíale la Reina Santa mientras guiñaba un ojo a su cardenal.
Por lo visto el hecho de ser fornecinos de dignatario eclesial les confería no solamente un título de nobleza sino también de hermosura. Sin pasar por alto que los monasterios y las catedrales nutrieron sus filas con candidatos a la canonjía o al cordón y el escapulario monástico con aspirantes al sacerdocio y novicias nacidas fuera del tálamo. ¡Ah los bellos pecados del cardenal!, Decía doña Isabel como disculpando al ínclito príncipe de la iglesia pero nosotros no gozamos de las mismas condecoraciones.
-Mírale. Ahorcó los hábitos.
-Qué jodío.
-Es un bala rasa.
-Sí. Sí. Sí.
Las viejas cotorras de este país emporio de la envidia y la murmuración no daban respiro al comentario sobre el corte de mangas, trajes y hasta la sotana hecha trizas del pobre aspirante al presbiterado que colgó los hábitos y a nosotros nos colgaron la etiqueta de Ex. Uno anduvo en lenguas con la letra escarlata a las espaldas. Los más estúpidos decían una sandez:
-También se puede servir a dios fundando una familia cristiana y siendo un honrado padre de familia.
Los que así decían confundían el culo con las témporas, la velocidad con el tocino pues consideraba que el catolicismo era un problema de bragueta. Sólo había un pecado para aquellos cristianos de vía estrecha: el relacionado con el sexto mandamiento. Estuvimos sujetos sin haberlo comido ni bebido a un injusto malditismo y a ser el chascarrillo y la maligna sonrisa en muchas bocas
Los más americanizados decían:
-Oh yea.
-¿Quién nos levantará la excomunión, quien borrará el estigma y el baldón?
Teníamos desde luego madera de santos pero hicieron de nosotros un doctrino y unos perfectos hipócritas.
En este tiempo de la Memoria mitótica la holística y la holocaustiza y la otra del espíritu faustino y democrático nadie me ha pedido perdón a mí para exonerarnos de la letra roja, ni dijo “mira chico, disculpa por aquellas carbonadas”. Todavía. Eran carbonadas espirituales bien es cierto pero no dejaban de ser cabronadas o putadas. Que putadas a patadas Los más fuertes sobrevivieron otros se fueron al carajo pero a mí me hubiese gustado escuchar la palabra “sorry” en la boca de algún obispo o de un arzobispo. Claro que nosotros resultábamos muy incómodos a la jerarquía. Nos preparábamos para un ministerio inexistente cuando san Frutos se disponía a pasar la página de su libro de piedra y llegó Paco con la rebaja esto es el Escamplero tijeras de poda en ristre que darían la vuelta a la liturgia, la teología, el concepto de sacerdocio ministerio pero nunca el celibato que va y eso hubiera sido lo primero que reformar, se lo ponían a huevo pero al Vaticano no le dio la gana. Don Gil de Albornoz, aquella mala bestia que ocupó la primacía toledana, amigo de Benedicto XIII, se mantuvo en sus trece y volvió a enchiquerar al bueno del arcipreste de Hita que no era mala persona pero clérigo golfo y un tanto corredor a lo giróvago. Torteras y lanzaderas. Las serranas de los puertos, ya hospitalarias y acogedoras, eran sus novias por una noche. Él fue el que dijo que tendrá la mujer grande que no tenga la mujer chica y por dos cosas vive el hombre: por haber mantenencia y haber ayuntamiento con fembra placentera. Las puras realidades de la vida. Aquel clérigo mozárabe sabía latín. No había quien lo sujetara.
Pero ay amigo la Iglesia nunca dice lo siento. Disculpas jamás y reclamaciones al maestro armero.
Sin embargo, Cristo bendito, nos perdonaba y nos seguía considerando sus discípulos. Para eso un día nos llamó y nos dijo:
-Tú eres sacerdos in aeternum secundum ordinem Melquisedech.
El abrazo y la bendición del Señor eran mucho más importantes para mí que la acolada y la imposición de manos que
-Eminencia nos quita las buenas para que nos vayamos con las
Malas – se quejaba Juan Ruiz cuando el arzobispo de Toledo le echó los cánones encima, un poco como el que azupa un perro a un peregrino porque se resistía a echar al ama que era su concubina o barragana de casa.
Total que lo metieron a presidio y siete años entre rejas por una simple protesta. Por semejante desafuero no he visto ningún papa que haya dicho lo siento, Juan Ruiz.
Cuando salió suelto peregrinó a Roma para recuperar las cartas dimisorias. En la ciudad eterna se llevaría otro fracaso. Y yo vi allá en Roma do es la santidad que todos al dinero facían humildad.
Nuestra Santa Madre Iglesia puede ser un poco madrastra con sus hijos más legítimos aunque descarriado y con esa idea veníamos aquellos letraheridos por la ilusión del sacerdocio, de conquistar el mundo, de ganar almas para dios. Vaguedades y simplezas aunque no cabe duda de que nos inculcaran ese espiritu proselitista y otras muchas cosas que dejaron una marca indeleble en el corazón. Sí; teníamos que reunirnos, saber de nuestras vidas, contarnos unos a otros nuestro pasado. Sería seguramente la mejor confesión.
La idea tenía su motu propio y respondía a una iniciativa mía pues soy un balaguero de la Red un alojero normal y corriente, como me llama Raúl del Pozo. Soy un diácono que entona la epístola desde el ambón y que canta las verdades del barquero pues lucho y he padecido mucho por la verdad y la justicia.
Hoy todo es posible gracias a Internet. En una ocasión mirando un viejo álbum encontré la foto de 1956 tomada por el fotógrafo Ríos aquel gordo que había sido capitán de la Legión y no paraba ametrallando el obturador de su Leika contra todo lo que se movía. Vivo entre recuerdos y archivos fotográficos.
¿Qué otra soy yo, sino un archivo? Se me alargó la cara, mis huesos se encogieron. Represento un anaquel cubierto de polvo y de la ilusión de los viejos libros y uno escribe no para ser leído ni tenido en cuenta sino para cambiar el mundo. Llegaron los del boom tan finchado. Estalló el globo. Los fotógrafos, los periodistas, suelen ser gente extraña, poco acomodaticia pero, cuando son de casta, y no se convierten en corifeos de la orquesta ni en meros aduladores del poderoso, gracias a ellos tenemos el testimonio de una época.
Los tiempos que nos tocó vivir. Al mirar la instantánea tomada por Ríos la primavera del 56 en la cual aparecía yo casi irreconocible en la última esquina de la última fila, me pregunté qué habrá sido de mis pipis, de mis pipiolos. ¿Qué habrá sido de Ríos el retratista? Pues bien yo soy el retratista, el fotógrafo, el cronista y el escribidor. Toma tu camilla y echa andar. Escribe y relata. Clama no ceses. Volví a escuchar la Voz interior. Su timbre es inconfundible. Acaso sea la voz de Dios que posa sobre los renglones torcidos de nuestras vidas. Él está siempre escribiendo al derecho por más que nosotros pecadores aleemos por el mundo a tientas y a ciegas.
Aquel seminario en que nos domaron y nos metieron en vereda se parecía por lo espartano a un cuartel. El prefecto o presidente daba las mismas voces que un sargento mayor por aquellos tránsitos que eran los campamentos de dios:
- Aprended a disciplinaros, hijos míos. Someted cuerpo, negaros a vosotros mismos.Nosce te ipsum.
¿Me conozco yo en realidad?
Dijo San Pablo que la vida es malicia milicia y, además otrora había sido el edificio en que pasé parte de mi infancia y adolescencia Casa de la Compañía.
- A formar, compañía… ar
- Vita militia est.
Al entrar allí es como si me hubiera apuntado a la legión. Quise ser soldado de Cristo.
La Compañía; este es un vocablo de la jerga castrense que al santo fundador de los jesuitas se le ocurrió cuando giraba visita a los Tercios Españoles de Flandes cuando era estudiante pobre de la Sorbona y subía hasta Amberes o navegaba hasta Londres, donde había españoles, pidiendo limosna.
Él mismo había sido soldado y mercenario bajo las filas del Duque de Nájera.
Así como en los regimientos a los reclutas bisoños se los denomina caloyos a los de primero de latín los conocían como pipiolos. Otros nos decían curiñas. Escribí un artículo, colgué la foto y al poco ya me estaban llamando del Adelantado de Corobias y hasta el obispo don Ángel Rubio se interesó por el asunto y nombró a una comisión encargada de sacar adelante mi propuesta de concilio.
Habían pasado medio siglo y dos años desde que Ríos disparó su objetivo y bajado mucha agua bajo los puentes del Clamores y del Eresma. Algunos como Eugenio Pérez Casla habían fallecido, otros habían desaparecido. Se los tragó la vida. Sin embargo, a grandes rasgos la respuesta fue nutrida. El cinco de septiembre del año ocho estábamos todos o casi todos. Ya sexagenarios. Cada uno con su propia vividura a la espalda pero con los recuerdos de aquellos años que modularon nuestra personalidad y nuestra forma de ser que aquella mañana de fines de verano era la del día después de un viernes en que cantamos el oficio y nos fuimos a acostar con la oración a la Virgen del Sub tuum presidium[1].
Cada uno acarreaba su experiencia vital, su auténtica visión del mundo. En ese momento cuando volví a trasponer con mi coche la puerta carretera de la huerta y desear a mis compañeros que aguardaban salud,Salutem plurimam[2] era como si me dirigiese a la concurrencia con un decíamos ayer. Algo emergía, se rehabilitaba un mundo nuestro. Salíamos a flote después de las cárceles de las almas o de las prisiones y torturas físicas de las Celdas de la Inquisición que padeció Fray Luis de León.
En mi caso no he sido torturado pero sí vilipendiado, escarnecido y padecido lo mío por el bien y la justicia en unos tiempos cuando el pensar por tu cuenta y mantener un criterio honesto te depara las calderas de Pedro Botero del ostracismo y sobre todo del ostracismo interior, que es el peor de todos los castigos. Hay que jugar a la presencia y estar como si no estuvieras.
Una mano negra de la calumnia y puedo decir con el excelso Fray Luis en sus odas “aquí la envidia y la mentira me tuvieron preso”. Dichoso el sabio que se retira de este mundo malvado y en el campo deleitoso con pobre mesa y casa en el campo deleitoso a solas con dios se acompasa y vive ni envidiado ni envidado ni envidioso. Castilla face los homes y los desface, señala el Mío Cid. España con frecuencia por atavismos cíclicos deja de ser el edén en que Dios la enmarcó para trocarse en cárcel de los pueblos. Hemos vivido una época en que hemos sido prisioneros de nosotros mismos. Al cruzar bajo el dintel de aquella huerta de nuestros juegos adolescentes donde había un moral centenario y un frontón y algunos pinos que, colocados en hilera, servían de portería cuando jugábamos al fútbol sobre el suelo pedregoso y estallábamos balonazos contra los cables del tendido eléctrico provocando algún que otro chisporreteo y jódete Maripuri dejamos sin luz a media barriada, en cierta manera mi alma se conmovió ante el pensamiento de que se nos alzaba un castigo y, nosotros que habíamos vivido extrañados, regresábamos al seno umbelífero de nuestra Madre la Iglesia que puede ser tierna y dulce pero a veces acérrima e inescrutable en su planteamiento. Nos quitaban un sambenito. Mírale, iba para cura y se salió, qué jodío. Le gustaban las chavalas. De por vida nos dominó la penumbra de un fracaso. Pero Salutem plurimam. Decíamos ayer. Dicas, dicas. Y don Fausto nos preguntaba la lección y le soltábamos un rollo escolástico trufado de latinazos y que llevamos prendido, tras empollar la lección de memoria con alfileres recitando conceptos del pensamiento medieval que la mitad no entendíamos. Era un buen entrenamiento. El discurso, niño, el discurso. Colegio antiguo de la Compañía y desde que vi el letrero desvaído sobre el mármol gris en que decía en esta casa vivió Diego Laínez a un lado del dintel de la puerta principal, aquella puerta verde, otrora siempre abierta y que llevaba más de veinte años cerrada sin ser la puerta santa del jubileo, y nunca la conseguí cruzar en mis múltiples visitas a Corobias, no quedaba aldaba ni timbre ni nada, se me aparecía el buen padre jesuita y nos guiñaba un ojo a los del Mayor animándonos a ser sacerdotes santos y sabios. Luego se despedía fantasmal alzando su gorro bisunto. Veníamos de aquel mundo idealista de tesis y de antítesis y de cosas poco prácticas. Las cosas del espíritu que no sirven para nada y al propio tiempo valen mucho porque desde pequeñitos aprendimos a ejercitar la razón y la imaginación y el seminario fue un semillero de economistas, cirujanos, poetas, predicadores, catedráticos y hombres de empresa que se dedicaron a la importación y exportación... de jamones y de chorizos. A uno le tocó inclusive las loterías aunque no nos lo dijo. La letra con sangre entra. Allí se nos dio un sistema, un mundo o bien redondo o bien cuadrado al que hemos podido siempre amarrarnos Pero, parafraseando al novelista inglés Graham Green, si England made me[3] aquel seminario nos hizo en sus virtudes y en sus defectos en sus miserias y en sus grandezas.
Nos puso un capelo, nos condenó a galeras. Querían nuestros buenos prefectos, superiores, presidentes, desasnarnos, desbravarnos. Educar es quitar a los educandos el pelo de la dehesa. Claro que aquel sistema también nos enseñó a ser pillos, hipócritas y taimados y un tanto descreídos de tanta familiaridad que tuvimos con los santos, de tantas misas a las que asistimos, de tantos rosarios y vía crucis como rezamos, sin ser del todo bueno ni del todo malos. Serán expulsados los díscolos y los incorregibles, advertía el primer párrafo que solían leernos un lector desde el púlpito mientras desayunábamos. A la comida después del Martirologio Romano en que se hacía mención del santo del día y cuya gacetilla concluía con una frase lapidaria A y en otras muchas partes otros muchos santos mártires, confesores y santas vírgenes se nos leía alguna novela de Emilio Salgari o de Julio Verne. Mi afición a la literatura arranca de la voz anónima de aquel latino de Valdesimonte aquel llamábamos Gagula por ser este nombre el de un personaje de aquellas novelas fantástica que nos recitaba mientras manducábamos en silencio el cocido de cada día o el charro frito con tres galletas de postre en la colación de la noche. En muchas otras partes otros muchos santos mártires, confesores y santas vírgenes. La parte más importante y lo que avala su santidad y su santidad es este lado anónimo de los que confesaron a Cristo. Lo externo, el ropaje de la vestidura exterior -los cánones, las disposiciones y enredos del Vaticano, las intrigas curiales, las omisiones y hasta la obvención y prestamera del beneficio eclesiástico, en Corobias siendo una diócesis rica la mayor parte de los curas vivían casi en la pobreza, eso es el accidente. La sustancia es lo que conforma el proyecto del pueblo de Dios en su deambular, peregrino, sobre la tierra. Es la fuerza del Dogma, su chasis, su estructura. Lo otro, el celibato, las practicas de piedad o las modas devocionales que van y vienen a compás de los tiempos, algo perentorio España no la va a conocer ni la madre que la parió dijo el Guerra. Igualmente a la Iglesia. Pero seguimos nosotros manado a la Iglesia y a España ternes en aquel empeño que nos inculcaron desde pequeños y siempre en la misma demanda o aureola de nuestros sueños. ¿Es que fuimos unos ilusos? No. Nos rematan pero no nos derriban decía san Pablo. Al llegar a aquella puerta nosotros traíamos con nosotros la brisa del mundo y bien puede ser que en la Iglesia a pesar de las reformas conciliares el aire siga un poco cargado y harían falta corrientes de renovación. Nos derrabaron pero no nos remataron. Cruzamos los charcos pero el barro de la existencia no se impregnó en nuestros calcaños y si alguna lacra quedó fue muy por encima. Y una duda me asaltó bajo el dintel si hacen falta curas por que a nosotros que hemos sido fieles y operarios de la hora undécima por qué no nos ordena el obispo si quiera fuese de diáconos. Sería una manera de pedirnos perdón ahora que se habla tanto de memoria histórica y se abren zanjas y salen a la luz brechas que parecían selladas y se desentierran cadáveres. ) ¿Dónde está el cadáver de aquellos seminaristas que acometieron la escalada del monte del sacerdocio con tanta ilusión y algunos quedamos por el camino? Durante la charla de confraternización que antecedió a la misa de comunidad todos fuimos al tiempo de contar nuestras experiencias devanar alguna de nuestras quejas. A uno lo expulsaron por ser epiléptico porque los cánones a la sazón prohibían acceder al presbiterado a cualquier candidato que tuviera alguna tara física. Milagrosamente luego de colgar la sotana a fortiori curó y hoy sigue siendo fiel a la iglesia y ejerciendo una labor cultural y pastoral con los carmelitas. A otro le expulsaron por una tontería. Vino a recogerle su padre desde el pueblo y a las puertas del seminario que lloró a lágrima vida. Aún le está doliendo a este sexagenario verle llorar a la puerta del colegio bajo el letrero de Diego Laínez cuando era un niño de doce años. Mea culpa. Me culpa. Pero aun nadie ha entonado por lo que le hicieron a Tomás su correspondiente mea culpa. Hay que reparar la ofensa nos decían en clase de Moral y sobre todo si en el daño inferido se encuentra en juego la culpa del ofendido. Aun no se le ha acercado el responsable o un legado del que cometió el entuerto para recitar el correspondiente confiteor. Sin embargo yo le digo a Tomas I am Sorry[4]. Ya no cabe paso atrás. El tiempo y la historia no se detienen nunca. El ayer nunca vuelve pero del ayer quedan heridas. En cierta manera quedamos estigmatizados para siempre. Dicen que el sacramento del orden imprime carácter pero los siete años de seminario míos -algunos alcanzaron hasta cuarto de Teología y abandonaron al pie de la grada presbiteral-creo que fueron los mayores de mi existencia. Ah aquel setenado en que se transformaron mis células. Estamos en una sala de visitas sentados en corro en la que había sido aula de música donde aprendimos a solfear los primeros compases de aquella canción que siempre irá con nosotros -do mi la si do si la la re sol fa mi do fa mi re si si la si do si la re do si la - que hace chaflán. Delante del jardín de la casa de lo que era entonces el gobierno civil. En lo alto la acrotera del gran cornisamiento del paramento herreriano de la iglesia que corona hileras perfectas de graníticos sillares, calle abajo y tras las tapias de la Huerta las almenas coronadas de verdín y debajo un patinillo de relleno de cascotes y en el que no crece nada. Todo estaba igual que entonces. La Virgen de los Transfijos más sola que nunca sobre su pedestal. Los picaportes esparcían al abrirse el mismo sonido del aldabonazo. Habían enmudecido las tres campanas la del mayor y la del menor pero aun seguían allí confidentes un poco de nuestras horas, administradoras del tiempo que se fue, de las ordenes y también de mi plegaria. En los cuarteles de entonces se vivía a toque de cornetín y en los seminarios a toque de campana. Habían sido vaciadas a fines del siglo XVI y habían visto bajar a generaciones de estudiantes por aquellas escaleras. Bajar y subir. No olía a berza ni a compota ni a guiso de las monjas por los corredores pero a algunos nos pareció que aquel olor que excitaba nuestras papilas seguía aun allí. En la planta noble habitaba por el Rector olía a perfume caro pues don Julián era un cura muy limpio que siempre olía bien y hasta gustaba acercarse aunque no tanto como a don José Pedro Carero el de Cañaveral de las Limas que se afeitaba con goma espuma y usaba aftershave. Olía por aquella parte al tabaco americano que fumaba don Marciano Montuno el Ecónomo. Los honderos mallorquines incardinados en las legiones de Roma solían llevar a los combates un arma arrojadiza denominada fustíbalo. Era como un boomerang que podía alcanzar varios objetivos a la vez regresando a la mano del impulsor de la piedra. Por el fustíbalo de la memoria la piedra lanzada entonces regresaba después de un viaje por el tiempo y el espacio de medio siglos. Un carterista con arte, un galafate, nos había robado nuestro pasado y perdonado nuestras culpas, a media sólo medias, aun quedaba algún reconcomio, y ahora nos lo devolvía. Hemos gemido bajo el peso de la púrpura. Rotundas pretericiones y profundas transformaciones a lo largo de aquellos cincuenta años en que no nos habíamos visto ni una sola vez y sin embargo íntimamente nos conocíamos. Fue como un revivir lo vivo Todos. Habían pasado cincuenta años se dice pronto parece que fue ayer. Sí decíamos ayer y un querubín se descolgó desde la enhiesta Torre de la Aceitera rayo y relámpago no tenía en la mano una espada de fuego sino un lirio blanco y nos puso a todos un pensum y es como si resucitara don Fausto López el cura rico y solitario que preguntaba la tesis del repaso. Dicas, dicas in sermone latino y el ponente se levantaba ascendía al estrado o púlpito que había en el salón de grados e iba desganando los renglones y apartados del discurso escolástico. Era una clase de Lógico. Proposiciones. Desarrollo. Corolarios. La fuerza del silogismo se amachambró en nuestras vidas. A la sombra de la Torre de la Aceitera- una alcuza clavándose en el cielo de Corobias apuntando hacia lo alto siempre como indicando el camino de la santidad que se escala peldaño a peldaño con la fuerza de la abnegación, la renuncia a sí mismo, la exaltación de lo bello y lo verdadero, nunca lo útil y diciéndonos al oído lo decitius, altius, fortius- nos modularon el alma. Dicas. Dicas. -Pero hombre ¡no te lo sabes! Clodoaldo se había atascado como en una peña. A ver Maximino y fue el de Frugales y repitió de carrerilla toda la “lectio” de más de quince páginas sin comerse una coma ni un punto, apenas sin perder el resuello. Un prodigio de memoria. Era un calmo día de enero después de una cellisca y en la mañana de Corobias con un aire y un cielo purísimo resplandecía a lo lejos, detrás de las almenas de la muralla a las que daban los ventanales del aula la Mujer Muerta envuelta en un manto blanco. Un misterioso sudario impoluto moteado de negrillos, sabinas, madroños, alzando sus crestas sobre los taludes y barrancos. Dicas. Dicas. Por las fiestas del Obispillo el día que llaman de San Nicolás a Don Chespi casi lo manteamos. Bueno no exactamente mantearlo. Fueron siete u ocho a la tarima del estrado y cada uno de un lado lo alzaron como si fuese un palenque y lo llevaron en procesión por toda la clase. Subieron las escaleras e hicimos estación en la Virgen de los Tránsitos. Y empezamos a cantar con buena entonación el Iste Confessor. Don Chespi que daba Moral y cantaba en el coro de la catedral las vísperas con donBenito, don Desiderio, don José del Moral y don Celso el organista, una almina de dios empezó a soltar tacos por esa boquita en latín y en castellano.
- ¿Qué hacéis conmigo, cabrones? )¿Adónde me lleváis?
- Al cielo. Al cielo con él.
- Oye que no soy la Macarena ni estamos en Sevilla. Ni yo me muerto ni quiero que me canonicen.
- Iste confessor... y al famoso motete siguió el Benedictus Dominus Israel.
Por las fiestas del obispillo no faltaba el buen humor. Se subvertía el orden de la casa. Los últimos serán los primeros. El rector don Julián con sus superiores (Marciano, Pedro Recio, José Pedio Carero, elPadre Mañana, y don Martín Martín Martín al que decían Martín al Cubo y los dos padres espirituales) fregaban los platos y servían a la mesa a los postulantes. Al obispo se le ponía a barrer, si venía a visitarnos y allí era cosa de ver a Su Ilustrísima don Daniel Llorente de Federico con todos sus arreos y capisayos el anillo de oro el pectoral con pedrería inclinado el lomo con una escoba sobre sus consagradas manos que habían alcanzado la plenitud del sacerdocio. Hoy nosotros mandamos coime. Pues lo que está abajo puede estar arriba. Se cambian las tornas. Somos los amos. Los criados eran los amos y siquiera por un día unos seminaristas que llamaban fámulos porque hacían la carrera como criados de servir mandaban la leva, marcaban el pensum, dictaban el orden del día y no decían misa porque aun no estaban ordenados pero se hacía unos simulacros de misa cantada y el escolar más joven de primero de latín se sentaba en el trono episcopal y se le vestía de los ornamentos que el orden episcopal requiere: sotana roja, solideo, anillo, quirotecas, cáligas bordadas en hilos de oro, capa magna de las grandes celebraciones y del supremo boato pontifical. En efigie se le pedía que administrase el sacramento de la confirmación a los que se había portado mal con el pipiolo o le habían hecho alguna judiada por entre año y les llamaba por su nombre y como acolada les daba un cachete que en ocasiones podía ser una bofetada. Yo soy el obispo de Roma para que te acuerdes de mí, toma... Iste confessor. Pero que hacéis cabrones. Esto se mueve. Ay que me caigo. No se va a caer don Crespillo nosotros le sujetamos. Estamos para parar todos los golpes habidos y por haber... yo no soy santo canonizado para que me porten en andas y me saquen en procesión como si fuera un paso. No es día de Corpus y no soy tarasca tampoco. Por fin lo bajamos y el buen sacerdote rompió a reír. Aun no se le había pasado la cara de susto pero que puñeteros... Qué re-contra-jodidos me parece que sois... claro que sois jóvenes y yo a vuestra edad hacía lo mismo. Hoy la clase se suspende. Hoy quiete... tenga usted buen día don Narciso. Ese era su nombre de pila pero nadie le conocía por Narciso sino por la sobrehúsa mentado. El profesor de Moral tomó su teja de terciopelo negro y se arrebujó en el manteo de cachemir y tomó el portante y salió al viento helado de Corobias. Le aguardaban sus monjas Peraltas, convento del que era capellán. Los viernes tocaban confesiones. Siempre me pregunté qué pecados podrían tener aquellas almas seráficas para tener que ir a descargar el saco cada semana... no te creas, hijo, me decía, en cada casa hay un ventano al cierzo. Y hasta siete veces peca el justo. Don Narciso iba riéndose por lo bajo al atravesar los tránsitos donde estaba la hornacina con una imagen de la Pilarica se santiguaba. Qué cosas, qué humor, qué vitalidad tienen estos jóvenes. Yo también fui joven. Recordaba quizás las inocentadas que desde 1590 cuando se fundó aquella Casa de la Compañía se venía haciendo por tradición. Era una jaula dorada. Fue un tirocinio y un convictorio dependiente de la casa madre jesuítica que se hallaba en Alcalá. Travesuras de estudiantes. Nuestro seminario era un edificio herreriano que se conservaba tal cual con su patio de balcones de forja sus ventanales y óculos distribuidos a lo largo de la fachada de estantales para subir a la cúspide de la Aceitera por el pararrayos del patio enlosado de grandes lajas de granito por donde se hacía la quiete los días de sol. Abajo estaba el fumadero y la biblioteca. A partir de primero de Teología los alumnos podían fumar y tener petaca y el día del Obispillo había bula para entrar en las celdas de seminario mayor y hacerles la petaca o escuchar la radio galena con que los más ingeniosos-por aquel tiempo aun no se había descubierto el transistor- conque seguían los resultados de los partidos en Carrusel Deportivo o regodearse en las charlas del P. Venancio Marcos los domingos, algunas de ellas algo subidas de tono porque el Padre Venancio Marcos a micrófono abierto disertaba en su consultorio sobre tema de moral. Escrúpulos, sexo. Con el consultorio de la señora Francis sólo se atrevían los más osados. Claro un cura tiene que saber de todo y estar preparado para salir airoso en la cuestión que los penitentes le plantearían en el confesionario. Sic ad astra. Por ese camino se llegaba a las estrellas. Queríamos escalar las cumbres de la santidad. A algunos les gustaba la montaña y crampón y pilote en ristre montaban los cerros, hacían descubiertas por los neveros. Pero otros éramos más inclinados a las cuestas abajo de los valles y hondonadas esas vegas esos oasis con los que Castilla sorprende al viajero. El Val de la Virgen por ejemplo donde había un convento cisterciense. Monjes blancos cogulla negra. Celda y coro. La disciplina para mortificar las carnes. El cilicio para domeñar el yo. La regla el reglamento la distribución de las horas. El ora et labora. Apenas quedaba tiempo para vacar. No teníamos un minuto libre. Y esa es una fórmula dorada para ser feliz olvidándose uno de sí mismo. O por lo menos eso creíamos entonces que habíamos llegado a la sombra de la Aceitera a los atrios de la felicidad. Quedaba mucho camino. Unos llegaron. Otros nos quedamos en el camino. Nos faltaron las fuerzas para alcanzar la meta, aquel ideal de vida. Sin embargo, permanecería muy adentro de nuestras psiques. Nos moldeó. Y la huella de aquellos años de forja labró una buena reja con la cual asidos a la besana y arreando a las mulas con que aramos los curcos de la vida. Habían pasado 53 años desde aquel primero de octubre, una mañana de otoño cuando un maletero que contrató mi padre, cargué el baúl con el ajuar las camisas bordadas con mi nombre bordadas por mi tía Dominica, varios pares de mudas, el jabón la toalla, la pasta de dientes, uno choricillos y una hogaza de pan de matute, una caja de galletas varios botes de leche condensada. Detrás del maletero fui zamarreando por la pista, atravesamos la calle de Muerte y Vida, la plaza de Santa Eulalia enfilamos por San Francisco, cruzamos el azoguejo y por la calle San Juan arriba alcanzamos la rinconada de la plaza del Seminario. Allí el señor Juan, un guardia civil retirado que tenía cara de pocos amigos que era muy serio pero home de buen corazón que siempre estaba leyendo el Adelantado de Corobias en su garita, me tomó el nombre y filiación. Alá pasa. Así que pasen doce cursos serás misacantano. Suerte. Yo conocía a aquel hombre corpulento y de una estatura prócer pues fue nuestro vecino en la casa de la Troya. De niño le había visto bajar pesadamente las escaleras de la finca de San Valentín número 4 en ajuar de combate (guerrera verde oliva, el mosquetón Máuser, la escarcela de cuero, el tricornio, la capa, las botas de caña) cuando iba de correría. Correrías que solían durar varios días. Le decía a su mujer la Juana que era muy pequeñita no me esperes hasta pasado el domingo, Ruanilla. Nunca hablaba el buen miembro de la Benemérita en qué consistían acuellas correrías en las que estaba de servicio. Pero decían que el maquis andaba por las sierras. Y habían visto a Juanín y a otros eminentes guerrilleros merodear por el Cerro Matabueyes y por la Granja. Esta noche no me esperes, Ruanilla. Descendiendo las escaleras parecía al gigante Polifemo. A los niños nos daba miedo. No sé cómo se astillaban los peldaños de la escalera aguantando su corpulencia sus ciento y pico kilos de humanidad. Él era el padre de mi amigo Antojito elMariquita al que veíamos siempre de hábito con el cordón de Jesús Nazareno, el pardo del Carmen o la camisa de estameña del hábito de san Francisco. Siempre de hábito. Siempre rezando. No se perdía novena ni triduo que hubiera en ninguna iglesia de Corobias y ni que decir tiene que por aquellos días este tipo de devociones abundaban en la ciudad lo mismo que las procesiones. A la primera de cambio se organizaba una procesión, un vía crucis y allí estaba Antojito disfrazado de capuchón con los pires descalzos los brazos en cruz o portando una cruz enorme todo un pino de Valsaín debajo del cual se hundía su cuerpo enclenque y enfermizo que casi no parecía hijo de aquel hercúleo cabo de la Benemérita pues era algo esmirriado. )¿Por qué tanta penitencia, Antonio? Y él respondía. Para aplacar las iras de Dios. A mi hermano lo mataron en guerra. Tenía un hermano que se llamaba Taito el cual acostumbraba a trepar por las paredes de la muralla a la busca de nidos de paloma. En una ocasión se deslizó y no fue capaz de sujetarse al hueco de una socarrena y Taito se deslizó al vacío y se desnucó. Recuerdo su entierro al que asistió toda la ciudad. A la sazón los entierros en Corobias eran multitudinarios. Vino un coche de caballos negros con crespones negros el penacho también era negro lo mismo que la caja y el color de la capa del preste que caminaba detrás del féretro camino del cementerio del Santo ángel escoltado por acólitos con sotana negra. Sólo la albura de la sobrepelliz de los monagos destacaba en aquel mar de luto en aquel duelo nuestro de posguerra que no parecía tener fin. La señora Juana se quedó dando gritos en la Casa de San Valentín. Ay mi hijo. Ay mi hijo de mis entrañas. Gritaba tanto que parecía que se le marchaba la vida en un arroyo de lágrimas la pobre mujer. Sin embargo el señor Juan, el cabo Cantimpalos, iba detrás del coche de respeto egregio. Sin descomponer el gesto. Su tricornio charolado desafiando a la muerte y dejándose acariciar por el sol corobino. Vueltos del Campo santo le arreó a Antojito una buena paliza. Fue una tunda para prevenir. No quiero que te encarames a los árboles, no quiero que te deslomes, maricón. Y debió de ser tal la tunda que mi amigo estuvo lo menos un mes sin salir de casa. Se le echó de menos en la novena del Perpetuo Socorro. Era mi amigo buena persona, yo nunca le falté al respeto ni le insultaba por su homosexualidad que no era vicio de a hecho, pues creo que el bueno de Antojito murió virgen y mártir y más casto que la vara de San José, sino un amaneramiento femenino, eso que denominan ramalazo. La gente era muy cruel. Yo le ajuntaba, le cambiaba mis cromos y jugaba al gua por los terraplenes de la Hontanilla. Cuando Cantimpalos andaba de correría se le veía más relajado. También he de decir que nunca dio que hablar ni dio escándalo ninguno. Sólo aquella manera de hablar. Esa forma de moverse que a las claras denotaban un fallo de la naturaleza: el alma de mujer metida en el cuerpo de un hombre. También son hijos de Dios los gañís. Se fue a un noviciado de capuchinos pero le echaron. A veces la Iglesia me di cuenta entonces no profesa la caridad que tanto predica y a Antojito le expulsaban de todos los conventos, y él decía que tenía vocación, mucha vocación, quedó para vestir santos asiduo feligrés de triduos y novenas. El señor Juan que ya no era aquel civilón que nos infundía terror a los muchachos cuando lo veíamos trasponer el postigo de la puerta de San Andrés la que dicen Arco del Socorro tercerola al hombre y la teresiana cubriéndole el cogote y el tricornio de campaña sino un paisano con chaqueta de paño algo más gordo (al poco moriría de cáncer de próstata) me entregó la llave de la taquilla y allí encontré yo la beca roja y el bonete de cuatro picos y mi sotana recién confeccionada por Blas Carpintero que estaba tendida sobre la colcha blanca de la cama. La sotana qué ilusión. Me aprendí de memoria una oración que había que decir al ponérsela y al quitársela, en latín, y que empezaba así:Indumentum meum, Domine. Dicen que el hábito no hace al monje pero yo me sentía transportado a un futuro de grandeza eclesial de misas tridentinas, cantos gregorianos, olor a incienso, lirios en el altar, paños al púlpito, comulgatorios en la predela, y sermones, muchos sermones. Unas veces querría ser misionero en las Indias. Otras de obispo, hombre de curia, lo que no he sido nunca porque mi reclinatorio y mi comulgatorio y mi muro de lamentos serían siempre los libros y habent sua fata libella quia Carmina aurum non dabunt[5]. No obstante, estaba claro que al ingresar en las filas de la iglesia sentía la fascinación no sólo de la belleza sino también la atracción del poder. También quería ser santo, dar gloria a Dios y ya casi me consideraba en el[6] grupo de bienaventurados. Algo parecido a aquel San Luis Gonzaga del cuadro que pintara un pintor importante no sé si Velázquez o Claudio Coello en la que el artista estampaba su propia visión del paraíso: un novicio jesuita recibiendo la comunión mientras en lo alto se rasgan las nubes y por una abertura aparece Jesús Crucificado que baja del cielo con una importante escolta de ángeles a un lado la Virgen Emperatriz y a otro San José que maneja una vara florecida de lirios. Mis pensamientos eran contradictorios pero bien sabía, por lo demás, que, me zambullía en un mar de contrastes. Por un lado renunciaba a Satanás, a sus pompas y a sus vanidades pero por otro sabía de antemano que al abrazar aquel estado obtenía un rango, un predicamento, una categoría. Non nobis, Domine. Non nobis. Tuve una sensación indescriptible cuando me puse aquella prenda por primera vez. Creo que es la indumentaria con que se reviste mi alma desde aquella tarde de otoño cuando el maletero Crescencio o Cresce para los amigos dejó el baúl con todas mis humildes posesiones al pie del catre. Con aquel ajuar humilde, el matute, los choricillos, el par de muda, las camisas bordadas con mi nombre por mi tía Dominica que vino de Fuentepiñel el pueblo del que éramos oriundos por una rama de la familia la de los Sardones para ayudar a mamá a preparar el ajuar. Fue un verano tórrido y expectante aquel de 1955. Los olores traían el cálido fragor de las peñas de la cantera donde trabajaba de cantero el Tío Enrique que había domesticado un cuervo. Aquel pájaro iba siempre posado sobre su boina. El amo le había enseñado a decir algunas palabrotas como:
-Chico si te cojo te capo.
El Tío Enrique no era muy amigo de la gente menuda y nos miraba con malos ojos si nos dejábamos caer por la obra donde él atacaba la gubia, cribaba la grava. De vez en cuando ponía algún barreno y mandaba a su pájaro amaestrado a que mantuviese a todo el mundo lejos de las inmediaciones de sus premisas donde él se sentía el rey del mambo o mejor dicho del granito. Los tacos del cuervo, cuando era menester, poner cargas de dinamita para horadar huecos, se hacían más perentorios y subidos de tono. Ya no nos amenazaba con cortarnos la pilila sino que nos ponía de hideputas pa arriba.
-Que te has pasao que te has colao que a tu madre la jodió un soldao.
Como por aquellas calendas la guarnición era firme muy nutrida, numerosa. Había que sentar plaza de algo. Corobias contaba con dos regimientos, uno de artillería y otro de carros, por nombre la Base Mixta, un picadero de caballería que mandaba un alférez con la cara enorme que medía dos metros, el padre de mi amigo Rafa, a quien zurraba de lo lindo cuando llegaba de la Remonta algo bebido y unas veces por razón y otras sin causa el bueno de Rafael probaba de la correa o se acostaba muchas noches sin cenar. Aparte de eso, estaba la Academia de Artillería, con una agrupación de Intendencia, una compañía de Ferrocarriles que no vestían de caqui sino de azul y llevaban por pasador una locomotora dorada y luego el Tercio de Oficinas Militares. Su distinto era una estrella blanca enmarcada en un rombo. La tropa estaba en todas partes y a todas horas. Niños y militares sin graduación no pagaban y entraban gratis al fútbol de los domingos para ver los partidos de la Gimnástica.
El Tío enrique no podía ver a los curas ni a los militares. Le hacía decir a su tordo amaestrado muchas insidias y procacidades. En la guerra peleó junto a los rojos y hacía poco que acababa de salir de un penal. Con sus anteojos de cota de malla que nadie podía saber como era capaz de ver con aquellos alambres- se le había saltado un ojo siendo mozo con una esquirla que fue a alcanzarle- nos miraba amenazador. Y a nosotros no nos gustaba mucho la cantera. Era un paraje casi lunar. Julito Camarero decía que era un buen sitio para emboscada:
-Aquí se podría rodar una película de buenos y malos.
Nosotros nos pendíamos por entre las zarzas jugando a los apaches o a guardias y ladrones. En una de aquellas tenidas fue cuando le vimos a la Mari la de la señora Marce las bragas. Las tenía blancas. Rodó por el talud de un berrueco de aquellos cubiertos de musgo y de hongos antiguos que don Lisardo el profesor de Geología decía que eran del cuaternario y nos hizo una foto. Quedamos todos como petrificados. La hija de mi vecina tenía unos tobillos bien torneados, piedras bonitas y muslos poderosos. Estaba muy desarrollada la niña y se le insinuaban las turgencias de los senos bajo el vestido. Era algo marimacho pues siempre andaba en la cuadrilla de los niños jugando a la malla, al zorro pico y zaina y a las piernas.
-Enséñanoslo, anda
¿-Cuánto me dais?
-Cuatro pesetas.
Hicimos recaudación la pandilla y no llegábamos entre perra gorda, perra chica y realines a 3.75 pts.. La May nos hizo un precio de amigo por aquella contemplación. Se subió la falda y se bajó un poco las bragas.
-Se ve pero no se toca eh.- advirtió la rapaza entre orgullosa, arrogante y conminatoria.
Nos estaba haciendo un favor, nos estaba perdonando la vida.
-¿Eres virgen?
-Que pregunta.
Ya alguien debía de haber pasado por aquel rastrillo de su persona lo que unos llamaban meter al pájaro en la jaula o subir al cielo con el águila. ¿Quién inauguró el túnel? ¿Quién se sumió en el pozo profundo de sus besos? Ya la tenía pues, como decía el cura Severino.
El Venan que era un putas y se informaba de todo nos informaba que la May ya conocía la gracia de Dios y que se la estaba tirando aparte de un furriel de Mayorías el asistente del alférez de la remonta. Total que ya estaba encentada e iba con dos al de por junto. Hombres objeto de usar y tirar
-¿ El padre de Rafa y de Ruanito?
-Ese mismo. Lo que son las cosas
El Venancio fue a tocarla pero ella le dio un manotazo mientras hacía acopio de la recaudación.
-¡Quieto, galán que las manos van al pan!
-¿Y por hacerlo todo al completo?
-De eso nada monada. Vosotros sois unos mocosos. Aun no se os empina. Adiós
Y salió corriendo de estampía por entre las peñas. Saltaba como una corza encelada. Quedamos todos con la miel en los labios. Y todos en cuadrilla sacamos nuestros poderes y empezamos a masturbarnos furiosamente.
-A mí me viene.
Bienvenido a la vida mi primer semen.
El Venancio nos dijo que la May era algo puta y que vendía sus favores a los militronches. Se la había visto merodear por los hoteles de Valdevilla seguida de un machacante del brigada Tronero, uno de codorniz. Luego resultó que la sacó para adelante y a la May su padre el maestro Requeja la tuvo que meter en las Oblatas. Al niño lo metieron en el hospicio. Aquel verano del 55 había descubierto el sexo, esa angustia, esa comezón. Mi vecina nos había dejado a todos con las ganas. Creció en mí el sentimiento de culpa, la angustia del pecado, el temor al infierno y creo que decidí meterme a cura para expiar aquel pecado horrible. Fui a confesar la falta a un monasterio de jerónimos pero para mi sorpresa mi confesor no sólo no quedaba extrañado de mi atrevimiento sino que también no paraba de hacer preguntas tan interesadas como morbosas sobre lo que había dicho el Venan acerca de nuestra tanteadora.
-¿Y esa May quien es?
-La hija del maestro armero, la hermana de José Luis el Pastitas, padre.
-Y¿ se desnudó ante todos vosotros? Pues vaya con la niña
-Así es Fray Dimas. De cintura para abajo se quedó igual que su madre la echara al mundo.
-¡Qué descocada! Y vosotros mirando qué asco.
-Anda y que cosa íbamos a hacer. ¿Taparla con un sombrero como hicieron la semana pasada en los toros de Cuellar con uno al que un astado le rasgó los pantalones y lo dejó con el culo al aire? El asco era muy rico.
-Pero todavía te ufanas de haber ofendido a Dios, mostagán. Lo que hiciste es una cosa muy fea, un pecado mortal. Y recalcitrar en el error lleva doble penitencia. No sé sí voy a poder absolverte. Eso es pravedad de materia.
Fray Dimas en ese momento me pegó un tortazo pero siguió preguntando:
-¿Y cómo lo tenía?
-Cómo lo tenía. ¿El qué?
-Pues eso... eso.
-Muy recogidito y oculto tras unos pelillos largos. A la May ya le hacen bulto las tetinas. Ya es una mujer.
-¿Y no os da vergüenza, cerdos que no sois más que unos cochinos?- me recriminó.
Me echó una bronca de aquí te espero y todavía me escocía el sopapo el buen jerónimo pero siguió indagando como si él mismo bebiese también los vientos por la May. Decía que no pecamos de obra sino de deseo y sin catar la gracia de Dios, y ya que uno se condena, pues a condenarse de a hecho y con todas las consecuencias esto es consumando según el confesor manifestaba. Y tanto que nos quedamos con las ganas porque la muchacha nos dio las más rotundas calabazas de nuestras vidas [la May era una calientapollas, una teaser que dicen los briítos] y que en otra ocasión había que evitar las ocasiones que nos llevan a los infiernos y a la eterna condenación pero se le tomó la voz como si estuviera excitado.
Debajo del cinto y del escapulario pardo de la orden jerónima se le abultaba una prominencia sospechosa.
Entonces me di cuentas de mis dotes de narrador y mis habilidades para el teatro. Había conseguido poner cachondo al confesor. Era Fray Paja una especie de apagafuegos oficial de nuestras confesiones con saco grande y pesado pues había logrado fama de manga ancha. A Fray Dimas le llamaban Fray Paja. Todas las mujeres de la ciudad que habían tenido un desliz o un lío si eran casadas acudían a arrodillarse ante el tribunal de la penitencia presidido por aquel fraile algo desgarbado y legañoso. Con una se tiró en el confesionario tres horas de reloj. Debió de ser un caso muy grave.
Era, por lo demás, un monje muy chapado a la antigua. Pertenecía a una orden que había sido rica e importante en tiempos del emperador pero que ahora andaba de capa caída. Los pocos jerónimos de aquella comunidad andaban con los zapatos rotos y lleno de remiendos. El Padre Dimas lucía un cerquillo rasurado a navaja a la antigua moda. Semejante al que lucía el inquisidor Torquemada en su colodro.
Ni que decir tiene que a mí me impresionó no sólo el pecado que cometí con el columbramiento de sus bragas sino el poderío de sus nalgas y anduve meses e incluso años obsesionado por semejante escatológica visión. Aquel verano había descubierto el sexo y las verdades de la vida. Y me vino el primer semen como un río de vida. Aquellas albricias fueron una delicia. Tuve muchos sueños mojados. Soñaba en valkirias. La May era una valkiria que bajaba del olimpo a hacer grato el descanso del guerrero y ella misma bajaba con un tarro a modo de cáliz para probar el gusto de la ambrosía y en ocasiones incluso me daba de mamar y yo apretaba mis dientes contra sus pezones:
-Ay que me haces daño, bruto.
Para arrepentirse tiempo habría pero yo empecé a tener escrúpulos. Solaba no sólo en cosas eróticas sino que también tenía otras pesadillas como verme rodeado en el infierno de un informe que me pinchaban las posaderas con un tridente mientras cantaban:
-Ya le roen, ya le croen por do más pecado había.
Traté de poner freno a tanta incontinencia y decidí hacerme místico, me compré unas disciplinas y me zurraba de lo lindo las espaldas de medio cuerpo para arriba y me encerraba horas y horas en una cochiquera donde me pasaba las horas muertas a oscuros escuchando el gruñir del marrano. Abría la puerta de la corte y empezaba as predicar a los peces y a los águilas después de decirle misa a mis amigos que se hacían cruces al verme en aquel estado revestido con una casulla de papel. Debía de pensar el Vences que yo había cambiado mucho y hasta me miraba con ciertos aires de respeto como a un difunto o a un enfermo al que se le escapa la vida. Yo había decidido apartarme de aquella podredumbre haciéndome cura.
¿Te arrepientes de todo corazón, niño?
-Sí me arrepiento.
-Pues más te vale. Parece mentira de ti; un mocoso como tú y que sabe mucho más que te han enseñado. Has de evitar las ocasiones, hijo. Y de ahora en adelante sepas que eso de merodear por la cantera, nada. Queda terminantemente prohibido.
-Sí, Padre.
-¿Algo más? Ya sabes que si te dejas algún pecado esto no te sirve. Haces una confesión sacrílega. Pierdes el tiempo y ofendes más a Dios.
-No nada más.
-Pues de penitencia me vas a rezar cien rosarios, estar tres viernes a pan y agua y rezar cinco veces el Señor Mío Jesucristo de rodillas y con los brazos en cruz. Debajo de cada una de las rodillas te pones siete garbanzos que son figura de los siete pecados capitales y procura que los garbanzos sean gordos. A ser posible de Fuentesaúco. Quítaselos a tu madre del remojo y su te preguntas le dices que quieres santificarte.
También me impuso de condena para purgar mi pecado llevar cilicio en la parte del muslo pero no lo cumplí porque aquel trebejo de tortura y mortificación no sé por qué me parecía un fetiche sexual que me ponía cachondo y las púas de la rodela me recordaban los pelillos de la adolescente que apuntaban traviesos y erectos sobre su vello púbico. Algo estaba naciendo en mí que fui precoz. Era un potro sin sujeción que me sentía incapaz de dominar.
El ser humano es agua, pilosidad y muchas cañerías como decía un amigo mío. Lo de los garbanzos fue más grave pues me hicieron herida que se trasformó en llaga y la herida se me infectó rematando en pústulas.
-¿Por dónde has andado, chaval?- el médico del cuartel al que me llevó mi padre estuvo a punto de diagnosticar unas purgaciones.
Anda que como estaba la Medicina. Un sifilazo y yo sin comerlo ni beberlo. Después de la guerra el mal gálico era endémico y el comandante De Miguel me preguntó si no había de hacer de cuerpo a las letrinas del regimiento. Pues no vuelvas jamás por ahí, chaval, que te puedes encontrar con lo que menos vas a esperar. Se puede contagiar el morbo sentándote en un guater o bebiendo del vaso en que ha bebido un portador del virus.
Anduve un poco cojo y quebrado durante algún tiempo y acordándome de la madre que parió a Fray Paja y a todos los de su cuadrilla.
Ni que decir tiene que desde que le vi las bragas a la May mi mano no encontró reposo. Hasta creo que me salió un callo en el dedo meñique de la mano izquierda de tanto darle al ale manita.
Otra vez a pasar por el trance y la tortura de declarar en mi contra sobre cuestiones tan íntimas y sentimentales y de nuevo el interrogatorio de cuantas veces, donde como cuando por qué; en total las seis uves dobles del periodismo: who, whom, why, where, when, what. Lo malo es que uno había pecado solo y sin compañía. Patético. La masturbación por aquellos días se parecía a la carrera del corredor de fondo. Irse al infierno en cuadrillo hubiera sido un poco más divertido. Pero no hay tutía: en el pecado solitario uno peca por dos. Habíamos hecho norma del consejo de Agustín pecca fortiter.
Pasados muchos lustros de mi vida aquellas subidas y bajadas al Parral me parecen niñerías. El tiempo se ha encargado de borrar las heridas de aquel verano de torturas pero quedan las marcas. Y desde entonces tengo mis reservas y prevenciones hacia la confesión auricular o lo que llamaban exmologesis. Te ibas a arrodillar no ante un sacerdote de la ley sino que te quedabas a los pies de los caballos a merced de un reprimido mental que te sobaba por los hombros y te arrimaba la cara y si no andabas listo te metía mano. La gazmoñería en los conventos suele acabar en mariconería. No sé si don Marciano Montuno que era un tipo duro como buen capellán de la Legión y que pegaba unos sopapos impresionantes, acostumbrado como estaba a correr la baqueta, como en el Tercio, que te dejaban tarumba, pero muy sano y normal por ese cabo, un tío vaya, a mi que no me vengan con mariconadas, fue el que propuso de echarnos bromuro en el agua. A ver si se nos desempuñaba.
Y lo más grave de todo no era ofender a Dios sino que tener luego que ir a confesarse con Fray Paja que podía ser un santo según decían pero también un tipo algo repugnante sobre todo a partir de su escabrosa curiosidad sobre el cuantas veces y las seis W periodísticas. Se daba una maña especial en sacarte los pecados con sacacorchos. Peor que el infierno aquel interrogatorio pero no quedaba otra opción. El padre Dimas no salía de su monasterio y con cualquier otro cura de Corobias te los topabas cada dos por tres andando por la ciudad y vete tú a saber si no se chivaba, pues eso del sigilo sacerdotal ha sido algo muy elástico, un instrumento de control de la mente y una manifestación del gran poder clerical, si no se chivaba al padre de la May, el maestro Conrado y éste a su vez se lo decía a tu papá y cobrabas una buena paliza. Menudo era mi padre. Menudo el señor Conrado.
-¿Cuantas veces has quebrantado el Sexto Mandamiento?
-Creo que unas 300 más o menos.
-¿Tantas?
-Es que no puedo Fray Dimas. No puedo. Es más fuerte que yo. Pienso en
La May y no se me baja.
-Pues te participo que moralmente te condenas y físicamente te estás haciendo polvo. No vas a crecer, te vas a quedar escuchimizado y raquítico. Y eso si no entra la avariosis o la tuberculosis.
¿-Qué es eso?
-Dos enfermedades venéreas que suelen contraerse por la masturbación. Si sigues así te tendré que negar la absolución. Te tendré que mandar al penitenciario. Esto está pasando de castaño oscuro. Es pravedad de materia- dijo Fray Paja.
-Eso no. A Don Demoque no.
Al penitenciario que era un canónigo muy gordo que enseñaba Moral le llamaban por ese apodo de Demoque porque era un tipo muy deductivo y siempre estaba sacando conclusiones. Era todo él una conjunción ilativa. Conocía el Derecho Canónico de pe a pa, y por tanta casuística conocía todas las aberraciones de las que es capaz el ser humano. Siempre a vueltas con expresiones como por tanto y de modo de que. Perdonaba los pecados sub conditione y decretaba penitencias rigurosísimas que eran muy difíciles de cumplir al estilo medieval como echarse a los pelos puñados de ceniza. Peregrinar a Roma o a Jerusalén y a las adulteras les mandaba lloverse un baldón y coserse en letras muy gordas un cartel al hábito que dijera: soy puta. Por culpa suya hubo algunas violencias de género más de una y más de dos en la ciudad y emplumaron a muchos. Era rigurosísimo con las debilidades de la carne.
Salí de aquel hermoso y brío convento la nave gótica de la iglesia siempre solitaria con un dolor de oídos y la cara me ardía y mis rodillas penitentes me ardían. Fray Paja apestaba a cebollas y tuve que soportar su aliento y sus filípicas allá más de tres cuartos de horas. No dejaba de pensar en la May.
Pienso en La May y no se me baja.
-Pues te participo que moralmente te condenas y físicamente te estás haciendo polvo. No vas a crecer, te vas a quedar escuchimizado y raquítico. Y eso si no entra la avariosis o la tuberculosis.
¿-Qué es eso?
-Dos enfermedades venéreas que suelen contraerse por la masturbación. Si sigues así te tendré que negar la absolución. Te tendré que mandar al penitenciario. Esto está pasando de castaño oscuro. Es pravedad de materia- dijo Fray Paja.
-Eso no. A Don Demoque no.
Al penitenciario que era un canónigo muy gordo que enseñaba Moral le apodaban así Demoque porque era un tipo muy deductivo y siempre estaba sacando conclusiones. Era todo él una conjunción ilativa. Siempre a vueltas con expresiones como por tanto y de modo de que. Perdonaba los pecados sub conditione y decretaba penitencias rigurosísimas que eran muy difíciles de cumplir al estilo medieval como cubrirse los cabellos de ceniza. Peregrinar a Roma o a Jerusalén y a las adulteras les mandaba lloverse un baldón y coserse en letras muy gordas un cartel al hábito que dijera: soy puta. Por culpa suya hubo algunas violencias de género más de una y más de dos en la ciudad y emplumaron a muchos.
Era rigurosísimo con las debilidades de la carne.
Salí de aquel hermoso y frío convento la nave gótica de la iglesia siempre solitaria con un dolor de oídos y la cara me ardía y mis rodillas penitentes me ardían. Fray Paja apestaba a cebollas y tuve que soportar su aliento y sus filípicas allá más de tres cuartos de horas. No dejaba de pensar en la May. Había sido mi sueño erótico en el torrente de aquel verano desembojado. Yo creo que para lavar y resarcir aquella culpa ingresé en el seminario. Sentía una profunda vergüenza y la vergüenza luego sería obsesión y después trastorno, cepo de un delito inexistente que sólo cabía borrar a fuerza de jaculatorias que repetiría sin cesar cuando en medio de un silencio impresionante – sólo se escuchaba el frufrú de las sotanas y el cloqueo de las sandalias sobre el encerado- iba repitiendo ayúdame Jesús mío antes de morir que pecar. Pues sí que estábamos buenos. Acababa de cumplir los once años, edad preceptiva para el ingreso, y ya estaba yo hecho un pecador empedernido. La absolución de Fray Paja no es que me tranquilizara mucho la verdad. Fue una experiencia de lo más desagradable aquella confesión y tardé mucho en bajar a aquel monasterio extramuros enclavado en uno de los parajes más bellos de la ciudad. Lo llamaban el Paseo de los Melancólicos cuya vega se advertía una ciudad enhiesta y como transfigurada. Corobias toda ella puente y torre que guarda la linea hasta perderse en el tajamar del alcázar donde matrimonian las aguas del Eresma con el Clamores.
Haber nacido en ella imprimía ese carácter aventurero y soñador muy apegado a las tierras ocres de pan llevar y el azul de los cielos limpísimos. Corobias fue siempre patria de adelantados y soñadores cada mocuelo en su olivo cada señor encastillado en su torre. A la fuerza tuvieron que acabar todos en poetas perdidos tañedores de la lira de las tabernas y mancipos de las tabernas una de dos y sin término. Extremistas sin comparación. Radicales hasta la aberración y comuneros que marchaban por la vida como diciendo aquí estoy.
Empecinado en corregir el vicio y horrorizado por algunas lecturas como la de una autor húngaro muy popular en las escuelas católicas de aquellos días gran propagandista de la castidad entre la juventud y que decía que se puede contraer la sífilis o la tuberculosis con el placer solitario y que si lo hacías muchas veces podría agujereársete el paladar o volvérsete los sesos aguas, aborrecí el sexo de tal manera que estuve todos los cinco años de latín y dos de filosofía sin meneármela. Ni una paja durante un septenio el tiempo que tardan en mudarse las células. Se dice pronto. No era cuestión de ver la botella medio vacía o medio llena sino que se me representaban todos los ardores del infierno. Las bragas rosas de la May constituían la puerta de entrada a la casa de Satanás. Su sonrisa amable y seductora, sus carrillos pintados de coloretes, era como la manzana que tentó a Eva y yo me dije no señor por ahí no paso. Por un momento de placer condenado por toa la eternidad y para siempre. Para siempre. Y forcejeaba con todas mis fuerzas contra la tentación. Cuando bajaba la guardia zas. Allí estaban las bragas de mi vecina subiendo y bajándose y dejando entrever el arco de la felicidad: su pubis recio apuntalado entre dos mulos poderosos y bien torneados. La alameda que baja desde las últimas casas del barrio de San Lorenzo hasta los pretiles del puente de San Marco un locus ameno del clásico por donde solían pasear como unos refugiados los canónigos por el mes de febrero pues el hoyo del Eresma no estaba tan expuesto a los inclementes cierzos que suelen soplar sobre la ciudad los meses de febrero y marzo representaba para mí la grata senda del infierno. Por el verano no se podía ir son toparse con alguna pareja de enamorados que probaban mirando para el tendido quiero decir el impresionante skyline medieval del antiguo u podium segoviense. Aquello era un escándalo y hubo bandos municipales penando con multas de cárcel a los que fuesen pillados in medias res y a calzón caído. Río abajo había un almacén de vinos justo de frente de la vieja parroquia de san Marcos el viejo arrabal románico y detrás de la Vera Cruz. Aquel olor a vino todavía mantiene en vilo las mías pituitarias lo mismo que los pellejos de cuero que colocaba el vinatero a las puertas de la tienda. Los días de mercado veíase subir por la cuesta a los carros del porte vinícola cargados hasta los topes una reata de seis mulas en hilera. Iba camino de Sepúlveda, Peñafiel, Turegano. Aquellos pellejos badurnados de pez parecían figuras humanas pero un hombre convertido en cerdo con la risa escupida de la beodez y los bracitos cortos como haciéndole un corte de manga a los dioses. Cantaban los cubos de los ejes, se balanceaban isócronas con todo el peso las teleras. Detrás del carro dos galgos y un podenco adormilados que ya debían de ir borrachos lo mismo que el carretero que daba voces y pronunciaba juramentos meneando la tralla por encima de los machos y asnos de ir mucha alzada y de firme borren a los que llamaba a cada uno por sus nombres. Atilano iba muy tieso sentado en la vara izquierda junto al fanal muy digno y nada temblante y ya se había bebido para almorzar medio cuartillo. No se le notaba nada. Por eso se tomaba la vida con filosofía. Cerca de la puerta de San Cebrián paraba el convoy, echaba la galga, asentaba el tentemozo y se quedaba a la vera del camino para enjugar su sudor y afanes de arrieros con un traguillo. Se fumaba un cigarro y se quedaba sentada sobre una piedra redonda que estaba allí desde el tiempo de los romanos. Debió de ser un sillar del monumento a Baco que había sido derruido. Le tenía querencia se conoce y era el mismo sitio donde se sentaba san Juan de la Cruz cuando subía desde su convento a confesar a las monjas. Entre sus penitentes estaba Teresa de Jesús. Corrieron murmuraciones por la ciudad de que el fraile de Hontiveros y la santa abulense se entendían en el confesionario. Como llegaran murmuraciones a oídos de Santa Teresa ésta decidió cortar por lo sano y un día de madrugada abandonó y aquí, en esta misma piedra donde se sentaba Fray Juan se sacudió el polvo de las sandalias y dijo muy sentenciosa:
-De Corobias ni el polvo de las zapatillas.
Y nunca se la volvió a ver cruzar bajo los ojos del Azoguejo.
El arriero de San Marcos y se llamaba Atilano y era de Zamora había oído contar muchas veces aquella historia. Por eso tenía querencia hacia la piedra santa. Le gustaban las viejas piedras y en sus albarcas el polvo de muchos caminos. También era gnómico sentencioso y era partidario que el cura, si no depara la felicidad, cura muchas cosas. Sabía que Dionisio era el dios de la huida y de la humanidad vencida. Cuando no hay remedio litro y medio y a veces las cosas se ponen de tal forma que es menester “olvidarse” y “dormirla”.
Atilano también había sido seminarista pero al estallar la guerra se fue al frente, se echó por novia a la Macrina que era su madrina de guerra, le escribía cartas de amor, le mandaba estampas y soplillos y a veces jerseys muy abrigados que ella tejía con sus propias manos, y no regresó al seminario. Le faltaba un año para cantar misa. Atilano era un espejo de filosofías. Los tientos a la bota le hacían tomarse la vida con calma y sentarse al borde del camino en la piedra donde hasta un santo puso sus nalgas y una santa se sacudió el polvo de las sandalias. Enfrente estaban las aceñas de San Marcos pero ya no daban vueltas las muelas de los antiguos molinos y las cecas de la antigua Casa de la Moneda estaban abandonadas. Las mulillas apuraban la hierba de la vereda. Se escuchaba a lo alto el graznido de las chovas que anidan entre las peñas grajeras, en los huecos de los niveles que dejó el agua. Corobias antes de ser Corobias fue un mar y allí vivían dinosaurios y hasta rinocerontes. Pasaba en ese momento el cura de Zamarramala también muy tieso y digno con su dulleta impecable y su teja de cachemir calle adelante. Era tan delgado que no parecía costarle trabajo subir las cuestas. Las fuerzas decían se las daba el vino pero las agarraba silenciosas. Algo se le notaba en su paso zigzagueante cuando bajaba a cuando subía y es que habían caido durante el trayecto dos botellas de añejo que él guardaba celosamente en los bolsillos de la sotana o arropaba entre sus manteos si hacía frío pero jamás se le notaba que empinaba el codo. Sólo su rostro colorado y la nariz que adquiría el color altamente bermejo de las berenjenas como consecuencia de su alcoholismo pero al cura de Zamarramala nadie le notaba que en sus tripas viajara tanta compañía. Aunque le llamaban don Berenjenas. Era un cura muy listo, tan listo que se tiró al surco y se echó a la bebida. Buen canonista, las atrocidades que presenciara durante la guerra civil le habían hecho perder la fe pero tenía que seguidor siendo cura. Y no era de los peores. Atilano y don Ceferino eran buenos amigos. Estudiaban en el mismo curso y él estuvo en su cantamisa el día de Santa Águeda. Se corrieron los dos una buena juerga y cogieron una buena pítima. Su amistad perduraba desde entonces.
-Atilano, ¿qué hacéis ahí como unos pasmadotes?
-viéndolas venir, Ceferino. Voy de recua. ¿Hace un trago?
-Eso no se le desprecia a un amigo
El cura se echaba la teja solemne hacia atrás y gangueaba un envite largo y solemne de la bota del carretero.
-Buen corcho tiene este vino. Caramba. ¿Dónde ha nacido?
-En Aranda.
-¿De la ribera?
-Legítimo
-¿Y adonde lo llevas?
-Voy para mi tierra. Quiero envolverlo con el vino de por allí y a ver qué resulta
-Pues algo celestial, querido. Esto no es vino. Es canto gregoriano.
-Ya. Ya. Justo lo que nos receta el médico a ti y a mí.
-Bueno, con Dios, hermano. Buen viaje y que no te pierdas por el camino.
-Que ha de hacer. Este es el oficio de ir y venir que llaman acarrear.
-Sí. Mientras vamos y venimos… te veo a la vuelta, Atilano.
El arriero se despedía de su amigo el cura de Zamarramala, enganchaba las mulas, ponía al delantero la mejor collera. Tomaba la tralla y Yia. La reata se ponía en movimiento y volvían a cantar los cubos y las teleras a balancearse con los pellejos de vino en la panza, anticipo de tantas borracheras, quitapenas al pairo de las adversidades, antídoto contra el tarazón congestivo de las barrigas con estreñimiento, alma también de broncas y peleas de aquellos que no saben comportar tan divino y liquido elemento pues ya lo dice la norma: al vino como rey y al agua como buey. Pero esa máxima se suele desatender desgraciadamente con harta frecuencia en Toro y en Peñafiel. Entonces el vino se convierte en compañero del diablo. El diablo en la botella. Erifos sale de la botella y empuña una navaja. Al legado de Noé había que acercarse con mucho respeto. El cura de Zamarramala era de ese criterio que en su vida no llevaba a la práctica. Haz lo que yo diga y no hagas lo que yo haga. Ahí también se cumplía la máxima. Tampoco Atilano el cual camino de los campos Góticos a media legua del arrabal volvía a hacer otra parada en el ventorro de San Pedro Abanto donde había un letrero que ponía más vale aquí mojarse que enfrente ahogarse. Pernoctaba en Santa Maria de Nieva iba a ver a la soterraña ante cuya imagen se prosternaba y le pedía a la virgen garbanzos para la olla y vino para el barril, según la costumbre. A la mañana siguiente su carro se adentraba en las Morañas. Otro en Alto en Ataquines y otro en Arévalo y otro en Medina y eran Urueña hasta alcanzar las lindes de Zamora. Yendo y viniendo Atilano era un hombre feliz. Arrieros somos.
Esta visión y cosmovisión del soto del Parral me puso en huida. Sentía tristeza de aquel monasterio que está sin terminar. Por sus paredones se paseaba el fantasma, como el rey de Granada entre la puerta de Elvira y la de Bibarrambla del marques de Villena ensalmador y quiromante. Levantó aquel convento para ser enterrado. No pudo rematarse la fachada que quedó a la mitad. Se acabó el dinero pero ahí quedó el campanario neogótico que fa un sello inconfundible al paisaje de la ciudad. Tampoco el claustro lo pudo rematar. Se terminó el dinero y el alma en pena del marqués se paseaba por sus dependencias en las noches de plenilunio. Tenía fama de díscolo – ni palabra mala ni obra buena- de hereje y algo maricón según referencias de las hablillas de Toledo. Pensé que por estas casualidades de la metempsicosis el marques de Villena pudiera ser el mismo Fray Paja en él se reencarnó.
-¿tú crees en la trasmigración de los espíritus?
-Brujas haberlas haylas.
Juan de pacheco el conde de Villena se paseaba por la alameda-yo lo vi- con su casaca verde, jubón de tiras almidonadas la sobrevesta grana para espantar murciélagos calzas de seda rosa almilla de hilo sobre la túnica encarnada borceguíes de lamé espada de plata que los sábados de puchero enfermo alternaba por chilenas pues así estaba escrito en la vieja ley que él guardaba a escondidas por más que en su palacio colgasen marranos de la viga de sus palacios jamás masticaba tocino el nigromante. Era muy lampiño y polido pero cuando podía le tiraba de las barbas al rabí.
Estampa de lindo don Gil de las calzas verdes la cincha de cuero bien ajustada y sus polvos mágicos dentro de la escarcela. Iba echando humo por los ojos y por la nariz. Fue el primero en fumar cuando aun no se había descubierto el tabaco. Portaba bajo el tabardo hojas disecadas que luego deshilaba y apelmazaba pacientemente con el puño y así liaba sus vegueros de Vuelta abajo sus targaninas y sus farias.
- Me fumo un cigarro puro y que se hunda el mundo. Doy mi palabra que no vale nada. Las palabras son humo que se lleva el viento. Por decir y prometer que no quede. Las obras son otra cosa sobre todo cuando hay que aportar dineros.
- Danos y danos hasta que no te conozcamos hasta quedar tuertos, rendidos por el vino sobre la hierba que luego amainará la borrachera con el elixir que tú me diste, las píldoras doradas. Somos químicas. Agua, humores, pura química, acción y reacción. Echo humo para ahuyentar los malos espíritus que rondan.
Aficionado a la alquimia contaban las malas lenguas que hizo echar andar a u muerto cuyo cadáver había conservado en formol en su casa de Toledo pero con tan mala suerte qué cuando estaba evacuándole al vuelto a la vida el exorcismo y vertiendo sobre su cabeza el agua de gracia en ese momento llegaron los mangas verdes.
- Alto a la Inquisición...
Pusieron en don Juan Pacheco en Toledo cual digan dueñas y allá fueron ellas. Pues salió a la palestra el judío que el marqués llevaba dentro. Y allí se acabó el invento del quiromántico. El bautismo del resucitado quedó in medias reses.
- Alto a la dueña
- No estoy haciendo nada por qué me prendéis- dicen que dijo a los corchetes y un alguacil le contestara:
- Eso dígaselo al juez señor marqués.
Pero como el juez era amigo suyo lo soltaron a los tres días y el de Villena siguió practicado la magia negra en sus calderos y aparatosas alquitaradas que echaban humo de día y de noche acorriendo de forma que todas las brujas del universo bajaran a verle, y rondaran las casas y patios de los aledaños de Zocodover. Con la bruma del humo de sus experimentos la ciudad se llenó de humo y su paisaje se transformó en ese peñasco amarillento y ocre que salta a la paleta genial del Greco.
Fue el primer preclaro varón castellano aunque no de muy limpio linaje en tener tratos con ángeles caídos y concretamente amigo suyo del alma era un diablo cojuelo que era feo y corcovado y que echaba una peste a azufre que tiraba para atrás pero, más listo que el hambre, lo sabía todo del mundo y de los hombres y como el que no conoce a los hombres no conoce a los viejos les hacía pecar por do más pecado habían.
- Tu carne es frágil, amigo. Ora y vigila. Ya te lo recomendó Cristo en el Monte de los Olivos
La fortaleza de Satanás está en la sabiduría. Es muy viejo y los tratadistas por eso le llaman el cálido y el antiguo. Ha visto mucho. Contempló el ir y venir de los mortales por las veredas. Iban algunos acogiéndose a eses o parlamentando con las farolas los más locos, al regresar a casa en noches de evasión alcohólica y los otros, que parecían cuerdos pero eran más locos todavía que los que empinaban el codo, abrían sendas en el mar y caminos sin rastro. Pronto se acaba todo porque lo nuestro es pasar y ello siempre deja el poso de la experiencia y la experiencia se transforma en sabiduría. Sin embargo el demonio su talón de Aquiles también tiene. Todas ponen sobre todo las gallinas, anden ellas cluecas de vez en cuando y vivan cada una con su pepita.
El príncipe de la mentira siempre engaña y al final acaban por descubrirse sus tretas. Por lo visto fue el marqués de Villena en consorcio con el Heraldo de las Tinieblas el que construyó el acueducto en una noche.
Don Juan se había prendado de una moza muy garrida y salerosa cuyo pesar en la vida era tener que atravesar toda la ciudad con su cántaro a la cabeza para ir a llenarle de agua a una fuente que llamaban de san Geroteo extramuros sita en un calvero del bosque que llamaban el Campillo. Águeda se llamaba la interfecta y servía como ama de llaves y otras cosas en la casa de un cura. Llevaba muy a mal tan trabajoso menester de tener que salir al anochecer con la herrada a la cabeza y una noche el diablo disfrazado del marqués de Villena se le hizo el encontradizo y le habló así:
-Yo te llevaré el agua a la rectoral sin que tengas que ir y venir cada tarde al hontanar. Construiré una larga cañería que será el asombro de las generaciones y podrás tener toda el agua que quiera a cualquier hora del día sin salir de casa y sin sacarla del pozo.
Aún no se había descubierto el grifo.
-No me digas, marqués. Te creía listo y poderoso pero no lo suficiente como para hacer la gran acometida de aguas a Corobias, algo por lo que suspiraban los romanos.
- Yo soy artero y manitas y lo puedo todo o casi todo.
- ¿Y?
-Te voy a hacer un acueducto pero con una condición.
-¿Cuál?- dijo temblando la muchacha.
- Que seas mía.
Al hacer tan torpe proposición se le quebró al Pateta un tanto la voz. Que la tenía muy gorda. Águeda vaciló unos instantes y estuvo como atontada y sin saber qué decir pero como todas las mujeres que dicen que no al principio luego es que sí y por más que el espíritu esté pronto la carne es débil, y pensando que un polvo no es nada y que Corobias bien valía una misa aunque fuese negra en este caso dio su consentimiento. Puso sin embargo como condición que la obra fuera ejecutada en una sola noche.
- Cuando la acabes me casaré con su merced.
El diablo embutido en el cuerpo del Marqués de Villena ni palabra mala ni obra buena ya se relamía de gusto ante la prospectiva de gozarla. La chavala ciertamente estaba como un tren o mejor dicho como la carroza del rey Sabio porque a la sazón tampoco se había inventado el tren
- Trato hecho. Vengan esos cinco. Cuando amanezca el día de mañana que es viernes víspera del disanto para los de mi cuenta, tú tendrás llenas tus tinajas y el agua no te ha de faltar para beber, para guisar, para baldear las letrinas y para limpiar las legañas a tu amo el cura y cambiarle el pañal al niño que yo te haré.
- ¿Y para bendecir también tendré agua, señor marqués?
El diaño se puso frenético al escuchar aquello del agua bendita puesto que todos sabemos lo que se aborrece en los infiernos el agua bendita y por eso hay tanta suciedad y roña en las calderas de Pedro Botero. Los inquilinos de tales dependencias no se lavan jamás. O eso no. Nunca mentarás tal palabra. Agua bendita. Águeda entonces se persignó y a don Juan de Pacheco por poco le da el telele. Sin embargo a trancas y barrancas y tras muchos dimes y birretes llegarían a un consenso pues famosas fueron en la Castila de su tiempo las ardides y habilidades de don Juan, un experto en la forja de pactos y de consensos. Bien pudiera haber sido militante de la UCD y sacando a plaza toda la artillería de sus persuasivas convenció a la moza del cántaro alma de cántaro a que formase el papel en el que ponía convengo por el presente a ser tu mujer etcétera… si tu me construyes y elevas hasta mi morada la casa de mi tío el señor deán una acequia. El diablo con las prisas y rebosante de lascivia pronto iba a tener a mano una perita en dulce no había leído la letra pequeña y una cláusula que decían que el acueducto tendría que ser levantado en una noche. Selló y lacró el documento con balduque como si fuera un diploma regio o una carta puerta. De acuerdo. Tenemos que darnos mucha prosa. Yo a mi disposición pongo cien mil obreros. Esta misma noche toda estarán en el tajo. ¿Adónde va vuesa merced ahora? Pues a Arévalo tengo que ver por allí unos amiguetes que están celebrando una tenida. Comeremos tostón en un mesón de la villa y después del almuerzo vengo colando. Y ahí decía verdad. Don Juan poseía la dote de la bilocación y del transporte instantánea. Podía estar en dos sitios a la vez, trasfigurarse en un instante, ir y venir. Arévalo era un entro de conspiración. Allí por las artes quiromantes del marques habían montado meses antes de este suceso un pavés, colocaron en la tarima un monigote al que coronaron que era la efigie del rey don enrique nuestro señor, los destronaron y nombraron en su lugar como rey de castilla a su hermano Alfonso XII. Aquella pantomima conocida en la historia como la Farsa del pelele de Arévalo dio lugar a una terrible y sangrienta guerra civil que terminaría con la abdicación de don enrique y la cesión del trono a su hermana doña Isabel. No hay mal que por bien no venga. Águeda cuando el diablo se fue quedó un poco aturdida y arrepentida. De vuelta a casa encendió una vela a la Virgen María. Madre de los cielos que libraste a María del salto de los infames sácame a mí de este apuro virgen Bendita de la Fuencisla. Y sucedió que don Juan frotándose las manos, después de su aquelarre en la capital de las Morañas, regresó volando a Corobias en el atardecer y allí estaban establecidos las cuadrillas, los picapedreros, los boyeros que transportaban los sillares desde las canteras de Valdevilla, los barreneros, los del buril y del cincel, los carpinteros y fontaneros. Toda la tropa del infierno se puso manos a la obra. La impresionante estructura con sus más de cien ojos que sería luego una de las maravillas del mundo iba a ser construida en una sola noche por arte de magia y las tercerías o malas artes de don Juan Pacheco testaferro de Belcebú pero también Belcebú con sus acicates y tridente del proceso era necesario en el concurso. No se había visto tanto trajín. Nadie oyó hablar de tanta pericia en el manejo de la llana y el palustre, el cartabón de la plomada. Los últimos parroquianos de las tabernas de Corobias que con un jarro entre los labios y una baraja entre las manos- el vino y el naipe son la otra cara de nuestra existencia corrida una china en el zapato de los que queríamos ser santos y tan pronto- se asomaban a la puerta de las tabernas e iluminaban con un candil aquella escena. Eran testigos de la gran azofra. ¿Irían a abrir una brecha en la montaña? Bo, dijo un mesonero que se llamaba Cándido y miraba la obreriza desatada en el Azoguejo ante sus mismas barbas parapetado detrás del cajón donde echaba maravedíes y doblones que les derrababan los soldados de Flandes en sus consumiciones. No va a hacer un puente que no necesitaría arcos que se mantuviera en vilo sobre el aire pero será una cosa grande. Así habló el mesonero famoso por el cochinillo que preparaba al horno. Nunca se había visto tanto trajín desde los tiempos del moro Almanzor que destruyó el acueducto romano y de él no quedo piedra sobre piedra. Por cierto, ahora los sillares se engarzaban con vainas en una sarta de churros o cuentas de un rosario sobre estructuras de hierro forjado. Previamente con un berbiquí taladraban los lingotes que quedaban acoplados al salmer y al contra salmer mediante taladros de plomo. La cimbra del arco de medio punto era perfecta. Esto es el no va más. Obra de romanos. El diablo se hará propuesto devolver a los corobinos una replica exacta de la fabrica que mandó edificar Trajano. Subían y bajaban las piedras elevadas por poleas y otros ingenios buscando el garfio que los juntaba a una velocidad de vértigo. Águeda que espiaba la construcción de rodillas mientras rezaba a la Virgen de la Fuencisla orando ardientemente para que se le perdonase su pecado. Prefería ser la coima del deán a la mujer del diablo y virgencita virgencita que me quede como estoy, prometió en aquella febril noche de los echamientos de ir descalza a Compostela a arrodillarse ante la timba, prometió dar cien limosnas, llevar cilicio, pidió que la emplumaron por haber caído en aquella irrisoria tentación pero a medida que avanzaba la madrugada daba ya la apuesta por perdida. Todo te lo daré si ante mí te prosternas y me das alabanzas. Recordaba la frase de Cristo apártate de mí Satanás, vade retro. Sólo a tu Señor adorarás. Ella no había tenido la suficiente presencia de ánimo ante la llegada del diablo que incluso lo llevó en voladas al pináculo del templo y desde aquella atalaya le hizo contemplar todos los reinos y las naciones, el devenir del progreso, el avance técnico y todos los inventos que muchos atribuyen al cacumen y la magia del ángel caído. Cristo fue tentado y venció. No así el ama del cura. La carne es flaca. Mientras tanto se desarrolló una actividad frenética de golpes y voces que alarmaron al vecindario. Las mujeres salían a la calle en camisón y se preguntaban unas a otras qué pasa qué ocurre. ¿Se acaba el mundo? Que va decía uno de los diablos. Nosotros somos unos mandaos. Son los del ayuntamiento que como es verano están en obras y quieren poner la ciudad patas arriba. Todo la noche se escuchó el lamento de la lechuza, se sentía volar aves hacia no sé dónde y los ruidos de las carterillas y los reniegos de los obreros llegaban mezclados con un olor a azufre. Los entendidos en exorcismos comentaban que era evidente que por allí andaba el Pateta de por medio que volvía a la tierra a preguntar a Nuestro Señor Jesucristo todo te lo daré si te prosternas ante mí y me adoras. Las legiones infernales habían subido a Corobias y se habían puesto manos a la obra. Iban los areneros arrimando material. Los esportilleros porteaban yeso en sus artolas. Los boyeros vascos llegaban de los montes Universales arrastrando piedras. Todo te lo daré si prosternándote ante mí me adoras. En lo alto del andamio estaban los encofradores del barrio de San Lorenzo muy duchos en albañilerías todos ellos moriscos y que para mayor honra de Alá desobedecían a los maestros de obra y revocaban las fachadas sin colocar jamás la figura humana o animal porque dice el Corán que eso es idolatría y esgrafiaban los muros con gran pericia y paciencia experta poniendo unas simetrías que simulaban los brotes de pámpanos y arrequives florindos de una geometría esotérica y al revés. Para hacer más llevaderos los trabajos se entretenían cantando aires de su tierra en árabe florido que los cristianos no entendían. Eran jarchas. Pero allí estaban los areneros de Tejadilla con sus carromatos, los panaderos de encinillas con sus bodigos para que comiera el personal. Don Juan había mandado traer tallistas orensanos rudos mozallones trabados de hombros como bargueños y altos como castillos con la cabeza grande y las narices romas. Ellos hablaban en su fala añorante. Uno le preguntó a otro que cual fue la causa por la cual fue condenado al fuego eterno.
-Eu carayu. ¿E tú?
Un gallego no cambia su estructura mental e incluso en el infierno es capaz de responder a una pregunta con otra pregunta. Y el que quiera saber más que vaya a Salamanca y se presente a los exámenes. Los dos personajes estaban subidos a una escalera de mano. Uno arrimaba piedras y el otro paleteaba argamasa pero nadie sabía quien subía y bajaba quien buharro y quien guardaba. Muy reservados y discretos como siempre los gallegos. Nadie podría saber-así eran de prudentes- quien de los dos subía y quien bajaba. Pero los dos machacaban el canto con suma destreza. Una meiga se acercó al grupo de los gallegos y les entregó una orza que más bien era un cántaro llena de vino del ribeiro. Tras algunas libaciones los galeotes de la galaico cornisa empezaron a parlar a puñados y se mostraron dicharacheros y amables los que antes anduvieron reservones. No hay nada como una buena jarra de ribeiro y una empanada de hojaldre para hacer decir a un gallego lo que piensa. Ah la mia mai, so fillo do demo. No los había más trabajadores y pese a su saudade y su melancolía en los más trabajadores los que mejor arrimaban el hombro. El gallego preguntador subió al patíbulo condenado a muerte por un juez eclesiástico. Había matado al obispo de Compostela por haberle encontrado encamado con su mujer. El preguntante había sido cuatrero pues procedía de la zona donde se celebra la rapa las bestas. Lo pescaron en una feria de medina con una partida de cien acémilas que habían sido robadas. Fue sometido a tormento de amputación de las dos manos por amigo de lo ajeno. Sin embargo ya en los infiernos fue sometido a una cura de caballo y mediante un proceso de ortomorfosis le volverían a salir las dos extremidades cercenadas por el verdugo. El gallego volvió a este mundo en compañía de la Santa compaña para participar en aquella azofra impresionante. Con tal de tomar un poco el aire y respirar los vientos de C orobias que le recordaban los airiños verdes de a su aterra no le importó tomar parte en aquella magna obreriza. Pero largo nos lo fiáis. Don Juan quería levantar el acueducto en una solo noche.
-Largo me lo fiáis. Eu carallo.
Las cuadrillas de vizcaíno también eran muy interesantes y aunque no armaban tanta bulla como los vícianos pues es su costumbre el hablar bajo y cantar alto se distinguí por el esmero que ponían con sus yuntas de bueyes en el acarreo de las moles de granito. Cruzaban apuestas sobre cual era la mejor yunta de bueyes, o sobre si el verde de su aldea era más verde y poseía un mejor colorido que el de la casería de al lado y a ver quien llega antes. Hablaban entre ellos su gacería sin que les entendiese nadie. Y eso sí no decían palabrotas porque de ellas carece el vascuence. Cuando tenían que pronunciar algún cagamento lo proferían en castellano.
Pronto estuvieron las arcadas dispuestas. El diablo en la figura del Marqués de Villena se frotaba las manos
Fabuloso personaje. Era un suave que untaba sus palabras y adulaba al poderoso a la cara y por detrás la daga. A la chita callando. Zas. Como era de modos suaves, no llamaba mucho la atención y se las metía dobladas. Cortesano del rey don enrique IV que dios haya luego lo traicionó cambiándose de bando. Sentó causa común con los mesnaderos de don Beltrán de la Cueva que dicen que era el que se beneficiaba a la reina cuando éste se iba a cazar a los montes de León pues es fama de leyenda negra que don enrique era algo impotente.
Pero tales cuentos pertenecían no a la crónica general de la chismografía castellana, siempre de suyo inclinada a la maledicencia. La historia de España suele estar plagada generalmente de esta clase de hijos de la gran puta como el Marqués de Villena que se paseaba por la alameda con su tabardo carmesí y las calzas verdes. Para pasar a la posterioridad les hizo a los frailes jerónimos que eran la orden preponderante en aquellos momentos un gran convento pero se le había acabado la bolsa y el proyecto quedó abandonado cuando habían cubierto de aguas las bóvedas del templo. Luego dio en notar que el sitio era del todo insano aparte de que no hubo dineros para pagar los aparejadores y una noche los deudores fueron a por el marqués. Creían haberle matado pero al que acuchillaron fue a su escudero. Don Juan pacheco tenía siete vidas como los gatos y huyó a Toledo.
Como el sitio era húmedo muchos de los profesos enfermaron de fiebres reumática as y morían al poco tiempo o se convertían obsesos de todo lo que tiene que ver con el trato torpe como Fray Paja
El diablo ya se estaba frotando las manos. Quedaba poco para la aurora y ya tenía cerca de ochenta y cinco arcos terminados. En el azoguejo había un trajín de los infiernos. Los capataces con un rebenque enristre arreaban a los encofradores para que se dieran priesa. Había que ganar la apuesta. Yo me llevaré a la chica. La rescataré de las garras de ese maldito canónigo. Poco sabía don Juan de Pacheco que la locatis de la sirvienta contaba con buenas aldabas. Se había encomendado a la virgen y rezado la oración al divino alférez de la Milicia Celeste. Testigos presenciales de lo que ocurrió en Corobias aquella noche toledana dieron referentes de la presencia de un artillero muy alto y rubio con los ojos azules como esos gastadores de la academia que marcaban el paso detrás de los pasos de la procesión del viernes Santo. Entró a cenar en el mesón de Cándido pero como todos los convidados de piedra hizo que come y no come hizo que cena y no cena no probó bocado. El mesonero le recibió muy ceremonioso acostumbrado a tratar con los de la Corte no probó bocado del cochinillo que le aparejó con una endibias el experto mesonero mayor consumado malabarista de las artes cisorias. Cándido cuando se fueron encendió su cachimba arqueé la frente y se le movió un poco el pestorejo tate folloncico que aquí hay gato encerrado. La plaza del azoguejo iba a convertirse en campo de Agramante entre los estandartes del que dijo cuis sicut Deus y los reniegos de Lucifer. Ciertamente que Dios hizo el mundo en siete días pero el acueducto de Corobias lo haría el diablo en una noche. Semejantes trabajos justificarían los loores de los volterianos que dirían aquello de que mucho puede dios mucho puede el cucho pero más puede el cucho. El debate teológico se centraría en saber si el mal forma parte de los planes de la creación. , Y el argumento de que existe el diablo precisamente para justificar la existencia de dios cada uno en su columna el uno en la tradición y el otro en la del progresismo o y la ayudantía. Allí estaba Miguel con todos sus servicios secretos y la plana mayor de mando. Pero el ángel caido aunque no las tenía todas consigo se las tenía tiesas. Mandó venir a la azofra a todos cabos de vara de sus destacamentos. Con su tralla y su rebenque iban y venían bajo los arcos. Al que no veían activo o notaba que flaqueaba en su trabajo lo molían a palos. La actividad era frenética en aquel bello rincón castellano que sería fuente de inspiración y reclamo de pintores y de poetas. Unos escribirían odas. Otros pintarían cuadros y acuarelas o litografías que uno podría contemplar, por ejemplo en la sala de espera de un dentista o en la consulta del señor médico donde te dan la vez, un número y bastante canguelo.
-Venga. Aprisa. Más deprisa- gritaba malhumorado Juan de Pacheco.
Un cómitre empezó a chillar en ruso como si en vez de albañiles lo que tuviera a su cargo fueran forzados camino de Siberia:
-Davai. Davai.
Con tanto aceleramiento y las prisas por acabar se cayeron del andamio no sé cuantos obreros. Los vizcaínos testarudos y siempre a su manera porfiaban en vascuence y nadie les entendía claro está su jeringonza sobre qué sel tuviera mejor pinta el de su aldea o el del caserío de enfrente y quien uncía mejor bueyes los de Algora o los de Errando. Uno de Vila boy fue a darle con la llana en la cabeza a uno de Amurrio, se enzarzaron, perdieron el equilibrio y cayeron al vacío. Un catalán y un valenciano discutían por cosas baladíes como por ejemplo dónde se parla catalán mejor y no hacían más que repetir la palabra “cohollos” y “ay la mare de Deu”. En este país algunas guerras hubo por peloteras lingüísticas y por algún punto o una coma algunos acabaron en las calderas de pedro botero. Iden de lienzo, los asturianos y aragoneses trabaron pendencia sobre qué virgen era más guapa y cual lucía mejor manto si la Santina o la Pilarica. A lo tonto y a lo tonto de las obras pasaron a los hechos y al poco rato los puñales relucieron. Cierto que los baturros son valientes pero un asturiano con la espada de san Pelayo nunca viene a menos antes bien se crece. La pelea se saldó con treinta muertos. Tuvo que dar ordenes Belcebú a los capataces para que sofocasen de raíz estas trifulcas regionales que tanto minan la convivencia entre los hispanos.
Otro peligro venía a ser el de la chismografía, debilidad tan española, que es pueblo de condición murmuradora y acusica. España es la patria de Celestina y donde abatanaron a Torquemada. Por eso se dice que el alma de todo español es un baúl de doble fondos, con hartas recamaras. En los villorrios y aldeas más apartadas se finge y se habla por detrás. El infierno está empedrado de estos chismes, contumelias y carnicerías contra la honra. El caldero de la envidia hierve en las potas de los llares de los godos. Es lo que algunos denominaron mala hostia.
Aquella noche por España no circularon revistas con noticias de la prensa amarilla ni rosa. Unos c corchetes con muy mala pinta pero eficaces en su labor secuestraron la última edición del Faralán de la Entrepierna cuyo principal escribiente y reportero era un tal Palomiñas. Belcebú lo mandó encerrar en el ala izquierda de los infiernos la que llaman Contra Natura y le entregó a unos diablos incubos para que se hicieran cargo. Ordenó el Príncipe de las tinieblas que le cortasen la lengua para que no la introdujese donde no debía. Pero aquel tipo que debía de tener siete vidas como los gatos regresó a las palestras televisivas transformado de súcubo habiendo sido incubo de toda la vida bardaje se transformaría en bardaje a ver que remedio a la fuerza ahorcan y donde las dan las toman. Y haciendo el mudo. En el plató hablaba por señas. Continuó publicando en el “Farlan” donde sus relatos eran un tour de force de habladurías viperinas. A la Maricielo la echaron mano las lesbianas y no regreso de los infiernos donde continúa con un tenedor una sartén y un tenedor batiendo tortillas.
Empezó a entonar la alondra sus gorjeos y el puente estaba ya casi terminado. Águeda encerada en su habitación sentía ruido de cadenas. Ya vienen, ya vienen a por mí. Pensaba que había perdido la apuesta. Al poco tiempo cantó el ruiseñor. Sólo le faltaba un arco al Gran Arquitecto. Un arco no es nada. Volvió a entonar su gorjeo de salutación al día otro ruiseñor y ya solo le quedaban una par de dovelas pero en ese momento un arquitrabe –un gallego ciego de ribeiro había puesto el sillar de un ábside del revés- se vino abajo. Cielos. Habían amanecido. Belcebú dejó un arco sin terminar y perdió la apuesta. Águeda bajó con un cántaro a darle gracias a la Virgen de la Fuencisla. Llenó su primera b botija sin tener que salir. Los Corobinos miraron asombrados la obra sin importarles un ápice saber quien la había acabado si el diablo o los romanos. Otros dijeron que había sido el mor Almanzor.
Se organizó una novena, luego un triduo y después la habitual procesión a la que son tan aficionados los nobles cristianos viejos de Corobias. Los señores curas fueron invitados por el gobernador a una comida de hermandad. Asistió el cabildo en pleno. El señor obispo organizó unas rogativas. No cabía un solo alfiler en cada una de las catorce parroquias.
Y mandó que todos los años se memorase aquel milagro de Vuestra Señora por turno cada año una iglesia y fue así como nació la fiesta de la catorcena.
La sirvienta del señor deán ingresó en un monasterio. Decidió consagrar su vida al Señor en prueba de agradecimiento y cuentan que llegaría a ser abadesa del convento de San Vicente extramuros y en el arrabal de San Lorenzo.
A mí no me gusta mucho la alameda del paseo de los Melancólicos porque por allí anda en pena el espiritu nigromante y vagabundo del nigromante marques de Villena acompañado de Fray Paja y otros frailes que marchan en fila india tras su espectro benefactor. Era de buenas palabras y la cosa queda claro. , `Prometió y prometió construir un gran convento pero las peanas quedaron baldías de estatuas, los retablos sin terminar y las iglesias vacías. Salían los jerónimos con sus hábitos blancos y sus matos pardos entonando responso porque el marqués solía contarles a sus testadores sus pactos con el de los reniegos. Parecían conjurados en lugar de almas en pena. Ninguna palabra mala tampoco obra buena. Luego los donados estuvieron cavando la muerta con primor durante siglos acabando aquellos terrenos que parecían mismamente labor de orfebre y artista. Recordaría yo siempre la desolación de aquel convento que quedaría en ruinas después de la guerra como todas las posesiones de la orden jerónima que habiendo sido la más rica de la catolicidad acabó en la miseria. Con Yuste en ruinas. Les quedaba otro monasterio en Ajofrín y otro en Sevilla. Fue allí donde empezaron mis obsesiones por el síndrome de iglesia vacía. Las capillas abandonadas los altares horros de santos y sin aras (dijeron que los franceses habían utilizado como caballerizas esta obra de arte) y sin electricidad era el único templo de la capital donde no había luz eléctrica eran un testimonio elocuente del vandalismo de la desamortización y de la incuria de los católicos españoles con nuestro pasado. El espectro del Marqués de Villena se paseaba por los ánditos del coro seguido de cerca por los del judío Mendizábal. Tanto el uno como el otro debían de forma parte de la misma sombra. La sombra que se cierra amenazante sobre mi propio país. Muchas tardes de paseo olvidadas bajaríamos a la melancólica del predio del Parral el monasterio con su torre cuadrada de estilo normando y aspecto solemne con su balaustre en lo alto y el aspecto fantasmal, última reminiscencia del gótico florido, campanil sin campanas y ojos huecos por donde la oscuridad parecía querer derramar una lágrima difunta y el retrato del marqués su fundador se perfilaba sobre las nubes esparciendo sombras lúgubres sobre las aguas del Rasemir. Allí había un merendero intransitado. Se alzaban los ojos y aparecían enhiestas como lanzas las almenas de la muralla que iban a dar dibujando un trazado vertical sobre el horizonte hasta el alcázar. Equilibrio imposible en lo alto de una inmensa roca que servía de peana a la fortaleza. Se escuchaba por alguna parte el crotorar de las cigüeñas que anidaban en la Vera Cruz y en la torre de San Marcos confundido con el crotorar de los pavos reales o el voznar de los grajos en lo hondo del foso y vio la imagen aflictiva como la Dolorosa de Santa Eulalia de la doncella que estando amamantando a un infante se le cayó el niño al vacío y ella se tiró detrás. Gemir de la suicida su llanto se escucharía eternamente subiendo hasta la barbacana desde los glacis defensivos. Historias olvidadas de Castilla. Los émbolos de las aceñas habían enmudecido abandonados los molinos harineros que esmaltaban esta parte de la hondonada y las cecas tampoco acuñaban moneda. Habían sido robados los troqueles y aquella vieja casa de la moneda recibía periódicamente la visita de los ladrones a la búsqueda de tesoros. Se le llamaban las Cuevas de Alibabá. Todo aquel hervor de ciudad medieval se allegaba hasta tus sentidos. Gemían los rabeles con sus cuerdas acongojadas entre los dedos de los anónimos juglares. Allí parecía mecerse arremansado un tiempo infinito.
En la iglesia del Parral se guardaban unos inmensos tapices que se colocaban en el altar mayor para tapar los santos del retablo la semana de pasión. Y aparecía sobre un enorme tríptico de lienzo la representación de la crucifixión. El artista flamenco no pintó sin embargo Jerusalén. Pintó Corobias. El acueducto aparecía detrás de los pies de Cristo y Anás y Caifás eran el arcediano y el obispo y san Juan un diacono al que quemaron por hereje. El monte Gólgota había sido reemplazado por el Pinarillo. Los monjes pasaban de uno en uno cantando gregoriano con una vela en la mano como si fuera un entierro cubierta la cabeza rasurada con una blanca cogolla. A lo lejos sonaban las estremecidas codas del canto del Miserere y Fray Paja parecía muy compungido.
-¿A quien lleváis a enterrar?
-A Cristo. Lo acaban de crucificar en Corobias.
-En esta ciudad todos los días es Viernes Santo.
El cristo de los gascones era portado en una urna de cristal por una cuadrilla de disciplinantes portadores de hacheros. Se organizó una procesión extramuros. La comitiva ascendía penosamente por el camino de la Puerta de la clemencia dejando atrás las huertas y pegujales con sus cuadrados tablares mimosamente sembrados por los hortelanos moriscos. Al alcanzar la altura del convento de Santa cruz casi pegado a las piedras de la muralla con sus agujas góticas los disciplinantes reposaban la imagen y tres diáconos acometían el canto de la Passio en latín según san Lucas.
El sonido de aquella melopeya retumbaría en los oídos de mi memoria de por vida como algo mágico y triunfal, trasunto de lo inefable. Un grito de esperanza y de triunfo frente al mal. Era la crónica apresurada del sufrimiento manso del que vencería a la muerte y al pecado circulando como un pensamiento eje que fija la trayectoria de la historia.
Un turiferario aprontaba la naveta y el preste con una cucharilla espolvoreaba el interior del incensario. Se alzaban unas cuantas vaharadas de humo y cesaban los cantos. Otro acólito traía el acetre y el oficiante rociaba el pórtico del viejo convento de Santa Cruz de agua bendita. Las puertas del antiguo convento dominico permanecían cerradas. Un pesado llamador de bronce destacaba en el perfil del herraje de aquellas puertas nieladas donde estaba el claustro donde vivía el viejo inquisidor. Cada clavo de la puerta era el remache de un silogismo. Porque así de contundente es nuestra fe. Tronase la herejía aquel pórtico gótico en que se concentraba bajo un arco carpanel la escena en que la Virgen viene a entregarle al fundador del rosario en su cueva no se conmovía. Respondimos a Lutero con la impavidez de la piedra y la serenidad del mármol. En uno de los huecos de las pechinas la grieta que, según la tradición, horadó la hostia en el muro al descender. Se contaba el milagro de la profanación eucaristía. También se me queda grabado para siempre aquel suceso de la misma manera que atruena aun mis tímpanos la dulce entonación de la Passio cantada por martes santo
MARÍA DEL ZORONDO
El rasgueo del cálamo incesante aguja de sastres que sastres vienen al infierno vamos pone contrapunto a la voz de los coros. Entremedias se levanta la voz del escritor. Escribir es encontrar una voz tu propia voz y romper las orzas. Te encuentras como en un empalme de caminos y sin saber hacia adonde tirar. Una frecuencia te dice oír ahí y la inmediata que por el otro lado. Ye per aquí. No por ahí. Tienes que descartarte. Has de escoger. Escribir es elegir para hallar para crear para ser tú y para ser el otro. Escribir en definitiva es como una metempsicosis. Todo en ti transmigra los cuerpos y las almas y las cigüeñas esparcen su vuelo camino de Pecharromán y tú te das golpes de pecho y te preguntas por qué lo hice y te das cuenta cuando todo pasó cuando ya nada ni nadie ha remedio.
Las voces formulan conceptos contradictorios. No son voces sagradas como la terna de los diáconos que eleva su narración de la pasión por todo el valle.
-Respondió Jesús: quem quaeritis?
-A quien buscáis
-A Jesús Nazareno.
Entonces el maestro hizo una declaración un postulado de verdad que retumba a lo largo de la historia lo que ocurre es que al lado de la voz de Dios se percibe también el tono diabólico y se produce la algarabía, la gran confusión.
-Poco a poco irás encontrando tu propio registro.
-Gnosce te ipsum.
-Moriré y no sabré quien soy. ¿Dónde está el norte o el sur? ¿Dónde mi mano derecha e izquierda?
El subir hacia la ciudad encaramada todo torres almenadas y portalones con su guardapolvo y su alfiz sus escudos nobiliarios en la fachada cerrazón y tristeza de España me daba ese grado de euforia. Noté que yo mismo era un espíritu de contradicción. Semilla de dios y semilla del diablo y sigo sin encontrar el tono aunque sepa hacer la voz de Jesús con la octava baja. Iba a esperar mi propia sombra mientras subía por la calle de San Juan y columbraba los campaniles del convento de Sancti Spiritu y mientras me parecían fantasmas que me hablaban los árboles del Pinarillo que era verdad lo que me contaba mi madre un día de estreno domingo ramos:
-Los árboles de Corobias. Se están muriendo de risa. De ver a los Corobinos con corbata y sin camisa.
Así iba yo por la vida: con corbata y sin camisa. Quería empezar la casa por el tejado olvidándome de los cimientos y así la cosa no arrancaba claro está. Quedaba en el trasfondo un rumor lejano como de azadón y huebra. Los frailes del Parral cantaban maitines y al poco se le unieron los coros de los siete conventos de la ciudad. Domine labia mea aperies et os meum nuntiavit laudem tuam.
-Abre, señor, mis labios.
Poco a poco a medida que se consume el proceso de catarsis te irás encontrando a ti mismo. Te verás desnudo. Conocerás secretos que desconocidos de ti mismo y entrarás en territorios vírgenes de tu propia alma.
-Yo no sabía que tú estabas escondida Maria de Zorondo en ese recinto del amor que me pasó inadvertido. Tú me amabas. Eras la dulcinea de mi castillo interior.
Alguien me está llamando por mi nombre en esta noche:
-Antonio… Antonio… Antonio. Soy yo
María me impulsaba desde la otra orilla a enfrascarme en este ejercicio de guija profiláctica cuando he renunciado a tantas cosas y escucho la voz de los coros. La llamada que convoca proviene desde lo hondo de las montañas desde el lecho de un río de un nemoroso valle asturiano. Puede ser el río Nalón. Veo tus ojos encendidos cuya luz no ha conseguido apagar la muerte y aquel rostro de óvalo perfecto y veo aquel grano fatídico que yo quise estallar divieso de pesadilla la manzana del bien y del mal. No esta noche no. Me reservo. ¿Me respetarás? El grano desapareció a la mañana siguiente cuando nos vimos por última vez pero fue el heraldo del tumor que minó tu existencia con tan sólo 33 años. Tú me llamas desde ese valle hondo y me dices: escribe, relata, arrepiéntete y exorciza todo aquel que me hiciste.
-Has hecho daño a mucha gente ¿sabes?
-Ya
Y yo me siento abrumado, letraherido, hombriangosto, avergonzado lleno de pústulas. Me cubre como una manta cósmica todo el pus de aquel divieso. Confiteor Deo. Sí confitero. Yo confieso a dios todopoderoso. Surge el canto del gallo. Los diáconos terminaron el canto del Passio y sigue la procesión. La verdad es que camino a tientas por el vado el equilibrio incierto pegando trompicones. Me domina el deseo de vivir y de olvidar pero tengo que hilar los puntos de todos esos acontecimientos que nunca comprendí cómo fueron mis siete años de seminario y el anhelo ya veterano de regresar al punto de partida. Quería recuperar el tiempo perdido. Subconscientemente me sentía determinado por el prurito de que el obispo impusiese las cabezas sobre nuestras manos. Seria una manera de hacer justicia y resarcirnos del resentimiento de la conciencia de rebotado que todos teníamos.
Algo crujía bajo nuestros pies. Era la hojarasca de otoño. No habrán venido los barrenderos y por eso nuestras calles estaban cubiertas de un manto de hojarasca y de las telarañas de los deseos fallidos algo que era mucho peor. María me hablaba desde el más allá:
-Explora tu abismo. Antonio. Antonio. Antonio.
Era una voz dulce melosidad con esa melosidad de los acentos asturianos. Pero yo no sabía que era el yo. Ni todos esos galimatías filosóficos. Ortega y Gasset siempre me pareció un mixtificador de la vida española. Un cretino con apariencia de filósofo. Después siempre emergen subconscientes. Barbotea la olla del alma latente. ¿Puchero enfermo? Lo objetivo no me interesa. Tampoco la acción ni el plot. La novela ha muerto y vuelven los trípticos góticos con su majestad episcopal como ese san segundo que recuerda a las sergas de Expandían capaz de admirarse según se entra a mano izquierda en la catedral de Ávila. Los hombres de acción son unos perfectos gilipollas. Lo que importan es la acción interior. El devenir del subconsciente. La vida carece de argumentando. Es un ir y venir pelando la cebolla sin orden ni concierto. La naturaleza aunque se rige por unas leyes inexorables carece de lógica. Se teje y se desteje, se madeja y se desmadeja en ovillos caprichosos la pleita de Penélope. Por mucho que os esforcéis jamás encontrareis el hilo de Ariadna.
¡Que más da! Derrúmbese el escritor sobre el diván del subconsciente que son sus cuartillas –el destino tiembla de un papel y puede caer la suerte de un lado o del otro- y formule por enésima vez su propósito de dejar de fumar y encienda una pipa. Es la mejor manera de dar corte de manga al diablo. Escribir es echar humo y abandonarse al albedrío de la pluma.
FUENTE:
https://antonioparragalindo.blogspot.com/2019/02/iste-confessor-este-confesor-sagrado.html
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